Virtudes eucarísticas

 

- Información preliminar

- Introducción

- Dios escondido

- Omnipotencia divina

- Rey eucarístico

- Jesús Rey

- Providencia

- Introducción serie amor

- El amor

- Síntesis del editor

- Santidad

- Sin pecado

- Riqueza

- Vida

- Belleza

- Perfección

- Meditación eucarística

- Sacerdocio

- Donación

- Don de sí mismo

- Dios víctima

- Jesús-Hostia

- Jesús víctima

- Expiación

- Opúsculo efusiones de sangre

- Efusión de sangre

- Oración del huerto

- Azotes

- Corona de espinas

- Por la calle de la amargura

- La crucifixión

- La lanzada

- La sangre en el cáliz

- Reparación

- Desagravio

- Anonadamiento

- Presencia real

- Presencia viva

- Gozo

- Prenda de gloria

- Silencio

- Soledad

- Recogimiento

- Meditación

- Vida interior

- Oración

- Justicia

- Humillación

- Modestia

- Longanimidad

- Intercesión

- Generosidad

- Obsecración

- Mansedumbre

- Paciencia

- Obediencia

- Resignación

- Conformidad

- La dulzura

- Delicadeza

- Misericordia

- Compasión

- Paz

- La pobreza

- Mortificación

- Adoración

- Acción de gracias

- Jesús amante

- El amor eucarístico

- Amor de conquista

- Mancomunidad

- Compenetración

- Inhabitación

-  Dependencia

- Confraternidad

- Asimilación

- Enmanuel

- Discurso

- Vida en comun con el hombre

- Tribulación

- Jesús amigo en la adversidad

- Jesús amigo en la tribulación

- Consuelo

- Intimidad

- Exposición

- Sacrificio general

- Sacramento y sacrificio

- El Sacerdote 1

- El Sacerdote 2

- El Sacerdote 3

- El Sacerdote 4

- El Sacerdote 5

- El Sacerdote 6

- El Sacerdote 7

- Contrición

 

 

 

 

 

 

 

 

Final

 

LUÍS    DE TRELLES
 
SANTO Y APÓSTOL, TEÓLOGO Y TROVADOR DE JESÚS SACRAMENTADO
 

VIRTUDES EUCARÍSTICAS

                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Información preliminar:

La Lámpara del Santuario fue una revista fundada en 1870 por D. Luis de Trelles  que como indica la copia de su portada,  es una

REVISTA MENSUAL

 DEDICADA ESPECIAL Y ÚNICAMENTE A PROPAGAR

LA DEVOCIÓN AL  SMO. SACRAMENTO DEL ALTAR Y A

PROPAGAR LA FRECUENCIA DE LA COMUNIÓN. 

Durante 21 años, sin interrupción, prácticamente como único redactor, fue desgranando, entre otras muchas cosas, su amor eucarístico. Poco a poco en números sucesivos va intercalando lo que él llama "Virtudes Eucarísticas en Jesús Sacramentado". Con ellas se ha compuesto el fascículo en el que se transcriben sus textos con los comentarios justos que exija la adecuación de un lenguaje de la segunda mitad del siglo XIX a principios de XXI, con las reflexiones que el propio texto induzca.

El considerable esfuerzo de compilación de los editores ha merecido el premio de una obra granada y bien estructurada. Fruto de la lectura sosegada de más de las 10.000 páginas que componen todas las Lámparas publicadas hasta su muerte, su estudio profundamente reflexivo les autoriza a ofrecer su visión particular de los textos que exponen en las introducciones con que presentan la obra de Trelles. Para un mejor aprovechamiento de su lectura, y antes de entrar en las virtudes, parece aconsejable un repaso inicial a las introducciones que se intercalan. Los enlaces del índice de la izquiera facilita el acceso al texto que se desee.

 

INTRODUCCIÓN GENERAL DE LA EDICIÓN DE VIRTUDES

 

Trelles difundió entre los seglares una espiritualidad eucarística mediante unos rituales o ‘método’; en un retiro comunitario mensual, se establece un espacio de silencio austero, en el que se realiza una vigilia de adoración eucarística, de la que se espera el desarrollo de la vida interior de los asistentes:

 "La vida interior debe liberarse de la mera impresión de los sentidos: en la oración  hay que llegar a ver, desde lo exterior, la profunda realidad, la fuerza de la verdad, de la gloria de Dios en el rostro doliente de Cristo (cfr. 2 Co 4, 6)."

 De la lectura o el recuerdo, en un entorno de adoración eucarística y oración, se pasa a la reflexión comunitaria; finalmente la meditación personal y, tal vez, la contemplación.

En el mensaje preparado por el Card. Ratzinger el 24.08.2002, para el “Meeting para la amistad entre los pueblos”, se puede leer, referido a Cristo:

"Eres el más bello de los hombres" y "No hay en él hermosura."

“Son dos antífonas del Oficio Divino que la Iglesia proclama en lunes sucesivos; la segunda al empezar la semana en que dio la prueba suprema del amor total y hasta el fin de la vida.

“Se trata de una contraposición o antítesis: "cotejar y comparar algo con otra cosa contraria o diversa, quizá para estorbarle su efecto". 

-           Cotejar: Confrontar algo con otra u otras cosas, para compararlas teniéndolas a la vista.

-           Comparar: Fijar la atención en dos o más objetos, para descubrir sus relaciones o estimar sus diferencias o semejanza.

 “En este mismo sentido que muestran las dos antífonas, San Agustín habló de dos trompetas enfrentadas, pero en las que sopla el único Espíritu. Actualmente, algunos procuran convencer de que la mentira y la fealdad son la única realidad; mientras otros difunden una belleza aparente, pero fugaz, y que se encierra en sí misma.

“Hay que plantearse si la verdad es bella o es fea; o si esto son dos caras de la misma moneda.

“En el s. IV a. de C., Platón (en el Fedro) aseguró que el encuentro con la belleza provoca una sacudida, el ‘entusiasmo’: exaltación  y fogosidad  del ánimo, producida por la admiración  o por algo que cautiva. El entusiasmo lleva a la adhesión fervorosa a una persona o una causa.

“Por eso se realiza la búsqueda de la belleza y de la verdad nostálgicamente, con sufrimiento.”

Trelles insistió mucho en ese entusiasmo como origen del mejor conocimiento.

“En el mismo entorno de Platón, Aristófanes (el Simposio) señaló que esa búsqueda se hacía partiendo de una vaga idea.

“En el siglo XIV, Kabasilas habló de la herida que nos impulsa hasta nuestro destino último. El conocimiento puede proceder de dos orígenes:

-la instrucción: este conocimiento puede ser prolongado por el razonamiento, pero siempre tiene efectos limitados sobre la personalidad; en él abundan los orígenes y destinos contrapuestos, por lo que puede llevar al relativismo.

-la experiencia: este conocimiento conduce al amor de lo conocido. La experiencia de Cristo produce un conocimiento superior y profundo; la conversión al amor y la identificación permiten valorar los razonamientos.

“La demostración más convincente de la fe cristiana son los santos y la belleza generada por el cristianismo. Para que la fe pueda hoy crecer, debemos conocer a los santos, a través de su biografía y de sus obras; actos y escritos. Así entraremos en contacto con lo bello.”

Esto no es esteticismo , porque impulsa a la acción: quizá es el motivo de que cueste mucho que alguien se interese por estas cuestiones; no es por mera pereza: es un rechazo, por temor a lo que puede acarrear el interesarse por una cuestión comprometedora como ésta.

“No es belleza auténtica la que consiste en conceptos armoniosos (el dios Apolo, para los griegos), como los que traslucen preguntas semejantes a "¿Dónde está Dios mientras ocurre el mal?" El rostro del ‘ecce homo’ muestra el amor sumo: la entrega total y definitiva; y la verdad es la belleza. Por otra parte, la mentira se encierra en sí misma por egoísmo: la codicia, el deseo del poder, de la posesión o del placer de la posesión en el momento (es el caso de la manzana para Eva).”

 Trelles, en La Lámpara del Santuario, en los artículos que llamaba virtudes eucarísticas, expuso dos tipos de cuestiones:

-           el AMOR y la OMNIPOTENCIA, y otros, hasta 11 atributos o perfecciones propias, constitutivas de la esencia de Dios;

-           18 perfecciones divinas que, solamente por analogía, y no todas, se pueden considerar en el hombre;

-           el resto son RASGOS, notas peculiares y distintivas, que consisten en energía y poder de obrar, producir o causar efectos. Concretamente, lo que se suele llamar propiamente virtudes: disposiciones constantes para las acciones conformes a la ley moral, que la razón natural distingue en toda operación que juzga buena. Por la revelación conocemos la ley moral positiva: las tres virtudes ‘teologales’ (fe, caridad y esperanza) y sus ramas o ‘cardinales’ (prudencia, justicia, fortaleza y templanza). Aquí aparecen tituladas de otra forma:

-           la prudencia aparece como “virtudes previas a la vida espiritual”;

-           la justicia y sus ramas;

-           la templanza como “ramas de la longanimidad”, y

-           la fortaleza como “ramas del amor”.

En el artículo VIDA, entre las virtudes, publicado en La Lámpara del Santuario, 1883, pp. 401-410, Trelles siguió a Faber  al decir que “Dios tiene varias formas de manifestar su vida, que es una e indivisible; entre ellas, las que dan la vida en el interior de la Trinidad (como semejanza sustancial), y las que la dan en lo creado, fuera de la Trinidad, (como semejanza imperfecta, analógica, de imagen). Así se puede decir que tiene una vida diferente en cada una de sus criaturas... Una vida inimaginable, otra vida inimitable y embarazosa para nuestra vista finita, y finalmente la vida imitable, que se nos manifiesta para ser imitada.” Por eso, aquí llamaremos atributos a esa parte inimaginable, y  perfecciones a las simplemente inimitables; y llamaremos SENDA DE PERFECCIÓN a las que nos manifestó para ser imitadas por nosotros ("Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto", donde el “como” indica ‘modo’ o ‘camino’, pero no ‘cantidad’. Trelles decía que nuestra oración o meditación se puede ocupar de ellas, “con el más profundo respeto y con los frutos más abundantes”). 

*

Esta es una forma de ordenar un conjunto de 77 atributos y perfecciones divinos, y rasgos espirituales, que seguimos en esta edición de la serie más extensa e importante de los artículos publicados por Trelles en “La Lámpara del Santuario”. 

Como ayuda en la reflexión de la mayoría de los artículos aquí recogidos, puede usarse el libro de los editores, “La Senda Eucarística de Perfección Seglar según Luis de Trelles, Santiago de Compostela, 2004”, del fondo editorial de la “Fundación Luis de Trelles”, calle Vázquez Varela, 54, 3.º derecha. 36204, Vigo (Pontevedra), Telf. y fax: 986 419 245. También pueden dirigirse a los autores por correo electrónico:

jpastorteresa@gmail.com  o telf. 629 755 622.

 

Lo que sigue son palabras del Venerable Luis de Trelles. Al término de cada texto aparece la referencia original debidamente enlazada.

 

 VIRTUDES EUCARÍSTICAS DE JESÚS

INTRODUCCIÓN

[Del mismo Trelles LS 1870, p. 41]

 

Solo impropiamente hablando puede pasar el epígrafe de este artículo, porque el Señor es la virtud y la perfección suma, y en su unión hipostática con la divinidad, la humanidad santísima de Jesús posee en grado eminente todas las perfecciones imaginables, y lleva al más alto punto la conformidad de su voluntad con la de Dios, a quien está inseparablemente unido.

Pero para nuestro modo de entender, como quiera que bajo las especies sacramentales se halla en cuerpo, alma y divinidad, nos hemos propuesto considerar con nuestros lectores algo de lo mucho que allí se oculta bajo el velo eucarístico tomando este método, como podríamos aceptar otro cualquiera, de invitar a los amigos del misterio a tan provechosa meditación.

En tal sentido estudiaremos sucesivamente la mansedumbre, la dulzura, la humildad, la paciencia, la modestia, la caridad, el silencio, la compasión, la generosidad, la misericordia, la fidelidad y el infinito poder de que hace uso en el Sagrario nuestro suavísimo hermano por la carne y verdadero Dios a un tiempo mismo.

Encarecemos a nuestros lectores la provechosa idea de contemplar, al través de la blanca y leve nube que encubre al Señor en esta tierra de Egipto, el inconmensurable grado de elevación en que se hallan, como en un modelo perfectísimo, todas las virtudes humanas, que calladamente conserva, como riquísimo e inagotable tesoro, el corazón amante de Jesús en la Hostia consagrada.

Para realizar bien tan atrevido propósito sería preciso subir alto, muy alto, en la escala de la oración, y llegar a inflamarse de aquel fuego que arde en el sagrario.

¡Imposible reconocemos que los labios del cristiano, siquiera fuesen purificados con el carbón encendido de Isaías, puedan articular palabra adecuada a tan sublime fin!

Pero hay un extremo a que el hombre, ayudado por la divina gracia, puede llegar, siquiera sea muy difícil: el extremo de la profunda humildad y, el conocimiento perfecto de su miseria y de la inmensa e infinita distancia que nos separa, por la indignidad y por la bajeza de la disposición que requiere esta empresa en que serían fríos los querubines, y pobres de expresión los ángeles más encumbrados.

En efecto, ¿quién podría inferir la eminente santidad de aquella alma santísima de Jesús, y el altísimo punto de perfección en que se hallan allí las virtudes humanas? Nadie.

Adorar y contemplar, que no escudriñar y ponderar, tales misterios es dado al hombre en la carne, cuyo peso y cuyas culpas, arrastran, y traen a la tierra sus facultades, tanto como lo alejan de las altas cumbres que algunas águilas de la meditación, siguiendo la estela de Juan Evangelista, llegaron apenas a divisar.

Sin embargo, como, quiera que nuestro Salvador quiso, según la frase de S. Pablo, asemejarse en todo a sus hermanos en la carne, para hacerse misericordioso, y es de fe que se consagró en cuanto era Dios y también hombre verdadero, a dejarnos el memorial de su vida, pasión y muerte en el manjar que dejó a los que le temen, según aquel texto:

Memoriam fecit mirabilium suorum, escam dedit timentibus se, [cuya traducción podría ser: [Recordó sus maravillas (o grandezas) y alimentó a los que le respetan (aman)].

Con esta feliz reminiscencia, creemos seguro que el Señor desea dársenos a conocer en el augusto sacramento, cuanto cabe en nuestras facultades, y que, aunque indignos, obedecemos su dulcísimo precepto de amor desdoblando, séanos permitida la frase, los santos pliegues de su amantísimo corazón, para descubrir en su fondo las virtudes de que nos quiso dejar; en la sagrada hostia, el dechado perfectísimo y el medio eficaz de obtenerlas en la comunión íntima, que nos consolida en cierta manera, con su augusta persona.

Otórguenos el Dios amante, que tanto hizo por nuestro bien, la merced de escribir algo que desde este punto de vista pueda encender a  nuestros hermanos en la fe, promoviendo en ellos sentimientos acomodados al propósito, para que vengan de sus pechos abrasadas centellas de amor que refluyan sobre nuestro frío seno, y que nos aumenten la gracia para escribir bien de tan excelso objeto.

Concedednos, amantísimo Jesús, no por nosotros, sino por la gloria de vuestro dulcísimo nombre y por la gloria que den nuestros lectores, que podamos decir algo que los enfervorice, algo que los anime más y más a frecuentar el trato íntimo con este amigo en su aparente pobreza eucarística, para que un día nos alegremos en sus riquezas, realizando así aquella idea de las Santas Escrituras: Fidem posside cum amico in paupertate eius, ut in bonis eius laeteris, [cuya traducción podría ser: Sé fiel al amigo en su pobreza (o postración o contrariedades), para que (puedas) regocijarte en su prosperidad (o buena fortuna)].

Comenzaremos otro día, si Dios quiere, a cumplir el propósito. LS 1870, p. 41

 

DIOS ESCONDIDO

Entre las ideas que se disputan, por decirlo así, la atención del que consagra su pluma a la presente sección de nuestra Revista, la que nos sirve de epígrafe es de las más dignas de estudio y meditación. Porque, bajo cualquiera concepto que se mire en el sagrario aquel atributo, atestigua un amor infinito y un misterio profundo.

¡Guárdenos Dios de la pretensión de investigar todos los arcanos que encierra este pensamiento aplicado al Señor! Porque con recordar que habita una luz inaccesible, como dice la Teología, se conoce que está escondido en sí, escondido en la humanidad que unió a sí, escondido por fin en la Eucaristía; y podríamos añadir que su disfraz es el modo mejor que tiene de revelarse, como nota Mons. Landriot en su magnífica obra Cristo de la Tradición. Pero dediquemos a cada uno de los primeros aspectos algunas frases, para detenernos más en la tercera, que es el objeto principal de nuestro examen.

Que Dios se halla escondido en sí y es impenetrable en su esencia purísima, es una verdad dogmática que deriva de su propia simplicidad, pues es puro espíritu, y a Moisés y Salomón se mostró cubierto con una nube.

Alápide advierte que en el templo de los egipcios se hallaba una inscripción que decía: "Soy El que fui, El que es y el que he de ser, y nadie

alzará el velo que me encubre." Sin embargo, en algún modo fue conocido Dios en Judea, y grande es su nombre, según dice un salmo.

En cuanto a lo segundo, de que la humanidad que asumió el Señor, al paso que, en cierto modo, le revela, hace bueno el concepto de que el Señor es un Dios escondido; San Jerónimo dice que el Cuerpo de Jesús es un arcano y un sacramento, y aun añade que es como un tegumento con que se encubre; y podríamos decir, tomando la frase de David, que la humanidad es el pedestal de la divinidad en Cristo, el escabel de sus pies.

Por otra parte, en el capítulo todo de Isaías a que nos venimos refiriendo, que es el XLV, verso 15, se lee: "Verdaderamente tú eres Dios escondido, Dios Salvador de Israel;" y se viene refiriendo el texto al ante-tipo de Jesucristo, Ciro, en cuya mano puso o depositó Dios su potestad toda. Los intérpretes observan que, así como en Ciro, que era impío e idólatra, se ocultaba, figuraba o representaba el Hijo de Dios, así en la humanidad se velaba y ocultaba la divinidad, o sea el Verbo.

Llegando ya al tercer concepto de Dios escondido que se le aplica en la Sagrada Eucaristía, merece la pena de considerarlo con toda reflexión, tomando por guía el comentario de Alápide hecho para este fin.

Desde el verso 14 del propio capítulo de Isaías se puede conocer cierta conexión de las palabras precedentes al texto atrás copiado: "Te adorarán y te negarán," y luego estas otras: "Sólo en Ti está Dios y no es sin Ti Dios;" y luego, para aplicar la idea, el famoso intérprete observa que las voces que meditamos son místicamente aplicables a la Eucaristía, en donde, no sólo se ocultaba la divinidad, sino también la humanidad, bajo la especie de pan y vino, y que todos los sentidos se engañan, si no el oído; porque la vista ve el exterior de pan, el gusto lo mismo, y el tacto toca asimismo la figura exterior de pan. Sólo el oído, al percibir las palabras de la Consagración, oye la verdad. Compara Cornelio este pasaje con el de Jacob y Esaú, y dice se puede exclamar: "La voz es de Jacob, las manos de Esaú," pues la voz es de Cristo que no puede engañarse ni engañarnos, y los accidentes son de pan, pudiendo aquí repetirse el término anterior de Isaías: "Sólo en Ti está Dios." "Verdaderamente Tú (¡oh Cristo en la Eucaristía!) eres Dios escondido, Dios Salvador de Israel." Te ocultas aquí realmente en cuerpo, alma y divinidad, pero eres conocido en la virtud, en la salud que a los israelitas, esto es, a los verdaderos fieles que te reciben dignamente, comunicas, fortificando su corazón, sanándole de sus vicios, aplacando las pasiones, con lo que haces celestial el pensamiento, y de tal manera colmas a tus fieles de divinas consolaciones, que se alegra el alma y proclama con Santa Mónica en la Sagrada Comunión, recordando el salmo LXXXIII: "Mi corazón y mi carne se alegrarán en Dios vivo."

Todo esto, que casi literalmente hemos tomado del famoso Cornelio Alápide, es verdad; pero aún se puede penetrar más en el fondo del misterio, buscando etimológicamente el sentido de la palabra esconderse, aplicada a la vida eucarística de Jesús nuestro Redentor.

No es equivalente el vocablo a la de retiro, ocultación, huida, alejamiento, en fin, deliberado y definitivo que una persona hace, sino que expresa afición y determinado propósito de volver. El que huye suele hacerlo para no tornar; el que se oculta, es para dejar pasar un pequeño espacio; mientras el que se esconde quiere que lo busquen, y lo desea, y

obra acaso precisado para ello, y sólo por esto se esconde para los que le desean ver, como si les invitase a encontrarle.

Es una idea oportuna, que nos invita a meditarla detenidamente, la de Dios, que después de dejar (hablemos el estilo humano) su trono celestial para acercarse a los hombres, ínfimas criaturas suyas espirituales, no se presenta al descubierto en el augusto misterio, sino cubierto, disfrazado y como velado con la nube blanca de las especies. Así nos facilita el ejercicio de las virtudes, sin negarnos una especie de comunión espiritual de gracia, brindándonos la perfecta comunión eucarística o sacramental.

"No me verá el hombre y vivirá," decía en el Antiguo Testamento, al paso que ahora y en la Hostia puede repetir la frase del Profeta: "He aquí yo que os hablaba, he aquí que estoy presente." Y, sin embargo, su vida es oculta, su presencia no habla a los sentidos, ni dispara rayos, ni viene en medio de la tempestad, como en el Sinaí, ni entre el resplandor de la vida beatífica como en el Tabor, ni aun siquiera en el doloroso y angustioso trance del huerto de Gethsemaní o del Gólgota. Viene y permanece ahora entre las tinieblas, como rebozado para atraernos a sí y hablar calladamente al corazón católico en el seno de la intimidad y sin testigos, cuando con toques secretos que el propio favorecido no conoce; cuando con santas inspiraciones, que llevan en pos de sí al hombre, y algunas veces hasta con el alejamiento aparente y frialdad en los afectos sensibles, para penetrar más hondamente en el alma y traerla en su seguimiento al olor de sus aromas.

De todos modos, el amor divino no reconoce obstáculos, y ha ideado el más delicado, el más oculto y el más eficaz medio de comunicarse a nosotros por esta ingeniosa manera.

Si nos fuesen conocidas las conquistas pacíficas que puede hacer el Señor desde aquel su trono de gracia, y la manera con que atrae al pecador más rebelde, nos harían alabarle y adorarle en todos los instantes del tiempo. Pero, aunque por imposible no fuese esto así y se ciñese su virtualidad a la esfera que alcanza su mirada en cuanto hombre, la sola consideración de que está allí cerca de nosotros, ejerciendo su ministerio de oración y sacrificio incesante; la sola vecindad del Señor en los templos y su presencia para mirar a nuestros infortunios, el recuerdo de que eran imposibles de esperar tales muestras de amor es una merced que no se puede apreciar bastante. Porque, para llegar a eso, sería preciso conocer todos los quilates de sacrificio y el purísimo sentimiento que supone; causa que habría debido convertirnos y cambiar nuestro corazón.

No puede nadie descifrar las veces que la gracia divina sale frustrada en este camino; pero sí deplorar que son muchos, muchísimos los que, llamados por aquélla, no quieren acudir a tan suave vocación.

Después de todo, cuando públicamente se rinde homenaje y acatamiento al Señor escondido, mediante alguna devoción, si lo penetrásemos, podría descubrirse cómo se despiden del Altar rayos de divina luz y cómo los reciben los diversos sujetos a quienes se encaminan.

Quien acude al llamamiento que la gracia nos hace a la puerta del corazón, puede alcanzar con el espíritu la intimidad del Señor y gustar allí el consuelo de la penitencia, el secreto y santo gozo de la compunción, y aun tal vez, gustar aquella paz íntima que sobrepuja todo sentido, como dicen los Libros Santos.

Pero quien, por el contrario, no advierta el tesoro de ventura espiritual que allí se oculta bajo las apariencias, no puede adivinar siquiera la dicha que pierde, ni deducir que el verdadero objeto que Su Divina Majestad se propone en la Eucaristía es hacerse buscar, dejarse encontrar y, en proporción de la fe y la devoción y de la necesidad que se hace en el alma para recibir a Dios, desnudándose de las cosas de la tierra y de los manjares groseros que ofrece, dejarnos aspirar el aroma de los purísimos placeres del orden sobrenatural, y saciar el apetito con el maná que desciende de los cielos.

No nos atrevemos a continuar, porque hay en este orden de consideraciones una teología mística tan elevada y un arcano de divina caridad tan sobreexcelente, que no nos es dado decir más.

Terminaremos con un consejo.

El que se prueba a sí mismo, como dijo San Pablo, antes de la Comunión y se humilla profundamente en el fondo de su miseria, y procura desprenderse de los lazos de la carne y de los dejos del pecado, recibiendo después a su Dios en espíritu de humildad y de perfecta contrición, penetrará, si Dios es servido concedérselo, en la Cámara del Rey, y allí gustará y verá cuán dulce es el Señor y la felicidad que reserva para los que le temen y las ascensiones que dispuso para sus amigos en su corazón, en este valle de lágrimas, "en cualquier lugar que los haya colocado," según dice el salmo LXXXIII. LS 1879, p. 81

 

OMNIPOTENCIA DIVINA 

I

 Desde luego observarán los lectores que el epígrafe es una tesis o una verdad dogmática, de tal manera evidente, que no merece parar en ello la atención.

¿Quién osaría dudar que una vez que reside en la hostia el Verbo divino, está allí su atributo inseparable, la omnipotencia? Nadie. Luego no es éste nuestro objeto.

Pero al propio tiempo, si Dios vivo es omnipotente, como que sus atributos son Él mismo, ¿cómo se compadece su poder sin límites con el estado sacramental en que no parece usar de ese poder? Esta idea ya es digna de meditación; pero es conocidamente superior a la flaqueza de la razón humana el intentar siquiera profundizar este misterio, del que resulta la tesis que dejamos apuntada.

Y, sin embargo, el Señor no nos veda meditar sobre ello y transmitir a los lectores lo que la meditación nos sugiera. Recordemos el dogma, tomando por maestro y guía a santo Tomas de Aquino. Dice así en el artículo 5.°, párrafo noveno de la Cuestión XXV, Parte primera de la Suma Teológica: "En Dios es lo mismo la potencia y la esencia y la voluntad y el entendimiento y la sabiduría y la justicia; de aquí se sigue, que nada puede estar en la potencia divina que no pueda estar en su voluntad justa y en su entendimiento sabio. Pero como la voluntad no se determina por necesidad a esto o aquello, sino tal vez por suposición, como se ha dicho en la Cuestión XIX, 3.°, no hay nada que prohíba que haya algo en la potencia divina que Él no quiera, y que no se contenga en el orden que estableció a las cosas. Y esto es porque la potencia se entiende ejecutando o en actividad, la voluntad como imperando, y el entendimiento y la sabiduría como dirigiendo; lo que se atribuye al poder considerado en sí, se dice que Dios lo puede según la potencia absoluta, y lo que se atribuye al poder divino, según que de ello se sigue el imperio, la voluntad justa, esto se dice que Dios puede hacerlo según la potencia ordinaria. Según lo cuál se debe decir que Dios puede hacer otras cosas de su potencia absoluta además de las que preestableció y preordenó que había de hacer; pero no puede ser que haga algo, que no haya entrado en su presciencia y que no preordenó que había de hacer; porque sus obras están sometidas a su presciencia, y a su preordenación, pero a éstas no les está sometido su poder, como es natural. Por tanto, Dios hace algo, porque quiere, pero no así puede porque quiere, sino porque así está en su naturaleza."

Invocamos esta bella doctrina para deducir que no ofende ni amengua la omnipotencia divina que Dios no quiera usar de ella en caso y lugar dado en el orden que estableció para las cosas. De lo que se infiere que la omnipotencia desarmada, por decirlo así, para el castigo, en la misericordiosa obra de la Sagrada Eucaristía, Dios omnipotente no deja por eso de existir allí, sin quebranto en este amoroso misterio. Además, en el augusto sacramento hay muchas regiones, por decirlo de algún modo, en las que el Señor ostenta su poder infinito, que es lo que nos proponemos como objeto preferente de nuestro estudio.

Allí Jesús reina, allí ora, allí ofrece, allí da gracia, allí se comunica de una manera inefable, allí intercede, allí perdona, allí infunde e inspira, consuela, actualiza y reproduce místicamente su pasión, despide desde allí rayos de caridad, atrae a Sí los corazones y los muda, infunde confianza, confirma en el bien y da fuerza para vencer las asechanzas del enemigo; se revela a los corazones fieles y los pulsa secretamente y los baña en su luz celestial; duerme aparentemente, pero su corazón vela; se une por un modo admirable a las almas elegidas y les reparte sus dulzuras, prenda segura de la gloria eterna, y las emociona y hace fundir en lágrimas de dolor y en aspiraciones ardientes de su posesión beatífica; aleja de ellas el azote de la tribulación, o vierte en lo más íntimo de nuestro ser el bálsamo de la paciencia y conformidad, avalorando el dolor con sus dolores gloriosos, por decirlo así. Es, en fin, porque la enumeración sería interminable, fuente inagotable de virtudes, escudo de los débiles, templanza de las pasiones, paño de lágrimas de los tristes, apoyo de los que desfallecen, padre de los pobres, dador de mercedes, luz de los corazones, dulce refrigerio, huésped del alma; en el trabajo descanso, en el ardor templanza, en el lloro consuelo, y luz beatísima que llena los más hondos senos del corazón; lava lo manchado, riega lo que está árido, sana lo que está enfermo, fomenta lo que está frío, y da a sus fieles que en Él confían, los dones del Espíritu Santo.

Lo señalado es atribuido por la Iglesia a otra Persona Divina, al Espíritu Santo, en el himno de su solemnidad, y se puede aplicar muy bien a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al Verbo hipostáticamente unido a la humanidad de Jesús, que reside sustancialmente en la Hostia.

Bien se comprende, por tanto, que no huelga, séanos permitido decirlo así, la omnipotencia en la presencia real de Jesús bajo las especies sacramentales.

Cada uno de aquellos efectos o, digamos, atributos, y otros muchos, vienen siendo objeto de nuestro reverente examen en esta pobre Revista Eucarística.

Con razón se dice en el oficio de la Natividad del Señor, que en éste el Rey Pacífico ha sido magnificado, y con el Salmista, que buscan su rostro los ricos de la plebe, esto es, los ricos en virtudes del pueblo de Israel, del verdadero Israel, porque ven la cara íntima, la faz sobrenatural y hermosísima de Jesucristo, de quien dijo David que era especioso o singularísimo en hermosura sobre todos los hijos de los hombres.

Si pudiésemos ver y conocer esa infinita actividad y omnipotencia de nuestro dulce Salvador en la hostia santa; si los ojos del alma descubriesen esos indecibles misterios de condescendencia y amor infinitos, desfalleceríamos de devoción y se nos anticiparía la bienaventuranza eterna. Así se fundían en lágrimas los corazones de los santos al pie del Ara Santa, pasando los días y las noches en éxtasis, y como corriendo tras los perfumes de tan egregias virtudes.

Pero ¡qué decíamos! Si pudiésemos, si descubriésemos, si viéramos. ¿Pues no lo han visto las Teresas de Jesús y las Claras, las Úrsulas de Benincasi y las María Alacoque; los Francisco de Asís y los Felipe Neri, María Magdalena y Juliana de Falconeri, Tomás de Aquino y Buenaventura, y Luis Gonzaga y otros tantos?

Y aún hoy, en nuestros días, ¿quién duda que habrá almas de privilegio que gozan en la adoración del Huésped del Sagrario, favores especiales, que no conocemos? 

Pero nos vamos alejando de nuestro propósito principal, en el que, sin embargo, no nos atrevemos a extendernos por temor de cansar la atención de nuestros favorecedores.

Queremos sin embargo inculcar, que la mano misericordiosa del Señor no se ha abreviado, y que nosotros mismos, los más rebeldes e ingratos pecadores, no disfrutamos de la ventura que envidiamos, porque no queremos obtenerla. Porque no nos convertimos, y convertidos, porque no ahondamos los arcanos de amor y de condescendencia que encierra el Santo Tabernáculo y que fluyen de él como abundoso torrente, para quienes se ponen en las corrientes de las aguas de esta nueva e inagotable piscina probática, pues que a ninguno faltará, no lo dudemos, el ángel de cuya falta se quejaba aquel paralítico que curó Jesús cerca de la piscina, figura profética de la verdadera fuente milagrosa.

La Omnipotencia Eucarística no se estudia en los libros, ni en las escuelas de Teología Ascética; se cultiva en el convite que ha dispuesto para su pueblo este verdadero Rey Asuero. Allí, al pie de la mesa del banquete, en largas horas de gracias después de la comunión se escrudiñan estos arcanos, se gustan estas dulzuras más sabrosas al paladar del alma avezada a ellas, que la miel y el panal de que hablan metafóricamente los Libros Santos.

Dulcísimos, melifluos arcanos de la Sagrada Mesa, ¡quién os conociese prácticamente! ¡Quién supiera prolongarlos de comunión en comunión, nutriendo su alma para la vida eterna, cual se alimenta el cuerpo de comida en comida sin desfallecer, y aun acrecentando la vida temporal!

Nos consuela recordar que algunos, ¡ojalá sean muchos! de nuestros abonados comprenderán bien este lenguaje, y pudieran tomar la péñola y continuar este paupérrimo artículo, de una manera admirable, retratándonos la faz divina que se les revela, aplicando las fases diversas de esta amorosa intimidad que Jesús nos brinda con ternura inexplicable, y que nuestra ingratitud rehúsa, porque como el Hijo Pródigo del Evangelio, nos saciamos de las viandas de los cerdos, alejándonos de esta comida espiritual o tomándola mal dispuestos, o comulgando sin el hambre de la fe, o desdeñando la sobremesa de este maná escondido, o huyendo de ella sin esperar los puros placeres del manjar divino, que alterna, a las veces, con las groserías de los sentidos, o quien sabe, si con la mesa de los demonios, como dice el Apóstol de las gentes.

Plegue al Señor que la tosca pluma que esto traza, llevada por mano indigna de tanta honra, cuya recompensa es ella misma, obtenga para su dueño su verdadera conversión, y alcance para algunos, o muchos y todos los que esto lean, la merced de frecuentar y agradecer debidamente la comunión, y que en esta oportunidad gusten cuán suave es el Señor, y estudien y estudiemos todos esta parte de la Teología afectiva que nos hemos propuesto bosquejar.

No se nos oculta que el tono del presente e imperfecto trabajo no es el que tenemos derecho a usar, ni conviene a nuestra indigencia literaria de la mística. Pero en gracia de la intención, séanos perdonado el exceso, y querríamos que, por su objeto, produzca los bienes y frutos que apetecemos con verdadero interés, para todos los que se presten a su lectura. (Continuaremos.) LS 1881, p. 41 

 

II

 Conduce al intento de nuestra modesta publicación profundizar este asunto, que se relaciona con los más consoladores secretos del amor divino, puesto que apenas lo hemos bosquejado en el artículo anterior.

La omnipotencia divina, bajo este aspecto, es toda de amor y de suavidad, excluyendo cuidadosamente, por decirlo de algún modo, todos los recursos fuertes, todos los resortes de la severidad y de la justicia vindicativa.

Y tan cierto es esto, que se puede decir, que aquel poder infinito requiere para ejercerse en el altar la voluntad, o la sumisión al menos, del favorecido.

Jesucristo nuestro Salvador, al ponerse, digamos así, en el Sacramento, quiso desarmarse de todos los atributos de su justicia vengadora, brindándosenos como un amigo tierno y dulce, que no quiere influir sobre nuestra persona de una manera coercitiva, sino persuasiva y afectuosa, sin dejar de ser omnipotente.

Esta consideración es profunda y trascendental, y se presta a un orden de reflexiones que son peculiares del estado sacramental, y que no convienen a ninguna de las otras maneras de manifestación de la divinidad para con sus criaturas racionales.

Los atributos de Dios son el mismo Dios, y en este sentido existen en Él, sin que, bajo concepto alguno, dejen de hallarse en donde quiera que Dios obra; pero, como dice Santo Tomás y hemos copiado en el artículo precedente, el ejercicio de sus atributos no implica siempre una necesidad absoluta de estar en actividad actual. Esto depende de su sapientísima y adorable voluntad.

No hay, por lo tanto, inconveniente en reconocer que el Señor, usando o no, en circunstancias dadas, de todo su poder, aquello o esto suponga ninguna detracción o disminución de él.

Esto sentado, por respeto al dogma, volvemos a recordar que en el misterio eucarístico quiso el Señor ejercer toda su misericordia sin mezcla de su justicia severa, que es la teoría que hemos expuesto.

En aquel misterio, como en todos los que adoramos de la persona de Jesucristo, se aplica al Señor la doctrina del salmo: "Yo he sido constituido Rey sobre Sion." Aunque aquí, en la hostia, su realeza es dulce, su trono es de gracia, como dice San Pablo.

El poder infinito en la unión hipostática de Dios con el hombre, como todo se ejercita en la esfera de la misericordia, hasta reclama la cooperación del favorecido, por aquello de que el beneficio no se aplica al que no lo quiere, sin que esto excluya la gracia previniente, que de un modo invisible excita a concurrir a la operación divina de que se trata.

En la comunión, que es la acción eucarística por excelencia, para que el pecador alcance sus maravillosos efectos, se precisa que preceda la penitencia y que aquélla se haya recibido con todas las condiciones que exige el Sacramento, para que la absolución recaiga de un modo eficaz sobre nuestra conciencia culpable.

Además, es indispensable que el penitente arrepentido sinceramente, mantenga, después de lavado en las fuentes de la penitencia, la voluntad de no volver a pecar, o sea el propósito habitual, hasta tomar la comunión. Por esto hemos demostrado en otro lugar cuánto conduce a la perfección y frutos del sacramento eucarístico la perfección de la confesión, circunstancia indispensable para que se cause la gracia del sacramento.

Supuestas estas ideas y hechos; separados así los obstáculos que puede hallar la acción misericordiosa de Dios para ejercerse, y no olvidando lo que puede estorbar la restricción mental, o la fuerza del hábito pecaminoso, en el comulgante; concediendo que el pecador se ha convertido sinceramente, de manera que la gracia del sacramento de la Penitencia pueda obrar de lleno sobre quien se sometió a ella con perfecta humildad, se echa de ver que el primer efecto de la comunión es hacer del hombre que tenía dolor de atrición un penitente contrito, o con dolor de perfecta contrición. Ex atrito fit contritus, como dicen los moralistas.

Logrado este favor espiritual, como primero y excelente fruto de la comunión, la serie de nuestras reflexiones, hará ver al lector cuán verdad es que la omnipotencia eucarística exigió la cooperación del pecador para ejercitarse en él de un modo eficaz y completo.

La razón por sí sola nos lo demuestra, aplicando a esta materia el principio lógico de contradicción, pues que, siendo el espíritu un ser simplicísimo, no pueden coexistir a la vez en él sentimientos opuestos entre sí. "No podéis, dice el Apóstol, ser a un mismo tiempo partícipes de la mesa de Dios y de la de los demonios." (1Cor 10, 21) Si amamos a Dios y nos pesa de haberle ofendido, es que aborrecemos al diablo y sus obras de pecado.

Esto es evidente; y cuanto la reserva mental entibia el amor divino, otro tanto nos priva de él; y al contrario, en cuanto odiamos al enemigo, no podemos conservar afecto a sus sugestiones. Consideración es ésta clara y hasta trivial y, sin embargo, es de tal trascendencia que conviene inculcarla repetidas veces, para que no se pueda dar al olvido.

Estriba esta idea en lo más importante de la materia, y puede ser el secreto de los escasos efectos que a, las veces, produce la comunión frecuente.

Esto se hace más claro con un ejemplo: ¿Qué importará poner a la boca de una fuente un receptáculo roto, o un conducto obturado o entorpecido por fango? Por abundoso que sea el manantial, el agua se derramará o no penetrará dentro del conducto atascado.

Parece casi inútil insistir en ello, pero con ser la verdad de lo expuesto tan perspicua, ¡cuántas veces deploramos el poco efecto que hace en nosotros la comunión, por no habernos fijado en esta consideración!

La alternativa es tremenda, porque es inevitable uno de los extremos.

Pero no hemos advertido que nos extraviamos del punto principal adonde se encaminan nuestros esfuerzos; esto es, de la omnipotencia amorosa del Señor en el sacramento: omnipotencia que, hallándose allí sin mezcla de justicia punitiva, hace sufrir hasta el sacrilegio, tolerando con paciencia aun la hipocresía, que en su vida mortal excitaba a Jesús cierta especie de santa ira.

Volviendo a este amoroso misterio, cuya profundidad espanta por el extremo de la condescendencia tierna y hasta cariñosa que encierra, se ve, se cree, se da por verdad corriente y admitida la que venimos exponiendo; pero no se considera bastante, ni se medita con detención. Y remediarlo es el propósito del presente artículo.

Véamoslo bien. Dios es omnipotente e infinitamente justo, sin que pueda perder ninguno de estos atributos, ni dejarlos ociosos cuando obra; pero, cuando quiera, usa de su propio poderío ilimitado no castigando en aquella amorosa situación. Es admirable, por todo extremo; todo lo puede, pero no quiere castigar en el estado sacramental.

Aquí tenemos, pues, a Dios, con su inmenso poder aprisionado cual otro Sansón en brazos de Dalila, y esta Dalila es la misericordia. No lo meditamos bastante. La omnipotencia se halla aquí al alcance de la súplica inmediata, se entrega desarmada y maniatada para no castigar; pero íntegra para repartir mercedes de gracia, favor y dones de beneficencia. Quiere allí perdonar, indultar de la pena, conceder dones espirituales, consolar, fortalecer, animar, inspirar buenos deseos, extirpar los malos, enviar santas luces, cambiar los corazones en buen sentido, determinar el remordimiento de los pecados, comunicar o aumentar la gracia, la paciencia y las demás virtudes; en fin, quiere otorgar todos los bienes, y aun otorgar favores temporales que no estorben a la salvación. ¡Qué más desearía un súbdito pobre que tener como aprisionado para no hacerle mal a un rey poderoso, y libre para hacerle bien y además al alcance de su ruego! Y es esto verdad, y esto es de fe en cuanto al misterio eucarístico, y apenas nos fijamos en ello, quitando al Señor la ocasión de otorgarnos gracias de que está rebosando su voluntad, sin tener a quien repartirlas.

Maravilla es, pero mayor todavía parece, bien meditado, nuestra indiferencia para con tan incomparable generosidad y largueza.

Ponemos aquí punto al presente artículo, sin perjuicio de continuarlo otro día, pues la materia lo merece.

(Continuaremos.) LS 1881, p. 81 

III

 

Sin advertirlo, y sin pensar toda la invencible dificultad de la empresa, nos hemos empeñado en una materia superior por todo extremo a nuestras fuerzas, y especialmente a nuestra ciencia teológica. Pero es de suyo tan dulce ocupación que, lejos de formar propósito de enmienda para lo sucesivo, hemos resuelto continuar ensanchando todavía la esfera del estudio por los horizontes de la omnipotencia divina con aplicación al punto de vista concreto de nuestro examen.

Sirve para animarnos el encuentro de algunas ideas análogas y acomodables al intento en las magníficas páginas de un gran teólogo de nuestros días, Monseñor Landriot, en sus conferencias sobre el Cristo de la Tradición, que han visto la luz pública en 1867, en la imprenta de Víctor Palmé, en París.

Cuando se pronunciaron estas conferencias, era el autor Obispo de la Rochela y Saintes, habiendo después ascendido a la Silla Arzobispal de Reims. 

En la conferencia quinta, reseñando las consecuencias de la Encarnación del Verbo, para la Humanidad toda entera, anticipa la idea de que las consecuencias son tan gloriosas como consoladoras.

Citando a Lessio, lib. XII, núm. 108, en su tratado de la Perfección Divina, dice así literalmente:

"Por la Eucaristía, Cristo nos comunica su espíritu y su vida, nos reúne en el mismo cuerpo, y como en una sola hipóstasis, perfecta y entera; todos nosotros le somos ingeridos y como incorporados, como el alimento que tomamos nos es incorporado y no forma sino una sola persona con nosotros." En el número 75 de la misma obra de Lessio, se lee: "Cristo es la hipóstasis de todos los justos, y es ella quien los sostiene y les sirve de base." San Gregorio Magno, según el propio autor, dice así en sus comentarios al libro de Job en el prefacio, Cap. VI, pág. 525: "Nuestro Redentor exhibió una sola persona con su Santa Iglesia;" y en fin, Lessio, copiado por Landriot, enseña que nos hacemos hijos de Dios, por la presencia y la acción de la sustancia del Espirito Santo, que nos reúne en un solo cuerpo, a una sola cabeza, a una sola hipóstasis.

He aquí, queridos lectores, la más sublime consecuencia de la Encarnación. He aquí el último grado de la eficacia del sacramento augusto recibido. He aquí el más inefable fruto de la eucaristía. Y, por lo que a nuestro propósito actual conduce, he aquí el más bello, el más grande, el más dulce, el más ilimitado, el infinito efecto y el más exacto significado de la voz ‘comunión’: Dios, asumiendo al hombre y comunicándole su misma vida. También viene a ser éste el más perfecto comentario de las palabras de Jesús en el evangelio, aplicadas al que le recibe: Vive en Mí y Yo en él. He aquí, en todo su esplendor, la omnipotencia eucarística, de que venimos hablando.

¡Ay de aquél que esto lea, que esto crea, que esto conserve en su memoria, y en su corazón, y que no se anonade mentalmente ante tal portento de amor y de condescendencia! ¡Ay de aquél, que sabiendo, y recordando, y conservando en su mente y en su alma, tan profunda y consoladora doctrina, no procure hacerse digno de tamaña maravilla en sí mismo, disponiéndose bien a recibir, agradecer y adaptarse los frutos de tan infinita caridad! Es la. omnipotencia al servicio del amor.

El Verbo divino, como atestigua Monseñor Landriot, tiene una facultad incarnativa infinita, y podría unirse hipostáticamente a todos los seres, lo que es signo de una perfección superabundante, quod est signum exuberantisimæ perfeccionis. Pero respecto del hombre, ¿pudo unirse más? ¿En quién consiste que la unión no sea completa y trascendental en la comunión eucarística?

Confusión y vergüenza da la respuesta que podemos dar a estas interrogaciones, y si el profundizar tal estudio conduce, como no puede menos, a acrecentar en todos el deseo de contribuir, por nuestra parte, el escritor y los lectores, a remediar este mal, esto nos invita a continuar, llevados de la mano por tan docto maestro.

Suárez mantiene la propia doctrina, diciendo: "La facultad que tiene el Verbo de unirse a los seres por la encarnación es infinita, y sería absurdo limitarla, porque todas las naturalezas, cualquiera que sea su superioridad o su inferioridad relativa, están a la misma distancia de Dios." 

Santo Tomás, a su vez, escribe: "Lo mismo que Dios puede crear continuamente nuevas criaturas, puede, después de la encarnación de una materia criada, continuar este mismo prodigio en otra; porque su potencia, bajo esta relación, no podría ser limitada."

Orígenes, de quien hablamos largamente en otro lugar, dijo: "Cristo, cuyo cuerpo es el género humano todo entero, y puede ser la universalidad de los seres."

"El hombre, continúa Monseñor Landriot, se halla en los confines de los dos mundos, material y espiritual; es un pequeño resumen de los mundos, microcosmos, como decían los antiguos. Por la parte superior de su ser, pertenece al ángel; por su cuerpo, pertenece a la tierra; y su naturaleza material tiene relaciones íntimas con los tres reinos de la creación. El Verbo, uniéndose una humanidad completa, ha elevado y como divinizado la región de la materia y del espíritu, porque en virtud de esta unión natural que hace que todos los seres sean una cadena no interrumpida; y de la bondad de Dios que tiende siempre a difundirse hasta los últimos límites, la acción del Verbo, tocando el cuerpo de Cristo, se ha extendido y extenderá sobre toda la naturaleza material; y se hará del Universo todo entero, de los seres visibles e invisibles, como una especie de encarnación, de las que la primera será el origen, la causa y el eterno prototipo.

San Agustín dice que Cristo no forma, por decirlo así, sino un solo hombre derramado sobre toda la tierra, y desarrollándose según la serie de los siglos.

"Cuando el Verbo hubo resuelto encarnarse, no pensaba tan sólo en la humanidad de Cristo, sino en la universalidad de los elegidos, a la que había resuelto incorporarse... Pues la caridad divina pensaba en la universalidad del beneficio, y ponía todo en obra para comunicarse por la emanación de su divinidad a la generalidad de los elegidos. Es, por lo mismo, con título justo, que Cristo es proclamado la colección entera de los santos, el hombre, por decirlo así, universal, como un solo hombre católico, penetrado por la plenitud de la divinidad y de la gracia, cuya vida y actos han llenado todas las extremidades de la tierra y toda la serie de los siglos."

Esta preciosa doctrina de Lessio admite una extensión sublime, íntima y personal en la sagrada eucaristía.

San León, a quien copia Mr. Landriot, sostiene que Cristo es uno y siempre el mismo, en todos los santos, y exclama: "Tal es la extensión de la encarnación, que Cristo es el mismo y siempre uno, no solamente en esta humanidad santa, que es la primogénita, sino en todos sus miembros; porque todos y cada uno en su rango y en su grado, pertenecen a esta encarnación del Verbo."

Tomasino habla así: "No llegaremos hasta el extremo de afirmar que la unión del Verbo con los elegidos en el cielo, será la misma, será tan completa como con la humanidad santa de Cristo. Cristo será siempre la cabeza en donde resida la principal unión del Verbo; esta augusta cabeza será el manantial y el ejemplar de todas las gracias, y los elegidos, por una cierta extensión de la Encarnación, como dice el propio teólogo, formarán el cuerpo de Cristo."

San Ireneo (lib. III, cap. XX, pág. 944), según la cita de Landriot, emite, a este propósito, una idea bellísima, a saber: "El Verbo se ha encarnado para acostumbrar al hombre a recibir a Dios, y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre." El Cardenal Cusa añade, al mismo propósito, lo siguiente: "En el cielo todos estaremos unidos a Cristo nuestra cabeza, como los miembros al cuerpo, como Él mismo está unido al Padre."

"Dios, observa Landriot, con ser todopoderoso, no habría podido hacer más por nosotros; porque más allá de los límites que acabo de indicar, no queda más que la confusión de naturalezas entre Dios y el hombre. Enorgullezcámonos de nuestra vocación, porque un cristiano es un Dios en germen; un cristiano es una criatura privilegiada, que debe todos los días, en compañía del Hombre Dios, subir las gradas de la vida divina, hasta incorporarse a Cristo, y hacerse Dios por la virtud del Verbo. Enorgullezcámonos de nuestra calidad de cristianos: los hombres acaso nos objetarán esta cualidad como un insulto; pero solamente en ella se encuentra la verdadera gloria, la verdadera nobleza."

Es sobrado evidente la aplicación de estas ideas a nuestro asunto; pero aun así preferimos dejar para después de los textos que venimos invocando, el hacer algunas observaciones. Continuemos.

El damasceno en el sermón de la Transfiguración, y el Cardenal Cayetano en la 3.ª Parte, Cuestión 1ª, dicen, según atestigua Alápide en La Epístola de San Juan, cap. I, pág. 836, lo que sigue, que corresponde al mismo orden de ideas: "El Verbo, por su humanidad, elevó a Sí y se unió a todos los hombres, y por ellos a todo el Universo (porque este lazo y este vínculo es el hombre, y por eso se llama microcosmos), de modo que sea Dios todo, en todas las cosas. La Encarnación, añade, es la elevación del Universo a la persona divina."

Ponemos término al presente artículo, trascribiendo un pasaje de Lessio, citado por Monseñor Landriot, pasaje que, aludiendo a la eucaristía, dice: "Así, por este alimento, Cristo, nuestra cabeza, nos comunica su espíritu y su vida, acogiendo a todos en un cuerpo, y como en una hipóstasis perfecta y completa; y todos nos ingerimos en Él, y como que nos incorporamos, como las partes del alimento, aplicadas dentro convenientemente, por el movimiento de la naturaleza, se nos incorporan, y se hacen una hipóstasis con nosotros, cuando nuestro espíritu se extiende a informarlas y vivificarlas."

Hablando Tomasino de Cristo al mismo propósito, añade: "De cuyo cuerpo la cabeza es Dios, cuya cabeza es Cristo, y no hay miembro que no sea grande y sumo (magnum et summum). Porque todos allí, en cierto modo, son iguales, porque todos son máximos, y hermosísimos y beatísimos (Omnia ibi quodam modo æqualia, quia omnia máxima, et pulcherrima, et beatissima), todos son primitivos; todos, en cierto modo, son primogénitos, que todos revistieron [induerunt) el nombre y la persona, la gloria y alegría de Cristo Unigénito y Primogénito." Así se lee literalmente, traducido palabra por palabra, en el tratado de Dios, por Tomasino, lib. VI, cap. XV, núm. 7, t. 1.°, según la edición de Vives, pág. 603, que copiamos de la obra citada de Landriot, t. 1.°, pág. 364.

Las trascendentales consecuencias de esta doctrina, se ofrecen a primera vista; pero nos reservamos sacarlos en la serie del presente estudio. LS 1881, p. 121

 

REY EUCARÍSTICO

I

 Jesucristo es rey. El verso 6.º del salmo 2 de David lo dice literalmente: "He sido establecido rey sobre Sión, su santo monte, para predicar su precepto;" y no lo negó cuando Pilato se lo preguntó, bien que hubiese dicho: “Mi reino no es de este mundo”, como se lee en el vers. 36, cap. 18 de San Juan; lo cual no significa que su reino no esté en este mundo.

El salmo 2 parece consignar el decreto del eterno Padre acerca del reinado de Jesucristo, y el cap. 18, versículos 33 al 38 del evangelio de San Juan contienen la promulgación hecha a los judíos, y a las naciones todas, de aquel estatuto divino.

Armonizando uno y otro texto, se deja ver enunciada primero, y pronunciada solemnemente después, la verdad fundamental con que hemos iniciado este escrito, por ventura en el día de la Adoración de los Santos Reyes y de la vocación de los gentiles, en que la Iglesia santa celebra la realización de la profecía de Malaquías, que dice así: "He aquí que viene el dominador y el Señor, que tiene en su mano el reino y la potestad y el imperio." Frases tomadas, aunque no literalmente, del capítulo 3 del profeta.

El examen comparativo de una y otra referencia de las santas escrituras da la base para discurrir acerca del asunto, estudiando al propio tiempo el comentario de los santos padres a los citados textos.

Comienza el salmo preguntando: "¿Por qué bramaron las naciones y los pueblos meditaron cosas vanas? ¿Y por qué se congregaron los reyes de la tierra, y los príncipes se conjuraron contra el Señor y contra su Cristo? Y dijeron: "Rompamos sus cadenas y alejemos de nosotros su yugo y nueva ley." Y se contesta el Salmista: "El que habita en los cielos se burlará de ellos y el Señor los escarnecerá, hablándoles en su ira y conturbándolos en su furor." "He sido, les dirá, establecido rey sobre Sion, santo monte del Señor, para predicar su precepto», y el mismo Señor me dijo : «Eres mi Hijo, y yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones por herencia y por posesión la tierra hasta sus confines. Los gobernarás con vara férrea y los quebrantarás como vaso de barro. Y ahora, reyes, entended y aprended los que juzgáis la tierra. Servid al Señor con temor y alabadle con temblor, aprendiendo la enseñanza que os ofrece. No sea que se encienda su justa indignación y os deje marchar extraviados de la vía recta de su justicia, para vuestra perdición. "

Este salmo, no sólo establece la realeza del Mesías, Hijo de Dios vivo, sino que predice que contra él se concertarán los príncipes, que las naciones bramarán y que los pueblos meditarán contra Jesucristo cosas vanas, a pesar de ser rey o aun por serlo; y el profeta proclama, así mismo, la divina generación del Verbo de su eterno Padre y la monarquía universal de Jesucristo, a quien se le otorga el mero y mixto imperio y el cetro de las naciones todas, hasta los últimos límites de la tierra.

En punto al texto evangélico, la idea aparece clara y, tomo 7, apoyada en la palabra infalible del Hijo de Dios vivo, hecho hombre, a quien Pilato preguntó: "¿Tú eres rey de los judíos?" Y el Señor contestó: "Tú lo dices," según San Marcos; y, según San Juan, respondió el Salvador: "¿Dices eso por ti mismo o porque te lo dijeron otros de mí?" "¿Acaso soy yo judío? repuso Pilato, con otras frases más; y contestó ya el Señor: "Mi reino no es de este mundo; porque, si mi reino fuese de este mundo, mis ministros esgrimirían sus armas para que no fuese entregado a los judíos; pero ahora mi reino no es de aquí." "¿Luego eres rey? observó Pilato. Y respondió el Señor: "Tú lo dices, que yo soy rey. Yo en esto he nacido, y a esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; y todo el que procede de la verdad, oye mi voz."

Los intérpretes, y entre ellos el P. Scio, entienden el ahora y el de aquí como una afirmación indirecta referente a otro tiempo y lugar, y se percibe que aquella negación a época limitada es afirmación de los demás tiempos y lugares, mayormente recordando que, en el mismo evangelio, se dice, por el día de la pasión y muerte, que aquél es el tiempo del poder de las tinieblas.

De todo ello, deriva la afirmación y la profecía armónicas para fundar la dulce verdad que proclamamos.

La profecía está repetida en muchos otros salmos, que proclaman el juicio del rey y la justicia para el hijo del rey los unos; dan otros por establecido su trono y su juicio y su reino eterno, como el 9, y en muchos de los libros del Antiguo Testamento, pero señaladamente en el salmo 92, que parece dedicado a establecer el reino de Cristo, rodeado de decoro y fortaleza, para afirmar el orbe, que no se conmoverá, sentándose bajo el

solio que le está dispuesto desde toda eternidad, proclamando su reinado los ríos con sus olas y sus aguas y los mares con sus elevaciones y las alturas con sus maravillas, haciendo verdaderos sus testimonios y brillando la santidad en su casa por muchos siglos o días; y los salmos 86, 87 y 99, que conducen, al propio intento.

El profeta-rey le llama ‘rey manso’; en un himno, la Iglesia le apellida ‘Cristo’; David le promete ‘rey que reinará en Sion’ y, por eso, los apóstoles y algunos de sus discípulos esperaban en su reinado terrenal.

¿Cuál es este reino? ¿Dónde está su trono? ¿Cómo es su reinado? ¿Cuáles son sus súbditos? ¿De qué manera reina, realizando los anuncios del Antiguo Testamento, que nos trae tantas veces a la memoria la esposa inmaculada de Jesucristo en sus cantos?

Éstas son cuestiones mejores para escribir un libro que una corta serie de artículos ascéticos, acomodados a un asunto que, a la primera vista, parece completamente ajeno al reinado de Jesucristo.

Pero, recordando entre todas las interpretaciones de las sagradas letras, aquéllas que conducen al propósito: unas que suponen cierta época del mundo en que reinará Jesucristo por medio de sus elegidos, otras que dicen que ya reinó, y otras que aluden al reino general de la gracia, creemos que este reinado puede interpretarse bien [correctamente] por el dominio real y efectivo que, aunque de un modo no visible, ejerce el Señor desde el tabernáculo sobre los que tienen fe viva en su presencia real.

Adoptando este sentido, que apoyan las obras del P. Faber y las de Mons. Landriot, arzobispo de Reims, y la del abate Sagette, entonces tendremos que el trono de este rey pacífico es el sagrario; su corte, significada por Sion, el templo; los vasallos son los fieles cristianos, que le brindan sus corazones y le reciben en su pecho, rindiéndole su homenaje de humildad, contrición y amor, y recibiendo de él una protección especial aun en la vida humana y en este mundo, y los castigos que este monarca impone son todos espirituales, llegando, por último, a la ‘vara de indignación’ cuando ya es inútil la de probación y la de tentación.

Así considerada la vida eucarística de Jesús, se despliega ante la mirada del espíritu un horizonte vastísimo, a que se extiende la acción misericordiosa del Señor que mora en este santo monte, y como rey y pastor guía sus ovejuelas al aprisco de su inmediación.

Este reino invisible, pero real y positivo, se forma de los elegidos que ocupan, sin ellos entenderlo, los primeros puestos de la corte de gracia.

Estudiaremos con el debido detenimiento este reino de Jesucristo, que gobierna por ministerio de sus ángeles, y que trasladado un día de la tierra de la cautividad y la lucha, con todos sus fieles súbditos, a la patria celestial, ha de formar, en lo alto de los cielos, mediante la divina misericordia, el reino eterno del Verbo encarnado.

Para este objeto consideraremos primero a Jesús como ‘rey pacífico’, a los fieles como ‘sus vasallos’, a los ‘dones’ recíprocos y al ‘homenaje’ y ‘servicio’ que de nosotros reclama, y los ‘castigos’ que nos impone cuando salimos de su dulce reinado o nos sustraemos a su yugo suavísimo.

Pero esto será asunto de artículos sucesivos. LS 1876, p. 176.

  

II

 

Decíamos en el artículo anterior de esta sección que la materia era mejor para un libro que para una serie de artículos de la revista. Y es indudable, porque es muy vasto y muy dulce a la vez el estudio que hemos emprendido. Tan vasto, que comprende todo el mundo espiritual; tan dulce, que interesa las fibras más delicadas del corazón.

Continuando el propósito, ante todo, hemos de escribir una especie de rectificación grave y trascendental, que no acusa, gracias a Dios, un error dogmático, pero que parece como que limita los dominios del reino eucarístico.

Dijimos (pág. 179?) que el Señor desde el Tabernáculo ejerce su dominio real y efectivo, aunque no visible, sobre los que tienen fe viva en su presencia real; y más adelante, en la citada página, que sus vasallos son los fieles cristianos que le brindan sus corazones y le reciben en su pecho, rindiéndole su homenaje de humildad, contrición y amor, y recibiendo de él una protección especial, aun en la vida humana en este mundo, y los castigos que este monarca impone con su vara de probación, de tentación y de indignación.

Pues bien; nos remuerde la conciencia de haber estrechado, hablando así, los confines del reino espiritual de Jesús sacramentado, mayormente habiendo sostenido en el art. VII de la providencia, páginas 200 a la 206 del tomo 4 [año 1873], y señaladamente en la última de las páginas citadas, la proposición de que "aun los idólatras y herejes disfrutan, en alguna manera, de la providencia especial de Jesús en el sagrario, y que los límites del imperio eucarístico se extienden mucho más de lo que alcanza la mirada del hombre poco versado en estos estudios.

No queremos retirar esta amorosa teoría y, por eso, mantenemos, por vía de rectificación, los inmensos dominios de la divina misericordia.

El Señor nos dijo por boca de David, en el salmo II, que "a su Verbo hecho hombre le daría las naciones por herencia y por posesión los confines de la tierra;" y he aquí los linderos y el territorio del reino eucarístico.

¡Pues qué! Aun en el orden humano, ¿dejan de ser súbditos de un rey los que moran en su territorio, siquiera no obedezcan sus leyes o no le rindan homenaje? No: serán vasallos rebeldes, culpables y reos tal vez de castigos terribles; pero sometidos están a su justicia.

Cuando dijo San Pablo: "El reino de Dios está dentro de vosotros," no puso coto ni hizo distinción alguna, y no se puede, por tanto, poner meta ni hacer limitación al reino del Verbo humanado.

Recuperemos, pues, nuestra idea fundada en tales textos, no excluyendo del dulce dominio del rey pacífico ni aun a los pecadores, que pueden convertirse, ni a los incrédulos, ni a los idólatras, ni aun a los herejes.

El suave cetro del rey de amor que se asienta en el trono eucarístico, alcanza a todos; su amor es infinito e inmenso.

Hermanos pecadores, somos rebeldes muchos, renegados otros, infieles todos; pero hijos de un mismo Padre, que está en los cielos; hermanos con Jesucristo, que es el primogénito entre innumerables hermanos, y acreedores, por lo tanto, cada cual en su grado y en su esfera, al mérito de la redención.

Huélgome de recobrar esta doctrina magnífica; que sin ser error manifiesto la otra, porque la realeza de Jesús alcanza más especialmente a los súbditos leales, podría interpretarse como estrecha y opuesta a las más seguras nociones de la infinita misericordia divina.

Restablecida tan consoladora teoría, que está acorde con las ideas de la Iglesia, podemos ya continuar nuestro intento.

Nos interrogábamos en el artículo anterior: ¿cuál es este reino eucarístico? Y venimos de dar la respuesta: el mundo entero.

Decíamos: ¿Dónde está su trono? Y la respuesta es obvia: en el sagrario.

¿Cuáles son sus súbditos? Y decimos: todos los hombres sin excepción.

Nos queda por analizar cómo es su reinado y de qué manera reina y realiza los anuncios proféticos del Antiguo Testamento, y vamos a contestar a estas dos interrogaciones.

La idea de los reyes que tenemos acá, en el mundo, es por todo extremo material y, por lo mismo, limitada. Donde no vemos los atributos del poder, el esplendor de la dignidad, el delegado del monarca, la forma externa del imperio, la misión de castigar, el don supremo de recompensar, la exterioridad del homenaje y, en fin, el reconocimiento de la realeza, el tributo del amor, del temor y del honor ofrecido al monarca, y la defensa ostentosa de su vida y de los respetos que merece, confiada a una custodia inmediata de su persona, que son las condiciones debidas al que impera en las sociedades humanas, según una famosa ley de las Partidas, parécenos que no hay, que no brilla la potestad suprema.

Somos materiales, y hacemos por esto una misma cosa de los atributos de la majestad y de la majestad misma.

Pero en la esfera espiritual no puede sernos visible este modo de ser del poder supremo, sin que en ella se pueda excusar la mayor parte, si no todos, los elementos citados de la autoridad excelsa a que nos venimos refiriendo.

Hay, pues, en ella precisión de que se reúnan tales condiciones de un modo efectivo, pero no evidente; real, pero no externo y tangible.

Compréndese lo difícil que es explicar bien tan interesante problema y resolverlo de una manera adecuada al objeto y a la persona de nuestro rey pacífico de los corazones y de las almas; pero es preciso afrontar esta dificultad para establecer bien la agradable verdad dogmática que nos ocupa.

Conocimiento, amor, temor, honra y custodia son los deberes del súbdito, según los define la citada ley de las Partidas, que es la ley XII, tít. 13, Partida 2.ª y que va a servirnos de razón de método en el presente escrito.

Nos felicitamos de hallar en esta ley española una magnífica armonía con las ideas religiosas y una oportuna aplicación al asunto; porque, al fin, el conocimiento en el terreno que estudiamos viene a ser la fe; el amor, la caridad; el temor se traduce por el temor de Dios, la honra por el culto, y la guarda por la devoción práctica a Jesús sacramentado.

El rey de nuestros corazones, que se hospeda en el sagrario, demanda la fe en la presencia real; el amor que merece su persona como Creador, como Redentor y como Emmanuel, o Dios con nosotros; el temor, que se refiere al juicio final, en el cual el intercesor de hoy se convertirá en juez; la honra que dice relación al culto interno y externo que le debemos ofrecer, y a la comunión que debemos practicar; y, por fin, la guarda o custodia, que tiene que practicarse visitándole, defendiéndole y atestiguando su presencia, y aun deparándole otra custodia y aposento viviente, que anhela, en nuestro pecho y en nuestro corazón.

He aquí una forma casi nueva de tratar un asunto antiguo, que han agotado, si no fuese inagotable, los santos padres y escritores ascéticos, y por eso de ser la forma casi nueva, podrá contribuir a la edificación del lector, que debe fijarse más en la sustancia que en los accidentes, hijos de nuestra pequeña ignorancia; porque estos defectos los suplirá la meditación de estos puntos al pie del altar, después de la comunión.

¡Oh, sí! Seguridad tenemos de que ninguno de nuestros miserables trabajos quedará incompleto, empleando para tal propósito aquel procedimiento. El Espíritu consolador realizará allí lo que de él canta la Iglesia en uno de los himnos que le dedica, puesto que, llamado por nuestra devoción al pie del ara, después de comulgar, ostentará aquellos atributos de padre de los pobres, donador de las gracias, luz de los corazones, consolador óptimo, dulce huésped del alma, dulce refrigerio, en los trabajos descanso, en el ardor temperamento, en el llanto consuelo. Él, luz beatísima que llena los más ocultos senos del corazón de sus fieles, lavando lo manchado, regando lo que está árido, sanando lo que está enfermo, doblando lo que está rígido, fomentando lo que está frío y rectificando lo que está desviado, y dando a los fieles que en él confían el sagrado haz de sus dones, para que pueda comprender, estimar, agradecer y aplicar a nuestra menguada naturaleza las dulces relaciones que manan del reino eucarístico de Jesús, y que se destilan, por la gracia de Dios y la inspiración del Espíritu Santo, en los corazones humildes y amantes de aquella hostia viva que se nos comunica.

Pero suspendamos por hoy esta agradable tarea. LS 1876, p.340.

 

JESÚS REY

 

III (I)

 

En las páginas 176 y 340 del tomo 7.º de nuestra humilde revista, correspondiente al año 1876, hemos iniciado una serie de artículos que no hemos continuado. Venimos a explicar la razón, y a continuar, si Dios nos lo permite, tan tierno y provechoso estudio, sintiendo, más que nunca, la indigencia de nuestro espíritu y la cortedad de nuestra instrucción, para tan bella empresa.

La razón de haber suspendido el propósito hasta hoy, después de haberlo iniciado, ha sido grave y honrosa, porque atestigua, que si somos muy posa cosa , tenemos, a lo menos, la precognición de nuestra miseria y no queremos exhibirla en competencia con ninguna otra persona a semejante asunto dedicada. Porque es el caso que de Francia se nos preguntó quién era el autor de aquellos dos artículos, tal vez para conferenciar por escrito acerca de aquel modesto trabajo y obrar de acuerdo en el propósito comenzado. Contestamos evasivamente, y a poco, en 1883, apareció y comenzó a publicarse un magnífico periódico, hoy transformado en otro, que tomó por título el de nuestros pobres artículos, El Reino de Jesucristo, planteando la materia en el terreno eucarístico. Hizo más, en honor nuestro, pues inició sus tareas, diciendo en uno de los primeros artículos que se proponía seguir la misma senda inaugurada por revistas españolas, y en el primero de la serie aceptó por base los mismos textos sagrados de los salmos de David y del Antiguo Testamento que habíamos invocado, añadiendo, por ventura, algunos no menos pertinentes al asunto, poniendo por nota del primer estudio que lo tomaba de LA LÁMPARA DEL SANTUARIO.

De manera que la Revista a que nos referimos tuvo la dignación de admitir el asunto, las citas y el propósito de LA LÁMPARA en toda su extensión, pues cabalmente reconoció, como fundamento doctrinal, que el reino de Jesucristo se ejerce, indudablemente, desde el tabernáculo, en que reside sacramentalmente Nuestro Señor. Pero no tuvo a bien el edificante y ya célebre periódico seguir la misma ruta, pues plúgole, porque tal era su intento, separarse del derrotero que nos habíamos trazado, ora porque no habíamos desarrollado nuestro pensamiento en todo su alcance, ora porque estableciendo, como es de fe, que el reinado de Jesucristo se exhibe en el terreno de la naturaleza, en el de la gracia y en el de la gloria, omitiendo o absteniéndose de tratar el asunto en el primero y el tercero, propusiéronse, y así convenía a su plan, extender su mirada de águila los sabios redactores de la preciosa revista de Paray le Monial al reino social del Hijo de Dios humanado desde la presencia real en la sacrosanta hostia, recogiendo algunos las tradiciones, monumentos artísticos, milagros y objetos históricos que atestiguan, en la serie de las edades, el reinado social de Cristo Ntro. Señor, tratando de demostrar, como lo hizo la excelente publicación durante los seis años de su vida, cómo, a través de los siglos, vino a ser reconocido por todos, de hecho y de derecho, el reinado del Verbo divino, en su vida eucarística, no solo por los individuos, sino también por las sociedades humanas que vivieron al abrigo, o a la sombra del tabernáculo de Dios con los hombres.

Tan bella empresa fue coronada por el éxito que tuvo el célebre periódico, como no podía menos de ser, cuando a tan grandioso proyecto llegaron a contribuir hermosos grabados, sabios literatos y grandes escritores, agrupados bajo la bandera del templo de las confidencias del sacratísimo corazón de Jesús-hostia a su sierva amada Margarita María Alacoque.

Claro es que nuestra modestia, hija de nuestra pequeñez, ni debía competir, ni distraer a los lectores de una y otra publicación del objeto sublime de la revista francesa. Tocábale al ignaro escritor hacerse a un lado y dejarse olvidar, gloriándose allá en el fondo del alma de haber dado ocasión y título, y hasta materia rudimentaria, a obra tan insigne, a lo menos, mientras viviere la revista que tanto respeto nos había inspirado y tan profunda admiración y simpatías. Pero en el año de 1888 suspendió su vida de publicidad el periódico trimestral francés, legándonos la honra de haberle dado nombre y materia, honra insigne que estimamos en mucho; y ya no estorbamos ni desviamos la atención de nadie, volviendo a anudar el hilo de nuestra tarea que, si por lo modesta, no puede rivalizar con las diferentes maneras de escribir acerca de asunto tan sobreexcelente, no carece, sin embargo, de interés místico y ascético.

La verdad es, y con esto restablecemos el primitivo propósito, que no era el nuestro el reinado de Cristo en la eucaristía desde el punto de vista social y, en cierto modo, político, sino el reinado de Jesús sacramentado en las almas que le reciben a menudo y con las que el Señor forma una provincia de su reino, y ¿cómo lo diremos? una familia escogida, una amistad de predilección, una pequeña grey a la que brinda su reino y se lo promete y se lo otorga y en ellas vive, no solamente como monarca absoluto, sino como hipóstasis, esto es, supuesto personal, puesto que vive Cristo en ellas y ellas en Cristo, asumiéndolas como el águila a sus polluelos, para llevarlos a la cumbre de la gracia y a las regiones elevadas de la vida mística e insinuándose Cristo en sus venas y siendo el alma de su alma y fundiéndose, sin anular su personalidad, con ellas como las ceras que se derriten y confunden en un mismo crisol y, en fin, viviendo en estas privilegiadas criaturas, si ellas cooperan como San Pablo cuando decía: "Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí."

Con solo exponer nuestro ideal hay bastante para que el lector amigo nos tenga por osados y pretenciosos, y lo pensará con razón sobrada y motivo justo. Pero no será la vez primera que Dios Nuestro Señor, que se complace en desatar las lenguas de los niños, y se vale de los débiles, pequeños e ignorantes, inspire a quien todo esto y otras deficiencias y mucha indignidad reúne para bosquejar, ya que no podamos profundizar, materia tan trascendental como edificante. Y hemos pensado, por tanto, pedir al Señor su gracia, implorar de Jesús sacramentado nos inspire algo digno de él, y escribir con gran pulso y tino lo que Dios nos de a entender, bajo la custodia de un censor, tan ilustrado teólogo, como indulgente amigo y prudente consejero.

En efecto, y mirando al sagrario, con los ojos de la fe viva, ¿puede imaginarse una cosa más tierna y dulce al corazón cristiano que advertir, como es dogma católico, que Jesús instituyó su sacramento antes de derramar su sangre en la cruz, para recoger esa misma sangre, al resucitar, en el arca santísima de su cuerpo, ya inmortal y habitado por su alma, y poseído uno y otra por su divinidad, para depositarlo todo, cuerpo, sangre, alma y divinidad, en el sacramento de amor, no sólo como una reliquia, o mejor, augusto relicario, sino también para darnos el tesoro entero en la comunión, y esto para insinuarse oculta y calladamente en nosotros, y amén de unirse y compenetrarse su alma con el alma, su sangre con la sangre, el corazón divino con nuestro corazón, y asumir, sin abolirla, nuestra vida, de forma que viva ya en nosotros y nosotros en él?

Pues, sin embargo, éste es un dogma innegable y maravillosa verdad y fecundo germen de vida espiritual que, cooperando el comulgante, así como le anticipa la sustancia de la gloria, le brinda ascender a las altas cumbres de la gracia, no por los propios méritos del comulgante, sino por la benignidad y por los méritos de Cristo.

Y, ahora bien, admitidas estas ideas que son dogmáticas, ¿qué falta para dejar establecido el reino especial y secreto, pero real y efectivo y eficaz y trascendente, que venimos a meditar y dibujar con trémula y tosca pluma? No falta nada. Porque jamás se pudo concebir un reino más verdadero y absoluto de amor divino, que el de un monarca que vive espiritual, y a un tiempo, corporal y sustancialmente en sus súbditos, y late en ellos su corazón y los anima su alma, y los posee su divinidad y hace, en algún modo misterioso, que atestiguan los santos padres, divinas sus acciones y merecedoras de la gloria, por los méritos de Cristo. Un reino tal, ¡qué reino maravilloso! deriva de tal modo del rey, que toma este Señor posesión de él por amor, y vive en él y ellos los vasallos alientan y viven y obran por él.

Un reino ¡Qué reino! en que el monarca, no sólo recibe tributo y pleito-homenaje y una parte de los frutos y producciones del vasallo, sino que el rey asume todo, y le pertenece y se apropia todo, y la vida del alma y la vida del cuerpo y la región de los afectos y la de los pensamientos y la actividad toda del sujeto y todas las aspiraciones del corazón, y se hace un maravilloso desposorio y mutua entrega, de suerte que se hace real y efectiva la frase evangélica, que vive el rey en el súbdito y el súbdito en el rey. Se hacen dos corazones unidos, dos almas hermanas y dos facultades de pensar perfectamente unidas, y en ellas impera el Verbo divino, y las inspira el Espiritu Santo y las adopta el eterno Padre, recordando el pensamiento del Salmo: "iQué bello y qué precioso habitar los hermanos en uno!"

Al rey de este reino sea dado todo honor y gloria, porque es el rey de los siglos invisible e inmortal. Ante esta maravillosa y sublime alianza y dominación absoluta y amorosa, pueden cantar los serafines y entonar los bienaventurados aquel himno del Apocalipsis: "Nos redimiste, Señor, con tu sangre, y nos has hecho para nuestro Dios su reino." A propósito de esta dulce monarquía de las almas con Dios, puede decirse verdaderamente: "El reino de Dios está dentro de vosotros."

Un reino tal es la razón del ser humano, la causa de la misión de un Dios, la explicación de los misterios de la pasión y muerte de Cristo, la condensación de las riquezas atesoradas de la vida, el ultimo objeto de la encarnación del Verbo y el asunto eterno de los consejos de la beatísima Trinidad. Para establecer y fundar este dulce imperio bajó el Señor de su trono, se encarnó en el puro y virginal seno de María, vivió secretamente treinta años sobre la tierra, ejerció pública vida tres años en la Judea, oró en el Huerto, y sufrió en el pretorio desprecios y ultrajes y azotes, y fue coronado de espinas, y clavado en la cruz por los judíos, y fue depositado en el sepulcro por tres días, y resucitó e hizo vida sobrehumana cuarenta días y ascendió a los cielos glorioso y desciende sobre el ara santa a la voz de su ministro y penetra en el pecho del hombre y hace en él misteriosa mansión y vida común.

Para fundar y establecer este reinado sin leyes, ni castigos, ni privaciones, nos llama el Señor con su gracia previniente, nos conduce a la mesa celestial por la concomitante, después de rociarnos con su sangre en el tribunal de la penitencia, y se nos entrega personal y sustancialmente sin reserva ni partija, por la comunión sacramental, y se une a nosotros bajo las especies y, consumidas éstas, se queda su espíritu con nosotros y nos comunica este mismo espíritu a la medida del deseo y de la preparación y de la acción de gracias, con todas las preciosas, aunque secundarias, que nos, brinda y nos entrega sin ruido ni ostentación.

¡Oh! Seguramente el rey de este reino es grande sobre toda grandeza por sus condescendencias y magnífico por sus misericordias, y dulce sobre toda dulzura cuando se le gusta; y suave sobre toda suavidad, por sus dones, y amable por todo extremo, por sus amores, que hicieron brotar su sangre y apenar su corazón en el Huerto, y en las calles de Jerusalén y en la cruz. Y los vasallos de este reino son dichosos como no los hubo jamás, pues a costa ajena y sobre las espaldas del rey edificaron cuando pecadores, y con sus dolores y martirios y pasión y muerte se han redimido y salvado, y con él, si son fieles, pueden vivir siempre, y el rey paga sus tributos y el rey los entroniza en vida, y es su viático en la muerte, y será juez misericordioso en su juicio particular después de la tumba, y será su bienaventuranza y su gloria en la eternidad por los siglos y los siglos sin fin.

Dichoso reino, glorioso rey y misericordioso reinado, en que por tales medios se alcanza la gloria de Dios y al Dios de la gloria, y la tierra se convierte en antecámara del cielo, y viene a nosotros el reino de Dios, y en él podremos, si sabemos y queremos aprovecharlo, cantar con los ángeles y bienaventurados: "Nos has redimido, Señor, con tu sangre, y nos hiciste para nuestro Dios un reino, y reinaremos." LS 1890, p. 401.

 

IV (II)

 

Trazada en el artículo anterior la materia de esta serie de estudios, la dificultad está en desarrollar tan elevado asunto. Con la ayuda de Dios vamos a hacerlo.

El corazón del hombre es un abismo que no pueden colmar los objetos terrenales. Busca el pobre mortal cómo saciar su sed de amar y ser feliz y su reposo en los bienes de la tierra, que Dios misericordioso creó para él, más bien como sustento pasajero que para que se pague y satisfaga con ellos; y nunca queda tranquilo y contento con esas fruiciones instantáneas, que no llenan el corazón hambriento y sediento. Se impone a su anhelo, siempre creciente, un más allá que no llega a extinguir la facultad de gozar, ni queda harto su deseo. ¿Por qué será? Atrévese el incrédulo a blasfemar, suponiendo que Nuestro Señor, estableciendo en el fondo del alma aquel deseo nunca satisfecho, hizo a su criatura predilecta el triste don de la libertad y el uso de sus facultades, en algún modo ilimitadas, como para que jamás logre la dicha, y muera bajo el imperio de la fatalidad. De modo que, prestando oídos a semejante modo de discurrir, el hombre tiene que resignarse a vagar por el desierto de la vida, buscando e inquiriendo continuamente lo que no encontrará. Este destino fatal, dicen, le aconseja vivir para gozar, repitiendo aquella frase atea: "Comamos y bebamos, pues mañana moriremos," y deducen de tan funesto error los materialistas, que debemos, como otros hijos pródigos, saciarnos de los manjares groseros que halagan los sentidos, renunciando a toda aspiración superior.

Pero tal modo de discurrir afrenta al ser racional y calumnia la bondad de Dios, que en hipótesis semejante, habría depositado en el fondo del humano corazón un deseo insaciable para burlarse de su criatura, siendo, en aquel supuesto, el hombre el único ser de la creación que no halla satisfechas sus aspiraciones, ni las saciará nunca.

Tan absurda teoría encuentra una repulsión instintiva en nuestro entendimiento y una negación absoluta en el corazón. Y la fe cristiana nos enseña la verdad acerca de tan pavoroso problema. Dios nos ha criado para ser felices, y el anhelo que nos deja todo placer lícito o ilícito, nos atestigua que, en efecto, Dios nos tiene dispuesto en el banquete de la vida temporal el modo único y perfecto de aquietar el alma con dones sobrenaturales, cifrados no sólo en la fe y en la esperanza, sí que también en el goce purísimo de la caridad y amor de Dios, que es como la aurora del día sin término de la bienaventuranza eterna; pues la observancia de los preceptos divinos da paz al espíritu, y la observancia de los consejos nos anticipa como el crepúsculo de la beatitud eterna.

Hace más por nosotros la misericordia infinita de Dios Nuestro Señor, porque, aun en este valle de lágrimas, sin privarnos de los bienes de la tierra, nos brinda como viático de la peregrinación por el mundo el maná del cielo; y este maná sustancioso es el mismo Dios que se nos ofrece en la sagrada eucaristía bajo los velos del augusto sacramento. Para el cual efecto, el Hijo de Dios vivo se hizo hombre y vivió y murió por nosotros, no sólo para redimirnos y salvarnos de los efectos del pecado original, sino también para poner a nuestro alcance todos sus méritos y, en cierto modo, la comunicación de sus atributos divinos. Este portento de caridad y de condescendencia nos recuerda la frase de San Agustín, que “hemos sido criados para Dios y que estará siempre inquieto nuestro corazón hasta que reposemos en él.”

Y conociéndolo y disponiéndolo así el Señor, muy sabia y amorosamente, con tan dulce propósito se quedó con el hombre, cumpliendo su promesa, y estará hasta la consumación de los siglos; y desde su presencia real, nos despide flechas que podríamos decir empapadas en su amor para llamarnos a poseerle en el tiempo, a la medida de la fe, para acompañarnos con su espíritu durante la vida y llevarnos consigo por los senderos de la perfección a la comunión sin velos de la gloria.

Sabe el Señor perfectamente que sólo él puede saciarnos, y se nos acerca indulgente en su vida sacramental, de suerte que, con la debida preparación, podemos anticiparnos la sustancia de la gloria y acrecentar sus quilates, digamos así, a medida que correspondemos mejor a su gracia previniente, y que nos dejamos llevar de grada en grada por la escala de las virtudes en el valle de lágrimas, en cualquiera lugar que nos colocamos, como dice el salmo; esto es, en todos los estados de la vida humana.

Entonces se opera la maravilla del reino de Dios en el mundo y en el hombre, porque rinde éste su corazón y lo entrega a su rey pacífico y reina y vence e impera absolutamente, y sin estorbos, Cristo Jesús en nosotros, y nos asume a sí y vive Dios una vida sublime en el hombre y éste en Dios. Pero ¡qué vida! ¿qué reino? ¿qué felicidad? Nadie lo sabe decir ni explicar; pero, no por eso es el misterio menos verdadero y eficaz.

Entonces, Dios se gloría y manda y reina y vive en la criatura y la criatura vive y mora en Dios. ¡Con qué dulzura va el Señor, en semejante concepto, tomando posesión del hombre! ¡Con qué suavidad huella el comulgante dócil y agradecido los senderos de la perfección, y cómo se va muriendo en sí mismo el hombre viejo y se renueva y se purifica y asciende a las alturas del espíritu! No se puede explicar ni comprender.

En este comercio inefable, el alma al contacto de su amado, se enajena a sí propia y marcha en la vía que la conduce a Dios, como llevada y atraída dulcemente, sin sentirlo y sin resistencia, y Dios se insinúa en ella, se infiltra en las más ocultas entrañas del espíritu, y despide todo lo que se opone a su reino absoluto e irresistible para llenar los senos del corazón y colmarlo de su presencia, sin violencia ni coacción; y corre, sin obstáculo, el espíritu en pos de su amado Jesús, haciendo éste cada vez más íntima su posesión, y asentándose en ella como en un trono de gracia en el cual reposa como en un lecho de flores. Y el Señor anticipa a la víctima afortunada de sus amores algo de su pasión, y algo de su gloria, alternando en ambos estados para labrar allí su mansión y habitar en ella. ¡Dichoso reino! ¡Suavísimo pleito-homenaje! y ¡envidiable y recíproca comunicación!

Esta es la vida y el reino de Dios en los corazones humanos; y es reino porque Dios manda y obra en el alma sin obstáculo; y obedeciéndole y sirviéndole el hombre, reina también, según aquella hermosa frase de la Iglesia, que dice: "Servir a Dios, reinar es."

Necesitamos para esta dicha un maestro, y el Señor todopoderoso e infinitamente sabio se digna enseñarnos con su espíritu, nos envía la tribulación, que no es el menor ciertamente de sus dones, y en este yunque se va el mortal ejercitando, como en una escuela de virtudes, porque la paciencia es obra perfecta, como dice San Pablo.

Necesitamos un modelo, y el Señor en su vida, pasión y muerte, nos brinda un modelo perfectísimo. También nos es preciso un auxilio eficaz, porque somos débiles, y el Señor otorga su gracia, a medida de nuestra necesidad, si recurrimos a él con fe viva y con el sentimiento de nuestra pequeñez; pues, como dice también el apóstol: "Dios es fiel y leal, y no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, para vencer en los rudos combates de la vida." También hemos de menester una grande indulgencia con las caídas frecuentes de nuestro espíritu enfermo, y Dios Nuestro Señor nos facilita los llamamientos de su amor y nos espera con los brazos abiertos, como el clemente Padre de familia hizo con el hijo pródigo, franqueándonos el manantial nunca exhausto de sus gracias y el acceso a las fuentes de la penitencia, siempre abiertas para que el pecador se lave en el baño de su sangre preciosa, y quede limpio en ellas, como canta la Iglesia en uno de sus himnos.

En el hastío que producen los goces pasajeros, se descubre un contacto de la gracia que nos despega de las aficiones del sentido, como un benévolo y tierno aviso de que nuestro corazón no ha sido formado para aquéllas, sino para abrevarse en aguas más puras, que el Señor reserva para los que le temen. Todavía falta algo a la inmensa fragilidad y miseria humana, que es la posesión de un atractivo poderoso y el aliciente de un amor verdadero; y he aquí que, tomando su voz el apóstol de las gentes, nos asegura que la caridad divina nos apremia a que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquél que por ellos ha muerto.

Todos estos auxilios nos ofrece la presencia real de Cristo en su vida eucarística por la fe en él y, sobre todo, en su comunión sacramental. En la comunión espiritual que facilita su habitación en el tabernáculo, hay una mina inagotable de ventura para el cristiano, y de aquélla brotan raudales de fuerza y de consuelo inefables; y en la comunión, el mismo Cristo nuestro rey y Señor desciende personalmente al corazón, se infiltra suavemente en nuestro cuerpo y se compenetra con nuestra sangre, fundiéndose en nuestra persona y mezclándose con el hombre como dos gotas de cera derretida en un mismo crisol, según la hermosa expresión de San Cirilo.

De esta comunión y recíproca unión y vida común resultan tales maravillas y socorros tan eficaces, que sólo pueden adivinarse al resplandor de la fe, y sólo conoce el que los experimenta en sí propio, y los medita detenidamente después de gustar toda su inefable dulzura.

Hemos bosquejado toscamente el cuadro que nos hemos propuesto, al estudiar con temor y temblor el misterio profundo del reino de Dios en los corazones por medio de la sagrada eucaristía. Si el Señor nos continúa su favor, otro día continuaremos, aunque sea someramente, los misterios del amor divino y las esplendideces de su condescendencia, para los que le temen y le frecuentan en la comunión. LS 1890, p. 441.

 

V (III)

 

El reinado de Cristo N. S. sacramentado se ejerce en el corazón, en el entendimiento y en las obras de sus vasallos, que no sólo le prestan pleito homenaje con su culto público y secreto, sino que también le rinden su corazón, le someten su inteligencia y le siguen, y se dejan dominar y guiar por él en su conducta. Bajo estos tres conceptos queremos considerar el dulce reino que produce el Señor sacramentado y oculto bajo las especies para los que le reciben frecuentemente, puesto que tal es uno de los principales y más íntimos fines de la presencia real.

El corazón del hombre es un reino, que el Redentor ha conquistado con su sangre y lo recaba de nuestra voluntad a expensas del amor inefable e inmenso con que derramó aquélla. He aquí la tesis que deseamos comprobar en el presente y humilde artículo, más bien encaminado a bosquejar someramente, que a profundizar bien tan precioso asunto.

En los libros santos se lee que en la gloria las voces de los ángeles, de los cuatro animales y de los ancianos que rodean el trono del cordero entonan con lágrimas un cántico nuevo: "Nos redimiste, Señor, con tu sangre, de toda tribu, lengua, pueblo, nación; y nos has hecho un reino para Dios, y reinaremos sobre la tierra." En otra parte dice el Apóstol: "No sois vuestros, pues habéis sido comprados a gran precio. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo." Palabras por todo extremo misteriosas y significativas que, puestas en mutua relación con las del Apocalipsis, expresan ideas conexas y enderezadas a establecer que, de la sangre de Cristo, no sólo emana la redención, sino que aquélla también reconquista al hombre de la Creación y nos da posesión de Dios, pues además la redención, por la superabundancia del amor con que ha sido ejecutada por Cristo, cautiva nuestro corazón, en el que se forma un reino para Dios y un reino del hombre sobre la tierra.

[Las dos frases] significa[n] además que, de la redención, y [de] la efusión de sangre divina, en que ha consistido, no sólo resulta que reinaremos sobre la tierra, sino también que se infiere que, por medio de la institución del augusto sacramento, llevamos a Dios en nuestro cuerpo: ya por la gracia del Espíritu Santo que habita en el alma de los fieles, que no tienen culpa grave o recobraron la inocencia por el perdón; ya también, y porque como última consecuencia de tal cúmulo de favores, podemos aposentar por un tiempo en el corazón al Verbo encarnado y sacramentado, y vivir con él y en él, y él con nosotros.

Hay en todo esto un arcano inescrutable, a primera vista, de amor infinito, que, si bien se puede desentrañar y revelar, en cierto modo, por ministerio de la contemplación, no se pudiera creer si no fuese dogma de fe, aunque es merced tan dulce para el alma como trascendental a todo el hombre, en especial para mover sus afectos.

Podía Dios omnipotente causar, por su acción directa en el interior de la criatura racional, los efectos a que se presta, mediante nuestra concurrencia y por ministerio de la recepción del augusto sacramento. Mas, para que sea mejor operado el prodigio y tome en él parte la voluntad del hombre, concurriendo a su propio bien libre y conscientemente, alcanza el propio resultado por la comunión, haciéndolo, en algún modo, depender de nosotros mismos, toda vez que los frutos secundarios de la comunión no se obtienen y asimilan por quien la reciba sin la espontánea y deliberada cooperación del comulgante mismo.

En la conquista de este reino precioso del corazón del hombre, conquista que hizo al Verbo supremo entregarse, sin dejar la diestra de su Eterno Padre, a cierta oportunidad del tiempo; y al ocaso de su vida, que dio por nosotros, no quiso el Hijo emplear otros medios de su omnipotencia, que siempre toca de uno a otro término de las cosas con fortaleza y las dispone con suavidad, sino los recursos y medios de su caridad infinita, prendando él y ganando la voluntad a impulso de beneficios innumerables que costaron al Señor oprobios, tormentos, desprecios, flagelaciones, coronación de punzantes espinas, la  crucifixión y la muerte. Y, para esto, tomó carne en las entrañas purísimas de María santísima, y se inmola cada día nuestro Jesús dulcísimo, y a toda hora ante la faz adorable del eterno Padre. Se sació el Señor de oprobio, sudando sangre en el Huerto, sufrió todo género de malos tratamientos en el pretorio ante los jueces y en las calles de Jerusalén para terminar su larga carrera de la cruz, suplicio destinado en aquellos tiempos a los mayores criminales. Por esto, dice el apóstol, avalorando tales padecimientos con tanta paciencia y amor sufridos, que la caridad de Cristo nos apremia para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquél que por ellos murió, inmolándose con el bellísimo propósito de ganar su corazón, amén de redimirle de la eterna muerte, que merecían nuestros pecados.

Hay que fijar bien la consideración en las frases que venimos comentando para conocer toda su verdad y profundidad, porque el espíritu del hombre todo lo puede escudriñar hasta lo más oculto de Dios, como dice el texto sagrado, entendiéndose por los padres que la frase propiamente se refiere al Espíritu Santo, esto es, al hombre, alumbrado e inspirado por la tercera persona de la beatísima Trinidad.

Decíamos que hay en la sentencia o frase que veníamos meditando, una gran verdad, porque el corazón del hombre, mirándolo como centro y asiento de los afectos del alma, no tiene término, y hay en sus senos una sed infinita de amor y una cierta infinidad, en cuanto no conoce limitación alguna lo que quiere y puede hacer por el amado. Por esto, dice el P. Lacordaire que mil mundos no bastan para colmar el abismo insondable de los sacrificios que se puede imponer el hombre por el amado; y este misterio inconcebible, pero indudable, lo hallamos en el corazón de la madre, de la esposa o del que, por la patria o por la fe se sacrifica. No pudieron agotar los tiranos la paciencia de los confesores de Cristo, y en el combate empeñado entre los que dieron su vida por la fe y los perseguidores y sus agentes los verdugos, siempre quedaron victoriosos los mártires.

Nuestro corazón es, pues, bajo este concepto, un reino y un reino de muchas y vastas e innumerables provincias; porque el espíritu humano ha sido formado por Dios para él y, con decir esto, está dicho todo, porque Dios es infinito y su sede en la criatura tiene que serlo cuanto ésta lo permite.

No se cansa el ojo de ver, dicen las santas escrituras, ni el corazón de amar, cuando halla un sujeto digno de este extremo, que nos deja inferir que el alma está criada para conocer y amar un objeto infinito; y que está predestinada a sumergirse como en un piélago infinito que formará su beatitud eterna.

Porque a este orden de consideraciones, sacadas por observación y por ilación, hay que añadir alguna verdad profunda que nos garantiza la fe cristiana. Pues, ¿quién puede negar que, al influjo de la gracia, el mortal asciende en la escala mística grados de que no podemos dar cuenta? Quien dude de ello, lea con detenimiento y devoción la vida de los santos, cuyas virtudes heroicas nos asombran. Santa Teresa, San Pablo de la Cruz, Santa Bactilde y otros bienaventurados que han dejado en pos de sí testimonios admirables, nos dan una idea de cómo el orden sobrenatural se anticipa, en cierta manera, a la muerte, para ciertos elegidos que, sin advertirlo ellos, y procurando ocultar cautelosamente sus dones, los han exhibido tan excelentes, que sin lo sobrenatural no se pueden comprender. Y, entre otros, los santos estigmatizados, como San Francisco, y algunas mujeres predestinadas en los últimos siglos, subieron tanto en la senda de la caridad, que no se puede alcanzar su vuelo, ni concebirlo siquiera, sino por un milagro de la gracia divina que nos recuerda a San Pablo en su célebre concepto, que dicen sus cartas y singularmente en aquella frase: "Vivo yo, ya no yo, sino Cristo que vive en mí," expresión de sorprendente correlación con la explicación del misterio eucarístico, que nos legó el propio Jesucristo, cuando hablando del augusto Sacramento pronunció aquella maravillosa frase. "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él."

Conviene recordar, aunque es notorio, que todas las virtudes de los predestinados son el fruto opimo de la comunión espiritual y sacramental, que explica la constancia de los mártires, que solían comulgarse con las especies que custodiaban para ello, antes de comparecer a la presencia del tirano que les ciñó la corona del martirio, refocilados y confortados con el pan sobresustancial que era carne de Cristo.

Y debe tomarse muy en cuenta que la perfección de que aquellos fueron capaces, aunque fuese fruto de la gracia, hállase como en germen, en todos los hombres, y obtendría un pleno desarrollo, si correspondiendo a nuestra vocación sobrenatural, fuésemos acrecentando por la correspondencia perfecta, los dones que Dios nos envía y solemos dejar estériles por culpa nuestra; por falta de gratitud a los favores divinos, los cuales se pierden en los que no aprovechan la gracia inicial y no pueden, por tanto, llegar a su total desenvolvimiento por nuestra inercia, o por nuestra instabilidad en el bien. Pues, por las alternativas de la culpa y de la gracia, no podemos atesorar ni acrecentar méritos porque no queremos de veras y sucumbimos a la tentación, a poco de restituirnos a la amistad de Dios. La voluntad del Señor es que todos nos salvemos y a todos nos brinda sus mercedes, siéndonos, por lo tanto, a nosotros sólo imputable nuestro atraso en la virtud y caridad cristiana.

Desde este punto de vista ¡qué dolor sentiríamos, si pudiéramos conocerlo, de esta pérdida irreparable! Siempre podemos compensar el tiempo malogrado; pero nuestra miseria y debilidad son grandes y la perseverancia en la vía recta, después de ser un don de Dios, requiere una cooperación activa de nuestra parte. Quiera el Señor que estas indicaciones coadyuven a que todos, escritor y lectores, mejoremos los medios, y en lo sucesivo separemos los obstáculos, y no estorbemos a la acción solicita del favor divino, que siempre nos espera y permite que todo contribuya a la perfección, hasta nuestra frialdad pasada, y el número de las propias faltas.

El Rey del tabernáculo es constante en esperarnos, y su benignidad misma nos llama a la penitencia y a inscribirnos en el padrón de los hijos de Dios y vasallos del que se sienta en el trono de gracia del sagrario, y que es la luz indeficiente que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

Aquí ponemos punto a nuestro estudio que continuaremos, con el favor de Dios, otro día. LS 1891, p.41.

VI (IV)

 

En el artículo precedente de esta serie habíamos prometido estudiar el asunto, meditando y bosquejando el reino eucarístico, tal como se ejerce en el corazón, en el entendimiento y en las obras de sus vasallos; pero nos hemos distraído considerando favores generales de la comunión, que, si es cierto que se sienten y operan en el corazón, en la mente, y en la conducta de quienes la reciben dignamente, no se relacionan concretamente a una de las regiones del hombre, y por tanto, sin ser impertinentes al objeto de nuestro examen, no se ajustan exactamente al método que nos habíamos propuesto.

Procuraremos concentrar la mirada del lector, y llamar su atención a términos más restringidos y más severamente lógicos, pues así importa hacerlo, para estimar como se debe tan sublime favor de Dios, como lo es el reino, que el Señor, por medio de la entrega de su persona al que le recibe, estableció y quiere fundar en nuestro ser.

Decíamos, a propósito, que nuestro corazón es un reino de diversas provincias o regiones; y es, a tal punto, exacta la idea, como que la voluntad del hombre es a su vez reina de toda su actividad, toda vez que, ejerciéndola libremente, no hay acto humano que no sea producto de la soberanía individual, que Dios Nuestro Señor nos ha otorgado, ofreciéndosenos ocasión de luchar frecuentemente con obstáculos, que ponen a prueba nuestra constancia en el bien obrar, y hacen más meritorio el ejercicio de la virtud.

Está escrito así en los libros santos  que "nos dio el Señor certamen para vencer en esta lucha, y que supiéramos que la más poderosa de todas las cosas es la sabiduría," que el griego traduce por piedad, según el P. Scio. Pero este pasaje cabalmente está precedido en las escrituras, y en el mismo verso, de otro pensamiento consolador y que viene bien al asunto, pues dice: "Le guardó o defendió de sus enemigos, le afirmó contra sus seductores y le dio certamen, etc." De suerte que antes de predecir el escritor sagrado la batalla a que viene el hombre llamado en la vida, expone la guarda, defensa, gracia y asistencia que Dios promete al combatiente, que es, por ventura, lo que nos ofrece la comunión, custodiando, con la gracia que nos aporta la presencia real, nuestro corazón, defendiéndonos de nuestros enemigos internos y externos y afirmándonos en la fe de su presencia, que nos ayuda a luchar y a vencer.

He aquí como resulta que es una de las prerrogativas del reinado de Jesús en los corazones fieles que, como dulce y poderoso y buen monarca, ofrece sus auxilios eficaces al comulgante para defenderle de sus adversarios. Así ejerce Jesucristo en su vida eucarística, la función tuitiva que su vasallo ha menester en los combates, realizando aquella otra promesa: "Descendió con él al hoyo, y no le abandonó en la cárcel o en las prisiones, hasta darle el cetro del reino y poder contra aquellos que le deprimían;" lo que justamente hace el complemento o integridad del pensamiento bíblico.

¡Qué hermoso y oportuno pensamiento, aplicable a nuestro asunto! Quien al comulgar profundice bien toda la suavidad y eficacia de la oferta que Dios le hizo, ¡cuán consolado debe hallarse considerando bien este verso del libro de la sabiduría, que es un feliz comentario y bella paráfrasis del otro pasaje del Apocalipsis! Porque en efecto, cuando el Señor, que nos redimió con su sangre, viene al hombre por la comunión y, haciéndole reino de Dios, le prepara con su auxilio, le ofrece ocasión de ejercitar sus fuerzas para la lucha, desciende con él a la pelea, aun cuando la tentación aprisione en algún modo su voluntad, y no le abandona en el conflicto, hasta darle la victoria y dominar a sus enemigos. He aquí como Cristo reina en el hombre, y como le otorga el cetro del reino o reinado, que el cristiano, combatido por la tentación, ejerce sobre sus enemigos.

Creemos no violentar la interpretación de los textos citados, explicándolos y comentándolos de esta suerte. Pero si así se considerase, ¿no adivina el lector que este solo texto, de acuerdo con el del Apocalipsis, se presta a otras y no menos consoladoras consecuencias para la milicia que el hombre practica sobre la tierra con el fin de ganar el cielo?

Es innegable, porque si Dios quiere y ejerce su omnipotente acción sobre el alma que se le ofrece dócilmente; y si el propio misericordioso Señor viene en persona a ejercitar su tutela fortísima sobre el corazón del comulgante, infiérese que sólo en éste puede consistir que no saque del banquete celestial frutos opimos y fuerzas incontrastables para vencer y reinar, sobre la tierra primero, y luego en la gloria eterna, como quiera que, conforme al lenguaje de la santa Iglesia, "servir a Dios es reinar."

Pero nos sentimos solicitados a llevar más adelante el estudio, permitiéndonos descender a aplicaciones más prácticas, y a consecuencias más provechosas todavía de semejante doctrina. Porque, restablecido y confirmado bajo este aspecto el dogma consolador de la providencia eucarística; llevado al extremo increíble, si no fuese asunto de fe, que la sagrada comunión, así como nos compenetra en alguna manera con Jesucristo, viene a disponernos para la lid, y en ella baja el Señor por su bondad inefable al fondo de nuestro corazón, que es el hoyo de que habla el texto, y aun a la cárcel en que nuestra pobre alma está presa por los hábitos pecaminosos y por los dejos de la culpa, y nos ayuda a luchar allí, hasta que nos retorna, ya libre de asechanzas, el cetro del reino de la propia voluntad, sólo con el objeto de que no se pierda nuestra alma.

 Luego de agradecer y estimar, cuanto se pueda, tan intenso favor, es indispensable procurar por nuestra parte sacar el fruto y las ventajas que nos promete tamaña bondad, en su advenimiento al hombre con todos los atributos de la divinidad y las virtudes de la humanidad sacrosanta.

¿Cómo se puede esto conseguir?

Pues de una manera harto fácil y sencilla, que apenas si impone sacrificio alguno, sino una advertencia adecuada a la importancia de la obra y al interés que de ella podemos reportar. Después de recibida la divina visita, aprovecharla por consideraciones acomodadas a la propia necesidad, y producir en el alma, a expensas de aquélla y de la ocasión, los afectos que el advenimiento del Dios escondido bajo las especies, viene a recabar de nuestra persona.

Conduce al intento aplicar a la sagrada eucaristía el pensamiento que a la sabiduría aplica el libro sagrado, que lleva este título. "Entrando en mi casa me aquietaré y reposaré en ella, porque no hay amargura en su conversación, ni tedio produce comer con ella (o comunicarse con ella) sino alegría y gozo. " 

No basta, créanlo nuestros lectores, recibir maquinalmente la comunión sacramentad, ni aun satisface, al menos cumplidamente, a la sublimidad de semejante visita, alguna humildad antes, y alguna breve acción de gracias, tal vez leída fríamente después. Esto juzgamos aleccionados y apoyados en la autoridad del sabio compañero y respetable amigo nuestro en la prensa eucarística, padre Tesnière, en su preciosa obra, acerca de la materia. Es preciso, para que los efectos secundarios del excelso sacramento se sientan bien en el alma, el estudio reposado y la asimilación íntima en las venas del espíritu, como dice San Buenaventura.

Porque si éste es el reino eucarístico de Dios en nosotros, también a este reino conviene el pasaje del evangelio "que el reino de Dios padece fuerza, y los violentos lo arrebatan," siquiera el texto diga el reino de los cielos, puesto que el reino de los cielos es el reino de Dios, pues el reino de Dios en la eucaristía es el reino anticipado de los cielos por la persona de Cristo que viene a morar en el augusto sacramento.

Volviendo al asunto, por tal de poner término a este artículo sobradamente largo, el modo mejor de establecer el reino de Cristo sacramentado en nosotros, después de recibirlo, es someterle uno a uno nuestros enemigos íntimos, las pasiones dominantes, y pedirle su poder para los externos, las tentaciones que nos asedian frecuentemente, e ir de esa suerte desalojando aquéllas del corazón, y predisponiendo para la ocasión estas fuerzas, tomadas de la presencia real en lo interior de nuestra persona, para salir del comulgatorio como leones encendidos en el divino amor, a los que nada se puede presentar que los aterre y acobarde y que, como los reyes de la selva (siguiendo la metáfora de San León), ahuyenten con su rugido a todos los adversarios.

La práctica de este consejo, que es nuestra viva y constante preocupación, conduce a establecer en el comulgante el reino, no sólo ex opere operato, esto es, con sólo recibida la comunión, que nadie niega y todos confesamos que nos trae a Cristo con todos sus carismas y como rey de las almas, sino otro reino, más íntimo por la asimilación, en el que nuestros sentidos y potencias van fundiéndose y divinizándose, digamos así, que es el fin último de la sagrada comunión, como dice Santo Tomás, hasta que podamos repetir de veras, y con toda sinceridad, la conocida frase del apóstol: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí."

Continuaremos, si Dios quiere, estudiando y considerando tan bello asunto. LS 1891, p. 81.

 

VII (V)

 

Es de tal suerte vasto y profundo el reino de Dios en el corazón del hombre, que no es posible señalar sus fronteras, ni la intensidad y extensión de que es capaz. Porque luego que el Verbo divino tomó nuestra carne y nuestro espíritu, al hacerse hombre, por el mismo hecho y por su misericordiosa y resuelta voluntad, no sólo dilató los horizontes del corazón humano, sino que dio a nuestro entendimiento una extensión, que sólo podemos presentir, legándonos, al propio tiempo, recursos infinitos para alcanzar nuestro último fin, y llevando a todas las regiones de nuestra actividad su auxilio todopoderoso.

Pero aun en esto obró de tal suerte el Señor y con tan inefable misericordia, que quiso, él mismo en persona, hallarse dentro de nosotros, cerca de nosotros, para acompañarnos en la tarea de encontrar la verdad divina, sirviéndonos de mediador y abogado con el Padre, y aportándonos las luces y el amor del Espíritu Santo. Con razón dice un escritor de nuestros días, que la sagrada eucaristía es la deificación del hombre, así como es la humanización de Dios, si pudiera usarse la palabra; puesto que conocida es y hemos repetido la famosa frase de hacerse Dios hombre, para hacer al hombre Dios; frase que sólo se realiza literalmente por nuestro querido y adorable misterio.

Pero, contrayendo nuestro estudio al punto en que lo hemos dejado del reinado de Cristo en nuestro corazón por la eucaristía, ¿quién es capaz de decir y de explicar este misterio de fe, descubriendo y escudriñando en los senos del corazón que recibe a Dios, las maravillas que se operan? Pues nadie; y, sin embargo, es también dogmático que deja nuestro Señor, en el corazón que visita, un secreto de fuerza activa para el bien y repelente para el mal; un descanso de las pasiones más vivas, que resultan como domadas y vencidas por la acción divina; y una semilla, en fin, de gracia y bienaventuranza, con un acrecentamiento de fe en las promesas de Dios.

No puede la pluma, ni es hábil la palabra para escudriñar estos arcanos que la fe nos garantiza; pero, cuando se lee en los grandes escritores el estudio que han hecho de esta materia, hay motivo de asombrarse, por más que ellos mismos reconozcan que jamás se descorrerá el velo que los encubre.

Uno de los más notables escritores de la época presente dice a este propósito frases tan oportunas, que no podemos resistir al deseo de transcribirlas literalmente, haciendo conocer a nuestros queridos lectores un fragmento de la obra del P. Tesnière,  lo que de seguro nos agradecerán, toda vez que mejora y completa nuestras ideas de una manera admirable. He aquí sus palabras:

"El Salvador está, respecto de nosotros, en la misma relación que el tronco de un árbol con sus ramas. El tronco posee la savia, porque comunica directamente con las raíces, encargadas de tomarla en los jugos de la tierra; ella debe subir de las raíces al tronco para derramarse en las ramas. El tronco la abriga bajo la coraza más espesa de su corteza durante los fríos del invierno: es el depósito y el canal de la savia. Cuando las ramas, medio quebrantadas, no comunican sino imperfectamente con el tronco, recibirán una savia insuficiente; cuando se ven completamente y de improviso separadas, aunque se hallasen cubiertas del más verde follaje y de las flores más abundantes, en el momento desaparece toda esperanza de fruto, produciéndose la sequedad y la muerte".

"Así debemos ser ligados a Jesucristo e indisolublemente injertos sobre esta cepa única de la vida sobrenatural. Sólo su humanidad asienta sus raíces en la divinidad, sólo aquélla [la humanidad] es capaz de extraer de ésta [la divinidad] y de hacer subir la savia, quiero decir, la vida divina hasta las ramas. Éstas deben estarle unidas, adheridas, sólidamente ligadas, para recibir de su plenitud esta vida, que no es sobrenatural, sino porque las domina y hace en ellas lo que de por sí mismas serían incapaces. El lazo que une las ramas espirituales al tronco divino, es la gracia santificante, la caridad sobrenatural que comienza a anudarse por el bautismo; y después se consolida y hace menos fácil de romper, por la fuerza que le aportan los sacramentos recibidos, y los actos de virtud renovados. Cristo, semejante a la cepa profundamente arraigada, toma constantemente olas de savia en el seno de la divinidad y las proyecta o despide a sus ramas por todos los sacramentos que nos aplica, por todos los aumentos de caridad que de él emanan, y por todos los actos perfectos de virtudes, que nos hace producir y que produce con nosotros. A la savia de la vida divina, junta la de sus méritos, la de sus actos, y la de sus virtudes de hombre-Dios, que su origen y su término hacen divinos también y de eficacia infinita. Además, estos sacramentos y las virtudes que ellos ponen en obra, son capaces de contener aquella savia que, a medida que la vierten en las ramas, las hacen más vivaces y las coronan de más verdura, de flores y de frutos."

"Evidente es que, si hay un sacramento a que Cristo pueda pasar y ser aplicado todo entero, con su divinidad y su humanidad, con las perfecciones de aquélla y los méritos de ésta, ese sacramento traerá a las ramas una corriente de savia más poderosa, más activa y más abundante que todos los otros medios de la gracia; si Cristo se da en él personalmente presente, obrará por este sacramento con más fuerza, con más libertad y, por consiguiente, con más fecundidad. La savia de la vida divina se derramará entonces en plenitud del tronco divino en el cristiano; éste vivirá de la vida de Jesucristo, recibirá sus influencias, su espíritu, su movimiento, y se identificará con Cristo, hasta llegar a hacerse verdaderamente uno con él. Suponed que esta rama, tan felizmente favorecida, se presta con toda plenitud a todos esos aluviones fecundantes de la divina savia, que se hace capaz, por su pureza, de recibirla toda, por su fidelidad de guardarla toda, por su correspondencia, de utilizarla toda; esto sería la perfección de la vida sobrenatural, el hecho de la vida divina para la criatura racional; sería la santidad, es decir, la asimilación perfecta y la identificación al hijo primogénito, a Cristo, en quien Dios es todo lo que es él, y hace todo lo que él hace, como su solo principio y su solo fin".

"Y bien, tal es el efecto de la comunión, producir esa plena comunicación de la vida divina de Cristo en el alma del cristiano. En la comunión es donde Cristo puede decir en verdad, "yo soy la viña y vosotros sois las ramas; yo os nutro de mi savia, que es la vida que yo tomo en mi divinidad; si me permitís, como yo quiero, al darme por este sacramento, permanecer en vosotros, continuaré instilando en vosotros esta vida por efusiones incesantes; y, si permanecéis en mí, como debéis, por la fidelidad en guardar mi ley, por mi amor, todas mis virtudes pasarán a vosotros y florecerán y madurarán con frutos innumerables: "Qui manet in me et ego in eo, hic fert fructum multum." Puede ser que, para haceros producir más, mi Padre os ejercite por los sacrificios que separan, por los dolores que quebrantan, por las humillaciones que despegan y por las lágrimas que purifican; pero no temáis: el celestial agricultor que ha aplicado en el cultivo de mi humanidad estos procedimientos dolorosos para multiplicar en mí la fecundidad de los más bellos frutos, no podará en vosotros sino para desarrollar, y no para debilitar: "Pater meus. agricola est... Omnem qui fert fructum purgabit ut fructum plus afferat." Pero desgraciada de la rama que, apareciendo por de fuera ingerida sobre mí, estuviese de hecho separada e incapaz de recibir mi savia; aunque en la época de nacer las hojas pareciese vivir, mi Padre, que no se engaña jamás, vería bien que bajo su follaje no se oculta ningún germen de fruto, la quebrantaría y la desecharía sin piedad: "Onmem palmitem in me non ferentem fructum, tollet eum.". Por bellas que sean las apariencias de virtudes naturales y actos honrados, no tomando estos frutos savia en mí, serán incapaces de conservarse y, por consiguiente, de ser recogidos para los cilleros eternos; es preciso, no solamente llevar fruto, sino fruto que venga de mí, y que esté lleno de los jugos y de los perfumes de mi savia divina."

"Guardaos de todo error; porque todo lo que yo no animo o no fecundo; todo lo que no depende de mí y de mí no recibe su semilla, su savia, su crecimiento y su madurez; todo aquello [en] que yo no me puedo derramar y obrar de una manera libre, continua y perseverante; todo lo que no permanezca en mí y en quien yo no permanezca; todo esto estará por de pronto sin vida, se desecará después; luego será arrancado y, en fin, arrojado al fuego, al fuego ardiente que no se apaga, por la cólera de mi Padre: "Si quis in me non manserit, mittetur foras sicut palmes, et arescet et colligent eum et in ignem mittent et ardet."

Este fragmento de la notable obra que hemos citado, nos da como a entender algo del abismo de misericordia y de amor que oculta y significa la presencia real de Jesucristo en medio de nosotros; y, sobre todo, la comunión sacramental, a la que, mejor que a ningún otro de los misterios de la vida del Señor se puede aplicar con fundamento la parábola del evangelio a que alude nuestro respetable amigo.

Cuanto más se medite y estudie y escudriñe este asunto, menos se comprenderá cómo la omnipotencia de Dios y su infinita sabiduría, puestas al servicio de su amor, (hablando en lenguaje humano) han podido concebir semejante maravilla, descender a tal inferioridad que nos hace recordar el dicho de Tertuliano, de que es tal la grandeza de Dios, que no corre riesgo de disminuirse, ni de rebajarse jamás. Pero, aunque se pudiese olvidar este punto de vista, ¿quién podría aquilatar las maravillas que opera allá en lo íntimo de las almas y en los secretos de la acción de gracias? Y, sin embargo, en nuestro humilde modo de pensar, creemos que es preciso, indispensable, en el camino de la perfección cristiana, procurar conocer algo de este cúmulo de amorosos misterios y verdaderos milagros de vida íntima, que brinda al cristiano la comunión. Y, por eso, venimos bordeando el mar sin orillas de esta inefable comunicación de Dios con el hombre, en que tan generosamente se nos brinda, y tan ingratamente se le recibe. LS 1891, p. 121.

 

VIII (VI)

 

El estudio que venimos haciendo, del reino eucarístico de Jesús en las almas por medio de la comunión, investigando su modo de ser en el corazón y en el entendimiento del que la recibe, sólo se ha referido a los efectos que la misma produce en el alma. ¿Quién osaría escudriñar la causa y la manera misteriosa que tiene Dios de obrar en nosotros en aquella ocasión solemne? Nadie.

Y, no obstante, la fe nos enseña que en la presencia real se oculta la divinidad de Jesucristo y su humanidad, y que a donde quiera que va el Señor bajo las especies consagradas, le acompañan los atributos de la divinidad, y las perfecciones y los méritos de su humanidad, atesorados en la vida, pasión y muerte del Señor, durante su permanencia en el mundo; pues, si allí está Dios, están por modo maravilloso reunidas en su persona las dos naturalezas de Jesucristo, la divina y la humana, y como en cuanto hombre, es perfecto, existe un espíritu de hombre y un corazón humano, que forman el hombre completo.

La fe nos garantiza también que, por la concomitancia, y por el misterio de la circumincesión, hallándose allí el Verbo divino inseparable e hipostáticamente unido a la humanidad de Jesucristo, no se pueden separar de ella la primera y tercera persona de la Trinidad beatísima. Porque el evangelio nos asegura y la teología dogmática explica, cuanto puede hacerlo, este arcano adorable de nuestra fe, siendo por otra parte evidente que, en donde residen las personas, subsisten sus actividades todas, que se ejercitan o no, según la voluntad de Dios, y conforme a las condiciones que Dios quiere, toda vez que la acción de los seres espirituales en el espacio y en el tiempo, y su actividad sobre otros seres, es un secreto de Dios. Esto supuesto, nos es permitido deducir las consecuencias lógicas y racionales que la fe autoriza, para el reinado eucarístico, que es el asunto de nuestro examen hoy.

Infiérese, a nuestro humilde modo de entender, que en la acción o actividad de Cristo, en su vida sacramental, no sólo obra el Hijo de Dios, sino también el Padre y el Espíritu Santo, cuya triple acción bajo los velos eucarísticos puede ejercitarse con el alma que recibe a Dios en comunión. Y de esto se sigue que en el corazón y en el entendimiento y en el alma del comulgante, reina Cristo con la omnipotencia del Padre, con la sabiduría del Hijo y con el amor y la luz del Espíritu Santo; y con los méritos comunicables de la humanidad sacratísima y con el afecto encendido que a las almas fervientes comunica el deífico corazón de Jesús. Reina, por tanto, otorgando el poder, fomentando la esperanza, encendiendo la caridad en el hombre. Reina, en cuanto hombre-Dios, expiando la culpa con sus méritos reproducidos en aquella vida mística de inmolación. Reina, orando e intercediendo por quien le recibe con humildad y tomando nuestra vida y dando la suya en comunión que diviniza al hombre, por que él es Dios. Reina, brindándonos consuelo y auxilio, fuerza y apoyo, consejo, perdón y paz que nos trae con su presencia, y produce la tranquilidad del alma que le recibe. Reina, recibiendo nuestro pleito-homenaje, y ofreciendo el suyo y el nuestro al Padre con el corazón incandescente de amor y de misericordia. Reina, uniendo su persona a la del que le recibe para avalorar sus actos, encarecer sus afectos, y atraer a ellos la mirada del eterno Padre, en modo misterioso presente en el sacramento, acrisolando así la humilde contrición del pecador con el dolor íntimo que ha sentido Cristo de los pecados del mundo, como ofensa de Dios, durante su vida secreta y pública, su oración en el Huerto y su pasión y muerte en cruz. Reina en el corazón del hombre, que se rinde a sus invitaciones, atrayéndolo y enamorándolo de la bondad de Dios: en el entendimiento humano, ilustrándolo y abriendo ante su mirada extática anchos horizontes de consideración, que acrecientan su amor. Reina, con suavidad y dulzura inefables, con poder que atrae e incauta el afecto y encadena el alma a su trono de gracia con vínculos de caridad. Reina, conquistando y cautivando con dulzura al contrito pecador y uniéndolo a sí con fortaleza, y dejando en su espíritu resplandores de luz inextinguible, en su voluntad fuerzas de gracia irresistible, que en la tentación se manifiestan, y en todo el hombre una semilla fecunda de virtud, y un crepúsculo de bienaventuranza, que nos permite, como a Elías el pan subcinericio, llegar inmunes, si cooperamos, al monte santo de la Jerusalén celestial. Reina y manda dulcemente, y mueve y procura con su gracia la respuesta adecuada al requerimiento que nos hace, y a la solicitud que nos dirige, prometiendo premio, como si fuera fruto del hombre, lo que es obra de Dios, a la correspondencia que obtiene por favor suyo.

Y si reinar es vivir en el súbdito por el poder y la influencia, mandando en su persona y en sus bienes, y disponer absolutamente de su voluntad, y ejercer en ella eficaz influjo, y torcer, si es preciso, la dirección extraviada del afecto sin contrariar fundamentalmente la libertad, el Señor reina, y quiere reinar y arraigar su dominio en nuestros corazones por medio de la comunión sacramental. ¿Pero cómo reina? Ejerciendo su dulce imperio sobre las almas, en términos de que éstas, sirviéndole, reinan también, porque la Iglesia dice que servir a Dios es reinar, y el que obedece de todo corazón, toma para sí en alguna manera el poder del rey, y se ampara de él, como el hijo de su padre, y vive a su sombra, como la vid a la inmediación del olmo que la protege y abriga.

Pero todos estos dones, favores y mercedes del Dios-hombre sacramentado, derivan de Dios y de la traslación que se hizo por la encarnación entre la divinidad y la humanidad de Cristo; y, si todos se nos ofrecen en la comunión, todos derivan también de la beatísima Trinidad, y se nos ofrecen en la comunión, aunque de un modo oculto, colocados en alguna manera a nuestro alcance al recibirla. Porque hay en el divino Señor y verdadero rey de los siglos una real y eficaz voluntad de hacernos a nuestra vez, y por modo inexplicable, también reyes, y nuestro corazón reino, y que ejerzamos el imperio sobre todas las cosas, alcanzando de Dios misericordia y clemencia para nuestras culpas, por los merecimientos de Cristo, y por la efusión de su sangre, puesto que dice el Apocalipsis  que nos redimió con ella, y nos hizo así reino de Dios, y nos prometió que reinaríamos sobre la tierra, poder derivado de la comunicación con Dios y de la participación que de su propia vida divina nos instila, e inocula, la recepción del cuerpo de Jesús, practicándose así, por sublime antítesis, la promesa de Satanás a nuestros primeros padres, puesto que la santa eucaristía no sólo nos hace como Dioses, sino Dioses, según la valiente frase de Santo Tomás : "Naturam nostram asumpsit ut homines Deos faceret, factus homo."

Por esta manera misteriosa que a Dios hace nuestro, y a nosotros de Dios, por la vida común y recíproca que produce la comunión, vida toda divina, que hace meritorios los actos humanos, y dignos de la bienaventuranza, como lo explica el R. P. Tesnière, está visto que se logra y alcanza una comunicación misteriosa con la Trinidad beatísima por nuestra unión con Cristo y la adhesión del Señor a los impulsos del alma que obedece a su gracia previniente. Pero todos estos favores espirituales y carismas preciosísimos, que nos alcanza la comunión, y que, bien considerados, debían enardecer el alma y producir en el hombre lágrimas de reconocimiento, afectos de gratitud y sentimientos de humildad y confusión por la alteza de tales mercedes que emanan mediatamente de la Trinidad beatísima por medio de la carne y sangre de Cristo, adheridos a su alma y unidos a la divinidad, y por el Verbo, a las otras personas divinas; todas estas consecuencias y flores y frutos de la comunión sacramental, que Cristo instituyó para este fin amorosísimo, ¿cómo los alcanzaremos y los asimilaremos, sin la preparación debida, próxima y remota, del alma que ha de gozar y recibir y atesorar tales dones?

Está escrito que los hebreos dejaron de recibir el maná, cuando comieron de los frutos de la tierra, y los escritores místicos aplican este pasaje del Éxodo, a los que frecuentando los santos sacramentos, no saben enajenarse a la vida sensual que, apegándolos a los frutos de la tierra, de que el alma se embriaga, a pesar de su real y elevada naturaleza asemejable a la de los ángeles, la privan de gustar las dulzuras de la vida espiritual. ¿Cómo aspiraría a aquellos goces purísimos sin una abstracción siquiera temporal y próxima, de los groseros placeres de la materia? ¿Cómo podría digerir espiritualmente lo que recibe en el banquete celestial, y asimilarse sus frutos, si apenas recibido el sacramento, en vez de encerrarse con él en el aposento espiritual del corazón para gustar sus misteriosos efluvios, puesto que su conversación es dulce y su trato suavísimo, como dice el texto sagrado, huye como de un enemigo de aquél que es la acción de gracias después de comulgar en la fuente de delicias, y abre los manantiales de su corazón a las almas sedientas de sus castísimos amores?

Es indudable, aunque ciertamente es nuestra preocupación constante, que sin dejar de reconocer, como es de fe, que el fruto primario y esencial de la comunión está en ella misma, la dejamos ineficaz respecto de los frutos secundarios, omitiendo la acción de gracias, que nos traería el gozo de la presencia real, el acrecentamiento de la caridad, la amistad más íntima de la compenetración, las virtudes inefables que conducen a la perfección, la preservación del pecado grave y la aversión del leve o venial, fines todos de la santa comunión.

Si el hombre desea y quiere de veras sacar grandes frutos de la recepción de Cristo sacramentado; si se propone mejorarse y convertirse perfectamente a Dios, y vivir de Dios y aspirar los perfumes suavísimos que nos ofrece el Señor en su sacramento y que nos aporta de su vida divina con el Padre y con el Espíritu Santo, y que nos brinda con los méritos de su vida, pasión y muerte, acostúmbrese a ser escrupuloso y solícito en la preparación a tan sublime acto, detenido y profundo en la acción de gracias, y cuidadoso de conservar de una a otra comunión, los aromas que deja Cristo en el alma y en el cuerpo del que la recibe dignamente, pues así logrará grandes progresos en la virtud, y sacará frutos abundosos de la comunión para sí y para convertir las almas, para el bien de la Iglesia y para la gloria de Dios. LS 1891, p. 161.

 

PROVIDENCIA

 

I LS- 1872, p. 361

 

1.- Más bien que una virtud eucarística, la providencia es un divino atributo o, más propiamente hablando según el lenguaje humano, una de las más hermosas facetas del prisma a través del cual percibimos la luz divina.

2.- ¡Qué hermoso atributo! ¡Qué bella faceta de la divinidad! ¿Quién no se postrará de hinojos ante la presencia de Dios al meditar acerca de esto? En el orden humano, lo más tierno y amable es la madre, y una madre sólo es la pálida imagen de la Providencia.

3.- Después de Dios creador, Dios proveedor aparece como el complemento de la Creación, que no marcharía a su fin, ni produciría sus efectos en el tiempo para la gloria de Dios, si no fuese sustentada y dispuesta y encaminada a su término por una mano omnipotente y amorosa que, toca todas las cosas, de su principio a su término, con firmeza, y dispone todo con suavidad.

4.- Os adoro rendidamente, amorosa providencia de Dios que, cual sapientísimo ingeniero de este mecanismo admirable que compone el Universo, lleváis todos sus resortes en vuestra mano todopoderosa y, sin encontrarse los mundos ni los seres en sus movimientos ordenados, sino cuando así plugo a vuestra infinita sabiduría, para fines altísimos, empujáis suavemente los inanimados objetos atrayéndolos entre sí o separándolos a favor de leyes inflexibles, y guiáis, por decirlo así, con hilo sedoso los instintos de los irracionales y las libres voluntades de los seres inteligentes, de forma que, salva su libertad moral, concurran todos, piedras y plantas, animales y hombres, astros y elementos del mundo en que vivimos, al divino, inapelable, supremo decreto que saca el orden y la armonía perfecta del aparente desorden moral y material que nos rodea.

5.- Pero, como ninguno de nuestros lectores ha de negar esto, se nos ocurre que muchos estarán lejos de adivinar cómo venga a cuento lo dicho para justificar el epígrafe del presente artículo.

6.- Con este propósito, sin embargo, hemos emprendido este humilde trabajo y vamos a continuarlo.

7.- Hay, carísimos lectores, una Providencia eucarística y éste es el ideal que buscamos, para revelarlo a la adoración y al amor de nuestros hermanos en el culto del sacramento augusto.

8.- Para acreditar la afirmación, nos bastaría recordar que, puesto que en la sagrada hostia está Dios vivo, no puede menos de residir allí, con todos sus atributos y la providencia es uno de los más generalmente reconocidos.

9.- Pero no nos basta esto para el propósito, ni nos hemos resuelto a llamar la atención del devoto adorador del Dios eucarístico sólo para inculcarle esta consecuencia o supuesto de la presencia real del Señor en la forma consagrada. Confesamos que vamos más lejos en la vía del presente estudio, pues nos referimos a una providencia especial, a un modo de ser y de obrar Dios, más dulce y tierno si cabe, a través de las especies sacramentales; modo de ser, si cupiera la frase, y manera de obrar, si esto pudiera decirse, más inmediato, más amoroso, más solícito, más eficaz en la esfera de la misericordia (perdónesenos la impropiedad de la locución) que lo que se entiende generalmente por providencia, con cuya voz se expresa la acción lenta, callada, insensible  , dulce y eficaz de la omnipotencia en relación con las necesidades humanas y con las de las demás criaturas, como que está escrito: "Todos esperan en el Señor, que les da su alimento en el tiempo oportuno; abriendo su mano para llenar a todo animal de bendición."

10.- Pero, aun aparte de esta esfera, lo repetimos, hay un suavísimo orden providencial, una solicitud delicada y apasionada, un cuidado especial y amorosísimo que tiene su asiento, por expresarlo de algún modo, en el adorable sacramento y que, como el Sol en medio de los mundos, despide su luz esplendorosa para el ojo afirmado por la fe, y recaba de la justicia eterna tregua a sus justas iras, misericordia y perdón para los culpables, y tiempo y plazo de enmendarse, y templa además los azotes de la divinidad cuando vienen a escarmentar las sociedades corrompidas o los individuos extraviados, y ora por nosotros, en fin, con gemidos inexplicables y se interpone entre el brazo levantado para nuestro castigo como una madre apasionada que se estrecha al padre justiciero para desarmar su brazo levantado para infligir la pena al hijo rebelde.

11.- Plázcaos deteneros en esta imagen consoladora, que explica tantas misericordias, y sostiene tantos pecadores con el fin de que se conviertan y vivan la vida de Dios en el tiempo y en la eternidad.

12.- Yo veo, por la fe, cómo suben en aromáticas espirales columnas de incienso de esta oración del Hijo de Dios desde el sagrario al cielo, y miro y creo, fiado en el divino amor, cuál es el eficaz amparo que a los pecadores brinda esta omnipotente intercesión.

13.- Me paro en tal concepto a reflexionar acerca de la defensa elocuente que Jesús hace de nuestro miserable estado, interponiendo desde el altar su valimiento para alcanzar un golpe de la gracia a algún corazón empedernido, o un plazo, a lo menos, que ha menester para pagar sus deudas, si no ha de solventarlas con eternos tormentos.

14.- La providencia eucarística, objeto del artículo presente y de nuestro culto especial, no se descubre por la mirada del hombre, que en su parte animal no percibe los secretos del espíritu, según nos dijo S. Pablo; pero se adivina y presupone por el alma del creyente que, al saber que en el altar reside sustancial y permanentemente el Dios tres veces santo, que vino antes a morir por nosotros y a morar después con nosotros, infiere, y no en vano, que quiso semejarse a sus hermanos para hacerse misericordioso, y ve destilar este óleo de dulzura y amor ante la presencia excelsa de Dios, interpelándole Jesús para que aplace su justicia y nos aplique su inefable misericordia.

15.- ¿Cuántas veces las llagas del cuerpo santísimo del Salvador, presentadas al Eterno Padre, como aquel abogado de la antigüedad mostraba las de su cliente para recabar la vindicación del crimen, pero para un fin abiertamente opuesto, pues reclaman misericordia y clemencia, habrán desviado la vista del Supremo Juez de nuestras iniquidades y obtenido plazo a nuestras terribles deudas?

16.- ¿Cómo obrará ante el trono augusto el precio de aquel incruento sacrificio que, en alguna manera, es inmanente en el altar y que, aunque así no fuese, reproduce muy a menudo, a cada Misa que se repite, la memoria de la pasión y cuando se consagra el pan ácimo para ofrecer al pobre pecador el trigo de los elegidos y el vino que engendra vírgenes?

17.- Con su permanencia entre nosotros, con su oración continua en el tabernáculo, con su sacrificio repetido, aunque sin la efusión de sangre en el altar, con su paternal cuidado de los reinos y los estados, y en ellos de los miserables y enfermos y atribulados, con su comunión deseada y recibida espiritualmente por el pecador; y, en fin, por su comunión sacramental y personal unión al hombre que la recibe dignamente, convirtiéndolo por un modo excelente en Dios y uniéndolo a sí, ejercita Jesús su adorable providencia desde el augusto Sacramento del Altar.

18.- Si nuestra pluma acertase a explicar estas maravillas de amor, nos congratularíamos de fijar en ello la mente y hacer como una piadosa estación y punto de parada en cada uno de estos hermosos aspectos de la tierna y dulce providencia eucarística.

19.- Ensayémoslo hasta donde Dios nos dé fuerzas y gracia para ello.

20.- ¿Qué gran rey viene a morar con sus vasallos a quienes ama, sino para colmarlos de dones y atender a sus necesidades de todo género?

21.- Ninguno se ha visto que tal omita, excepción hecha de algunos tiranos, cuyo nombre mancha las páginas de la historia. La más preciada condición de la realeza es el amor y el don, y jamás permanece el monarca en una región de su imperio, sino dejando en pos de sí las mercedes que para este objeto lleva dispuestas y que señalan sus huellas con las bendiciones del pueblo.

22.- ¿Qué no hará el rey pacífico, cuyo poder no tiene límites, cuyo amor es infinito, y tanto que le trajo del cielo a la tierra para colmarnos de sus favores?

23.- Adivínelo el piadoso lector.

24.- De su oración perpetua en la custodia hemos hablado ya de propósito, y su eficacia no la niega el católico a quien van dirigidas estas líneas.

25.- De la acción omnipotente del santo sacrificio, medio y escala misteriosa por donde el Señor desciende del ciclo a encarnarse, en cierto modo, segunda vez en la hostia, no se ha menester hablar hoy, como quiera que de aquellas valiosas plegarias y oraciones que se ofrecen con la divina víctima brotan abundantes e invencibles súplicas al Eterno para que no descargue su implacable y por nosotros merecido azote.

26.- Plácenos, pues, detenernos especialmente en la virtud del sacramento adorable para la paz pública, cuando su ruego arredra el castigo de la impiedad o abrevia la duración de la sentencia fulminada por la justicia divina.

27.- Nuestro ojo no descubre esta acción benéfica que la fe afirma y que la piedad atestigua, a tal punto que suele preceder a la triste época de los castigos generales la cesación de la presencia real de Jesús entre nosotros, como si no pudiese coexistir, porque fuesen inconciliables, el reinado de gracia que simboliza la eucaristía con la aparición del ángel exterminador en el cielo, ángel terrible que es ejecutor de la severidad de los altos juicios divinos, que estallan en el tiempo para fines de misericordia, por tal de que el anuncio aleje a veces la eterna perdición de muchos, escarmentando y convirtiéndose algunos ante la aparición de la ira divina.

28.- Aun en esta línea ¡cuántas veces habrá conjurado estos males la ferviente súplica del Dios sacramentado! ¡Cuántas se habrá embotado la espada vengadora en la víctima sagrada, que vistiendo nuestra carne eleva al cielo su voz elocuente para detener el brazo justiciero!

29.- Si lo pudiésemos percibir, caeríamos de rodillas al pie del altar para dar gracias a este Dios amante y solícito del cuidado con que nos defiende y de las ocasiones en que, sin su mediación todopoderosa, hubiéramos bajado al lugar de eterna expiación!

30.- Pero, descendiendo al efecto que se produce en las personas desgraciadas por mediación y ruego del Hijo de Dios vivo, presente en la hostia santa, no podemos hoy continuar sin riesgo de abusar de la atención de los que nos favorecen.

31.- Seguiremos otro día.

 

II  LS 1872, p. 401

  

Al leer el artículo anterior hemos conocido, como muchas veces nos acontece, la inexplicable indignidad de nuestra pluma para tratar materias tan tiernas e interesantes, y que tanta falta hace, sin embargo, desentrañar para contribuir a la edificación de los devotos del santísimo sacramento, y atraer a este dulce centro de amor a los creyentes que no lo estiman lo que pueden, ya que no se puede lo que se merece.

La providencia divina, al darnos este pan del alma, ha querido enviarnos o traernos, más bien, un amigo, un hermano, un protector; más que todo esto, una madre tierna y apasionada y una madre omnipotente. He aquí la idea, en cierto modo, adecuada para nuestro intento.

¡Una madre omnipotente! ¿Comprendéis, lectores queridos, en el corazón de Jesús? Meditemos en ello.

¿Hay cosa más dulce y amorosa que una madre? Nace el hombre pobre, pequeño, débil, rodeado de necesidades, y apenas dotado de todos los medios materiales para la vida animal; desprovisto de toda conciencia, privado del uso de los sentidos, expuesto a la acción de todos los elementos naturales que le rodean, necesitado de todo: alimento, vestido, solicitud especial; todo le hace falta y nada tiene. Viene al mundo con todos los miembros de su especie sí, pero no puede usarlos; posee los sentidos, pero obturados e incapaces; la luz le hiere, el frío le ofende, la falta de sustento le mataría, la inclemencia del tiempo le pondría enfermo; necesita abrigo, pero no puede allegárselo; ha menester limpiarse de los accidentes de la vida que ha tenido en el claustro materno, y no puede lavarse; siente el dolor y no puede expresarse, y ni siquiera llorar sabe, porque sus gemidos no se parecen en nada a la voz humana, sino más bien al gruñido de un animal.

¡Pobre criatura! ¿Qué sería de ti, desdichado y tierno infante, si la mano del omnipotente no te hubiese deparado una persona amante y cariñosa, que parece que acrecienta su amor en proporción de tus innumerables necesidades?

Un soplo del cierzo, un golpe dado por descuido, un abrigo escaso o excesivo, la menor omisión u olvido abriría tu sepulcro, débil criatura, a la orilla misma de tu cuna.

Había sido precisa una creación especial y acomodada a esta misión singular, organizada para amar [a] esta persona débil, para comprender sus sonidos inarticulados, para adivinar sus necesidades más urgentes, para proveer a ellas, a expensas de su propio ser, de su reposo, de su sangre misma y, sobre todo, dotada de amor indefinible hacia lo que ha vivido en su seno y que todavía le está unido por un vínculo más estrecho que el de la coexistencia, pues como que la heroica mujer vive más en su hijo pequeño y desvalido que en sí propia.

La providencia divina no podía desmentirse, y he aquí que organizó y dispuso, para esa circunstancia, una criatura propia para tan conmovedora misión. Dios, crió la madre y le dio todo lo preciso para asistir y amparar aquella abreviatura de hombre que un día guiará, tal vez, los ejércitos a la victoria o mandará a los pueblos o difundirá las ciencias y las artes o robará a la naturaleza sus secretos investigando las leyes del mundo físico e influyendo en determinado sentido en el orden moral.

Una madre es el ángel custodio en los primeros pasos de la vida del hombre. ¡Cuánto les debemos! ¡Cuán poco las amamos! ¡Con qué afecto desinteresado nos distinguieron! Madre mía, mi adorada providencia terrenal, yo te consagro un recuerdo de tierna e inefable gratitud. Háyate Dios colmado de su gloria, allá en el cielo, porque me criaste a tu seno y te debo, sobre todo, la fe cristiana, luz esplendorosa de mi vida y faro bienhechor que me libró del naufragio y que, de escalón en escalón, por entre los abrojos y espinas del sendero de la vida, puedo decir que me inoculaste con tu sangre bendita en la edad primera, y con tu última bendición en el lecho de muerte, las ideas que aquí estoy vertiendo y que ofrezco a Dios como una humilde flor que nació en tu campo al abrigo de tu amoroso y devoto corazón.

Perdónesenos este desvío del asunto.

Y bien, crece el niño y la dulce madre pone la primera en su boca el nombre de la madre celestial, que nos engendró en el Calvario con sus dolores y luego el de Jesús, y guía al tierno hijo en los primeros pasos de su vida y en la senda hermosa de la virtud. Y en cuanto a lo demás, le viste y le cuida, le sustenta y le enseña, le defiende de los enemigos o de los ataques impensados, y le entrega más tarde, por decirlo así, a su otro ángel de la guarda, el confesor, y le inspira en los azares de la existencia el recurso a Dios que es el Padre celestial y que, como padre, deparó a la frágil criatura esa providencia terrenal.

Después, luego que el hombre crece más y se desarrolla y se hace joven y adulto; y toma parte en las luchas de la palabra o en los trances de la guerra, todavía allí la madre con sus oraciones o con la enseña piadosa que impuso al soldado; o al hombre de mundo, va por doquiera asociado a la gran idea de Dios para el hombre menos creyente.

Diríase que Dios y la madre se entienden para repartirse el cuidado de aquella pobre alma que tal vez no ve la luz de la fe, pero que lleva con respeto la enseña piadosa, el escapulario de María o la reliquia que la cariñosa mano maternal puso en el pecho del hombre.

Entonces, desarrollado, parece que ya no ha menester la solicitud maternal, porque puede proveerse a sí mismo; y algunos hijos de bendición aún atienden y amparan a su madre, devolviéndole una parte de sus cuidados y pagándole en amor y respeto lo que no puedan con solicitud y asistencia material.

Pero, aun entonces y siempre, la pobre mujer no olvida su divina misión. Ora por su hijo. Pide a Dios su conversión, si va extraviado; hace ofertas a la santísima Virgen por su libertad, si está preso, enfermo o en riesgo. Ruega a sus jueces, si ha cometido delito; le sirve cariñosa, si su hijo es pobre o desgraciado; enjuga sus lágrimas, si sufre y llora; y lleva hasta la tumba su heroísmo, y hasta la muerte su sacrificio, si fuese útil al hijo de sus entrañas.

Dios mío, perdonadme, si digo mal; pero yo creo que el corazón de una madre es vuestra obra maestra y, después de Jesús y su adorable madre, es la más hermosa de vuestras obras. Y, cómo no, Señor, si estáis vos allí; si la madre es la imagen de la providencia divina, y la providencia divina es una madre eterna que nos amó y ama en perpetua caridad.

Pero, viniendo a nuestro objeto, ¿creerá el paciento lector que nos hemos extraviado? No; que estamos en él.

Todo lo dicho de la madre terrenal es un pálido bosquejo, un incorrecto dibujo de la dulcísima, tierna y amorosa providencia eucarística.

Allí se anida, hermanos míos, un corazón maternal, infinitamente amante, eternamente solícito, cariñosamente perseverante, para todos sus hermanos en la carne e hijos adoptivos de Dios. Avivad los ojos del alma y veréis como salen del tabernáculo rayos esplendentes de amor y de protección para los hombres y para las sociedades.

No tenemos fe viva para verlo, pero no puede negarlo quien haya leído el evangelio: "Venid a mí todos los que estáis fatigados, y yo os consolaré y os daré fuerzas." Es la divina palabra, es el arrullo de la paloma eucarística que llama a su esposa el alma fiel; es la voz compasiva y suave del único, del verdadero amigo; es el silbo amoroso y tierno del buen pastor, que llama a sus ovejuelas separadas de la senda del bien, y que aquel afectuoso defensor quiere traer a la sombra del altar, como la esposa del libro santo convidaba a su amado a la sombra del árbol protector; es el llamamiento del dulce hermano José, que quiere abrazar a sus hermanos, que le habían vendido a los mercaderes y que, en vez de depararles castigos, les sienta a su mesa real y les embriaga con su cáliz, en que el verdadero José, vicegerente del gran faraón, ha vertido su sangre toda.

Venid, pobrecitos pecadores, a saciaros de estos frutos de celestial dulzura; deponed vuestra cruz un momento, desgraciados, y apagad vuestra sed en este manantial inagotable de dicha y ventura eterna.

Venid y comprad sin plata, dilatad vuestra boca que el Señor quiere colmarla; cavad hondo en el alma con la azada de la humildad, hombres atribulados o que gemís en las cárceles de la culpa. Aquí se perdona a todos, y están todos convidados: el banquete está pronto y el cordero sin mancilla será vuestro manjar sobresustancial.

¡Con qué amor nos espera el gran padre de familias! ¡Qué dispuesto se halla a cicatrizar vuestras llagas con su contacto, y a lavarlas con su sangre, cual bálsamo benéfico y de efecto infalible! ¡Cómo conoce la profunda desdicha del que apaga su sed en las cisternas rotas del mundo, y cómo quiere ofrecer a los hombres, sus hijos, la fuente pura de agua que salta a la vida eterna!

¡Quién, sino él, que lee en los corazones y penetra los senos más recónditos del alma, puede darle valor para afrontar el peso del día y caminar cuarenta [días] por el desierto de la vida, para llegar al monte del Señor, Horeb de la eternidad venturosa!

Sacude las cadenas de tu cuello, alma cautiva del pecado o hija ya de Sion; levántate, levántate y cíñete de fortaleza, vistiéndote de las galas de tu gloria, Jerusalén, ciudad ya del santo de los santos, que aposentas a tu señor, para que no vuelva a pasar por ti el incircunciso y el inmundo.

¡Sacude el polvo de tus pies aborreciendo el pecado y limpiándote de la culpa, porque gratis has sido vendida al diablo, y sin plata has sido redimida!

A estas palabras de Isaías da lugar la situación que tiene al pie del sagrario el alma que ha recibido a su Dios, y que halló en el cáliz embriagador, colmado de la sangre del cordero, el consuelo de sus cuitas, el perdón de sus culpas, el remedio de sus necesidades y las dulces lágrimas del arrepentimiento, con el auxilio eficaz de la divina protección.

En una palabra, para todas sus desgracias y escaseces y tentaciones y dolores, y pequeñas cruces y grandes tribulaciones de la vida cristiana, la amorosa providencia eucarística.

 

III LS- 1872, p. 441. 

 

1.- No sabemos salir de esta materia tan halagüeña de tratar, como imposible de agotar, porque sus anales son todas las obras de Dios en el orden de la gracia y en el de la naturaleza.

2.- En efecto, una vez que la providencia, según los maestros de teología, y especialmente Santo Tomás, es la razón del orden de las cosas para el fin que existe en Dios; no puede menos de inferirse (de la misión que trajo el Verbo divino al mundo y del amor con que desempeñó su excelsa vocación, recordando su omnipotencia y su misericordia) que, desde el tabernáculo, envía a los corazones humanos corrientes de gracia e impulsos amorosos para moverlos, salva su libertad, en el sentido que conduce a los fines de su propia salvación y a la general del mundo.

3.- Si fijásemos nuestra mirada de fe y nuestra consideración detenida en los latidos de aquel divino pecho y en el ardor que abriga hacia sus criaturas, (a quienes, sin embargo, respeta en cuanto seres libres), nos sería fácil deducir y suponer las tiernas industrias, los medios secretos y eficaces de que el Señor todopoderoso, (que reside en el sagrario de un modo especial), se vale para atraer a sí sin violencia pero con seguridad, las almas que cooperan a su propósito de caridad, correspondiendo a los toques suaves de la gracia y cooperando al bien general de los demás. 

4.- Si pudiésemos interrogar a los innumerables santos, que de toda lengua, de toda tribu, de toda región, rodean el augusto trono del altísimo, nos admiraría la relación de las maravillas de misericordia y benignidad eucarística de que fue fruto la salvación de aquellos héroes de la cristiana familia, que hoy pueden exclamar con el santo profeta: "Hemos sido sacados de la red de los cazadores, el hilo se rompió y nosotros nos hemos visto libertados."

5.- Aunque sobre esto nos hubiera sido otorgado el don de conocer la menor de estas mercedes, estamos seguros que no bastaría el tiempo ni alcanzarían cuantos libros pueden escribirse para dar una idea de ella. Tales son y tan grandes aparecen, mirados por el prisma de la fe, los portentos de que da muestra la misericordia divina por medio del sacramento augusto del altar.

6.- Basta una reflexión para penetrarse de esta verdad, y la reflexión no es nueva, ni exquisita, pues se trata de los atributos divinos que brillan en la sagrada comunión, y de la presencia real de Jesús en el altar eucarístico. Veamos ya el como se explica esta maravilla.

7.- ¿Niega nadie el amor infinito de Dios al hombre? ¿Desconocería alguno de los creyentes que este amor infinito fue el motivo inmediato de la venida a la santa mesa, aunque su único motivo mediato sea la mayor gloria de Dios?

8.- ¿Habrá quien impugne que este amor al hombre, amor infinito, como de un Dios, tiene a su servicio su omnipotencia y su sabiduría también infinitas, y que estos atributos divinos inseparables del Verbo se condensan en su ser simplicísimo y se coordinan admirablemente con la libertad humana por ministerio de la gracia, de forma que la eficacia de ésta respeta a aquélla, como que no se desmiente aquella doctrina de los libros santos de que Dios toca las cosas de extremo a extremo fuertemente y dispone de todas suavemente, de suerte que, sin mengua del libre albedrío, se opera la voluntad santísima de Dios, a favor de toques dulcísimos de la gracia que impulsan la voluntad humana por el sendero que le trazó la divina predestinación, presupuesta la cooperación de la criatura a los dones escalonados en su camino por la caridad eterna.

9.- Pues la consecuencia precisa, indeclinable de esta doctrina, mediante la humana flaqueza, es una providencia especial, personal, podríamos decir, y aun singular en cierta manera, que mueve y determina por causas segundas, que se ocultan a la mirada del hombre, su corazón y su voluntad para conducir las cosas al resultado previsto y determinado por el Señor, a quien todo obedece en el cielo y en la tierra y en cuyo poderío están todas las cosas y nada puede resistir a su voluntad, como dijo Esther, porque él hizo el cielo y la tierra y todo lo que en su círculo se contiene, como que es Dios de los universos y hace y ordena lo que mejor conviene a la salvación de sus escogidos y a librarles de las asechanzas del demonio y de los otros dos enemigos nuestros: el mundo y la carne.

10.- El mecanismo asombroso de la distribución de las aguas admira y sorprende el ánimo; se descubre, a veces, en los acueductos romanos, algunos de los cuales se conservan y no han hecho más que repararse por los arquitectos o ingenieros modernos; y hay también en Granada, en Valencia y en Murcia otras no menos ingeniosas disposiciones y sistemas para el repartimiento de las aguas que se atribuyen a los árabes y que, aun en la edad presente, cautivan la atención y suspenden el ánimo; como la perforación de los montes y el industrioso método de abrir vías subterráneas, ora para salir al campo desde las ciudades fortificadas, ora para sustraerse a la furia de los enemigos los moradores de los castillos feudales.

11.- ¿Cuánto más nos admiraría, cuánto más nos robaría la atención y nos conduciría mentalmente a la adoración de un Dios tan amante y apasionado, si nos fuese dado verlo; la industria dulce y eficaz, el arte divino e invisible con que el Señor sacramentado, rey pacífico de los siglos, guía y toca, determina y conduce o retiene los sucesos prósperos o adversos de la vida humana, en cuanto importa para la salvación del alma de un elegido o para la conversión de un pueblo por un sistema tan invisible como eficaz para contrariar la humana disposición, subordinada a causas segundas, haciendo todo esto por medios que el incrédulo llama casuales y que el hombre de fe presiente pero no conoce, y que supone pero no descubre ni podría comprenderlos sin una revelación especial.

12.- Me figuro ver al rey pacífico sentado bajo el solio eucarístico de las especies, (a quien el Padre eterno dio las naciones por herencia y por posesión todo lo que comprende hasta los términos de la tierra, según el salmo), cubriendo con su escudo a los justos, defendiéndolos de las asechanzas del infierno, desconcertando sus planes tenebrosos, alejando a aquéllos de las ocasiones de pecar o desconcertándolas por ingeniosas, por no decir omnipotentes maneras, siendo su protector, librándole del lazo de los tentadores a quien la escritura llama cazadores, y de su ira; cubriéndole como con sus alas, cual hace la madre al polluelo, y de la tenebrosa tentación, y de la caída imprevista, y de la emboscada así como del demonio meridiano.

13.- Caerán, dice el salmo XC, que casi copiamos, a su lado mil y diez mil a su diestra; pero al justo no se acercarán los adversarios y verá aquél la expiación y castigo de los malos y la retribución que merecen, desde el puesto en que le guarda el Señor en los alcázares de la esperanza, y en el lugar de refugio, a donde no llegará el mal, ni el azote se acercará al santo tabernáculo; y mandará el Señor a sus ángeles que le guarden en sus caminos, y que lo conduzcan en las palmas de sus manos, para que no tropiece su pie en las piedrecitas, antes bien, hollando sobre áspides y basiliscos y por en medio de leones y dragones, el Señor le librará y protegerá, porque esperó en él y dio a conocer su nombre; y, si lo necesitare, clamará a él y le oirá y le acompañará en la tribulación, librándole, al fin, de ella y glorificándole y, después de colmarlo de bienes en una larga vida, le mostrará el Señor su rostro saludable y hermosísimo.

14.- Hemos copiado casi literalmente el citado y precioso salmo de David, como un imperfecto ejemplo y bosquejo de la providencia eucarística hacia los individuos y las naciones que le dan culto y que, relativamente, son escogidos de su divina majestad, mediante su cooperación a la gracia divina.

15.- Pero ni bosquejar ni delinear podríamos, cómo un amante tan fino y sabio y todopoderoso provee y dispone el orden de las cosas para el fin que existe en Dios de acrecentar su gloria extrínseca.

16.- Si el Señor nos lo permite, otro día tal vez, nos atrevamos a seguir este asunto tan bello como inagotable.

 

IV LS- 1873, p. 41

 

De las ideas y citas hechas en los artículos anteriores se infiere , como hecho demostrado, [que existe]

-       una providencia eucarística que tiene su asiento en el altar

-       y que, hablando el lenguaje humano, se ocupa en atender

-       de un modo especial a los escogidos y,

-       en general, al mundo entero, aunque en la debida proporción y orden, puesto que también la caridad está ordenada.

Para dar mayor desenvolvimiento a esta consoladora doctrina, conviene establecer los diversos grados y proporciones en que el hombre tiene afinidad con el Señor sacramentado.

Distinguiremos, para hacer este estudio, las siguientes clases, que son, a nuestro modo de ver, otras tantas gradas del favor divino:

-       primera, los que comulgan ;

-       segunda, los que no comulgan, pero creen;

-       tercera, los que no comulgan ni creen, pero su ignorancia es invencible;

-       cuarta, los que ni comulgan ni creen, ni quieren creer, ni vencer su rebeldía voluntaria y están encenagados en el vicio.

No parece preciso decir que la clasificación ideal que hacemos, sólo es un método de hacer consideraciones análogas a nuestro objeto, si bien parezca que aquélla se funda en la doctrina profesada por la Iglesia, de que la humana libertad concurre precisamente a nuestra salvación, y que la gracia aprovechada dispone para otras nuevas gracias, lo que tiene aplicación a este asunto, mejor que a ningún otro.

Tampoco debemos omitir que nuestra distinción puramente imaginaria no supone límites, que no los tiene la misericordia divina, ni es más que el desarrollo de una verdad inconcusa, a saber: que la bondad divina nos rodea y circunda como un mar y penetra en el corazón y en la mente a medida que le franqueamos la entrada, o se retira a proporción [de] que con nuestro proceder se la estorbamos.

Por virtud de lo dicho, y sentadas estas proposiciones, vamos a discurrir sobre el primer grado de favor eucarístico; por decirlo así, que suponemos predestinado para los que comulgan.

Y, sobre todo , para los que reciben a Dios a menudo y con las posibles disposiciones, y aún más para los fieles que se detienen a dar gracias con la debida devoción y fervor.

Respecto de esta clase es muy vulgar y muy sabido, aunque no se deba olvidar, el texto del evangelio que nos garantiza de la vida en Cristo que produce la comunión con aquellas memorables expresiones: "El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él." ¡Verdad tan notoria no ha menester de encarecimiento y repetición!

Pero hablamos no sólo de esto, que es punto dogmático, sino de una tierna y amorosa solicitud y como providencia eucarística que se emplea en los que reciben frecuentemente al Señor, solicitud que cuida de un modo singular a los que se recrean con su cuerpo y sangre sacratísimos.

Se trata, en cuanto cabe, como de los cortesanos del Verbo abreviado que, bajo los accidentes eucarísticos, se deja adorar en el templo santo.

Los más regalados dones del huésped divino deben alcanzarles, si por otra parte no lo desmereciesen, con la debida correspondencia a la gracia, puesto que quien lo recibe a menudo es quien verdaderamente habita en el auxilio del Altísimo, y no puede menos de ser conmemorado en la protección del Dios del cielo, como dice el ya citado salmo XC de David.

Dichoso quien toma debidamente este salutífero manjar, penetrando cada vez más y ahondando en el abismo de su miseria y reconociendo, a medida que frecuenta los santos misterios, la profunda indignidad del hombre para conglutinarse y unirse sacramentalmente con su Dios.

Sin embargo de que así parece inferirse del evangelio de S. Juan a que hemos aludido atrás, pudiera ser, y creemos que habrá de ello muchos ejemplos, que alguien que menos veces recibe a Dios en el sacramento, pero que lo desea con vivas ansias y tiene el paladar del alma, por decirlo así, dispuesto para ello, puede utilizar espiritualmente esta merced suprema. Porque el Señor jamás se niega al vivo y humilde anhelo de recibirle; y aun más que, a veces, por no decir siempre, el gran rey viene al fin a darle a este católico el consuelo inefable de entregarse frecuentemente a quien tanto ardía en ansias amorosas de poseerlo, porque nos dejó escrito: "Yo amo a los que me aman."

No entraremos tampoco a definir el íntimo enlace y compenetración espiritual que se opera en el humilde pecador que, después de recibido el Señor con frecuencia, suele considerar allí, en el período de tiempo que se mantienen y subsisten las especies sin sufrir alteración, y en que subsiste el Dios-hombre sustancial y espiritualmente en el pecho de quien le recibió.

Para cantar estos dulces epitalamios del alma en gracia con su Señor, sería preciso tener la inspiración de la bendita santa española Teresa de Jesús, la devoción de S. Pedro de Alcántara o de S. Pascual Bailón, la de Santa Clara o la de otros muchos notables bienaventurados, que fueron favorecidos por Dios de una manera singular a este propósito y, más bien dicho, sería preciso el plectro de David y la voz de los querubines, que hacen la corte al Dios tres veces santo que vino a morar con nosotros en la sagrada hostia.

Y, aunque tuviéramos estos auxilios sobrehumanos, no vendría bien a esta oportunidad el tratar de ello.

Volviendo a tomar el hilo de nuestra humilde disertación, podemos asegurar que debe haber gran distancia en los favores de la providencia eucarística que venimos admirando entre los que frecuentan, comulgando, la mesa real de este verdadero Asuero, y los que sólo miran en el tabernáculo un Dios escondido que adoran por hábito, sin el sentimiento de su providencia real ni el fervor que suele dar el aproximarse a este horno encendido de amor divino.

Los primeros viven en Dios y Dios en ellos, sobre todo si se preparan con humildad y agradecen con detención tan señalado favor; los segundos no conocen, podríamos decirlo, a su Señor, que tanto desea vivir con los hijos de los hombres.

Y, descendiendo más en el estudio y aplicación de la doctrina estampada en esta serie de artículos, aun lejos del sagrario, estos comensales de Jesús disfrutan una singular solicitud del rey pacífico que se hospeda en el altar.

Les es aplicable de lleno el salmo de David, que en esta materia hemos copiado, aunque esto no basta todavía para dar idea de lo que el príncipe da a sus convidados, aun durante la vida mortal; pues hay que ejercitar, para poderlo comprender, la fe y aplicar las potencias del alma a esta dulce y consoladora investigación.

Recordemos que Jesús es Dios, que su cuerpo, sangre y alma están inseparablemente unidos a la divinidad en la persona del Verbo. Recordemos que, si Dios es inamisiblemente dichoso, inseparable de él se encuentra la naturaleza humana de Jesús y que, por esta su unión, disfruta el cuerpo del redentor los dones de cuerpo glorioso, y como a favor de ellos puede dirigir desde el sagrario miradas de amor y rayos de luz invisible a los que le reciben con frecuencia y devoción, coronándolos y cubriéndolos con el escudo de su voluntad. De todos estos antecedentes y recuerdos podemos deducir que, todavía en lo temporal, alcanza una singularísima protección del Dios grande, quien recibe a menudo al Verbo divino hecho hombre bajo las especies sacramentales.

Nadie puede jamás apreciar los sacrificios que es capaz de hacer el que ama por el amado, aun sin salir de la condición humana y, mucho menos, podría ninguno apreciar los quilates de amor del dulcísimo corazón de Jesús sacramentado en la relación que nos ocupa, ni poner coto o límites a su poder. Con tales premisas, alumbrados por la fe, podremos adivinar algo de lo que un Señor omnipotente y amante hará en favor de los que le reciben a menudo.

Si un hombre no sabe faltar a los que lo visitan diariamente y le obsequian con frecuencia, ¿qué no hará el Hijo del eterno Padre con las personas que le toman por diario alimento?

No es materia del orden natural, ni cabe en las facultades del hombre, el sorprender al amante corazón de Jesús en estas expansiones, para las cuales tiene a su servicio su omnipotencia.

Pero no se puede negar lo fundado de estos razonamientos, cuya traducción en hechos, si excede las facultades del católico, que es menguado para comprenderlos, no por eso es menos segura la afirmación que hemos anticipado y todos pueden gustar cuán dulce es el Señor.

Lector amigo, que recibes a menudo a tu Dios, ejercita tu fe, anima tu esperanza y enciende tu caridad y no atribuyas a tu industria la prosperidad en que tal vez marchan tus empresas, aun temporales, sino a que, amén de las mercedes espirituales, rebosan sobre ti, por virtud del favor que te alcanza el Dios encarnado, las ventajas de esta vida que, sin riesgo de la salvación, puede otorgarte el Señor del cielo y de la tierra.

Garantiza la exactitud de esta consecuencia la letra misma del evangelio de S. Juan en el capítulo VI, pues diciendo que el que come su carne y bebe su sangre vive en Dios y Dios en él, afirma que el que no lo reciba, no tendrá vida en él, frase que aunque en primer lugar se refiera a la vida espiritual, no teniendo límite la promesa, puede sin violencia entenderse y extenderse a lo que se da por añadidura, esto es, a lo temporal, que se ofreció en el evangelio por adición al reino de Dios y su justicia.

 

V LS- 1873, p. 121:

 

Escribimos en los días solemnes dedicados a conmemorar los de la pasión y muerte de Jesús, nuestro salvador y, sin dejar el orden de estudio comenzado, hemos pensado contraerle hoy a un pensamiento oportuno para aquella festividad.

Y no hay que violentar mucho, en verdad, la atención para comprenderlo así y para buscar un enlace natural a las ideas.

El misterio eucarístico es también sacrificio y, como tal, es memorial de la pasión de Jesús, y la providencia de Dios jamás brilló más que en la encarnacion y en la muerte de Jesús, ni para una más alta necesidad.

He aquí el asunto de este pobre artículo.

Veníamos admirando la solicitud especial que Jesús ejercita con nosotros desde el sagrario y, profundizando el análisis, se verá que, bajo los velos del sacramento, se guardan las inestimables riquezas de la pasión; como que Dios hizo al pan del altar, una vez consagrado, como ya se dijo, el memorial de aquellas maravillas de amor.

Roto por el pecado de Adán el lazo de amor que unía al hombre con Dios, no había salvación y redención sin la venida al mundo del Verbo divino, y sin su muerte para satisfacción de la deuda infinita.

De otro modo, el fin del hombre, que era la gloria de Dios y la vida eterna, estaba frustrado; y la más bella de las obras de la creación en el orden material, por el pecado, era víctima del demonio, de cuyas garras solo el Verbo pudo arrancarnos.

He ahí cómo la cruz del Salvador, esperanza única del hombre, como en estos días la llama la Iglesia santa, atesora el rasgo más hermoso de la divina providencia.

Y [esa cruz] lleva sus tesoros de todos los merecimientos del redentor —los auxilios poderosos de su gracia, el mantenimiento espiritual del alma y la prenda de la futura gloria— como engastados y encerrados en el sacramento augusto que nos trae la comunión.

¡Bendito seas mil veces, divino manjar, en que recibimos al autor y consumador de la fe, y con el cual llega a nosotros la más dulce y la más eficaz y la más fructuosa de las mercedes que pudieron venir al pobre pecador de la mano próvida de Dios!

El mayor precio de la hostia sacrosanta es, por expresarlo de algún modo, en efecto, la condensación que en ella se hizo después de la gloriosa resurrección de Jesús, de las virtudes de aquella alma divina acrisolada en el fuego de caridad que le abrasó en la cruz; de aquella humanidad sagrada que vincula los méritos de su vida, pasión y muerte y, en fin, de todo lo que contiene el Verbo abreviado, que sustancial y espiritualmente existe en la forma consagrada.

Cristiano que esto lees, luego que hayas recibido el sacrosanto pan eucarístico, con la mirada de la fe, puedes intentar penetrar, todas las escenas de aquel drama sangriento que se efectuó en el huerto de Getsemaní, en el Pretorio y en el Calvario, [estando] seguro de poseer, bajo la apariencia de pan, la dulce víctima de aquellos misterios que tanta ventura nos han reportado.

Y, profundizando más, hallarás allí todo el mérito del sudor sanguíneo del Huerto, de la sangre derramada en el Pretorio y de las ignominias del Señor en aquella noche memorable; así como de las lesiones de los azotes, de las heridas de los clavos y de las espinas y de la abertura de la lanza que abrió el costado santísimo del Salvador.

Hay aquí una mina siempre explotada y nunca agotada, un tesoro que jamás puede apurarse, una fuente que nunca se ha de secar, un mar profundo, inmenso, que no tiene riberas, y un abismo de espiritual contentamiento y de satisfacción infinita por nuestras culpas, en el que jamás se hallará fondo.

Y, en fin,[hay aquí] una providencia de amor y de perdón, de dicha, de consuelo, de adelantamiento místico, tras el olor de sus perfumes, para las almas dichosas que quieran aprovecharse [de] estas riquezas espirituales, que ni pueden explicarse ni comprenderse, ni encomiarse bastante.

A esta luz, y cuando Dios lo quiere, no hay grados ni privilegios en las almas que vienen aquí a saciarse.

Tal vez el pecador, que antes ofendió más a Dios, recibió tanta gracia, y abundó ésta a tanto punto en su alma lavada en las fuentes de la penitencia, que, si bien se le perdonó mucho, agradeció mucho; y con tal intensidad, que en aquel instante mereció recibir tesoros incomparables y luces especialísimas.

Mientras, el justo que frecuenta la mesa celestial no alcanza, a lo menos tan pronto, mercedes tamañas.

Si, en todas las esferas [en] que consideremos la divina providencia, sus maravillas exceden las fuerzas humanas para [poder] aquilatarlas, ¿qué diremos en este punto, en que se avalora la muerte y la pasión, la vida y el holocausto de un corazón divino? ¿Acaso el trabajador de la tarde recaba el salario del día, y acrecentado por una manera incalculable?

¿Quién sería capaz de calcular la dicha de la Magdalena a los pies de Jesús, cuando mereció que le dijese "se le perdonó mucho, porque ha amado mucho?"

Sólo se puede inferir de la verdadera conversión que produjo aquella incompleta comunión.

De la propia suerte, ¿quién podría decir lo que reciben de los méritos de la pasión de Jesús los pecadores seria y profundamente convertidos que llegan, al comulgar, a aplicar su boca a la llaga abierta del costado del Salvador?

Lo mejor es dejar este orden de consideraciones, entregándolas a las almas piadosas que hayan de continuarlas al pie del altar.

Lo que conduce a nuestro propósito es que una de las arterias, por decirlo así; o mejor, la principal arteria de la vida sacramental de Jesús es la que toma su sangre y sus riquezas de la pasión, en la repartición de cuyos méritos hay una providencia que se burla de todos los cálculos y que no tiene otras reglas ni otras leyes que las del amor de Dios a su miserable criatura que, como su misericordia, sobrepuja a todas sus obras.

Lo que interesa recordar a los devotos del misterio eucarístico es que en la aplicación, por ministerio de la eucaristía, de los méritos del Dios-hombre al pecador, hay un manantial inagotable en la pasión de Jesús y en la cruz. De tal manera, que pueden aplicarse al santo madero las palabras del sabio: "Leño de vida es a los que lo aprehendan; y para los que lo conserven, beatitud."

A la vista de este inagotable depósito de infinitas riquezas, parece que no hay ningún pensamiento más adecuado para encarecer la caridad infinita de quien allegó estos méritos, [y] que aquí brilla, que la palabra del profeta: "Venid todos y comprad sin plata".

O la voz que la voz que la Iglesia pone en los labios de María, tomando la [palabra] del libro de los Proverbios: "Venid a mí todos, y saciaos de mis producciones ."

¡Tanta dicha, y tan inagotable, guarda en su seno la comunión sacramental, en la que se halla como engastada la joya preciosa de la pasión y muerte del Señor!

En este mar no hay límites, en este abismo no hay fondo, en este dulcísimo corazón de Jesús, penetrando en él por la vía de la penitencia o por la dorada puerta de la meditación, no se encuentra jamás un 'basta'.

Y ¿es posible que tengamos a nuestro alcance tanta felicidad espiritual y temporal, y que vayamos a buscar en otra parte la satisfacción de los deseos y de las concupiscencias?

Bien pudo decir el Señor, por el profeta: "Maravillaos, cielos, y puertas eternas; desolaos vehementemente, porque me dejaron a mí, fuente de agua viva, y buscaron para apagar su sed cisternas rotas que no pueden contener las aguas."

Nada es más sorprendente que este abandono que hacemos de los méritos de la cruz, no buscándolos por medio de la eucaristía, mientras nos afanamos por miserables y fútiles objetos, que no pueden saciar el humano corazón y que nos hacen sus siervos y feudatarios, porque está escrito: "El que comete el pecado es y se hace siervo del pecado."

Las penas en que estuvo anegado durante su vida el corazón de Jesús, las aguas de la tribulación y del dolor, que no pudieron extinguir su caridad; las abyecciones y angustias, las llagas y las heridas, aquel sudor de sangre preciosa, aquella tristeza mortal del Huerto, y los azotes y la corona y los clavos de la cruz y la lanza del centurión —dichoso después— son otras tantas preseas de nuestro título de cristiano, [y] que podemos adquirir mediante la comunión sacramental, seguida de la detenida consideración y aplicación de nuestra voluntad después de comulgar; por este medio nos enriqueceremos con los sublimes dones de esta singularísima providencia eucarística, que tanto desea comunicársenos.

Si hemos meditado, en estos días pasados en los tormentos voluntarios que el Señor se infligió, de hoy en adelante, no perdamos de vista para asimilárnoslos, que la mayor responsabilidad que podemos adquirir, responsabilidad de ingratitud y desamor, es la de no utilizar tal tesoro.

Y si no somos o no nos creemos dignos, hagámoslo después de haber lavado nuestras estolas en la sangre del cordero inmaculado.
 

VI LS- 1873, p. 161

 

Los que no comulgan, pero creen en las verdades de la religión cristiana, hacen la segunda categoría que nos hemos propuesto estudiar en su relación con la providencia eucarística.

Hay lazo de fe y de amor en estos cristianos con su divina majestad sacramentado, mayormente si se tiene presente que muchos de estos fieles no reciben con frecuencia al Dios vivo por falta de devoción, por desconfianza de sus méritos para disfrutar este favor, por falta de instrucción, por no fijarse en el deseo que el Señor tiene de comunicarse o por otras mil circunstancias, no todas dependientes de su voluntad, como quiera que hay en ello algo de ignorancia invencible, dadas sus condiciones de vida y de observancia de los diversos preceptos.

Nadie puede negar que en la reunión de estas condiciones hay un secreto de la divina gracia, que no puede apreciarse por el hombre; porque entra en los altos designios de la misericordia y de la justicia del Señor que no puede alcanzar aquél y que sería inútil tratar de explicar.

Hay muchas almas débiles que no se acercan a la mesa celestial por accidentes de su modo de vida que no estorban a su devoción, pero que les hacen mirar con temor y temblor el convite del gran Padre de familias, que tanto desea permanecer con los hijos de los hombres. Debe contribuir esta reflexión a aumentar la gratitud de los que frecuentan la comunión, tal vez correspondiendo mal a tan señalado favor.

¡Cuántos serán más perfectos entre los que no comulgan a menudo!

Pero dejando a Dios sus secretos en la distribución de la gracia, no puede dudarse que hay miles de personas que merecían, si pudiese juzgarse humanamente, aquella distinción que otros reciben con mayor frecuencia y que aquéllos gozarían con mayor reconocimiento.

Estos cristianos, por su devoción y pureza de vida, obtienen ¿quién lo duda? una comunión imperfecta por el deseo y, juzgando piadosamente, tal vez alcanzan una relación que, si es misteriosa, no es menos eficaz, con el sacramento augusto, tal que puedan equipararse y aun aventajar a los comulgantes diariamente.

De tales creyentes y buenos cristianos no queremos hablar aquí porque los consideramos en la primera gradación que hemos establecido.

Aun los que sólo por la fe y por la perfección no desean vivamente recibir, pero de hecho se hallan unidos espiritual y habitualmente al rey pacífico, no es aventurado juzgar que viven en contacto místico con la eucaristía y que el Señor desde el sagrario es el alma de sus almas y les provee, de un modo secreto que no perciben, de todo lo que han menester para conservarse en gracia o levantarse apenas caen en pecado y, lavados en las fuentes de la penitencia, volver a la amistad con Dios.

La mirada del escritor católico descubre, a poco que lo considere, al rey de los siglos defendiendo a sus amorosos súbditos con el escudo de su oración perenne desde el tabernáculo, alejando de todas las ovejas de su rebaño las asechanzas de las potestades infernales y dándoles, cuando se extravían, el silbo que les vuelve al aprisco.

Todos los que creen en la presencia de Dios en el altar logran más o menos su favor, disfrutan de su oración y consiguen de su omnipotente intercesión, como del patronato de un abogado celoso, una protección y defensa que no percibe la vista vulgar, pero que no [por] eso es menos eficaz.

Los que siguen, aunque sea de lejos, las huellas del pastor divino son ovejas de su rebaño y, sin conocerlo ellos, marchan al abrigo de la nube misteriosa que rodea al sacrosanto altar, y en la noche del pecado distinguen la luz que ha de conducirles al puerto de la salvación, siendo el Salvador quien les da aliento y gracia para volver a la casa paterna como otro hijo pródigo.

Si pudiésemos ver los lazos de caridad, las llamadas de amor que se hacen por el Dios sacramentado a sus fieles, nos asombraría y haría derramar lágrimas de gratitud la ingeniosa y tierna solicitud que muestra el Hijo de Dios para con los que le temen y las muchas ocasiones en que, sumergidos nosotros pobres pecadores en el mar proceloso de la culpa, brota del altar una gracia que nos sostiene para reconciliarnos con el autor y consumador de la fe.

El buen padre de familias nos amó tanto y nos compró por tal precio a expensas de toda su sangre, que despide de aquella mansión adorable rayos de luz divina que, fulgurando a la mirada del alma, detienen al hombre al borde del precipicio en que va a caer y, cuando menos, paraliza la acción del tentador y, a veces, disminuye la intensidad de la ofensa o, tal vez, produce el remordimiento al momento inmediato posterior a la caída, que es una gracia incipiente que lleva al culpable a asirse a la sagrada tabla después del naufragio.

Sin que acertemos a explicar este misterio de misericordia, nos complacemos en indicarlo a la consideración de nuestros lectores para que lo tengan presente en el tiempo oportuno y saquen, meditándolo, todo el fruto que permita la bondad del Dios de nuestros altares.

Dichosos nosotros, indignos mensajeros de este arcano de amor infinito, si podemos contribuir a que, parándose el cristiano en aquello que no llamó su atención bajo este respecto, pueda detenerse en el brocal del pozo eterno cuando va a consumar una nueva infidelidad.

Aun en lo temporal, y no olvidando que la economía del mundo y los accidentes todos de la vida humana están subordinados al orden sobrenatural, ¿quién podrá negar que habrá en el Purgatorio muchos que hubieran caído en el lugar de la eterna condenación si no se hubiesen librado de tal ocasión de muerte repentina, si no hubiesen recibido tal golpe de la gracia y tal auxilio para no perecer cuando estaban en pecado mortal, riesgo del que salieron por lo que llamamos casualidad, que para el hombre de fe no ha sido sino un favor de Dios que tuvo piedad de aquella pobre alma que se hubiera perdido para siempre si muriese en pecado?

No vamos a poner ejemplos ni osaríamos levantar el velo que cubre estos sucesos que pasan en una esfera que no se ve, sino que se adivina por el que cree.

Lo que aseguramos, sin temor de equivocarnos, es que todos estos acontecimientos afortunados para quien se salva por ellos, vienen como derivados del trono eucarístico, y son florecitas del campo de la misericordia que brotan de la plegaria incesante del Verbo divino que, disfrazado bajo las apariencias del pan, provee a las almas de este maná de la divina misericordia, atraído sobre nosotros por aquella voz fraternal que, desde el tabernáculo, detiene la diestra del Señor justiciero repitiendo las palabras que pronunció en la cruz: "Señor, perdónalos que no saben lo que hacen."

En esta región elevada no nos atrevemos a continuar, porque tiembla la mano que osa escribir de esto sin la debida dignidad, recelando el escritor pecar de corto en la insinuación de tan consoladoras ideas.

Pondremos fin a este pobre artículo afirmando que todos los favores especiales que el pecador recibe para convertirse son preseas de la cruz, flores de la pasión de Jesús y producto de la oración misericordiosa y de la impetración del huésped amoroso de nuestras iglesias, que irradia sus dones de misericordia sobre todos los que le temen, especialmente sobre los que, si no comulgan, creen en la presencia real de Jesús en la Hostia sacrosanta.

 

VII LS- 1873, p. 201

 

En el agradable estudio que hemos emprendido, el tercer grado, por decirlo así, del divino favor que al hombre es concedido por la eucaristía, es de los que no comulgan y no creen en la presencia real de Jesús, por ignorancia invencible.

Que éstos no se hallan completamente desheredados de la divina gracia mediante la permanencia de Jesús en el sagrario es una cosa de tal modo natural y lógica, una vez reconocida la misericordia divina, que creemos que haríamos mal en detenernos en demostrar tan consoladora verdad que, sin embargo, vamos a explicar.

Dios es bueno y justo, infinitamente bueno e infinitamente justo, y no puede admitirse la idea de que castigue como culpable la ignorancia invencible.

Y la castigaría, en nuestro caso, privando a los indigentes espirituales de que hablamos, de los auxilios eficaces que les brinda el Hijo de Dios viviendo siempre en el tabernáculo para orar por nosotros.

Sin penetrar en el terreno vedado para nuestra pequeñez de la ignorancia invencible, invocando la doctrina de los padres, conviene recordar que éstos aseguran como dato fundamental que, aun los ignorantes invenciblemente, pueden salvarse si guardan la ley natural. Guiados invisible, pero eficazmente para ello, por el Verbo divino, que es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, de [la] que habla S. Juan en su evangelio.

Esta doctrina atestigua una relación directa y amorosa de la segunda persona de la Trinidad beatísima con aquéllos; relación que deja inferir que el rey pacífico, que sustancial y espiritualmente reside en la sagrada eucaristía, no puede menos, en la consecuencia de su inefable amor, de enviar luces y elevar oraciones al Padre por este linaje de cristianos, que carecen de facultad para creer y practicar las verdades de la fe católica; [aunque] por una serie de condiciones y circunstancias que no dependieron de su voluntad, y que entran en la noción cardinal de la ignorancia invencible.

No es del momento definir este estado y las consideraciones que le reconocen y asignan los teólogos para constituir exención de responsabilidad en lo que respecta a las verdades de fe y a la observancia de los preceptos de la ley escrita.

Pero este punto, con ser interesantísimo, no es indispensable para nuestro propósito y, además, es completamente superior a nuestro alcance.

Pero, sea de ello lo que quiera, siempre ha de resultar que, dada la ignorancia invencible, y guardada por quienes la padezcan la ley natural, tal como la perciben, no hay razón en el orden de la bondad infinita de Dios para excluir a éstos de la impetración omnipotente de Jesús-Eucaristía, como quiera que, según aseguran los ideólogos, "de lo desconocido no hay deseo," y "no hay acto de la voluntad hacia lo que el entendimiento no comprende"; y, según dice S. Pablo: "La fe procede del oído , y ¿cómo creerán sin que se les predique ?"

Cuando se advierte, a este propósito, que hay sobre la haz de la tierra millones de hombres en esta situación y que disfrutamos nosotros el incomparable beneficio de la fe cristiana, no sabemos cómo agradecer al Señor tan señalada merced de haber nacido en tierra cristiana, y mayormente las ventajas de los que conocen prácticamente los dulces beneficios de la comunión, pues esta reflexión ha de acrecentar en alto grado nuestra gratitud a Dios por tamaño favor.

Volviendo al propósito comenzado, es nuestro objeto escudriñar, con la antorcha de la fe en la mano, el interesante problema de las relaciones de la sagrada hostia con los que adolecen de ignorancia invencible por vivir en países no católicos o en los que, estando dominados por la herejía, no tiene una gran parte de sus habitantes ocasión de salir de su error, ora por falta de enseñanza adecuada a su necesidad espiritual, ora por vivir alejados los infelices a quienes aludimos de los centros de población a donde llegan los misioneros católicos, ora porque, entregadas la masa de ciertas personas en algunas regiones a los trabajos materiales, sin tiempo ni medio de oír discusiones religiosas, siguen la huella de sus padres y amigos y marchan, como envueltos en la corriente de las aguas que lleva a todos en aquel triste río, y los mantiene en las tinieblas del error, sin poderse asir a ninguna rama de la orilla que pueda salvarles.

Son secretos impenetrables de la divina providencia el por qué no a todos alcanza la verdad católica, pero es evidente que a todos llega la luz natural de que habla San Juan; y San Pablo nos enseña que la revelación, cuyo último y más perfecto grado es Jesucristo, no es conocida de todos los pueblos y de todos los hombres, pues en los Actos de los Apóstoles, cap. XVII, verso 27, dice, hablando de la verdad revelada, que para todos los hombres se hizo, si por ventura la pudiesen tocar o hallar, aunque no esté lejos de cada uno de nosotros.

Quaerere Deum, si forte atrectent eum, aut inveniant, quamvis non longe sit ab uno quoque nostrum, cuyo pasaje supone la inculpabilidad de la ignorancia invencible y da la verdadera interpretación de la máxima de que "fuera de la Iglesia nadie puede salvarse," no entendiendo fuera de su espíritu los que corporal y geográficamente, como lo explica Augusto Nicolás, se hallan fuera de los límites de las comarcas católicas y si, por tanto, no llegó a ellos la enseñanza de sus dogmas.

Esta doctrina consoladora puede aplicarse, sin violencia, a los efectos del dogma eucarístico que, haciendo parte de la verdad revelada por Jesucristo, no es conocido allí en donde no impera el catolicismo, porque este dogma es como el corazón del cristianismo .

Supuesta, bajo el dominio de estas ideas, la ignorancia invencible de la creencia a que nos venimos refiriendo, sería una inconsecuencia, que no cabe en la justicia y bondad infinita de Dios, excluir de ciertos beneficios de la santísima eucaristía a aquéllos que no pueden creer en ella, porque no la conocen, pero que por lo mismo no la rehúsan, una fe que no le pueden tributar por falta de conocimiento.

Nos congratulamos de llevar estas consideraciones a una aplicación y desenvolvimiento que se deduce dialécticamente de ellas, sentando la consecuencia de que en las regiones que no ha brillado la luz evangélica y la noticia de este misterio amoroso del sacramento augusto, hay muchos, séanos lícito creerlo y esperarlo, que observando y cumpliendo los preceptos de la ley natural, utilizan sin pensarlo, los beneficios de la presencia real de Jesús entre nosotros; puesto que no oponen a esta creencia una voluntad obstinada, sino que carecen, por las circunstancias explicadas, de las nociones necesarias para prestar su asentimiento a esta tierna relación de Dios con los hombres bajo las especies sacramentales.

De las propias fuentes se deriva que, en los países en que no luce en todo su esplendor la doctrina católica, porque es general la herejía, puede haber muchos que, de buena fe, observan los preceptos de la ley natural y aun de la ley de gracia parcialmente, sin más examen; y que disfrutan, sin ellos entenderlo, los beneficios de este misterio que es como la consumación de la ley, porque está escrito que la consumación de la ley es el amor, y la eucaristía es el más alto punto del amor de Dios que, por amor, quiere permanecer allí con nosotros hasta la consumación de los siglos.

A la luz de estas ideas, aparece el dogma que amamos, con un carácter de generalidad, esto es, de catolicismo que ensancha visiblemente el imperio de la verdad y extiende en una proporción que no podemos comprender bien, los dominios del Dios de nuestros altares.

Todo buen súbdito se complace en la dominación de su rey, y hay en este orden de ideas una bellísima doctrina que lleva el dulce dominio de Nuestro Señor a fronteras desconocidas a nuestra limitada comprensión.

Acaso esta teoría hace llegar los beneficios de la segunda encarnación del Verbo en la hostia sacrosanta con mayor, aunque desconocida intensión, a idólatras y herejes que a ciertos católicos ingratos que, a pesar de tener la conciencia habitual del sacramento de nuestros altares, no quieren aprovecharse de tan alto beneficio o lo reciben sacrílegamente o no lo agradecen de una manera debida.

Sirvan estas reflexiones para humillar a los creyentes con fe muerta y para recordar la idea evangélica de que muchos que no conocieron a los patriarcas, se sentarán a su lado en el reino de los cielos, mientras estarán eternamente en el lugar de los precitos quienes han vivido bajo el sol de la verdad católica y al calor del fuego oculto, pero activo, de la eucaristía.

¡Cuán lejos se hallan, es preciso repetirlo, las vías de Dios de las vías de los hombres!

Pero también se infiere que el amante de la eucaristía puede consolarse con la creencia de que los límites del dulce imperio eucarístico se extienden mucho más de lo que alcanza la mirada del hombre poco versado en estos estudios.

Jesús ora en el altar por todos los que se hallan en los casos indicados en este artículo; para todos impetra la justicia y la misericordia; para todos y a todos alcanza su inefable amor.

Debemos exclamar con la santa Iglesia: "¡Te damos gracias, Señor, por tu gran gloria, conocida y desconocida para nosotros!"

No, sabemos ni podemos llevar más allá nuestra tarea, contentándonos con entregar a la meditación de nuestros amigos en el corazón de Jesús sacramentado, estos pensamientos que pueden servirles para descubrir, a la luz de la fe, muchos coasociados de toda tribu, de toda lengua, de toda nación que disfrutan de los beneficios del santísimo sacramento y que serán nuestros compañeros en la eterna Jerusalén.

  

VIII LS 1873, P. 241

 

A pesar del número que lleva el presente artículo, que continúa tratando de la providencia eucarística, no haremos en él más que ligeras indicaciones que podrán desarrollar los lectores en tiempo y ocasión oportunos, como quiera que la materia es inagotable y que, por mucho que el hombre investigue, siempre ha de quedar muchísimo más, porque hay infinito terreno que recorrer en este hermoso atributo de Dios.

La presencia real del Señor en el sagrario le hace comparable al sol en el firmamento, que los rayos de su luz llegan por doquiera y vivifican el mundo material, así como los del astro del día, porque en el mundo de las almas, como dice David, no hay quien se esconda de su calor.

Hemos reseñado ciertas como jerarquías de católicos, que disfrutan más directamente de la acción benéfica del astro eucarístico, y en el anterior artículo nos hemos referido a los que no creen por ignorancia invencible. Hoy nos toca, para concluir tratar del grado de influencia que alcanza el divino sacramento, con relación a los que ni comulgan, ni creen, ni quieren creer, ni vencer su rebeldía voluntaria, y además están encenagados en el vicio.

A primera vista, hasta absurdo parece admitir la hipótesis de que a éstos alcance acción alguna del Señor sacramentado cuando está escrito: "El que no cree ya está juzgado;" y, por otra parte, que "el Señor confunde en un mismo odio al pecador o impío y a su impiedad."

Y con todo, a este recóndito y profundo antro de la iniquidad llega también, aunque pálida, la luz que despide el sol eucarístico, de la propia forma que a los más profundos senos de la tierra alcanza algún resplandor del sol, por escaso que sea, si hay alguna comunicación con él.

Lejos de parecemos difícil establecer esta extensión de la providencia eucarística, se nos antoja que, supuesto todo lo dicho en los artículos anteriores, así como para descomponer un rayo de luz no viene bien que sea muy vivo, porque fascina, así nos parece que la miseria grande del impío, del ateo voluntario, si los hay, o del que se quiere hacer la ilusión de que no hay Dios, para no ver las ideas morales que ofende con su método de vida, ofrece una atmósfera más adecuada para el análisis de este destello de Dios vivo, que se llama providencia.

Por lo demás, así como el Señor hace caer su lluvia y su acción conservadora sobre los buenos y los malos, así es de inferir y cree la Iglesia, que llega la protección paternal del rey de los reyes a todas las almas, aun las que están en las sombras de la eterna muerte. Y por la misma razón se consuela el corazón con la idea de que la solicitud maternal de la eucaristía toca y busca y defiende y aun trata de atraer, en una proporción dada, y de cautivar, con la reverencia debida a la libertad, al desdichado que no cree ni practica, antes protesta, se revela y quiere obcecado pasarse sin Dios o cerrar los ojos a la vivísima luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

¡Tal y tan grande es (admirémonos y alabemos a Dios) la misericordia del Señor, a quien el eterno Padre dio las naciones por herencia y, por límite de su posesión, los extremos de la tierra!

No sabríamos, ni podríamos explicar el como y el cuando, el número y la intensidad de los llamamientos que hace Dios a estas almas desventuradas, por ministerio de los ángeles o por la acción directa del mismo Señor, que despide desde el altar dardos de amor y de acerada punta para clavarlos en los corazones que quiere atraer a sí, ora por medio de la tribulación, ora por medio de los bienes temporales que, a veces, mueven y determinan las almas agradecidas.

¡Si nos fuese dado percibir el dulce, sistema que emplea el Dios de bondad con aquellos infelices; si pudiésemos apreciar el objeto que, por unos u otros caminos se propone el huésped de nuestros templos, aun de los que nos parecen menos dignos de su atención, caeríamos de rodillas como Moisés cuando vio en figura la redención exclamando: "¡Oh, Señor, Dios, dominador, misericordioso y clemente, paciente y verdadero, y de mucha misericordia!"

¡Qué asombro! Dio el Criador al hombre la vida y la luz intelectual, el corazón y el don de amarle como padre, y la criatura lo niega, le desobedece, le ofende Y se sumerge más y más en el cieno de la culpa, y para no confesarlo, reniega de la fe y opone su voluntad a la de su Dios; y, a pesar de todo, va tras él, como amante loco de pasión, el dulcísimo pastor de las almas, y le llama por mil industrias y le dispara flechas para cazarle y le solicita por mil medios; y parece como que no vive sin él y desde su trono de amor, en el tabernáculo pide por él con clamor válido y lágrimas, presentando como aquél célebre abogado de la antigüedad hacía con las heridas de su cliente, las llagas que el Señor sufrió por nuestros pecados a su eterno Padre para decirle: "Perdónalos que no saben lo que hacen." Y, si acertásemos a entrar en el organismo y pormenor de esta providencia eucarística con los malos, veríamos que uno no falleció en cierta enfermedad, porque quiso el Señor darle tiempo a que se convierta, que otro no sucumbió en aquel duelo por lo mismo; que éste logró recibir los santos sacramentos en su última hora, y aquel variar de vida por el influjo de la gracia, y el que más lejano estaba acaso, y murió repentinamente, después de muchos inútiles llamamientos, fue tocado de la gracia en su agonía, y el que juzgamos condenado al fuego eterno está y estará en el purgatorio mucho tiempo, pero se halla ya libre de los tormentos perdurables; todo por las súplicas de Jesús sacramentado y por la suave y atractiva fuerza de su amor inefable y de su gracia previniente y misericordiosa.

Sálvanse las sociedades y los pueblos, sanan muchos enfermos, conviértense los pecadores, extínguense los odios, crecen y prosperan los frutos en el campo, témplanse las estaciones, apáganse y se pacifican las guerras, armonízanse las familias, y se ahuyentan o se suspenden o se moderan los castigos de la divina justicia, por la impetración de Jesús en el sagrario y por su mediación todopoderosa.

Y son invisibles a no ser para la fe viva, los cambios súbitos o paulatinos de los corazones pervertidos, cambios que se operan con los rayos despedidos del altar por el cordero sin mancilla, amoroso pastor de las almas.

A su aparición en nuestras calles toda rodilla se dobla, y ninguno hay que no rinda, aunque sea por hábito o por bien parecer, acatamiento a este rey pacífico en su tránsito y que no reciba dones de su mano, en el momento mismo, tal vez, pues lleva consigo la mirada del Señor, que le devuelve por su homenaje una bendición.

¿No habéis visto las audiencias de los monarcas? Pues se tiene por dichoso el que merece una sonrisa, una frase o una mirada. Este rey del cielo mira y ve a todos, a todos sonríe y a todos dice a su paso: "Ven a mí, yo te haré venturoso."

¿Y a dónde va el suavísimo Señor? Pues va a ver si puede rescatar una ovejuela extraviada y a llevarla, como prenda de perdón, su propio cuerpo y sangre en comida, y cual poderoso, no se contenta con un solo don para una sola persona, sino que va repartiendo flores y bienes y gracias y dones a todos los que encuentra a su paso. Alivia los enfermos del trayecto, bendice las plantaciones de los campos, pone un sello a la boca del blasfemo, atrae a sí el cortejo de la fuerza armada, recibe corte por donde quiera y derrama mercedes secretas, pero grandes y eficaces, a los que tienen la fortuna de encontrarlo; y parece que pide, con el suave sonido de la campanilla, oraciones y limosnas espirituales para el infeliz moribundo que él va a visitar.

Quien tanto amó y tanto sufrió por nosotros y quien tanto nos ama y nos busca y nos solicita ¿podría olvidar en su oración, y no comprender en el círculo de su solicitud a los descreídos, impíos y pecadores inveterados? Imposible.

Quien con toda su sangre nos redimió y con toda su alma nos enseñó, siendo el Verbo divino, nos acompaña en el tabernáculo y nos espera allí con ansia ¿querría economizar su auxilio poderoso al precito, cuyo empedernido corazón tanto lo ha menester? No podemos creerlo.

No hay más que recordar lo dicho de que la providencia divina en el orden material a todos iguala, buenos y malos, a quienes, según la frase evangélica, envía el aire, el sol y la lluvia sin distinción, con todos los bienes naturales, para deducir que la providencia eucarística, aunque sea más activa y eficaz con los que la aman y frecuentan la sagrada mesa, y menos, pero todavía cariñosa y especial con los que creen y no practican; y algo menos, pero siempre solícita, con los que no creen por ignorancia invencible, no deshereda, por decirlo así, de su amor infinito a los que están de él alejados por la fe, por la práctica y aun por la voluntad viciosa, puesto que esto los hace más necesitados, de su oración incesante, de su solicitación afectuosa y de sus méritos en acción por el sacrificio incruento, y que en algún modo permanece y continúa en el tabernáculo.

¿Sería mayor la solicitud de Dios y más perseverante y extensiva su providencia para lo natural que para la parte espiritual del hombre? No puede admitirse. ¿Sería un Dios infinitamente justo, sí, pero también infinitamente misericordioso, menos compasivo para el alma y sus necesidades enlazadas con la vida eterna, que para el cuerpo, que sólo sirve de cárcel al espíritu para alcanzar aquélla? ¡No se concibe!

Comprendemos que en la esfera de la justicia el pecador no merece lo uno ni lo otro: ni cuidado del orden natural ni del orden espiritual. Pero, supuesta la bondad de Dios, que le llevo a morir por nosotros, aparece más increíble que deje de aplicar sus méritos y su gracia preveniente a conquistar por amor el corazón extraviado, que a cuidar de la parte menos noble de nuestro ser.

Nos parece, por lo tanto, perfectamente establecido el punto de fe de que, así como el sol del mundo y la lluvia del cielo alcanzan a todos, el sol de la eucaristía y el rocío de la gracia envían su benéfico influjo aun a los descreídos, y a los que no utilizan el sacramento y a los rebeldes, bien que esto sea en la proporción y grado convenientes, que no se puede prefijar, porque está de por medio el juicio de Dios, que es inescrutable.

En virtud de todo lo dicho y partiendo de que la misericordia de Dios es sobre todas sus obras, y su caridad llega a límites incomprensibles, es lógico inferir que alcanza la providencia eucarística, aunque en diversos modos, aun a los ateos, a los alejados del banquete celestial y a los pecadores empedernidos que no quieren salir de su estado.

Respetamos el altísimo misterio de la graduación del favor y del modo con que este favor se hace y se comunica al que lo recibe, porque este secreto es de Dios; pero la hipótesis que hemos establecido queda demostrada y entregada a la gratitud de nuestros lectores, con la debida sumisión a las creencias de la Iglesia.

 

INTRODUCCIÓN DEL EDITOR A LA SERIE AMOR

 

Es un lugar común entre los estudiosos de Trelles considerar que su obra fue una anticipación de las cuestiones que iban a preocupar luego al mundo y a la Iglesia hasta nuestros días: ésa es la razón de que consideremos sus escritos y Fundaciones de plena actualidad tras un siglo y medio.

Así fue inevitable su colisión con la pastoral practicada en su tiempo y con la que apuntaba León XIII y ya desarrollaba el segundo obispo de Madrid, primero en gobernar efectivamente la diócesis.

Pero también en la segunda mitad del siglo XX, y lo que vivimos del XXI, se suscita o sigue desarrollándose el debate de cuestiones que Trelles destapó en sus escritos o en sus Instituciones. [cfr. Conferencia del arz. Piero Marini en Universidad de Murcia.]

En los ocho párrafos primeros de este artículo inicial de la serie que dedicó al AMOR, nos tropezamos con la cuestión novedosa, ya en aquel momento, del seglar que ejerce su vocación en el mundo como "bautizado comprometido activamente con su fe y que la vive y comunica al mundo sin supeditación personal al clero"; pero sin que ello le lleve a enfrentarse a los ministros ordenados ni menos a oponérseles (Trelles siempre publicó con licencia eclesiástica, y sus obras fueron aprobadas por todos los obispos en cuyas diócesis se instalaban); sino como misión propia en campo propio, al que no pueden ni deben acceder los clérigos.

 Trelles se hallaba perplejo al iniciar el tema del AMOR  (y también de algún otro), sobrecogido por unos sentimientos negativos paralizantes, frutos del concepto de seglar, laico o lego en boga en su época; pero seguía adelante, alentado por el conocimiento, que produce esperanza. Trelles, mediante el estudio, la reflexión y la meditación, alcanzó a comprender la esencia que lleva a conocer la naturaleza y, con ella, la justificación de los actos propios o ajenos.

Esta perplejidad sigue manteniéndose entre los laicos por la influencia de ciertos miembros del clero y por el miedo a la libertad, que plantea responsabilidades, de la mayoría de los cristianos.

*

El DRAE refleja tanto el significado tradicional de las palabras laico, seglar y lego, como el que introdujo el Concilio Vaticano II:

·          negativamente, los laicos son los que no tienen órdenes clericales, ni tienen opción a ellas (indignos de lo sagrado), ni han hecho votos; los que carecen de alguna confesión religiosa o los que carecen de cultura.

·          positivamente, son del mundo civil, opuesto a la vida religiosa, y son enemigos del alma, o simplemente están en una comunidad para servir en los trabajos mecánicos o caseros.

Quizá por todo eso, apareció el término despectivo "clerigalla" y el  "clericalismo," para significar la excesiva sumisión al clero y a sus directrices o la influencia e intervencionismo excesivo del clero en política o en otros campos, que llega a impedir el ejercicio de los derechos de los laicos.

En cambio, el clero se define claramente como una clase,  estado, situación o modo de ser o estar, del que disfrutan  y al que se hallan sujetos sus miembros. Curiosamente, sin referencia específica a lo sagrado.

*

En un libro del entonces Cardenal Ratzinger, "Ser cristiano en la era neopagana", Ediciones Encuentro, 1995, en el capítulo "Balance del Sínodo sobre los laicos", se expone la nueva visión de los seglares (fieles de Cristo). Explica la finalidad de un Sínodo como una ocasión para que los obispos intercambien ideas y experiencias, y tomen conciencia de lo que deben transmitir en sus diócesis:

·          la Iglesia es para la vida del mundo;

·          la fe crea familiaridad o unión;

·          los obispos no deben prescribir ideas o conductas a los fieles en sus campos de acción, sino conducirles a reconocer cuáles son los deberes de los consagrados y cuáles los propios de los seglares;

·          un seglar no es un no-consagrado, un no-iniciado o un no-experto. Social y eclesialmente la Iglesia no puede ser descrita como un conjunto de clérigos (sacerdotes o consagrados), y el resto de los no-clérigos.

La doctrina de Ratzinger es optimista: "Debemos hacer más de lo que podemos."

Por ello, no se trata de atribuir ministerios a la misión de los laicos, sino de considerarlos como "bautizados comprometidos activamente con su fe, vivida en el mundo como tales cristianos." Los laicos tienen su lugar propio en la Iglesia, como consecuencia del bautismo, que los constituye en "sacerdotes y profetas". Estas misiones las pueden cumplir por su experiencia mundana y civil, cotidiana, de vivir y comunicar la fe. Son miembros del Cuerpo de Cristo, y sujetos de su misión profética de la fe.  Para significar algo en la Iglesia no es necesario ser ministro ordenado; cuando un fiel ejercita su carácter profético, no puede ser considerado usurpador ni infiel a su vocación; ni algo por lo que pueda ser rechazado.

Respecto al ministerio del fiel, hay que comprender que ningún ministerio acrecienta la dignidad del cristiano: el sacerdote se define en relación del laico, del que es servidor ("Siervo de los siervos de Dios") en la Palabra y en los Sacramentos. Pero el laico no se define en relación con el sacerdote, sino del Bautismo. No está para servir al sacerdote ministerial.

Ciertamente, la misión del laico queda indeterminada, como todo lo que nace de una vocación, se acepta libremente y se rige por responsabilidades. El laico es el único responsable ante su fe en Cristo. Ya San Francisco de Sales dijo "que no compete al sacerdote considerar lo que los cristianos hacen en el mundo."

Ratzinger concretó en el texto citado que, respecto a la política, las finanzas, el ejercicio de las profesiones, y un largo etcétera, los laicos conocen su fe y la forma de encarnarla en la realidad práctica.

Ratzinger también hizo una referencia a la mujer, pero no concretó gran cosa; pero las mujeres son aproximadamente la mitad de los laicos. Entre lo no mencionado está que la misión de la mujer en la Sociedad es una de tantas cuestiones exclusivas de los laicos... incluyendo a las mujeres, desde luego. Respecto al cambio de imagen de la mujer desde los años 1960, aludió, como referencia, a la esencia antropológica de la mujer y lamentó la degradación de la mujer actual; sin mencionar ningún aspecto positivo, ni siquiera la creciente presencia y sostén preponderante de las mujeres en tantas Instituciones eclesiales de gestión laica. Mantuvo como dechado (¿quizá la mejor expresión de la esencia femenina?) a María, la Madre de Jesús. Pero no llegó a desarrollar esta cuestión: María soltera, madre, casada y viuda, dentro de una comunidad judía; pero referente y sostén de la primera comunidad cristiana, por haber aceptado la fe en Jesús y aplicarla a su vida. Los Evangelios son sorprendentemente explícitos en lo referente a una figura femenina, poco relevante para una sociedad judía (Judit fue un instrumento en manos de hombres): Dios se había fijado en María desde el principio de la Humanidad, y el Génesis explicitó la esencia femenina (Gn 2, 18-25; 3, 6-17 y 20-24; y 4, 1-2). Dios envió su representante a María, según la costumbre judía, pero no a su padre, sino a Ella, pidiéndole su anuencia para la Encarnación. Ella reflexionó y, sin comunicarlo a su padre según la norma, puso sus condiciones y aceptó libremente. También son ilustrativos los pasajes del hallazgo de Jesús tras su escapada adolescente; la sugerencia de Caná y, sin hacer caso de la resistencia de Jesús, la decisión de María en un asunto importante; pero también el apoyo de María a Jesús tras la decisión de Él en Getsemaní y en los tribunales.*

Pero Trelles vivió, escribió y fundó cien años antes de que estas doctrinas fueran formuladas abiertamente por un Concilio, un Sínodo y un Cardenal que luego sería Papa.

Trelles se hallaba sobrecogido por un sentimiento paralizante, de perplejidad, al disponerse a tratar el tema del AMOR EUCARÍSTICO, porque veía que la Eucaristía condensa el Amor, que es Dios mismo; ya había llegado a este punto y desistido otras veces: llevaba publicando la Revista más de cinco años. Porque realmente no podía "encerrar a Dios en unas frases," especialmente porque él era seglar (no consagrado), y pecador (se sentía indigno e inadecuado para tratar de lo sagrado). Se decía a sí mismo que "un sacerdote sería más adecuado para esta labor que un seglar." Los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia ya habían tratado el tema del Amor, pero desde otros puntos de vista; y él pretendía ser original al hacer lo mismo, pero desde el punto de vista eucarístico, siendo seglar, pecador e ignorante de la Mística, especialmente por falta de ministerio, que no de lecturas. Se sentía usurpador e infiel a su vocación, por salirse de sus estrechos límites.

Sin embargo, comprendía que ese tema era esencial; era precisamente el propósito mismo de su Revista eucarística.

También vio que su silencio voluntario, en vez de virtud previa a la humildad, podía interpretarse como cualquiera de los dos enemigos de la pequeñez espiritual (formulada 15 años antes que Teresa de Lisieux), que etimológicamente era la misma humildad:

·          el encogimiento, falta de valor o de conocimiento;

·          la afectación, falta de sencillez o encubierta presunción.

Por todo ello, pidió misericordia y gracia de Dios, para alcanzar el consuelo de hacer que, al menos, un solo lector sacara el provecho de aumentar su amor a Dios.

Le animaba pensar que, incluso en el vulgo (el lego o el seglar), se podía hallar algo bueno, y que serviría de revulsivo para aquellos lectores que fueran legos o distraídos: pecadores, poco observadores o poco críticos.

 

EL AMOR

 

I

 

Jamás hemos sentido más profunda pena espiritual y mayor confusión, que al tomar la pluma para tratar esta materia inmensa, infinita. Tocarla es atrevimiento, y dejarla es faltar al propósito, porque si Dios es amor, la Eucaristía es la condensación del amor.

Muchas veces lo hemos intentado, y otras tantas ha flaqueado nuestro ánimo y apocádose nuestra pobre inteligencia.

Escribir del amor de Dios es sondear un abismo, costear un mar sin riberas, y buscar formas y como medida en la palabra para describir lo inconmensurable.

Y, sin embargo, prescindir de ello en una publicación eucarística es prescindir del asunto principal y declinar de lo que nos habíamos dado el encargo de presentar a la preciosa meditación de nuestros devotos lectores. ¡Cuántos de ellos, sacerdotes de Dios, lo tratarían mejor que la pluma profana, indigna, por todo extremo, de penetrar en este misterio tan dulce como profundo, que va a escribir acerca de esto!

¿Quién nos ha dicho que somos llamados a desflorar este asunto que agotó el talento de S. Francisco de Sales, de Santa Teresa de Jesús, de Santo Tomás, de S. Buenaventura y del P. Faber, y de tantos otros ingenios preclaros, y de tantos Santos Padres y Doctores de la Iglesia, y mayormente, puesto que queríamos estudiarlo bajo un nuevo aspecto, nosotros, pecadores seglares, extraños a las ciencias teológicas, ignorantes en todo, y más aún en la mística sublime?

¡Quién sabe si al hacerlo usurpamos esta misión, que nadie, que sepamos, se ha dado en España, a lo menos bajo la forma especial que hemos aceptado! Adelante: si no era ésta nuestra vocación, que el Señor, en su misericordia infinita, la haga cierta o siquiera menos indigna. Sobreponiéndonos a estas justas objeciones, es preciso abordar de frente el asunto, para evitar que se interprete el silencio por encogimiento, o la humildad sincera, a nuestro escaso entender, por afectación que fuera tan enemiga del propósito, como lejana de la verdadera pequeñez.

Sirva para consolarnos, la idea de que aun en lo incomprensible cabe decir algo bueno en medio de lo vulgar, y como no todos los que nos lean serán doctores, acaso brote de la pluma algo útil para un entendimiento distraído, o poco ejercitado en esta materia, que reasume todas las materias ascéticas.

Nos contentamos, Dios mío, con reavivar en una sola alma un poco de caridad al Señor que por amor nos crió, y con esta pobre conquista de un alma que acreciente su amor divino. Acaso nos sea dado conseguirlo, y basta para que demos por bien empleada nuestra osadía, por grande que sea.

San Marcos, en el cap. XII, verso 30, dice así: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia, con todas tus fuerzas." Éste es el primer mandamiento. He aquí el tema del presente ensayo.

Gran palabra. La primera vez que el Señor nos habló en tono de precepto en la ley escrita, dijo así: "Amarás." Conque el amor a Dios es el primer mandamiento esculpido antes en el corazón humano por la ley natural, y luego grabado el primero en las tablas del Decálogo, trasmitido por Dios a Moisés para su pueblo escogido.

Conque el primer precepto y el único, en cierta manera, es el amor a Dios.

Luego es lógico creer que el amor de su Criador es el fin del hombre. El amor es la vida, y el que no ama no vive la vida del espíritu. El que no ama, mora en las sombras de la muerte, como dice S. Juan.

Pero es preciso profundizar este secreto dulcísimo, lazo único, eslabón precioso de la criatura racional con su Criador.

Y se infiere que el fin único de la creación del hombre es que ame a Dios.

Parece indudable que el Padre de las luces nos amó de toda eternidad; y nos crio porque nos amó; y nos conserva para que le amemos; y nos elevó para que le amemos; y nos redimió para volver a ganar por medio de esta conquista, hecha con toda su sangre, nuestro amor; y nos asistió con su gracia previniente por lucrar nuestro amor; y nos otorga la gracia justificante para el propio fin; y nos predestinó para su gloria por tal de vincular a ella nuestro amor; y nos salva para merecer, si puede esto decirse, nuestro amor; y nos la reitera, digámoslo así, una vez, y ciento, y mil, por la penitencia para aquel objeto; y nos concede la comunión sacramental para acrecentar nuestro amor; y se quedó allí  con nosotros hasta la consumación de los siglos, para suministrarnos fuerzas que de él deriven para amarle más y mejor, con su divino auxilio y con su omnipotente cooperación.

Ya se ve que es justo que nos llame a su amor y que éste es el fin único de todos sus beneficios.

Diríase que él salió de su trono de felicidad eterna, y puso en el sol su tabernáculo con todo el esplendor de los santos como el esposo que sale lleno de fuerza y de belleza de su tálamo nupcial para recabar nuestro amor, como se lee en el salmo XVIII.

Diríase que se levantó Dios de su solio eterno, continúa el salmo, como un gigante que a largos pasos ha de recorrer la vía de su amor para ganar el nuestro; y que vino desde lo alto del cielo para arribar al trono de su amor, que es el tabernáculo de la hostia santa, perpetuando allí su inefable sacrificio de la cruz con el propio objeto.

¿Quién duda, pues, que es sobremanera justo que su primer llamamiento al humano corazón sea el amor, y que ésta sea la primera frase de su Antiguo Testamento, porque la primera palabra del Criador es el primer precepto que dicta a su criatura?

Y hay que fijarse en una cosa y es que este primer mandamiento puede recopilarse todo en una palabra, trasladando a la forma personal y al primer caso el tercero del verbo: "Ámame."

Está visto que el Señor no se contenta con menos. Aquella su perpetua caridad traducida en la creación, conservación, elevación, justificación, redención, predestinación y glorificación del hombre, y condensada, por decirlo así, y engastada en el adorable sacramento, no basta al Dios tres veces santo si no se completa con la reciprocidad de parte del hombre.

¿No te basta, Señor, tu propio amor que te colma de indecible e infinita ventura, sino que necesitas el amor de este pobrecito gusano de la tierra? No. Quieres el amor del hombre, y lo quieres absolutamente, y lo mandas con imperio, y después de depositar en nuestro ser la semilla de este afecto infinito, que del hombre recaban todas las criaturas por su Autor.

 Y, para lograr esto, te acuerdas del hombre, y lo visitas con ser hijo del hombre, y lo sublimas, y lo magnificas, y le das mercedes un tanto inferiores a las de los ángeles, y lo coronas de gloria y honor, y lo constituiste sobre todas las obras de tus manos, y todo lo colocaste bajo sus plantas, todas las ovejas y los bueyes, y todos los rebaños del campo, y las aves del cielo, y los peces del mar que andan por sus sendas ignoradas, según lo dice el salmo VIII, que termina repitiendo: "¡Oh Señor, y Señor nuestro, cuán admirable es tu nombre en la creación universal de la tierra!" Todo esto, Señor, para conquistar el amor del hombre; todo para que te ame.

 Y la encarnación y la vida, y la pasión y muerte, sobreabundante redención de nuestras culpas, hiciste para que el hombre te ame, porque el amor divino paga, colma y rebosa; y todo, Señor, para que te ame.

¿Qué mucho que se lo mandes como precepto, si lo ganaste primero en buena lid como premio de tus pasos y de tus obras y de tu pasión y de tu muerte ignominiosa, y de tu eucaristía gloriosa, tanto como callada, humilde y soberana merced en que tú a ti mismo te nos das?

Y le pides su amor con el ruego y la palabra, y luego con la obra y el precepto. ¿Qué falta te hace, Dios mío, nuestro menguado afecto para que lo ganes y lo pidas, y lo reclames con inefable caridad, que debía derretirnos el corazón en el pecho, y hacernos liquidar y verter toda nuestra sangre?

Bien podemos repetir: ¡Oh Señor y Señor nuestro! Con la frase del citado salmo, cuán admirable es tu nombre en toda la tierra, elevándose tu magnificencia sobre los cielos, arrancando tu alabanza de la boca de los niños y de los pequeñuelos que reciben el pecho de sus madres para vencer así a los que contra ti se rebelan, y te ofenden, después de dejarnos ver los cielos, obras de tu dedo poderoso, y la luna y las innumerables estrellas de que has tachonado el firmamento. ¡Y todo esto, Señor admirable, y los universos pospones al amor del hombre más abyecto! Y le ruegas y le improperas y le conquistas y le recabas y le mandas que te tribute su amor.

¿Pues no bastaba, Señor, la voz de tus maravillas y el peso de tus obras a este fin encaminadas, para arrancar el amor y la alabanza de las piedras, cuanto más del mísero mortal? ¿Para qué todavía os dignáis pedirle esta sola recompensa, como si vos, Señor, fueseis el pobrecillo hombre y él fuese Dios, cuando el desgraciado tanto necesita de vos, y sois el Dios de los universos, y el omnipotente Señor, y el gran rey de los ejércitos?

En verdad que hay para asombrarse de aquel tierno precepto, que tanto amor descubre y que supone una necesidad del que ninguna experimenta, y una dicha que habría de producirle a Dios el amor del hombre, que no aumentará un átomo la suprema, inefable bienaventuranza del Señor de los señores.

Y, sin embargo, así es y esto manda el Señor en primer término y ante todo y sobre todo: que le amemos.

Para encarecer más este infinito beneficio del primer mandamiento es oportuno entrar en otro orden de consideraciones y comparaciones, que conducen al propio fin supremo; pero otro día continuaremos. LS 1874, p. 281

 

Síntesis del Editor

El conocimiento de las poesías de Trelles resulta esclarecedor para la comprensión de este ensayo en prosa, y viceversa. [Especialmente, ‘Las Flores].

"¡Ámame!" Quizá éste debió ser el título de este artículo y del siguiente, porque el amor es el único lazo que puede relacionar al hombre con su Creador y resulta ser la única exigencia de Dios al hombre y, simultáneamente, es la necesidad del resto de la Creación, muda porque Dios le impuso como portavoz único al hombre. Así es el primer mandamiento en la Ley Natural, como en el Decálogo del Sinaí, y el único mandamiento en el doblete de Jesús.

Se puede pensar que éste es el único motivo de la Creación y, específicamente, de la creación del hombre, por lo que lo constituyó en su vida (naturaleza): "Quien no ama, mora en sombra de muerte." O dicho de otra forma, es su esencia, por lo que nos crió, nos conserva, nos elevó hasta Él, nos redimió y nos asiste con la gracia previniente, justificante y santificante, tras la penitencia; y las eucarísticas, que acrecientan la vida espiritual, y nos ofrecen refugio con la paciente espera de Jesús sacramentado en el sagrario.

Por todo ello, la exigencia de Dios está justificadísima, porque el Verbo se ganó al hombre saliendo a su encuentro y redimiéndolo; aunque es dueño de la Creación y no necesita nada, lo hizo todo. Pero es que Dios olvida su exigencia y le suplica amor, porque Dios prefiere al hombre entre toda la Creación, y le llama hijo.

 

**

 

II

 

Síntesis del editor

Trelles desarrolló una versión de la parábola del Buen Samaritano y otras: relata la acogida de un mendigo moribundo por un emperador, los cuidados que le prodiga, los honores, hasta llegar a prohijarlo. El benefactor muere en una empresa favorable al protegido; pero resucita y se le presenta como pobre que sólo pide amor: recibe el mayor desagradecimiento. Insiste en su papel de emperador ofreciéndole mayores beneficios, pero ni así consigue sus deseos: recibir algo de amor.

Aplicación literal al hombre: Dios creó el Universo mudo y creó al hombre para Él.  Lo puso como dueño del Universo y su portavoz para que el hombre se lo reconozca y devuelva como amor, pero "¡El hombre no ama a Dios!" (estribillo repetido de un poema de Trelles).

 

Continuando el propósito, decíamos al terminar el artículo anterior que era preciso entrar en otro orden de consideraciones y comparaciones.

Comencemos por éstas:

¿Qué se diría, piadoso lector, si un gran emperador encontrase en un camino exánime, moribundo de hambre y sed, a un pobrecillo mendigo, desnudo, ignorante, extenuado de fatiga y de dolor; y le mandase traer a su palacio, y le colmase de dones, curándolo, vistiéndolo, enseñándolo, tratándolo como a hijo, proveyendo para siempre a sus necesidades, y garantizándole su porvenir, y elevándolo de grado en grado, lo sublimase hasta el trono inmediato al suyo; y lo sentase a su mesa, y lo coronase, en fin, de gloria y honor; y le diese a mandar sus ejércitos y a administrar sus estados imperiales; y lo pusiese por compañero de sus magnates; y le ganase con su sangre (la del rey) otro reino, muriendo por él; y luego resucitado el favorecedor, viniese calladamente a pulsar a su puerta, y cuando no le escuchase, le llamase desde el esplendor de su realeza para decirle sólo: "Todo lo  hice por ti, porque te amaba, y en pago sólo quiero tu correspondencia. ¡Ámame!"?

Se diría: ¡Precepto inútil, pues no lo ha de amar! Y, sin embargo, cuánto ama el emperador a ese desdichado. Pero no se ocurrirá a nadie que el favorecido no amase a su bienhechor sobre todo después de ordenárselo, y mucho menos que le ofendiese.

Pero si, temiendo la ingratitud, a expensas de este amor ganado, pedido, recabado y ordenado, le prometía el monarca confirmarle para siempre en el trono prometido, ¿quién sería tan insensato que dudase del reconocimiento del sujeto colmado de favores? Nadie.

Y, sin embargo, este desdichado es el hombre, y el hombre no ama a su Dios, Señor de cielos y tierra, que además lo crió y sacó de su potencia infinita, por no decir de la nada.

Estudiemos el apólogo.

Crió Dios al hombre, que es algo más que encontrarle lleno de necesidades; le dio alma y cuerpo, potencias y sentidos; le otorgó luz intelectual para conocerle cuanto es posible, y conocerse; y corazón para amar a Dios y amarse a sí propio y a sus semejantes. Le  rodeó de la esplendidez de los cielos, alumbrados por el sol de día y por las estrellas y la luna en medio de la noche; le ofreció minerales, plantas y animales, que sirvan a su sustentación y le obedezcan y le sirvan; le conservó desde niño por todas las gradas de las edades sucesivas, hasta la juventud, y luego por en medio de cien peligros hasta la edad madura, y a veces le tolera mil ofensas, sin dejar de protegerle y conservarle, y a cada hora del día y de la noche le dice calladamente, de muchos modos y por cien mil caminos: "¡Ámame!"

¿Qué diremos del constante y perseverante amor de Dios y de la ingratitud del hombre?

Es un espectáculo que vemos, que tocamos, que todos los días pasa a nuestra vista, y que no nos sorprende. Es más: es una escena en que todos somos actores insensatos, y con todo, el hombre no ama a Dios. No agradece los beneficios, no observa el dulce precepto, no mira su propio interés eterno; no advierte que el amor de Dios le aseguraría la vida sin fin del cielo, y le daría aquí en el suelo una anticipación de la beatitud.

Es tan evidente el cuadro que hemos bosquejado, como asombrosa la triste parte que el mayor número de los hombres tiene en él: el hombre no ama a Dios.

Aquí bien se puede recordar el verso: "Asombraos, cielos, y puertas de los cielos, desolaos vehementemente, porque me abandonaron a mí, que soy fuente de agua viva, y los hombres se han abierto para sí cisternas disipadas, que no pueden contener las aguas."

El amor es como una segunda atmósfera en que se mueve el universo entero, y en que, si pudiera así decirse, se halla el mismo Dios, porque Dios es caridad como expresa San Juan. Por amor se crio el mundo y los mundos, porque Dios todo lo hizo por amor. Así como la creación del mundo fue hecha para el hombre, éste fue criado para Dios, y trae a la vida el dulce deber de retornar a su Criador, por medio de sus alabanzas y del uso de las cosas hechas para él, lo que ha recibido, colmado con sus expresiones de reconocimiento. Y éste mismo es un don supremo de la gracia de Dios, que la magnificencia del Todopoderoso le remunera después, como si no fuera don suyo la gracia que lo produce.

Detengámonos en este punto tan bello, que parece que lo reúne todo en una suprema síntesis, en cuyo centro brilla el sol de la divina bondad con esplendores inefables.

Cuando el hombre asciende, ayudado de la gracia divina, las gradas de esta verdadera escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles del cielo, descubre desde la cima o desde el escalón que le permiten alcanzar sus méritos, una hermosa perspectiva que jamás descubren los hombres carnales, encenagados en el lodo de los sentidos, o los hombres desvanecidos por el humo de la soberbia y de la vanidad humanas, o los que van corriendo el camino de la vida guiados por el atractivo de las riquezas y de la satisfacción de las pasiones humanas.

Nadie que haya saludado los libros elementales de nuestra religión, desconoce que la criatura racional es el fin de las maravillas naturales de la tierra, que con todos sus adornos y bellezas se mira a la luz de la fe, que explica los primeros días del mundo, bajar del cielo, como la santa Ciudad de Jerusalén (que significa visión de paz), de que habla el Apocalipsis de San Juan, cap. XXI, que ha visto el Apóstol bajar del cielo dispuesta y hermoseada como una esposa dedicada a su esposo.

La creación, mirada a esta luz, también en alguna manera, permite que se le aplique la idea de lo que sigue en el pasaje citado; porque el oído de la fe escucha también aquellas preciosas palabras bajadas del cielo: "He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y donde habitará con ellos, y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios, y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni luto, ni clamor, ni dolor, porque todo lo que era antes, como si no fuese." Y dijo el Señor que se sentaba en el trono: "He aquí que hago nuevas todas las cosas".

Con efecto, la creación del mundo, que prefigura la fundación de la Iglesia santa, en cuya dedicación consagra la Iglesia este pasaje del ángel de Pathmos, es también la erección de un templo a la gloria de Dios, templo en el que el hombre es el sacerdote que ha de consagrar a Dios, por sus actos de amor, todo lo que para aquél hizo el Señor.

Y bien, sin esto ya sabemos que todos los reinos de la naturaleza entonan a Dios con el acento de sus bellezas y propiedades, que a veces son de brillo esplendente a los ojos, otras de dulce armonía a los oídos, y otras veces facultades y adornos y contrastes y ruidos que producen ese admirable concierto que no se puede definir; un himno de gloria que recrea la mirada del Señor que sacó estas maravillas de su omnipotencia divina, realizando en el tiempo su plan divino, eterno como Dios.

Pero, en este dulce conjunto, que pudiéramos decir que regocija al Criador, no hay voluntad libre, no hay oblación deliberada, no hay un corazón que lata de gratitud, ni una luz intelectual que mire y como que alumbre este magnifico cuadro con conciencia y libertad.

Sólo el hombre, rey de la creación sublunar, puede, bajo los cielos, elevar al Señor un cántico inspirado por el amor y realzado por la libertad moral de que disfruta; y así es que, cuando entona este himno recorriendo las diversas esferas de la naturaleza, como que restituye una a una la multiplicidad de gracias recibidas por él y para él, engastadas en el gran teatro de la tierra que habitamos.

Estudia y admira, recorre y agradece, profundiza y alaba el ser racional los portentos que su Criador le deparó y dispensó con tanto amor, como el nuevo propietario de una magnífica posesión que le fue de nuevas ofrecida, que a cada paso aquilata y acrisola su gratitud, pasando revista a las bellezas y preciosidades que encierra la posesión.

Pero el estudio y la admiración, el agradecimiento y la alabanza, yacen como muertas en el fondo del alma, si no los anima la voz de la más excelente de las criaturas materiales con los acentos del amor, a quien tanto cuidó de su pequeña criatura.

Parece indudable que el hombre ha de enderezar y acaudillar ante el Señor estas falanges de alabanza, que suben de la tierra, supliendo y acrecentando aquéllas, y restituyendo a Dios sus obras en cierta manera por sus cantos de reconocimiento y afecto para que reciba Dios, en lo posible, el honor y gloria que le son debidos.

Porque en todo ello falta algo, y es el amor que debe ofrecer al Autor del bien que le rodea en el suelo como una segunda y más sutil atmósfera de divina caridad, que reclama de él correspondencia adecuada y condigno tributo.

Y, sin embargo, el hombre no ama a su Dios.

Pero suspenderemos por hoy y continuaremos otro día el intento. LS1874, p. 321

 

III

Síntesis del editor

Trelles consideraba imposible la tarea de exponer el amor de Dios; pero inevitable su intento. Varios Santos y Doctores lo habían hecho ya, pero Trelles pretendía repetirlo desde un punto original, el eucarístico, con el fin de ayudar a los adoradores en la meditación y aumento del amor a Dios.

Rasgos del amor eucarístico: eterno, infinito, delicado, beatífico, generoso, sacrificado, fraternal, expiatorio y eucarístico.

ETERNO: "En perpetua caridad te amé." Desde la eternidad, Dios tenía en su conocimiento a cada una de sus criaturas, y las amaba (concepto de esencia). Por ello, cuando ya creadas en el tiempo, les desvela en la meditación su amor eterno, la verdad y la libertad, los humanos experimentamos un goce equivalente al del hallazgo de algo muy apreciado, que habíamos dejado de ver, y se hacen operativas una serie de facultades, empezando por la comprensión de lo sobrenatural. El error, el odio y la sujeción a las pasiones producen una repulsión instintiva; mientras, la idea de un Dios eterno, bueno, verdad y amor, justo, misericordioso y todopoderoso parece que forma la base de nuestro ser, y aparece más verdadera, cuanto más se reflexiona. Este conocimiento nos sitúa en el camino de nuestro destino personal evidente: Dios, amor misericordioso, al que repugna nuestra decisión de rechazar su amor.

 En la investigación de este adorable asunto, como en el que costea un abismo, no hay nada que permita sondearlo, ni cabe tampoco dejar de acercarse a él para inferir su profundidad.

Era menester para esto un libro, y el libro está hecho por Santa Teresa, S. Francisco de Sales, S. Agustín y otros ciento, a cuyo término, por el orden cronológico se halla el P. Faber, en su preciosa obra del Criador y de la Criatura, o maravillas del divino amor. Nosotros ¡pobrecitos! sólo podremos decir algo tomado de la lectura de estos maravillosos libros.

No cabe en esto un trabajo de orden severamente lógico, y sólo pueden hacerse como pesquisas que coadyuven a la meditación.

Amor eterno, amor infinito, amor delicado, amor beatífico, amor generoso, amor de sacrificio, amor fraternal, amor expiatorio y amor eucarístico; estos son adjetivos, que corresponden a otros tantos puntos de vista del amor divino; adjetivos que nos hemos propuesto por tema, para dar alguna ocasión en el hombre a la posible correspondencia.

El amor de Dios es eterno, y su eternidad es un gran misterio, que, sin embargo, a poco que se pare la atención en ello, encuentra en nosotros algo que, en cierto modo, lo comprueba.

Aquella frase bíblica: En perpetua caridad te amé, encierra un punto de fe que no puede discutirse, y la voz perpetua atestigua la eternidad; de suerte que la eternidad del amor de Dios es de fe.

Pero ¿cómo entenderlo? No parece fácil la idea, y con todo, desde la eternidad Dios es Dios, y en su mente, de toda eternidad, vivían sus criaturas; y lo que es más, de toda eternidad nosotros allí vivíamos, y fuimos y somos amados de él.

¡Qué portento! Hay en esto algo que hiela la sangre y que produce en el hombre una emoción indefinible, y a pesar de ello, hay un secreto instinto, que corresponde a la precognición de este dogma.

Cuando bajamos al fondo de nuestro ser, se descubre en él como el vislumbre de una existencia anterior, de tal modo que la verdad y el amor no fueron creados, sino revelados, comunicados, mejor diríamos irradiados de un manantial preexistente, y al sernos revelado, al comenzar a ser para nuestra inteligencia estas dos cosas, nos parece como un recuerdo, y nos produce su manifestación a la mente, o al corazón, un goce semejante al hallazgo de cosa perdida, y una alegría parecida a la que resultase de una idea innata, que se nos trae a la memoria, o una vocación, que se realiza, o de la revelación de una verdad, como engastada en nuestra naturaleza, una serie de facultades que se ponen en ejercicio, porque se hallaban estériles y como arrumbadas.

Porque las nociones fundamentales de la fe y del amor divinos no se forman ni se explican, se revelan; y, al revelarse, encuentran en vuestra alma una secreta relación que no define la ciencia ni explicará jamás el estudio: relación que cualquiera puede atestiguar en sí propio.

Hemos nacido para la fe y el amor, y su comunicación hace un placer inefable, parecido a una aurora de la eterna bienaventuranza; placer que Dios nos deparó en la vida terrena; la ciencia, la sabiduría y el temor son escalones del temor de Dios, y precursores del amor; pero responden a algo que hay allá en lo más profundo del humano corazón y descubren una inteligencia providencial secreta con la verdad, con el amor y con la fe, ráfagas de lo sobrenatural.

Estas ideas, que son más verdaderas cuanto más se las mira, bajando al abismo de nuestra existencia, tropiezan con un crepúsculo de luz que nos alumbra en el escrutinio, y que esperaba la revelación, como si se hubiese puesto en el alma por su divino autor para este efecto. 

Por esto, el hombre no agota jamás los tesoros del corazón ni apura la capacidad de su inteligencia. Por esto, el error y el odio son como principios deletéreos en el hombre, como un veneno que le corroe el alma y la verdad; y el amor, por el contrario, parece que llena su corazón, y lo eleva, y da ocupación a sus facultades. Por esto, la verdad nos recrea y se asienta en la región serena del espíritu humano, como señora que tiene allí su trono desde el principio, y el absurdo y el error producen una repulsión secreta instintiva aun a las inteligencias más vulgares. Por esto, la idea de un Dios eterno y bueno, verdad y amor, justo y misericordioso, sabio y todopoderoso, se hace tan simpática a nuestro ser, que parece como que forma su base, y que se hallaba esculpida en la parte más honda de nuestra alma.

Estas ideas, que son más verdaderas cuanto más se las mira, bajando al abismo de nuestra existencia, tropiezan con un crepúsculo de luz que nos alumbra en el escrutinio, y que esperaba la revelación, como si se hubiese puesto en el alma por su divino autor para este efecto.

Por esto, el hombre no agota jamás los tesoros del corazón ni apura la capacidad de su inteligencia. Por esto el error y el odio son como principios deletéreos en el hombre, como un veneno que le corroe el alma; y la verdad y el amor, por el contrario, parece que llenan su corazón, y lo elevan, y dan ocupación a sus facultades. Por esto, la verdad nos recrea y se asienta en la región serena del espíritu humano, como señora que tiene allí su trono desde el principio; y el absurdo y el error producen una repulsión secreta instintiva aun a las inteligencias más vulgares. Por esto la idea de un Dios eterno y bueno, verdad y amor, justo y misericordioso, sabio y todopoderoso, se hace tan simpática a nuestro ser, que parece como que forma su base, y que se hallaba esculpida en la parte más honda de nuestra alma.

La fe en Dios eterno colma nuestra capacidad mental, y la creencia en un amor de Dios eterno llena las concavidades del corazón humano. Una vez que asiente a ambas afirmaciones, el hombre está completamente en su lugar. Después, su principio y su fin, su camino por esta tierra para la eternidad, que es el término de su transitorio viaje, aparecen claros, evidentes, inconmovibles.

Pero entre todas estas ideas descuella la del amor eterno de Dios a nosotros: ¿Conque es cierto, como se lee en el Padre Faber, que, de toda eternidad, cuando el Eterno Padre se complacía en su Verbo inefable, veía en él todas las criaturas distintamente y las amaba con infinito amor? ¡Qué asombro!

¿Conque es cierto que el hombre, pobre gusano de la tierra, era un objeto de la mente y del amor divino de toda eternidad, y que, no todos en conjunto, sino singularmente, a cada uno lo conocía y amaba perfecta y distintamente Dios, siendo, por lo tanto, objeto de la adorable y beatísima Trinidad?

¿Conque es también cierto que la unión hipostática del Verbo con la naturaleza humana estaba prevista en los eternos decretos, y lo que todavía es más, la unión personal del hombre y aun la mía con Dios en la Comunión sacramental?

¡Oh infinita bondad de Dios! ¡Oh ingratitud del hombre!

Este amor eterno abre vastos horizontes a los problemas más oscuros, y nos deja entrever, de parte de Dios, a todos los mortales, y a cada uno de ellos, una misericordia tan grande como el amor, y la repugnancia que el Señor ha de sentir para nuestra perdición eterna.

Porque una idea divina amada ab eterno y realizada en el tiempo para la dicha de la criatura, no puede menos de sugerir la noción de una solicitud muy tierna del Criador a esta su pobre criatura, para la cual, sin embargo, extendió el magnífico pabellón de los cielos esmaltado espléndidamente con la gran multitud de mundos que pueblan el espacio; tapizó de verde los campos adornados de flores, dio su curso regular al sistema sideral, derramó el agua en la concavidad de los mares para mil y mil usos provechosos al hombre, y pone en colisión los elementos cuando desata los vientos, y suelta las tempestades, y entreabre la tierra para dejar ver el fondo de los volcanes, y produce los cataclismos para hacer, a las veces, ostentación de su magnífico poder.

Y luego entregó al hombre el reino animal, vegetal y mineral, como herencia anticipada que el Padre celestial le otorga, no sólo para que reine sobre ella, y como rica hijuela que le anticipa para pasar algunos días sobre la tierra, sino también para que se eleve a amar y a alabar a su Criador.

Y no contento con estos dones, y habiéndose perdido en el camino el hombre que viajaba a su eterna mansión, vino el mismo Señor a marcárselo, dejándole huellas señaladas con su sangre, la sangre de un Dios; y todo esto, y todo su amor, y su persona, y sus méritos todos nos quedaron vinculados en la eucaristía.

Pero, lo que es más asombroso, todo ello fue conocido, querido y aceptado en la eternidad, pues todo lo conocía Dios y la ingratitud del hombre era tan clara a su vista como lo es para la nuestra después y aún más.

¡Qué dulces esperanzas producen estas consideraciones! Pero también ¡qué fuertes obligaciones de amor establecen!

Es un portento que no concibe la humana flaqueza cómo Dios crio al hombre teniendo precognición de que el pecado de aquél le había de costar la encarnación del Verbo, la muerte de Jesús, Dios y hombre, y cómo todavía hubo en aquel corazón de Jesús amor para la eucaristía con todas sus excelencias.

¡Oh amor eterno de Dios! Me atraes y me aterras. Sírvame de aliciente para que no me castigue en el infierno. LS 1874, p. 361

 

IV

Síntesis del editor

INFINITO: "Nuestro corazón está inquieto hasta que reposemos en el amor infinito de Dios." Es una verdad de sentimiento: sufrimos en lo más íntimo la necesidad de ser amados y la certeza moral de no quedar nunca satisfechos. Experimentamos que el alma se desarrolla al calor del amor divino y presiente la infinidad que la atrae dulcemente; ésta es la sustancia de la bienaventuranza y este amor infinito motiva la reciprocidad humana a la gracia recibida.

Este amor infinito de Dios cambia las ideas, los sentimientos y la ponderación de los valores humanos: aparece un mundo nuevo, anticipo de la gloria. Todo se convierte en agente del amor divino para enriquecernos espiritualmente. Todo se explica por el amor divino: el bien y el mal se explican por el amor infinito de Dios que lo dispone o permite para encender el fuego de la caridad. *+

 

La infinidad del amor de Dios a nosotros es el asunto prefijado a nuestro estudio por el artículo anterior, y esta infinidad puede hallar su prueba en la íntima inspiración que de ella siente el alma humana, o en las regiones elevadas de la teología mística y dogmática, y es, después de todo, un dogma de fe.

¿No es cierto, querido lector, que en lo más secreto de nuestro corazón late una necesidad de ser amado infinitamente? ¿No es verdad que hay en el fondo de nuestro ser como una revelación y certeza moral de que aquella dulce necesidad está satisfecha, o ha de satisfacerse?

S. Agustín atestigua este doble hecho, asegurando, que a él se debe que esté inquieto nuestro corazón hasta que reposemos en el seno del amor infinito; pero al que dude de aquella verdad puede preguntársele si halló alguna vez colmado su deseo de ser amado, y si, al querer acomodar sus dones a la medida del amor verdadero, encontró algo que le satisficiese a punto de quedar sin deseo de dar más, y sin el convencimiento de dar siempre poco.

La infinidad del amor Divino a sus criaturas, racionales sobre todo, es, por lo tanto, una verdad de sentimiento, que puede buscar en sí mismo quien quiera hacerlo.

En otra esfera, en el orden teológico, ninguno de los atributos que concedemos a Dios para poder hablar de él, puede ser finito porque Dios es un ser simplicísimo y sus atributos son él mismo. Todo en Dios es infinito, así su bondad como su justicia, su poder como su sabiduría, su misericordia como su amor.

De suerte que su amor es infinito, y no puede ser de otro modo.

En la mística, el amor divino y su inmensidad se siente también, como se adivina el punto más elevado de una escala que se sube, y el alma se desarrolla a su contacto, como una flor de invernadero a la acción suave y permanente del calor que la acaricia. Fuera de esta atmósfera, la flor no abre sus pétalos ni desarrolla su hermosura, mientras que en el círculo de aquel aparato ensancha su belleza y perfuma el aire que le rodea.

Así acontece con el amor divino, puesto por la meditación en contacto con el corazón humano; sobre recibir éste todo el gozo de que es capaz, presiente lo infinito del afecto que le atrae, como nos enseñan las obras de Santa Teresa y de S. Juan de la Cruz, de S. Francisco de Sales y del P. Faber, y las de otros escritores ascéticos.

Parece que nadie se para en esta verdad del amor infinito de Dios, y sin embargo, es ella sola capaz de producir una revolución moral en el mundo de los espíritus, tanto que en la Jerusalén celestial ésta es la sustancia de la bienaventuranza.

El amor infinito de Dios produce la beatitud allí y acá, y motiva, meditándolo, una reciprocidad de parte del hombre en el mundo, según el grado de la gracia, y en el cielo según la lumbre de gloria que el Señor concede a la criatura en relación con sus méritos.

El amor sin límites es un océano que atrae el corazón humano, y que si la distracción llega a hacerlo olvidar, la contemplación lo acrecienta como un abismo que atrae otro abismo con la voz de sus profundidades, como dice el salmo.

Dulcísimo misterio, que hace la ventura temporal y eterna de la criatura racional, y que produce una perenne bienaventuranza.

Invitamos al lector a fijarse en ello con detenimiento, diciéndose a sí propio: "Dios Todopoderoso me ama infinitamente."

¡Qué hermosa verdad! ¡Qué tesoro de bienestar! ¡Qué absoluta e inalterable fuente de dicha!

La faz del mundo entero se cambia a la influencia de esta frase bellísima y dulcísima.

Cámbianse las ideas y los sentimientos del hombre con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a sus prójimos. Desaparecen ante el esplendor de aquel amor todos los motivos egoístas, todas las desgracias se tornan en ocasión de gozo, y como que se rasga un velo negro, y a la luz de aquel amor se presenta a la vista admirada del mortal un cuadro y un mundo nuevo, lleno de encantos sobrenaturales, que anticipan la eterna dicha. 

Todo después de levantado aquel velo, todo se convierte en nuestro camino y en nuestro círculo de acción, como en instrumento que sirve admirablemente al divino amor para forjar con el fuego de la caridad, el oro puro que nos ha de enriquecer espiritualmente. Todo lo que nos rodea de próspero o de contrario a nuestro deseo, se convierte en medio o en agente del amor divino. Todo, hasta nuestra debilidad; todo, hasta el pecado que nos humilló; todo, aun el dolor que nos edifica; todo, hasta la muerte que nos abre la puerta de la eternidad, que no es otra cosa que el más insondable abismo del amor divino.

La creación del universo, a la luz del amor infinito, es un verbo de amor; la del hombre es un designio de amor y las condiciones materiales y espirituales de la criatura se explican por el amor infinito del Criador: sus circunstancias providenciales, su estado, su modo de ser, las fases de la edad, la gracia que se utiliza o se menosprecia, las virtudes que produce la gracia con nuestra cooperación y las caídas que el hombre padece o su vida espiritual, las enfermedades que sufre, las que expían sus pecados, o las que acrisolan su paciencia, las afecciones santas o los lazos de la culpa; el bien y el mal, en una palabra, que el cuerpo o el alma tiene que recibir o tolerar: todo, todo para la mirada del espíritu que lo escudriña bien, se explica por el amor infinito de un Dios que dispone las ascensiones del alma, o permite sus descensos como escabel o accidente predestinado del amor inefable e infinito de Dios.

 Entran en el adorable plan de un amor providencial las adversidades y los dolores y todas las alternativas de la vida humana. Ya lo hemos dicho, la culpa misma puede convertirse, por la vía de la humillación y de la penitencia, al contacto de este talismán en elemento, que puede producir y encender en el corazón el santo fuego de la caridad.

Por eso, el amor divino es infinito, porque investigando reflexivamente los lances todos de la vida humana, aquel espíritu todo lo realza, todo lo hermosea y vuelve las piedras del camino en oro puro de caridad eterna.

A las veces, parece el hombre dejado ya de la mano de Dios, recorre perdido los senderos del vicio y del crimen, sacrifica al goce de los sentidos o al del espíritu por la vanidad o la ambición todas las fuerzas que el Criador le otorgara para el bien; pero llegará un día, pronto o tarde, en el decurso de la vida o en los umbrales del sepulcro, en que el amor divino, por ministerio de la gracia, puede tocar con su dedo aquel corazón de piedra, y convertirlo en corazón de carne o de fuego acendrado, y una lágrima encendida se desprenderá de la pupila de aquel hombre trémulo de emoción, y aquella lágrima, como un río, lavará toda una vida de crímenes; porque tocó aquella alma la vara misteriosa del verdadero Moisés, y le hizo brotar el agua lustral que todo lo limpia. Es una centella del amor divino que hizo esta maravilla y que cambió a ese hombre, que era malo, en un Pablo convertido, y abrasándolo en el horno del amor, lo eleva a la gloria eterna.

He aquí ligeramente bosquejadas algunas de las maravillas del amor infinito, que se entregan a la meditación detenida del que comulga, pues no queremos añadir hoy más en este asunto tan bello del amor infinito de Dios. LS 1871, p. 401

 

V

 

Síntesis del editor (para V y VI)

DELICADO: el amor es siempre sacrificio por el amado, es amor adaptado al modo de ser del amado, a su susceptibilidad, pero que no le endeuda ni obliga. Sólo espera la correspondencia libre del amado.

La delicadeza de Dios con nosotros no somos capaces de percibirla porque así lo exige la naturaleza de ella y porque el hombre no medita: como el cerdo, come las bellotas sin mirar de dónde vienen, ni menos, agradecerlas.

Trelles establece un paralelismo entre el desarrollo del cuerpo y el del alma, que señala una divergencia clara de su pensamiento y el propio de su época, que mantenía una dualidad esquizofrénica entre cuerpo y alma prisionera, y que desbarraba con el ensañamiento contra el cuerpo.

El desarrollo de los días y la satisfacción imperceptible de nuestras necesidades, las mudanzas de nuestro ánimo y el desempeño en el mundo, según descubramos en la meditación la razón última de las mudanzas; Dios no nos quiere desdichados y nos da en el Sacramento los medios para ser felices.

 Los dones de Dios, la existencia misma, la memoria, el entendimiento y la voluntad, nos envuelven y nos unen a Él,  porque son trasunto del mismo Dios.

 

La delicadeza en el amor es el amor mismo en su fase más bella y más característica, porque, si no reviste esta forma, no es amor, sino propensión, cálculo, egoísmo.

Para hablar con fundamento de esta condición es preciso remontarse a ideas abstractas y generales.

La delicadeza es suavidad, finura, dulzura, miramiento, escrupulosidad, reparo, celo, nimiedad, minuciosidad, buen gusto en el trato, pulcritud en el lenguaje, perfección exquisita, que procura no herir la sensibilidad ni la susceptibilidad y respeto, facilidad en ofenderse por la cosa más insignificante; es pureza, inocencia, candor, sencillez, pundonor, recato, honestidad, lo más bello, lo mejor, lo más escogido.

Así define la delicadeza un libro moderno; pero no nos satisface. Hay más en la idea, aunque haya todo esto, que no es otra cosa que accidental y resultante de la delicadeza.

Esta cualidad supone un sentido íntimo del alma que la usa, y responde a otro sentido íntimo del alma a que se dirige. Es, si nosotros la hubiésemos de definir, la condición de los pensamientos, palabras u obras, que brota de una exquisitez de sensibilidad del alma.

Es un atributo que muchos tienen, que pocos comprenden, y que muy pocos usan en sus relaciones, y se puede decir, que es como un lenguaje que, prescindiendo de los sentidos, va directamente de un alma elevada a otra alma elevada: es lenguaje, sin embargo, poco común de expresión, aureola de espíritus privilegiados, y tan difícil de definir como de practicar.

Con ser el amor lazo secreto de las almas, cuando el amor es grosero y material no posee la delicadeza; y cuando se apellida amor delicado, la tiene en sumo grado y no hiere jamás, y respeta y venera, por decirlo de algún modo, al ser querido, suponiéndolo susceptible por todo extremo.

Ahora bien, el amor de Dios a nosotros es delicado, y lo es tanto que ni la imaginación puede concebirlo, ni la voz expresarlo. Veamos cómo decir algo, a pesar de todo, en tan difícil materia.

El beneficio, el don es uno de los efectos del amor, y el don de sí mismo es el sublime. Amor sin sacrificio no se concibe, y el sacrificio es el don de sí mismo en grado heroico, puesto que el amante se inmola, se anonada o se suicida, por decirlo así, en aras del ser querido.

La delicadeza es el sacrificio por excelencia y el sacrificio secreto, sin ostentación ni exterioridad alguna. El que ama a otro ser es que le da o le quiere dar algo de sí propio, de su personalidad, de su ser, de su existencia: como si quisiese la vida, la dicha y el bienestar del ser querido a expensas de su vida, de su felicidad y de su bienestar. Y tanto es así, que el egoísmo es lo contrario del amor, y el amor es completamente opuesto al egoísmo. Ascienden o se aminoran los quilates del afecto, a medida que el hombre se da más o se guarda más en sus relaciones de simpatía. La amistad, puede decirse que crea otro yo: el amor puro y verdadero crea una negación gradual de sí propio, reemplazando en su lugar al ser amado.

El amor delicado estudia atentamente el alma de la persona que ama, previene sus deseos, se antepone a sacrificarse por ellos, y lo hace de una manera dulce, suave, secreta, misteriosa, con deliberado propósito de que nada se le deba, de no zaherir, de no afrentar, de no echar en rostro el bien que hace. Es una inmolación espiritual que sólo desea una cosa, eso sí, que se le ame, que se le adivine a su vez, que se le comprenda.

Vengamos ya a la aplicación de estas ideas al amor divino.

Lo mejor sería repetir como Jeremías: "¡No sé hablar, porque la mano impura del hombre, y su boca manchada con el pecado, no puede servir para sondear ni para expresar este suavísimo misterio!" Pero es preciso aplicar estas ideas al amor divino.

El Señor nos crio sin nosotros, nos sacó de la potencia al acto por amor que nos tenía antes de darnos el ser. ¡Qué maravilla! Nos dio en el alma tres potencias, que son otros tantos modos de ser espiritual. Por la memoria traemos a nuestra alma lo pasado como presente. Por el entendimiento leemos dentro de las cosas para escudriñarlas (Intus legere, intelligere) y poseer su génesis, su enlace con el orden general del universo. Por la voluntad, verdadera realeza de la criatura racional, disponemos de nosotros como monarca independiente, que en el círculo de su soberanía, que traza nuestra libertad de acción y nuestros medios, manda y ordena, dando, o no, lugar a la solicitud amorosa de la divina gracia, que determina, atrae e incita dulcemente; pero no cohibe ni constriñe. ¡Qué funesto don para el que abusa!

Todavía no es todo esto lo que se alberga en el alma. Hay un sentido íntimo al que la delicadeza se refiere, y hay un tesoro inconcebible hoy, que la lumbre de gloria ha de sacar a luz, y que ahora, en esta vida, se halla como oculto y plegado en lo más íntimo de nuestra alma. ¡Qué colección de beneficios indefinibles! ¡Con qué prudencia están dispensados y con qué secreto generoso hechos! ¡Y son tales, que asimilan al hombre a la Trinidad Beatísima! ¡Qué asombro!

¡En cada una de las potencias, qué esplendidez de dones, qué extensión de facultades, qué abismo insondable de capacidades!

La memoria se cultiva, y cultivándose se aumenta. ¿Hasta qué grado? Nadie ha podido fijarlo. El saber, dice un refrán vulgar pero profundo, no ocupa lugar. Estudia el hombre la ciencia que amontonaron las generaciones, y estudia todos los días, a todas horas. Sorpréndele la muerte en edad avanzada estudiando, y no agotó la facultad, puede aún estudiar más.

Llegan a apurarse los medios materiales de la percepción o, a lo menos, a disminuirse mucho; pero el alma no envejece, la memoria en potencia allí está.

En cierto modo la memoria puede llamarse potencia infinita, como símbolo del Eterno Padre.

El entendimiento humano, que produce el verbo humano, se compara al Verbo divino; es, a su vez, inagotable e infinito, porque no se apura jamás el don de entender, ni hay límite conocido a la inteligencia, porque dicen los Libros Santos: "El espíritu lo escudriña todo, también lo oculto de Dios" y ha nacido para conocerlo cara a cara, tal cual es, y según S. Pablo, como Él mismo se conoce. ¡Qué cosa tan admirable!

La voluntad es una reina absoluta en su línea y en el ámbito de su dominio. Podría decirse de ella, como del Espíritu Santo: "Llena el orbe de las tierras, y el que contiene a todas las cosas tiene la ciencia de la voz."

Otorgó el Criador al hombre la libertad, sin límite en lo humano; y el corazón humano no se sacia. Mil mundos consumiría el deseo en un minuto, como dice elocuentemente el P. Lacordaire. La voluntad semeja al Espíritu Santo, y es ilimitada e infinita, a su modo, y lo será eternamente en el cielo.

Estos dones tan excelentes, de tal modo hechos, con tales condiciones y extensión, y con semejantes circunstancias y motivos y objetos, constituyen por sí solos pruebas evidentes de un amor infinito y delicado del Criador.

Somos, en alguna manera, el trasunto, la imagen y semejanza de la unidad de Dios y de la Trinidad Santísima. El alma es una, y sus tres potencias, como tres modos de ser diversos, afectan tres existencias, reflejo aunque pálido; resplandor, aunque tibio y crepuscular, pero verdadero, de Dios Uno y Trino.

Si pudiésemos prescindir del don en sí mismo, que es inefable, ¡con cuanto amor nos ha sido hecho! ¡Con qué delicadeza! No hay palabras para explicarlo.

Continuaremos. LS 1874, p. 441

 

VI LS1875, p. 41

 

Aunque ya hemos dicho algo, en el número precedente, del amor delicado, aún queremos añadir algunas consideraciones, bien que pensamos condensarlas por temor de abusar de la paciencia del lector.

Imposible nos sería seguir paso a paso la senda emprendida en el artículo precedente, porque nos llevaría muy lejos, y para amenizar el trabajo sería preciso poseer conocimientos de que carecemos. Pero contrayéndonos a lo más superficial, hay sobrada materia para escribir un libro, cuanto más un artículo.

La delicadeza del amor divino al hombre es tal, que sería menester para narrarla tanto tiempo como aquél se ejercita en cada uno de nosotros. Llamamos delicadeza en la amistad o el amor terrenal, tomar en cuenta alguna de nuestras apreciaciones, para no ofenderlas; usar en el trato social maneras y frases adecuadas a la susceptibilidad ajena. ¡Cuántas de estas consideraciones emplea el Señor con nosotros!

Es incapaz de percibirlo lo limitado de nuestra inteligencia.

Con sólo pensar que Dios nos crio y nos sacó de su potencia infinita rodeados de necesidades materiales, morales y espirituales, y a todas provee cuidadosamente sin que se perciba su mano, ni nos eche en rostro el beneficio, hay materia abundante de consideración cristiana y de profunda gratitud.

Amanece el día, y comienza con la luz y el calor la serie de los beneficios, que no se pueden contar al minuto; pero ya no hablemos de lo visible, sino de lo íntimo y delicado, que no se percibe a la simple vista. El estado de nuestro ánimo, la salud conservada, las alternativas del espíritu, las circunstancias materiales que atravesamos en nuestra vida de relación, las necesidades extraordinarias inopinadamente satisfechas, la disposición del alma acomodada en algún modo a nuestro estado de fortuna, de edad, de salud, de desgracia o de felicidad, son, entre otras, mercedes ocultas que recibimos de la mano próvida del Señor, sin advertirlo tal vez, sin agradecerlo debidamente siempre.

El hombre no medita, y vive como distraído de aquello en que más debiera ocuparse, pareciéndose al animal que, según un ejemplo de Fr. Luis de Granada, come las bellotas que le arrojan del árbol, sin agradecerlo ni mirar arriba.

Vamos a poner un ejemplo sólo, en que acaso se fija poco la atención, y que conduce admirablemente al propósito.

Nace el hombre en el estado rudimentario de todas sus facultades, y nuestra alma, que es un espíritu puro, ligado al cuerpo por lazos que no comprendemos, permanece, sin embargo, como dormida en el organismo, sin que tenga conciencia de sí propia, ni de lo que rodea a la persona en que obra y en cierto modo reside.

Con el tiempo, se va desenvolviendo la organización material y, en la propia medida, se viene como educando el alma, y va tomando poco a poco posesión de la compleja máquina, que debe regir. Llega el hombre, por grados, al completo de su desarrollo; y ¡oh maravilla! diríase que crece el alma con el cuerpo, pues la parte espiritual del ser se coloca al nivel del organismo, y la criatura racional se halla, a la vez, en toda su realeza espiritual y material, como si ambas condiciones o maneras de ser, espiritual y material, fuesen dos hermanas gemelas.

Atraviesa el mortal las edades que le separan de la senectud y, al propio paso que varían y se transforman las circunstancias materiales que constituyen las edades, el espíritu, noble prisionero de la materia, se amolda a sus transiciones, de forma que los gustos, las pasiones, los deseos, el método de vida experimentan insensible y dulcemente las variaciones adecuadas a aquellas mudanzas. Diríase que el alma del niño y la del viejo son diversas; tal es la variación que se nota comparando las edades y las propensiones. Todo se opera en el organismo al compás de lo que se va alterando el estado de nuestra alma o, más bien, que ésta se adapta a los medios de que dispone.

¡Qué serie de beneficios inadvertidos y no agradecidos! ¡Qué Providencia tan sabia y qué solicitud tan delicada!

Pero profundicemos más.

Somos felices o desgraciados, ricos o pobres, nos toca figurar en la escena del mundo obedeciendo o mandando; desempeñando un papel humilde o elevado con relación a la sociedad en que vivimos, y nuestra alma se acomoda a todo, de suerte que el que sabe utilizar los dones de Dios, se hace íntimamente dichoso en medio de la aparente desgracia, mientras que quien no emplea los recursos de la fe, se desespera y ruge por la satisfacción de sus pasiones, aunque se halle rodeado de los mayores medios de fortuna.

Si hubiésemos menester de pruebas aún, aparte el ejemplo de los santos, de los héroes y de los mártires, ¡cuántos religiosos de la Trapa y de la Cartuja se burlan ya en esta vida de la dicha de los reyes, de los emperadores y de los Cresos de la sociedad moderna! ¡Cuántos sardanápalos sufren, en medio de la plena satisfacción de sus menores deseos, las torturas de la desgracia íntima de que ellos mismos no se dan cuenta, cuando tantas personas humildes se ocupan sólo de satisfacer sus codiciosos deseos!

Para hallar aquéllos, no se necesita andar mucho. Basta echar una mirada por el círculo que nos rodea.

Salía una dama muy rica de un sarao, en invierno, a altas horas de la noche, y dejaba caer, sin pararse en ello, la piel de armiño que cubría su cuello y espalda desnuda, como es de rigor presentarse en ciertos círculos. La persona que la servía de acompañante le dijo: "F., cúbrase Vd. la espalda, que hace un frío glacial."- "¿Qué importa?" contestó la interpelada.- "Importa, replicó el caballero, pues tomará Vd. una pulmonía y se morirá." "-Mejor, -repuso la señora-; una pulmonía, la muerte. Mejor, será una novedad que turbe esta monotonía que me consume de fastidio."

¡Quién lo creyera! La opulenta señora, que estrenaba un traje en cada reunión, y que podía gastar en sus antojos mil reales diarios, no era dichosa; mientras, rebosa de felicidad, sin que nadie lo sospeche, el cenobita o la religiosa capuchina que se condenó voluntariamente a todas las privaciones.

A muchas y profundas reflexiones se brinda este hecho innegable de que la dicha o la desgracia, el bienestar o malestar del alma no obedecen a la fortuna, ni responden a la satisfacción de los deseos, sino que están sometidas a otra ley, que no se conoce sino cuando se sabe buscar. Pero, para el propósito en que nos ocupamos, esto dice que el Criador no nos quiso hacer desdichados, cualquiera que sea la posición, edad y demás condiciones del hombre en la tierra, situando Dios en lo más recóndito de nuestro corazón una mina inagotable de ventura, que sirve a todos los estados sociales, y brota en todos los terrenos en que nos coloca la Providencia divina.

¿Cómo agradeceríamos bastante este amor delicado que así nos trata? Hay en nuestro ser remedios eficaces para todos los males y un manantial inagotable de consuelo para todas las desdichas, realizándose el anuncio del Profeta Rey, que dice: "Cuando lo invoqué, me oyó el Señor de la justicia, y en la tribulación dilató mi corazón, o lo ensanchó."

Es imposible decir todo lo que ocurre a este propósito y, sin embargo, estas maravillas del amor divino nos rodean por todas partes y la merced se nos ofrece de un modo tan delicado que ni lo sabemos, ni lo advertimos, ni menos lo agradecemos.

Son cosas mejores para meditarlas que para explicarlas, y hechos íntimos, secretos, individuales, que todos podemos descubrir en el momento que nos dediquemos a la consideración detenida.

Sería preciso ocupar en ello la vida entera para estimarlo debidamente, y grande ingenio y erudición para transmitir tan provechosas ideas en todo su desarrollo al que lee. Basta afirmar, para poner, en algún modo, término a este pobre trabajo, que si son infinitas las necesidades reales y ficticias o artificiales del hombre, para todas nos brindó el Señor alguna satisfacción o, a lo menos, el medio eficaz de dominarlas, sacando de esta victoria veneros riquísimos de dicha espiritual, que se halla al cabo de una lucha que sólo es difícil y trabajosa cuando nos abandonamos y entregamos voluntariamente al enemigo.

El manantial purísimo de la paz del alma se halla en el altar, y se oculta misteriosamente en el tabernáculo el Dios Hombre, sacramento y sacrificio, don y donador, amor purísimo y delicado, y víctima y rescate de nuestros pecados, a quien debemos, después de todo, la creación y la redención y, sobre mil otros beneficios, una solicitud perenne, continua, incesante, que ejercita allí como abogado e intercesor, y se nos ofrece con el amor más verdadero y delicado que hubo jamás, esperándonos para unirse a nosotros en la tierra y hacer en el cielo nuestra eterna felicidad.

 

VII 

Nota del editor

Trelles derivó este estudio del P. Faber. El amor de Dios al hombre siempre es beatífico: tanto en lo terreno como para la eternidad.

En la vida natural: el ejercicio de los sentidos, las funciones y facultades naturales (lo que llamamos vivir la vida), son fuente de satisfacción y llevan a amar la vida; los obstáculos perturbadores para este resultado son el abuso de las facultades, alejado de la prudencia y armonía, inmoderado, competitivo, impropio o vicioso.

En la vida espiritual: las gracias otorgadas por Dios al hombre deberían inundarnos de gratitud e inclinarnos a buscar la felicidad en la fe, esperanza y caridad: las fuentes de agua viva; las otras fuentes dejan con mayor sed. La cumbre está en Jesús Sacramentado, que tiene por finalidad vivir en nosotros para conllevar nuestra cruz con nosotros.

De ahí nace una valoración de la vida en que Trelles hace converger en la felicidad humana el enfoque trascendental con el antropológico: la compañía y la convivencia o comunión de Jesús Sacramentado con los hombres asegura esa felicidad. 

En la tarea dulcísima que venimos cumpliendo, cada día parecen mayores los escollos, y tanto mayores, cuanto más se extiende el horizonte infinito del amor de Dios. Pero, al tocar al idealismo del amor beatífico, o de lo que de beatífico tiene para el hombre el amor de Dios, las dificultades son infinitas, como que se trata de sondear un mar sin límites y de presentar a la vista un misterio, que suele llamar poco la atención, y que su revelación, a lo menos para el humilde escritor, se debe a las obras del V. P. Faber y muy especialmente a la que trata de la Creación y de las maravillas del Divino amor.

A pesar de tales inconvenientes, no hemos de omitir algunas indicaciones oportunas para demostrar que "Dios no sólo nos crió para la eterna beatitud, sino que aun en esta vida nos anticipa como una ráfaga de luz y de bienaventuranza relativa."

Luego que nace el hombre y, a medida que se desarrolla y sube en la escala de la vida, ésta le ofrece, con el goce y aplicación de sus facultades naturales, un contentamiento íntimo, que le hace amar la existencia. Desde la respiración, que nos atrae y asimila gases necesarios a la existencia, hasta el ejercicio de los sentidos que forman nuestra vida de relación, y a la formación de los juicios preparados por las impresiones y a la satisfacción de las necesidades, cuanto más apremiantes, tanto más productoras de placer al atenderlas, todo concurre a la beatitud natural, que no es por ventura el objeto a que hemos pensado dedicar el presente estudio.

Y, sin embargo, hay en la vida animal o sensitiva y en la de reflexión, motivos suficientes para que el más pobre de los hijos de los hombres pueda hallar dentro de sí comprobada la idea de una bienaventuranza terrena, que es como la anticipación de la eterna, con los intervalos que ocasiona muchas veces el abuso de las facultades, el vicio, y lo inmoderado de los deseos que, cuando rompen la valla de su realización prudente y armónica, se convierten en perturbadores de la paz del alma.

Pero dejando esta región natural, hay otra más elevada, a que es nuestro propósito subir con la mente, porque ella es nuestro objeto y tiene una íntima afinidad con la vida eucarística de Jesús, asunto constante de nuestros trabajos.

"Mi justo vive de fe", dicen los libros santos, y esta máxima profunda señala a nuestro examen otra materia en la que es más verdadera la afirmación hecha.

Cuando la criatura racional para mientes en el orden espiritual a que se halla destinada; cuando advierte que todo un Dios se ha ocupado de ella durante toda la eternidad y la crio para su gloria, pero también para la dicha eterna de la criatura, dicha enlazada con la gloria accidental de Dios; cuando observa que, a pesar de nuestra miseria inconcebible, pertenecemos al reino de Dios, que se halla dentro de nosotros, como dice San Pablo, y que su Divina Majestad desciende de su trono, por expresarlo así, y viene a solicitar amorosa y dulcemente nuestro afecto, sin hacer violencia a nuestra libertad, aprovechando, como si dijéramos, todas las ocasiones para atraernos suavemente a sí, sin quitarnos el mérito de la correspondencia a la gracia previniente; cuando consideramos que, después de los incomparables bienes de la creación, de la elevación, del bautismo y de la confirmación, y de la encarnación, pasión y muerte de Jesús, vinculó, en cierto modo, todos estos y otros beneficios a su presencia real en el tabernáculo, y allí nos brinda, por la comunión, todo lo que es y todo lo que vale el Dios hombre, para entregárnoslo por medio de la recepción sacramental de su cuerpo; parece que el corazón del cristiano rebosa gratitud, y que su mente se ofusca ante tan vivos resplandores de las gracias que recibe, y que no merece, y diremos más, que desdeña en alguna manera.

No busques la dicha, pobre mortal, por las sendas del grosero goce de los sentidos, olvidando tu origen y tu destino y el honor de tu prosapia, porque no te paras a entenderle comparándote a los jumentos ignorantes y haciéndote semejante a ellos. El ambiente de tu alma es la fe, tu atmósfera sobrenatural es la esperanza, y el goce verdadero del espíritu es la caridad perfecta. Sólo allí en las fuentes de agua viva, que abandonas de propósito, se puede apagar tu sed, que no se apaga y todavía es mayor después de haberte abrevado en las cisternas rotas del apetito sensual.

Todo lo que entra en el orden de la vida del espíritu, la lectura y la meditación, la mortificación y el sacrificio, la práctica de las obras de misericordia, y en una palabra el amor práctico de Dios y del prójimo por Dios, constituyen la verdadera dicha en el mundo, aurora riente del día eterno de la gloria. 

Pero si hay una cosa mayor que todo esto, aunque sea del mismo orden; si hay todavía una mina más rica, y una preciosa margarita más digna de nuestra investigación, que con todo se nos ofrece siempre, y apenas si se quiere encontrar, ni comprar de balde ni adquirir sin gran sacrificio, es el mineral riquísimo del tabernáculo, y la margarita que, engastada en las especies sacramentales, se nos ofrece allí por el Verbo Divino.

Aunque los juicios de Dios son abismos de sabiduría y grandeza que no puede alcanzar el hombre, casi puede afirmarse que el principal objeto que el Señor se propuso en la consagración ha sido, no sólo quedarse con nosotros, sino vivir con nosotros, palpitando, por decirlo así, a un mismo compás los corazones y las arterias de Jesús y del hombre, acompañando espiritualmente Aquél a éste en la adversidad y en la fortuna, no abandonándole en las cárceles ni en los cadalsos, cuanto menos en el lecho del dolor, y asistiéndole en sus caminos, en los que sus ángeles guardan al hombre, y si cae no se lastimará el justo, porque el Señor pondrá debajo su mano para que no padezca .como dice el salmo 36, en su verso 24, que contiene una de las más tiernas promesas. 

Los salmos 1, 4, 18, 31, 30, 77, 90, 107, 411, 118 y 121, por no decir todos los de David, parecen encaminados a este objeto predilecto del Rey Profeta, de la dicha terrenal del justo que sirve a Dios, y como que prefiguran los favores que, al que le recibe, produce la vida eucarística de Jesús.

Es necesario para estimarla en toda su importancia, profundizarla bien y aquilatarla con detenido examen.

Sin quitarnos el Señor los velos de la fe, pues se mantiene encubierto bajo las especies sacramentales, al perpetuarse en el altar, no nos legó solamente una persona que atesora su pasión y muerte, sino que se propuso ofrecernos una compañía animada y activa, que atraviesa, en cierta manera, con sus elegidos los azares de la vida que aquéllos recorren, sin quitarles, tal vez, la cruz que es indispensable para la salvación; pero dulcificándosela y conllevándola con ellos.

El Señor puede repetir con S. Pablo: "¿Quién sufre, que yo no sufra? ¿Quién se escandaliza, que yo no me arda? ¿Quién es desgraciado, que yo no le compadezca?"

De estas ideas, prudentemente aplicadas a la vida del cristiano, resulta una verdadera beatitud espiritual, que es lo que tratamos de demostrar.

La seguridad de tal compañía, desde el sagrario, es bastante para producir la felicidad del alma fiel; pero ¿qué diremos de la comunión sacramental y sus efectos en cuanto a esto?

Hay entre la Comunión y la presencia real más diferencia que la que separa la relación con un príncipe poderoso, que se está en su casa, aunque en la vecindad, y la del que le recibe en la suya y le da de comer en su mesa.

Hay más decimos, y es cierto, porque el Señor, después de su recepción, se halla dentro de nosotros mismos, y vive en nosotros y nosotros en Él, como dice hablando de ello el Evangelio.

Dichoso quien le recibe dignamente y cada día, y forma de su vida preparación para este acto o gracias del mismo, de forma que jamás salga del corazón, sino que en él se sostenga por la gracia el que allí estuvo sustancialmente por el Sacramento.

No es posible hoy ahondar más este trabajo literario, que puede profundizar al pie del ara el que se prometa gustar de este modo cuán suave es el Señor.

Por conclusión, queremos reproducir la idea de que el amor de Dios al hombre, aun en su terrenal peregrinación, es beatífico, así se atienda al orden puramente natural como al espiritual, como en fin, al orden místico de la Comunión y de sus efectos sobre el alma cristiana.

Era asunto de un libro; pero nosotros no nos atrevemos a continuar, y remitimos al lector a la obra citada del P. Faber.

 

VIII  LS 1875, p. 121

 

Continuando el propósito del amor beatífico, sería preciso para explicarlo tener las arpadas lenguas, por decirlo así, de los ángeles, y poseer el secreto de los corazones a quienes el Señor sacramentado hace objeto de este afecto, que suele comunicar a los hombres de buena voluntad.

Bástenos afirmar que existe esta maravilla de caridad del amor beatífico, y que muchos mortales la experimentan en la tierra como prenda anticipada de la gloria que les depara Dios en la otra vida.

Produce aquel sentimiento una ventura tal, y un contentamiento de tal suerte superior a los placeres de la tierra, que sólo puede indicarse, para dar de ello idea, que no hay en este mundo cosa igual ni satisfacción semejante.

Es la paz del Señor que sobrepuja a todo lo sentido. Dulcísimo, incomparable estado del alma, que equivale a un desposorio en que Jesús encubre una afinidad mística, que no puede explicar la palabra, porque es el secreto de Dios con el espíritu humano, que apenas hace nada sino recibir del esposo lo que este quiere otorgarle generosamente.

Pero sin llegar a esta altura, que pocos elegidos disfrutan, y por lo regular, en alternativa con grandes dolores, infligidos al afortunado por la propia mano misericordiosa del Señor; sin salir de la condición, por decirlo así, común y ordinaria, y entremezclándose con los habituales trabajos y persecuciones y contrariedades de la vida; con solo cultivar a menudo la viña eucarística, y consagrar a su explotación alguna mediana diligencia actual e inmediata, y otorgándose el cristiano algunos momentos diariamente a la oración, se halla lo bastante para que, quien tales reglas observe, perciba algunas gotas del suavísimo néctar celestial de la beatitud.

Por otra parte, el estudio de la Teología mística o el de la dogmática, que se funden y compenetran en la altura de la contemplación; la frecuente recitación de los Salmos, la lectura de libros apologéticos, las conversaciones espirituales, la abstención de los goces sensibles, o sea, la gradual y prudente mortificación de los sentidos, y los diversos grados de iniciación en las vías de la vida perfecta, a veces, alternando con algunas debilidades o caídas de que el pobre mortal se levanta, dándole Dios la mano, y que el Padre celestial permite para que sus predilectos conozcan el abismo de su miseria o expíen alguna soberbia o vanidad, conduciendo estos mismos tropiezos, por una manera admirable, al adelantamiento en la humildad; son también elementos de una especie de bienaventuranza terrenal, de la que hay varios ejemplares que se ocultan a la mirada de los que viven alejados de esta región afortunada, en que se hallan, como al lado de los escollos y puertos del mundo, esta especie de oasis, ocultos por los riscos y disfrazados por la aspereza del terreno, como acontece en lo muy alto de los Alpes y en las grandes montañas, perpetuamente coronadas de eterna nieve.

El sol que alumbra estas regiones del espíritu suele ser casi siempre, excepto algunos casos singulares, el Santísimo Sacramento del altar.

Realízase por obra de la frecuente Comunión la frase evangélica y acontece que, si el Salvador nos dejó escrito que el que come su carne y bebe su sangre vive en Jesús y Jesús en él, también, invirtiendo los términos puede afirmarse que el que participa de las mercedes de este amor beatífico, que viene siendo nuestro asunto, es porque come la carne y bebe la sangre del Salvador del mundo.

Aparte la halagüeña verdad, que no es ahora ocasión de exponer, de que el orden sobrenatural, condensado por un modo maravilloso en la Hostia Santa, es el centro único, la aplicación completa y el secreto de todo el orden natural; es indudable que la Comunión hecha con buena o, a lo menos, mediana disposición, es como el punto céntrico de todos los que tienden a la perfección en este valle de lágrimas, y el raudal purísimo en que apagan su sed las almas escogidas que de su jugo divino viven y a sus orillas, como los árboles plantados a la orilla de los ríos, de que habla el primer Salmo de David, vegetan y crecen hasta alturas inconmensurables.

Es asunto demasiado abstruso para nuestra mente ofuscada por las tinieblas del mundo el que nos viene ocupando; y hay más, pues se requiere, para tratarlo, conocer prácticamente estos portentos del Divino amor para poderlos exponer ante la mirada de nuestros lectores. ¡Cuántos de entre ellos, ora ungidos con el óleo sacerdotal, ora colonos o cultivadores de la viña eucarística, podrían reemplazarnos con ventaja!

Pero, esto no obstante, debemos establecer, como un punto completamente ajeno a toda duda, que las almas recreadas con este vino que engendra vírgenes, son las que, unas veces marchando con paso seguro, y otras con paso vacilante por la senda de la salvación, aspiran el aroma de la beatitud, y se refrigeran místicamente cada vez que, como dice S. León, enrojecen su boca con la sangre del Cordero.

¿Quién osaría levantar, aunque pudiese, el velo de estas místicas bodas, de estas pascuas frecuentes en que el Señor se comunica a los elegidos, dejándoles venturosos por el resto del día como el sabor del manjar sobrenatural de la Comunión?

Bueno sería siempre conservar, aunque lo conociéramos, el secreto del Rey, como dijo el ángel a Tobías. Pero sin ascender, ni aun mentalmente, a esas zonas en que la palabra no puede expresar las comunicaciones del Verbo Divino con los hombres, bien podemos adelantar la proposición de que el Dios Hombre es el Rey de estas almas predilectas, el Pastor amoroso de estas ovejuelas, cuyo pasto es el mismo Dios y Hombre verdadero, y fuente perenne de la ventura terrenal de que disfrutan los que le gustan, realizándose así en el altar el amor beatífico que, con relación a la vida presente, viene haciendo el tema de nuestras investigaciones.

Por lo demás, repetiremos con el himno del oficio del dulce Nombre de Jesús, que su dulce memoria da al corazón los verdaderos gozos, y que su hermosa presencia es sobre la miel y todo es dulzura para el alma. Que nada más suave se canta, ni se oye más halagüeño, ni se recogita más dulce, que Jesús hijo de Dios; siendo esperanza de los penitentes, piadoso para los que a Él acuden, bueno para los que le buscan, y para los que en el Sacramento le hallan tal, que ni la lengua lo puede explicar, ni la pluma expresar, sino el que lo experimenta creer lo que sea su amor inefable; que, si en la eternidad ha de ser nuestro premio, aquí es nuestro único y verdadero gozo, y más tarde nuestra gloria por siglos sempiternos.

Venid y gustad estas dulzuras verdaderamente beatíficas en la vida eucarística del Hijo del Eterno, amados lectores, paladeando este banquete, sobre todo si, después de sentarse a la mesa celestial, os place, en la acción de gracias, larga y reposada, comprobar nuestras ideas, que de allí vienen y allí se comprueban.

 

IX

Nota del editor

Aquí completa la exposición de la generosidad realizada entre LS, 1871, desde p. 241 y 1874, desde p. 361. Implica el sentimiento y comprensión del donante, por lo que se dice:

-           Donante generoso: al que da lo que para sí necesita.

-           Hombre generoso: al que devuelve bien por mal, hasta la muerte en su grado heroico; en el acto y con absoluta reserva y delicadeza, sin atender a la probable ingratitud del beneficiado. Así procede Jesús Sacramentado venciendo el mal con la abundancia de la gracia: entregándose con todos sus merecimientos al pecador que empleó toda su vida en ofenderle y que probablemente volverá a hacerlo, abusando de los dones naturales que recibió del Creador.

-           Enemigo generoso: al que devuelve bien a quien le hacía mal.

        -           Adversario generoso: al que perdona a quien batalla en contra; en esas mismas fechas, llegó al poder Canovas, y Trelles consiguió que prosiguiera consintiendo los canjes de prisioneros, preparados por el mismo Trelles, entre alfonsinos y carlistas. Añade un ejemplo en que alguien llega a enriquecer al enemigo.

 

Aunque en la página 241 y siguientes del tomo II, referente al año 1871, hemos estudiado la generosidad como virtud eucarística, todavía hoy hemos de dedicar a la faz del amor de Dios generoso algunas consideraciones oportunas para el desenvolvimiento de las ideas expuestas en el artículo de entrada del número de Octubre de 1874. Sin dejar de ser congruente la definición de la generosidad, que allí dimos, al ocuparnos ahora del amor generoso que se oculta en el sagrario, nos complacemos en continuar el asunto.

En la generosidad hay más que el don, hay algo del espíritu y del corazón que realza el don. Supónese un sacrificio íntimo mayor o menor, que se consuma en la parte más elevada de nuestro ser, y sin el cual, no sería hecho el don. Es como una lucha interiormente vencida por el que da antes de resolverse a la dádiva, y como una victoria que el hombre alcanza sobre sus impulsos naturales, que estorbaban o dificultaban la acción de que se trata.

Por eso, decimos enemigo generoso el que hace bien a quien le hizo mal; donador generoso a quien entrega al menesteroso lo que para sí necesita; adversario generoso el que, a seguida de haber sido combatido o en el combate mismo, perdona la vida a quien trabajaba por quitársela a él; hombre generoso, al que en el acto mismo que le hieren, afrentan o injurian, colma de bienes o hace sacrificios costosos en favor del animoso contendiente, o tal vez, por el que le desconoce, maquina su perdición, y le tiende lazos que pueden poner en riesgo su vida o su honra o la de seres que le son queridos; generoso decimos al que da todo lo que tiene con toda la reserva que puede, y sin improperar ni echar en rostro ni siquiera ostentar el beneficio, antes cautelándolo con gran cuidado y sin afectación. Aun más, apellidamos generosidad el favor reiterado a pesar de las malas artes que el agraciado emplea una y otra vez contra su bienhechor, y en fin, cuando llenando todas las condiciones de la más exquisita delicadeza, el bienhechor da su vida y la da con ternura, con amor, con especial objeto de que redunde esta inmolación en provecho de la persona por quien se sacrifica; y, cuando esto acontece, decimos que, llega el amor al último punto y más alto grado de la generosidad.

Esta voz viene, pues, a significar siempre un sacrificio íntimo; antes del sacrificio visible, una victoria espiritual sobre el instinto antes de la buena acción consumada, y un holocausto interior de caridad que realza y sublima el desprendimiento, por lo mismo que el agente debía hallar obstáculos invencibles, razones valederas para no efectuar la merced, o para otorgarla más esquiva y corta, por decirlo así.

Esta nos parece la serie de ideas que despierta la cualidad a que nos venimos refiriendo.

No viene mal un ejemplo.

Finjamos un hombre constante enemigo de otro, que emplea toda su actividad en ofenderle y contrariarle, y aun en maquinar contra su vida. Y supongamos que, al tiempo mismo de las asechanzas, se ejercita el ofendido en acumular secreta y calladamente beneficios sobre su adversario, realzando sus favores la más delicada manera de hacérselos, y que una y otra vez le dispensa sus dones, colmándolos con el de la vida, que entrega al fin por precio para que éste haga rico al enemigo y le permita vivir en perpetuo goce de todas las comodidades y dichas de la bienaventuranza.

Éste sí diremos es el dechado del amor generoso.

Y todas estas condiciones se reúnen en el amor que el Hijo de Dios vivo nos demuestra en el banquete eucarístico, en donde el Señor ha vinculado todos los merecimientos de su vida, pasión y muerte para entregárselos al pecador mismo que empleó toda su vida en ofenderle, hollando y despreciando los méritos de su sangre preciosa, que lo ha rescatado con grandes dolores y martirios.

Brilla en Jesús un amor entrañable, un sacrificio inmenso y una paciencia a toda prueba, que sufre y lleva en paz, sin los azares del odio, al hombre que, abusando de todos los dones naturales de Dios, los convierte contra el dador de todo bien para ofenderle mejor, y burlar, por decirlo así, todos los obstáculos que la Providencia, por mediación del ángel bueno, opone al pecador en el camino de su mal propósito.

En donde abundó el pecado sobreabunda la gracia, y se derrama en el corazón culpable el óleo santo de la misericordia, que se ostenta espléndidamente en la mesa eucarística.

Diríase que el Señor acepta el reto, y que quiere vencer con la generosidad al enemigo que le crucificó místicamente, renovando en cuanto puede los tormentos de la pasión, pues como es sabido, la trasgresión de la ley divina es una complicidad de las obras del pueblo deicida.

Comparando uno y otro modo de proceder, no se alcanza cómo no se cubre de confusión y de vergüenza el rostro del ingrato mortal, mediante la comparación de los beneficios que de Dios recibió, con las culpas que deliberadamente se complació en cometer contra su bienhechor por un vil y momentáneo goce de los sentidos, o por la satisfacción de un deseo de soberbia o de dominación y superioridad.

La generosidad no sólo conviene a la intensidad del afecto del donante, sino al número de los dones y a la prodigalidad con que se ofrecen.

En este sentido, fuerza es recordar el número infinito, por ser innumerable para el humano linaje, de las veces que el Señor se nos da, y la intensidad del beneficio en todas y cada una de las ocasiones en que se dispensa.

Por lo regular, la fineza es mayor y más preciada en razón de su rareza, que suele añadir valor estimativo, cuando no lo tiene de sí, al regalo. Pero, en la Eucaristía, el beneficio, sin dejar de ser infinito en sí, se prodiga infinita y por tanto generosamente. Tantos miles de misas como se celebran en toda la haz de la tierra, otras tantas veces se consagra el cuerpo del Señor, y siempre sin limite ni medida, o con solo el límite y medida de la voluntad del que recibe, pues si muchos han de comulgar, otras tantas y más hostias se hacen cuerpo de Cristo, con todos los atributos de la divinidad gloriosa y de la humanidad sacrificada.

Comprad y tomad sin plata, dice el Señor en los libros santos, he aquí que tengo mi mesa puesta y mi ternero muerto para ti, venid al banquete, exclama Jesús en el Evangelio del festín, que se lee en la domínica de la octava de Corpus Christi, (cap. XIV de S. Lucas).

Así puede tener el delincuente miles o millones de pecados, que el buen padre de familia los perdona y absuelve todos, a la sola condición del dolor de haberle ofendido.

En todo se muestra y resplandece la hidalguía del ilustre anfitrión de estas bodas celestiales, que sirve sus más exquisitas viandas al mismo enemigo que le crucificó, cumpliendo así sus promesas hechas de muy antiguo a los hijos de los hombres en la persona de Abrahán y de los demás patriarcas de la ley antigua, que lo son en el orden de la gracia, de los cristianos de todos los siglos.

En el Génesis, cap. XXII, versos 16 y 17, prometió Dios a Abrahán, después del sacrificio de Isaac y como magnífica recompensa de la fe y abnegación del padre de los hijos todos de Dios, bendecir su persona y su simiente, y multiplicarla como las estrellas del cielo y la arena que hay en la ribera del mar, y esta simiente, que es la misma prometida a Adán [a Eva] después del pecado (Génesis, cap. III, verso 15), es, en sentido místico, la Eucaristía que el Dios grande ha multiplicado infinitamente en la ley de gracia, haciendo verdaderas las profecías de la ley natural y de la ley escrita.

Así se realizan estos anuncios consoladores, prodigándose el Verbo humanado en todos los altares, en todos los tabernáculos, en las manos de todos los sacerdotes de la tierra durante los veinte siglos de la edad cristiana.

Y en todos y en cada uno de los casos, y en todas y en cada una de las hostias consagradas, y en los fragmentos de ellas, está el verdadero Isaac con todos sus méritos, con todos sus dones, y lo que es más, con todo su amor.

Concentremos en ello nuestra reverente atención, fijemos aquí, especialmente después de recibirlo, la más reflexiva consideración; y solo así, con ayuda de la gracia, podremos vislumbrar, porque aquilatar no es posible, el amor grande, infinito, generoso del Señor en la consagración y comunión sacramental. LS 1875, p. 161

 

X

 

Síntesis del editor 

La afinidad entre amor y sacrificio o dolor consiste en que el que ama bien, se da con dolor.

La vida humana tiene facetas diversas

- materiales: el cuerpo tiene sensaciones, captadas por los sentidos; anhelamos el placer, porque momentáneamente satisface y aumenta la vida, y aborrecemos el dolor que, cuando es prolongado, amengua la vida y la desorganiza, es la tristeza, que puede llevar a la muerte (Jesús en el Huerto). Cuando es muy intenso, conduce al desmayo.

- espirituales: el alma inmaterial con la razón, generadora de la fuerza para obrar.

- morales: los afectos (inclinaciones favorables a algo o a alguien), no captados por los sentidos, sino por la conciencia o reconocimiento de sí mismo en sus atributos y en sus experiencias.

- las sensaciones, por haber presenciado o soportado determinadas circunstancias; o captadas por el entendimiento mediante la iluminación en el conocimiento de cosas, relaciones o situaciones, o por el manejo y la deducción.

              De esto se deduce:

1)         Lo que aumenta el valor de una acción es la condición del agente y el espíritu que lo anima: Jesús Sacramentado presenta su oblación al Padre desde la Hostia ("Cristo siempre vive para interceder por nosotros"), y en la Comunión, para transmitirnos sus méritos.

2)         El amor de sacrificio acepta libremente el dolor, y hasta lo busca para dar testimonio de la dedicación de su vida al amado. Así es Jesús Sacramentado.

 

El amor de sacrificio que se manifiesta en el altar es el asunto que hoy nos toca tratar, continuando el propósito de la página 362 del tomo V de LA LÁMPARA, y este amor, o esta faz del amor, se ostenta eminente en el sagrario.

El amor y el dolor tienen una misteriosa afinidad, cuya síntesis es el sacrificio amoroso. El que ama da; o aún más, el que ama se da; y aun mejor, el que ama bien, se da con dolor. Estudiemos este fenómeno, que tanto conduce al fin del presente escrito.

Hay en el hombre vida material, vida espiritual, vida moral y vida sensitiva. La vida material es cuerpo, la espiritual es alma, la moral es afecto y la sensitiva es sensación; y, ciñéndonos a esta última: aborrecer el dolor y anhelar el placer viene a ser su peculiar manera de ser.

En el goce o satisfacción sensible hay como una sobre-vida, que si más tarde enerva, por de pronto, ensancha, en algún modo, la presencia del espíritu en el cuerpo humano, que es la vida. En el padecer, o dolor, como que se extingue y agota la parte de la vida que parece vinculada a la sensación, y que se amengua y gasta a medida que el dolor permanece o se continúa en la organización del hombre.

El dolor intenso produce un sacudimiento, una conmoción tal del sistema nervioso, que ocasiona el desmayo o el síncope, que vulgarmente, pero con gran filosofía, se apellida muerte pequeña. El sacrificio es un dolor que voluntariamente se acepta, y si es perfecto, es la vida ofrecida o expuesta con entera libertad en aras de la idea o de la persona a quien el sacrificio se brinda.

Es, por otra parte, innegable que, como el placer ensancha y aumenta la vida, el dolor la disminuye y quebranta, como ya dijimos, concluyendo por romper su estambre, cuando la profundidad del dolor llega a la división del alma y cuerpo. La tristeza, que es un gran dolor moral, anticipa, a las veces, la muerte y llega hasta a ocasionarla, si opera intensamente sobre el ánimo; y así decía el Señor en el huerto de Getsemaní: “Mi alma está triste hasta la muerte”, o a punto de causarme muerte.

Aplicando estas ideas, más o menos exactas, al asunto en que nos ocupamos, parece inferirse de aquéllas que el amor de sacrificio acepta voluntariamente el dolor, y aun lo busca y dispone para sí, por tal de atestiguarse y ofrecerse como holocausto al ser amado; y lo busca y admite hasta el extremo de dar la vida en testimonio de afecto, como si esta última y sobre excelente prueba fuese el fin único y verdadero del vivir, y como si perder la existencia el que ama, por lo que ama, fuese el único fin y la más adecuada aplicación que de aquélla pudiese hacerse, dándola así por bien empleada. Hechas estas indicaciones, podemos descender a su prueba considerando las circunstancias todas del amor de Jesús a Dios y a los hombres, y como su vida no tuvo otro móvil que la muerte para tales fines, como medio de alcanzarla anticipada o de caminar hacia este ideal, deseó el dolor; fue su vivir el germen de su sacrificio voluntario y perenne, esto es, la muerte en principio.

Supuesto que cada sensación dolorosa consume una parte de la vida sensitiva, y el gozo, por el contrario, la aumenta, a lo menos a la primera vista, y en cuanto a la vida orgánica se refiere, síguese que, si hubiese un hombre ¡imposible! que consagrase su vida entera al dolor por amor de otra persona, terminando por ofrecerse a la muerte y por cooperar a ella de un modo eficaz para el mismo objeto, ése sería el dechado del amor de sacrificio. Podría decirse de este hombre que había nacido para padecer en aras de la persona a quien se ofrecía de tan heroica manera.

Y bien, ya lo habrán adivinado los lectores, este hombre es Jesús, que realizó en su humanidad aquel ideal, viviendo para morir, y muriendo de deseo en todos los instantes de su adorable vida, y anticipándose, como a cuenta, una tristeza y angustia continuas, que se exhiben en algunos trances de su existencia, por un modo más fácil de admirar que de explicar, pero que abrazan toda su existencia humana y temporal.

¿Quién podrá aquilatar este portento de amor? ¿Cómo agradecer tamaño sacrificio y tan sobre excelente caridad?

Pero, prescindiendo de este misterio, que se recomienda a la meditación del cristiano que recibe a Dios dignamente, ¿cómo podremos decir algo oportuno para explicar, aparte de otros fines inefables que el Señor se propuso en el Sacramento, la relación de aquel hecho íntimo de Jesús con su vida eucarística, y el objeto que tiene su vida de dolor de trasmitirnos con su comunión el espíritu de sacrificio que todavía le anima en la hostia, y de atemperarnos a su caridad excelente, sobre todo encomio?

Limitándonos a estos dos puntos, porque la materia es infinita, hay en los actos de aquel amor divino algo todavía mayor que el acto, y es el amor mismo que tales actos produjo; porque los actos humanos del Señor, en cuanto se operaron en el tiempo y en la organización humana, son finitos; pero su caridad es infinita como atributo del Verbo, e infinitos también son aquéllos por ser, en cierto modo, inmanentes en la humanidad unida a la segunda persona de la Trinidad Beatísima.

Lo que añade quilates a una joya es, no sólo su labor exquisita, sino el precio de la piedra engastada en aquélla; y lo que realza y avalora una acción es el espíritu que la anima y la condición esencial del agente, que si es un rey, la acción es real; y, si es Dios, la acción es divina, como acontece en el presente caso.

Por mucho que se cave y profundice en esta tierra no se llegará jamás al fondo de la mina; por grande y honda que sea la consideración, no se alcanzará nunca a poseer el secreto del amor que entraña.

Es claro que Jesús no padece hoy, aunque el sacrificio se renueva místicamente en el altar; pero el sacrificio se perpetúa por la reproducción y se halla como encarnado en la hostia por la oblación incesante que presenta el Señor al Eterno Padre, a toda hora, día y noche desde el tabernáculo, de todos los méritos incomparables de la vida, pasión y muerte del Salvador que, rodeado, por decirlo así, de estos méritos, repite por sus hermanos aquellas frases del Salmo 83, 10: “Protector nuestro, mira ¡oh Señor! y repara en el rostro de tu Cristo.”

Esta doctrina está acorde con la de San Pablo, que asegura que el Cristo siempre vive para interceder por nosotros, locución que puede aplicarse verdaderamente a la vida eucarística de Jesús.

Hay, pues, en todo esto, además de lo inmanente y perpetuo del sacrificio, la continuidad que le asigna su perpetua alegación en nuestro favor; alegación nunca interrumpida en el sagrario, en donde, en alguna manera no explicable por la palabra humana, se vivifica y renace nuevamente el mérito por el recuerdo incesante, por la oblación perpetua, y por la espiritual inmolación de aquella voluntad divina y humana, que en deseos, según revelaciones, volvería a padecer si fuese preciso, por una sola alma que lo hubiese menester.

En cuanto al objeto que tiene el Señor al comunicársenos por medio de la recepción de su cuerpo y sangre, alma y divinidad, y de infundirnos con su amor el espíritu de sacrificio que le anima, por ardua que sea la materia, hemos de decir algo, siquiera sea someramente.

Dios se encarnó para redimirnos y traernos a sí, identificándonos con su espíritu, que se une a nosotros en la comunión sacramental; y, como su espíritu que le trajo al mundo es de sacrificio y de inmolación a su Padre Eterno por su gloria y por la salvación del hombre, y este espíritu y este sacrificio y esta inmolación se condensan en el cordero inmaculado del altar, resulta que su propósito en la comunión, entre otros, es el de inocularnos estas virtudes, para volver a colocarnos en las vías de la divina providencia, no sólo restituyéndonos por la efusión de su sangre la estola cándida del Bautismo, sino también trayéndonos fuerzas y una cooperación omnipotentes para conseguir nuestra salvación eterna, y todas las excelencias de la vida perfecta que acrecentar puedan nuestra bienaventuranza en el cielo.

Que éste es uno de los fines del sacramento augusto de nuestros altares es evidente, porque es de dogma y nos fue manifestado por el Evangelio de San Juan en la expresión del Señor que quiere vivir en nosotros y que vivamos en él, supuesto que comamos su carne y bebamos su sangre. Pero para conseguirlo, Jesús ha querido que fuese precisa nuestra cooperación voluntaria, y en la falta de ésta consiste el misterio de las repetidas comuniones sin fruto, o con menor fruto del debido.

 Comulga el pobre mortal con frecuencia; adelanta un tanto en la perfección, llevado como un niño tierno en los brazos amorosos del Salvador, y desenvuelve algo más, por tanto, su entendimiento en la región del espíritu a favor de la oración y de las gracias después de la comunión, y enciéndese en su corazón más y más la llama pura de la caridad. Pero si no excusa cuidadosamente las ocasiones de pecar, si no guarda sus sentidos y, tal vez se complace y como que se disculpa de las caídas con la tentación que se procuró confiada o imprudentemente; y, si por esto reincide en el pecado, siquiera tenga en ello su parte la miseria, vuelve a perder todo el camino adelantado, y huye de él o se acerca menos a su alma contagiada de la culpa el mismo Verbo divino que le tenía en su corazón, cuando no se aleja la gracia en términos de que el pecado se posesione de aquel ingrato corazón, que tantas mercedes olvidó cobardemente en el momento de la lucha que acrisola el alma que busca la perfección.

¿Quién no podrá aplicarse estas consideraciones? Ninguno o muy pocos. ¿Cómo puede remediarse tanto mal? Grabando en el alma la memoria de los favores, procurando con solicitud la fidelidad a la gracia divina, y considerando con profundo detenimiento, cómo el Señor nos quiere traer el espíritu que le anima y el amor de sacrificio que ostenta en su vida sacramental.

Sin pensarlo, hemos tocado, aunque ligeramente, asuntos elevadísimos, esperando que lo imperfecto de la frase se corregirá por el comulgante, rumiando esta materia en la acción de gracias después de la comunión, que es el rico venero del oro puro del amor divino, que allí nos ofrece el Verbo hecho hombre y sacramentado por nuestro amor. LS 1875, p. 201 

 

XI

 

Síntesis del editor

Jesús Sacramentado se hizo hermano nuestro de linaje por la Encarnación, y hermano personal por la Comunión. El amor paternal del Creador desciende por su hijo hasta nosotros redimidos. La familia es la primera unidad de la Humanidad, y figura de nuestra filiación divina por medio del hermanamiento con Jesús Sacramentado.

Como era costumbre en su época, Trelles atribuía la estirpe a la paternidad, pero ya derivaba a la maternidad el origen de la identidad formal, moral y espiritual, considerándolas de mayor categoría y trascendencia, porque eran capaces de rehacer y rectificar las posibles tendencias viciosas de la estirpe.

Por eso comparó la acción salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, con sus sacramentos, a la acción materna.

 

Una de las relaciones más bellas y tiernas que Dios ha hecho entre los hombres, es el afecto de los hermanos entre sí. David, en su Salmo 132, dice: "Ved cuán bueno y cuán hermoso es habitar los hermanos en unión; es como el aroma o ungüento oloroso que desciende por la barba larga de Aarón, y que trasciende y llega hasta la orla de su vestidura. Es como el rocío de Hermón, que baja hasta el inmediato monte de Sion; porque allí envió el Señor las bendiciones y vida hasta el siglo futuro."

Para comprender bien este precioso salmo, es preciso consultar el Levítico, capítulo XII, en donde se expresa cómo Moisés consagró, según le había mandado el Señor, con el óleo mismo que se había consagrado el tabernáculo, a Aarón y a sus hijos y sus vestidos, en presencia de todo el pueblo congregado con este fin, derramando el óleo sobre la cabeza del gran Sacerdote con tal profusión, que se difundió por su barba hasta llegar a la orla de su vestidura; y luego hizo la misma ceremonia con sus hijos, para crear la familia sacerdotal; y después sacrificó un becerro en holocausto, quemando al fuego una parte de él, y derramando su sangre al pie del altar, antes ungido siete veces con el óleo de la Unción. ***

Estos requisitos y ceremonias, todos simbólicos y significativos, sobre conducir a explicar la metáfora del salmo 132, tienen otros misterios que el P. Scio interpreta citando a Calmet, y que no conducen a nuestro propósito.

Pero volviendo al salmo 132, dedicado al amor fraternal, nada hay más bello y expresivo que las figuras de que se vale para significar la dulzura del amor entre los hermanos, amor que recibió todo su realce con la venida al mundo de nuestro Señor Jesucristo, que, si como Verbo divino era Hijo de Dios, como Hijo de la Virgen purísima se hizo nuestro hermano por la carne y la sangre, y nos hizo hijos adoptivos de su Eterno Padre por la gracia que nos trajo; y, por la Comunión sacramental, convierte la fraternidad de linaje en fraternidad personal, uniéndose sustancialmente a cada uno de nosotros.

Desde este punto de vista, así como el óleo santo con que se ungió al gran sacerdote Aarón se difundía de su cabeza a su barba, y de su barba trascendía a su vestidura sacerdotal, hasta llegar a la orla de su túnica, así el amor paternal del Eterno desciende de nuestra cabeza Jesucristo, Hijo de Dios a los cabellos de su barba, que puede figurar la cabeza visible de la Iglesia, y de ésta, a su vestido, que es la misma Iglesia significada en su unidad por la túnica inconsútil que la representa, y alcanza a los fieles que forman y tocan la orla o fimbria de la túnica de Jesús.

Así desciende el amor desde el Eterno Padre hasta los hijos adoptivos, que son los fieles redimidos con la sangre del Salvador que, según San Pablo, quiso en todo asemejarse a sus hermanos, para hacerse más misericordioso, puesto que Jesús, como dice el mismo Apóstol, es el primogénito y el primero entre sus muchos hermanos.

La naturaleza hizo la familia, que se compone de un padre, de una madre y de sus hijos, que entre sí se enlazan por el afecto que los une como vástagos de un mismo árbol, y que, a su vez, forman, por la ramificación y enlace de las familias, el gran árbol de la Humanidad, predisponiendo y prefigurando la unión de los hombres por la caridad, como hijos que somos de un mismo padre terrenal y por adopción del mismo Padre celestial.

Y, de la misma suerte que el Patriarca reúne sus hijos a un mismo banquete, como los renuevos de las olivas en la redondez de la mesa, según el salmo 127, así el Padre que está en los cielos, congrega a sus hijos adoptivos, y les sirve por medio del gran sacerdote Cristo, Verbo divino, a los fieles cristianos, en el círculo de su gran mesa eucarística, el cordero pascual que el gran príncipe les da a comer; esto es, su carne y su sangre, que es el manjar sobresustancial, comunicándoles, al propio tiempo, todos sus méritos, y uniéndose a ellos; y todos, por la Comunión, al gran Padre de familia, que tanto amó al mundo y le dio su Hijo Unigénito.

¡Sublime misterio! ¡Amorosa unión! ¡Gran convite! que forma de todos, por el lazo de la caridad fraternal, la gran familia que, por el Hijo de Dios, entrará en el festín eterno de la gloria, a favor de la sangre derramada del Cordero sin mancilla, Jesucristo.

He aquí el verdadero amor fraternal del Salvador, realizado por la comunión imperfecta de la encarnación, y consumado por la comunión perfecta de la eucaristía.

Examinando este precioso asunto en el terreno natural, para comprenderlo mejor en el sobrenatural, es de advertir el trascendental mecanismo, por decirlo así, de la familia humana y de la fraternidad en su modo de ser, según el orden de la naturaleza, que simboliza el de la gracia.

Ved el padre que trasmite a los hijos su sangre, y los hermanos se hacen consanguíneos, así como la madre les da la forma material y la moral de una misma educación primera; y he ahí cómo los hermanos consanguíneos son como partes de un mismo todo, casi materialmente, unificándose en el padre común o en la estirpe, mientras que la madre contribuye a la identidad formal de sus hijos albergados en el mismo seno en los primeros tiempos de su ser, y alimentados con la misma leche maternal, y como que corrobora la propia identidad formal, dándola al espíritu y al corazón, puesto que reciben las mismas impresiones en el regazo materno; siendo de advertir que la forma moral y la espiritual aventajan siempre a la material, así por la mayor excelencia del espíritu sobre el cuerpo, como porque éste rehace y aun rectifica, en muchas ocasiones, la tendencia de la materia viciosa o viciada.

Ascendiendo ahora a otras regiones, no es difícil hallar la analogía por la creación, atributo del eterno Padre, y la salvación, función del Verbo divino hecho hombre, que vino a restaurar la humanidad decaída. El Padre eterno, al formar al hombre primero por medio de su Hijo Santísimo, imagen sustancial y causa ejemplar, depositando en Adán los gérmenes todos de la humanidad, se dignó mostrarse causa primordial, Dios fuente, Fontana Deitas, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra.

Bajo este supuesto, todos los hombres, en cuanto hombres, derivamos de un mismo Padre, y somos hermanos no sólo por la carne y la sangre, sino por la descendencia de un mismo Criador y de un padre común, Adán.

El Verbo divino, al encarnarse para salvarnos y restituirnos al reino de la gracia, que el pecado de Adán nos había quitado, tomando nuestra propia materia en el seno purísimo de María, por obra del Espíritu Santo, se hizo nuestro hermano de linaje, y con su sangre derramada en la cruz, nos restituyó la gracia, forma primera del alma, redimiéndonos, esto es, no sólo comprándonos segunda vez a este precio, sino re-criándonos o, lo que es lo mismo, regenerándonos por medio de los sacramentos que derivan de Él, que como Dios hombre, es fuente de ellos; y, llevándonos de peldaño en peldaño, del Bautismo regenerador a la confirmación, que asegura la conquista, y luego a la segunda tabla después del naufragio, que es la Penitencia, para reconciliarnos con Dios y alimentarnos más tarde con el gran sacramento de la eucaristía, alimento sobresustancial.

La Iglesia santa, cuya cabeza es Jesucristo, y ministros de éste los sacerdotes, desempeña cerca del hombre funciones tales, que bien

pueden compararse a las de una madre, y tal se llama; ya en representación, ya por los méritos de su jefe y cabeza invisible. Bendice en el matrimonio la unión santa que nos da la vida; nos espera con su agua de salvación y redención al salir del seno maternal de la naturaleza; nos confirma después con su gracia; nos levanta y perdona por sus sacerdotes en la confesión; nos suministra el pan del alma, que es su mismo jefe Jesús, y nos unge los pies para el viaje de la eternidad, para limpiarnos del polvo y restos de la culpa; y, para proveernos de ministros que todas estas funciones desempeñen, unge también y consagra, invocando la virtud de lo alto, los hombres llamados por Dios al estado sacerdotal. Bien puede decirse de la santa madre Iglesia lo que de Ruth: genitricis et gerulae fungebatur officio, porque es madre que nos lleva en su seno y nodriza que nos sostiene. Estos oficios, todos ellos enlazados con la vida eterna, los desempeña la Iglesia asistida por el Espíritu Santo, utilizando la sangre y los méritos del Verbo humanado, sangre y méritos depositados en los sacramentos por una manera sublime y misteriosa.

Pero, como quiera que esto sea ya mucho, y produzca la fraternidad de Cristo con los fieles y la de los fieles entre sí, como hermanos consanguíneos por la creación, y en una manera inefable uterinos por la Iglesia, santa madre que a todos nos conduce en su seno y nos da su leche purísima, la sangre de Cristo, y nos reparte su pan, y su bendición, y sus cariñosos cuidados, y sus oraciones, y los méritos de su Jefe; y que nos educa tiernamente para el cielo, tomándonos maternalmente al nacer y aun antes por la bendición del matrimonio que hace nuestro principio, y no dejándonos hasta el borde de la tumba, en donde vuelve a orar sobre nuestros despojos, después de restaurarnos por la confesión tantas cuantas veces caemos enfermos por la culpa. ¿No basta esto a la solicitud tierna que la divina Providencia nos prodiga? No.

Era menester que a la unión consustancial de linaje se agregase la unión personal de común vida y unión íntima de alma y de corazón con Jesucristo, que así quiso sellar con indeleble alianza de consustancialidad personal su amor fraternal al hombre.

La paternidad divina era poco al amor infinito de Dios, y quiso su bondad otorgarnos ¡qué asombro! la fraternidad divina. Y, como para esto era preciso subir nosotros o descender él, eligió este término su divina majestad, con tal de que la maravilla de amor se hiciese.

Pero, lo repetimos, no bastó al Señor congregar, por decirlo así, la humanidad, y hacerse uno con ella el Hijo de Dios; quiso quedarse escondido, latente, disfrazado con las especies, como acechando la ocasión en que al hombre, lanzado por las olas de la desgracia al pie del altar, puesto que la desgracia y el pecado son tempestades de la vida, y no hay otra verdadera desgracia que la culpa, pudiere el hermano amoroso, como el piadoso samaritano del evangelio, restañar las heridas del pobre doliente, maltratado por los ladrones, y derramar sobre ellas el óleo de su misericordia, y convidarle al banquete celestial, entrando el mismo Dios en su pecho y baldeándole en el secreto de la comunión con la mayor ternura fraternal.

Así practica el Señor en el altar el amor fraternal. Para esto vino allí, y para esto nos espera, y luego, si somos fieles, vivirá en nosotros y nosotros en él, para disponernos en esta vida a otra dulce comunión en la eternidad. LS 1875, p. 241

 

XII

 

Trelles siempre recomendaba unir el pensamiento o juicio con la reflexión y seguir hasta la meditación; es decir, desde el inicio intuitivo (juicio), pasar a la descripción de un ser o cuestión, seguir señalando las razones y la estimación del valor de verdad y bien, y sus relaciones (reflexión), para llegar a aplicarle luego el propio interés, diligencia y amor (meditación).

Hermano indica la relación entre tres o cuatro personas:  dos del mismo origen, y el origen común; la familia nuclear, padre, madre e hijos.

La familia nuclear es el dechado de la caridad y la sombra de Dios Uno y Trino.

El Verbo vino a nuestro mundo para redimirnos; Jesús nos hizo hijos de su Padre y se quedó en el Sacramento para entregarse a nosotros como hermano, sin reserva. Trelles recomendaba escucharle tras la Comunión, antes de pedirle y agradecerle sus favores.

 

¡Hermano! ¡Qué dulce nombre! ¡Qué ideas tan tiernas evoca! Quien no ha conocido esta relación, no puede comprender todo el tesoro de ternura que excita en el alma el pronunciar la palabra.

¿Habéis pensado en ello alguna vez? Pues recordemos juntos los secretos afectos que despierta o recuerda aquel dictado. Si no habéis pensado, os invito a que pensemos y sintamos a un tiempo, porque ésta, como otras voces, se dicen por hábito y no se conoce su profundidad, que es grande en el caso actual. Veámoslo.

La palabra hermano indica dos personas que vienen de un mismo padre o de una misma madre, o de un padre y una madre mismos; de suerte que no se puede decir un hermano sin que recuerde a lo menos tres personas, dos seres del propio origen y el origen personal de los dos.

Los hermanos son el primer bosquejo o rudimento de la sociedad, y su existencia o su coexistencia trae a la memoria el padre, dando el tipo de la primitiva sociedad y de la primera autoridad. Son dos ramas de un tronco, dos corrientes de un mismo manantial, dos derivaciones de una misma fuente de vida.

Los hermanos han nacido para amarse, o mejor, para continuar el amor de su origen; tienen la misma sangre cuando son hermanos de padre, y se llaman consanguíneos, o estuvieron en el propio seno maternal, y se llaman hermanos uterinos, o lo uno y lo otro a la vez, y se llaman hermanos enteros o germanos.

Luego partieron el pan y el afecto de sus padres, usaron de los mismos juegos infantiles, se abrigaron en el mismo regazo maternal, se cobijaron bajo el mismo techo paternal, sentáronse a la misma mesa, y a las veces, reposaron en el propio lecho, vistieron casi de un modo igual, estudiaron con el mismo maestro, reconocieron los mismos amigos o los heredaron de sus padres, asistieron al propio templo, y recibieron en todo la misma educación moral, religiosa y social; escucharon muchas veces a sus padres los mismos consejos, y si por ventura tuvieron alguna rencilla, oyeron de su labio estas palabras: "Hijos míos, amaos el uno al otro, porque sois hermanos." Por fin, si son buenos, repartieron entre sí el dulce cuidado de rodear de respeto y de amor los días últimos del padre inválido o anciano, y en torno de su lecho de muerte, recibieron su inestimable bendición, y vertieron lágrimas juntos sobre su sepulcro, y elevaron juntos su oración a Dios, pidiendo, para quien o quienes les dieron el ser, el perdón de sus miserias.

¡Hermano! ¡Qué dulce nombre! ¡Cuán bellos recuerdos suscitas! ¡Cuán hermosas ideas evocas! Diríase que es la más dulce palabra que se pronunció en el mundo, por lo mismo que recuerda la de padre, madre e hijo, y como que los supone y comprende ideológicamente, porque no puede haber hermanos sin padre y madre, de quienes los hermanos son hijos.

¿Qué cosa no se puede confiar a un hermano? Ninguna. ¿Qué cosa no se le puede pedir? Nada. ¿Qué cosa no se le debe dar? Todo. ¿Cómo se le debe amar? Mucho; pues es la fraternidad el dechado de la caridad con el prójimo.

¡Hermano! Dulcísima y suavísima voz que trae a nuestra mente los padres comunes, de veneranda memoria; los días plácidos de la edad primera, de agradable recuerdo; la casa paterna, que es como el primer templo en que nuestra madre nos enseñó a adorar a Dios y a amarle y a nuestro padre común, representante de Dios en la tierra, y todos los albores de la primavera de la vida, y todos los mil recuerdos de la infancia, y todas las memorias de la familia, y del sol que alumbró nuestra cuna y que alumbrará nuestra tumba, si tenemos la dicha de volver a la tierra natal antes de cerrar por última vez los ojos a la luz.

¡Hermano! ¡Qué nombre tan querido al corazón, tan preñado de reminiscencias placenteras y puras; nombre que llama otro ser u otros seres para reunirse en espíritu y pedir juntos a los mismos padres, que están en el cielo, una bendición común; nombre que extendido congrega la Humanidad, y restringido congrega la familia, y bien meditado, trae al Verbo humanado a la memoria, como que para llamarnos él hermanos, y que le llamemos hermano, y que todos nos tratemos como hermanos, vino del cielo a la tierra y se quedó entre los hombres en la eucaristía.

¡ Hermano! Sí; Jesús es nuestro hermano.

Pensadlo bien, queridos lectores, y asombraos. El Verbo divino, espejo sin mancilla del Padre eterno, imagen de su bondad, Dios de Dios, luz de luz, se hizo hombre para redimirnos; sí, pero también para que nos llamásemos hijos adoptivos de Dios y llamarse él nuestro hermano, y quiso en todo semejarse a nosotros, sus hermanos, para hacerse más misericordioso, como dice S. Pablo; y para ser nuestro hermano también, y carne de nuestra carne, y sangre de nuestra sangre, y hueso de nuestros huesos, se quedó en la hostia santa y se nos da sustancialmente en la comunión. Los atributos de Dios son uno mismo, pero, para nuestro humilde modo de ver, son muchos y, a las veces, nos parecen contradictorios.

Hablando el lenguaje humano y vulgar, el Verbo vino al mundo para satisfacer la justicia divina; pero sin perder nada de su verdad esta idea, podemos decir que vino para manifestarnos su amor, mayor que su pasión, pero no mayor que su comunión, porque en ella se da él mismo, y su comunión es un acto por excelencia de amor fraternal, y allí se nos da el modo de vivir de su misma vida, comer de su misma carne, beber de su misma sangre, latir en su mismo pecho y al compás de su propio corazón, y en fin, como él mismo dice en su Evangelio, vivir en nosotros y nosotros en él, que es la mejor definición, dada por el Señor, de la comunión sacramental.

Todo esto, por el prisma que lo venimos mirando, es una maravilla del amor fraternal: Jesús es nuestro hermano.

Los hebreos llamaban hermana a la esposa y hermanos a los primos, y según el espiritual concepto del Cantar de los Cantares, el divino esposo llama al alma hermana, y la invita a venir.

¿No oís su voz desde el sagrario? Amiga mía, hermosa mía, hermana mía, ven.

Pero si pudiésemos alzar el velo de las especies sacramentales; si alcanzásemos a percibir los latidos del alma fraterna de Jesús; si llegáramos a conocer su amor suave y ardoroso, tierno y apasionado, su afecto de igual a igual. ¡Qué maravilla!

¿Queréis sondear este abismo de ternura? Pues cerrad los ojos a la luz exterior después de la comunión, poned la mano sobre el corazón, y allí, silenciosos y humildes, escuchad con cuidado lo que dice el Señor. Veréis la dulzura y suavidad de su trato, gustaréis su sabor inefable, percibiréis su acento melifluo, que hace verdadero aquel himno de la Iglesia que dice: "Nada se canta más suave, nada se oye más hermoso, nada se piensa más dulce que Jesús, hijo de Dios" y, en fin, gozaréis anticipadamente las delicias de la bienaventuranza eterna, que tiene el Señor reservada para los que le temen.

Allí se deja oír la voz fraternal de Jesús que, deponiendo toda su divina realeza, parece como que invita al pecador que lo recibe a pedirle mercedes, sea lo que quiera de su dignidad para recibirlas.

Parece que desde la eucaristía nos dirige su invitación amorosa a que le pidamos gracias y dones, y nos brinda, en alguna manera, su omnipotencia, que se halla en el sagrario, a la orden de la oración humilde del católico, que conociendo su dicha, aprovecha los momentos de la unión sacramental.

Para comprender bien el amor acendrado del Señor a los hombres, puede servirnos de indicio la memoria de las etapas o trances de su peregrinación en el mundo. Recordémoslos.

Pensemos la gloria eterna e inefable dicha del Verbo divino en el seno del Padre, y su vocación para salvar la Humanidad, realizada ésta en la encarnación y reiterada una y mil veces en la consagración, que es como corolario y recuerdo perenne de aquel misterio augusto, y encarnación repetida a todas horas por ministerio de las palabras del sacerdote, a quien ha sido dado este poder sobrehumano; y, tomando en cuenta estos saltos y descensos del Verbo, desde la morada eterna al seno de María; del claustro materno al pesebre de Belén; del pesebre a los brazos de su madre; de éstos a Egipto; de Egipto a Nazareth; de Nazareth al templo, en que enseñaba a los doctores; de aquí al Jordán, en que se verificó el bautismo de Jesús; de aquí al desierto, y del desierto a la cátedra de su predicación; de la cátedra al cenáculo, de éste al huerto, del huerto al pretorio, del pretorio a la cruz, de la cruz al sepulcro; de aquí a la resurrección, y de ésta a la ascensión, y desde lo alto del cielo, a la hostia consagrada, y del altar al corazón de los pecadores, podremos inferir las ascensiones y descensos del Hijo de Dios, desde su trono eterno al trono de amor que buscó con todo esto en el pecho cristiano, y lo que le costó de pasión y de sacrificio su advenimiento del cielo a la tierra, y de la tierra al altar, y al pecho fiel del que le recibe dignamente.

Quien tales escalones bajó para unirse a sus hermanos, ¿qué no dará a quien se lo pida humildemente después de recibirle con la debida humildad y conocimiento de su miseria e indignidad?

Dejamos la respuesta al que lo medite con recogimiento después de la comunión, invitándole a esta dulce ocupación para comprender así el amor fraternal de Jesús en el misterio augusto del altar, que es el asunto del presente artículo. LS 1875, p. 281

  

XIII

 

Síntesis del editor

Expiación significa la satisfacción de un mal (el delito) con otro (la pena) voluntariamente aceptado con libertad o resignación.

La ley de la expiación ha sido reconocida por el hombre, en todos los períodos de la Historia y en todas las latitudes, como aceptable a Dios en compensación voluntaria de la perturbación del deber. La ofensa se valora según el ofendido y la reparación según el ministro humano: la ofensa es infinita por ser hecha a Dios, y la reparación sólo pudo hacerla el mismo Dios.

"Si el grano de trigo no cae a tierra y muere, no trae fruto" y "nadie tiene mayor amor que quien da la vida por el amado." Colocando Jesús su última plática tras la comunión de la Última Cena, parece haber recomendado estas consideraciones como inicio de nuestra acción de gracias.

 

La expiación es una ley infalible del orden moral, y el principio en que se funda la grandeza del sacrificio. Significa aquélla la satisfacción del mal por el mal, voluntariamente aceptado o, en otros términos, el mal del delito voluntario de un ser moral, satisfecho con el mal de una pena voluntariamente admitida, a lo menos, por la resignación, que es una incompleta participación de la voluntad en el dolor que se sufre.

Esta idea, que sugiere, sin quererlo, el estado del hombre decaído, comprende la teoría de los sacrificios de los que se ven, por doquiera, huellas en los pueblos antiguos y en los modernos, y en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Sin ascender a esta fuente divina de toda verdad; antes de que Moisés escribiese el Pentateuco, o sean los cinco primeros libros de la Biblia, aparte de la cuestión de antigüedad del libro de Job, cuestión que no es del momento, se hallan rastros de esta ley profunda, conservados en los pueblos primitivos, y derivados sin duda de las revelaciones afines de las edades primitivas del mundo.

Dionisio de Halicarnaso habla de los sacrificios y de la expiación como hecho y doctrina que se remonta a la época de los griegos y romanos, y Herodoto y Apolonio de Rodas nos refieren casos y ceremonias de que en Grecia y Roma se revestían las expiaciones; siendo de notar que aunque escribieron hacia la época de la venida de Jesucristo, no suponen relación alguna entre la predicación del evangelio y las expiaciones que existían antes.

El Georgias de Platón desenvuelve tan magistralmente el carácter de la expiación, que podría tomarse el pasaje por una confesión del dogma del infierno y del purgatorio, amén de lo que dice sobre la expiación en este mundo, que consistiendo en una pena satisfactoria, hace al hombre mejor y gana en elevación moral.

Este pasaje es uno de los que hizo reconocer a monseñor Landriot, en su famosa obra del Cristo de la tradición, que aquél gran filósofo adivinó en algún modo el evangelio y a él como a Aristóteles, fue en cierta manera revelado por el Verbo lo que han escrito en sus obras, así como a Cicerón en su no menos célebre libro De natura Deorum.

El insigne De Maistre, en las Veladas de San Petersburgo, escribió páginas en que brilla, al resplandor de su genio, la gran teoría del sacrificio y la ley providencial de la expiación de que el sacrificio es medio e instrumento.

Y es de notar en las obras de Platón, que contienen ideas de tal modo verdaderas acerca de la expiación, que no falta en ellas la parte principal que desempeña en esta ley misteriosa, que abraza a la Humanidad entera: la voluntad del hombre que hace u ofrece el sacrificio expiatorio.

No es ocasión de penetrar en el origen histórico de esta ley como hecho general, porque este propósito nos llevaría muy lejos, y para nadie es nueva la proposición de que la noción de sacrificio bajó por, Adán y Eva del paraíso terrenal, y fue trasfundiéndose en las edades primeras del mundo a favor de la tradición, aunque a veces desfigurada y contrahecha; de suerte, que es preciso una mirada profunda e inteligente para descubrir su origen. Nos referimos sobre esto a la erudita obra de Augusto Nicolás y a la citada del Conde de Maistre.

En orden a los libros santos, no se debe olvidar lo que refieren los versículos 27 al 33 del libro del Levítico, cap XXIII, y el capítulo entero que es eucarístico, pues figura la fiesta pascual que los judíos celebraban como anuncio de la solemnidad verdaderamente pascual de la cena de institución del santísimo sacramento, así como es muy significativo y se presta a grandes consideraciones, el sacrificio expiatorio que, en el mismo capítulo, se ordena. Todo esto daría margen a muy extensas consideraciones, que no entran en nuestro intento.

Impórtanos solamente hoy dejar consignado que la ley providencial de la expiación ha sido reconocida por el hombre en todos los periodos de la historia y en todas las latitudes, siendo también general y común la idea de que la expiación es un mal, o pena o sacrificio aceptado en satisfacción de una ley moral voluntaria y aun deliberadamente transgredida.

De manera que las ideas cardinales de la expiación nos elevan a la justicia divina, que admite al hombre el mal o el dolor resignado, como recompensa de la perturbación intencional del deber, requiriéndose la participación de la voluntad para expiar, y la proporción que debe guardar el mal de la pena con la gravedad de la culpa; y nos llevan estas consideraciones a inferir lógicamente que los sacrificios todos del hombre no bastan a purgar o expiar una sola ofensa a Dios, cuya condigna satisfacción sólo Dios mismo puede ofrecerle.

Partiendo de esta verdad dogmática y lógica, la vista del creyente descubre el monte de los sacrificios coronado por el de nuestro Señor Jesucristo en la cruz, y su preciosa sangre avalorando la obra imperfectísima del mísero mortal; y de esta perspectiva arranca el mérito de los sacrificios anteriores y posteriores a la venida del salvador del mundo, porque, como dijo S. Pablo: Cristo ayer, hoy y en todos los siglos.

Sin haberlo pensado, ha corrido la pluma más de lo que permite nuestra ignorancia, cuando nos habíamos propuesto estudiar el amor de Jesús en la hostia, como expiatorio, en otro más modesto terreno, siquiera no menos superior a nuestra ciencia.

Lejos ya del punto de partida, procuraremos volver a él contrayéndonos a meditar el carácter expiatorio que reviste la divina víctima en el altar, así para concebir, cuanto es posible, su amor a nosotros como el que le debemos.

Dicho se está que sólo él podía expiar perfectamente nuestras culpas, porque se trata de una ofensa infinita, como que es a Dios, y las injurias y ofensas tienen su importancia, no por razón del autor de ellas, sino en razón de la persona ofendida.

Requiriéndose, para borrar la culpa el dolor o sacrificio, que sea un acto voluntario y de un precio infinito en el que lo lleva a efecto, es visto que sólo el Verbo hecho hombre pudo pagar nuestra deuda.

Que el sacrificio del Calvario se reproduce místicamente en el altar es asunto de fe; y que la eucaristía es la condensación de este sacrificio es innegable.

Veamos, esto supuesto, cómo expía la Hostia santa y con qué amor expía, y el fruto que podemos sacar de este acto sublime, dadas estas condiciones, y mediante el amor expiatorio que encubren los velos del sacramento.

Muchas veces hemos explicado, aunque siempre muy imperfectamente, cómo el dolor de Jesús redimió nuestras culpas, y cómo los efectos de su pasión son inmanentes en el sagrario a la persona del Verbo hecho hombre.

También hemos bosquejado el amor con que está allí, y con que, en cierto modo, obra allí: pero lo que nos interesa hoy profundizar es la relación del amor con la expiación. El plan de este asunto es inmenso y, por tanto, hay que contraerlo a un punto.

El evangelio de S. Juan contiene en el capítulo XV, versículo 13, las siguientes palabras: "Nadie profesa mayor amor que el que da su vida por sus amigos"; y es evidente que el que da la vida por otro es el que más le ama. Estas palabras aluden a la muerte de Jesús y a su pasión, que es como muerte parcial y aun total sin la fuerza que el Señor se dio a sí mismo, esto es, a su humana organización, para llegar a la cruz.

Pero este amor, y amor expiatorio, se halla contenido en la eucaristía; porque allí se atesora no sólo el mérito de la pasión, sino de una manera incruenta el sacrificio mismo de la cruz, con un deseo, con una ternura, con una eficacia, con una solicitud, con una prolijidad, con una caridad, que ni la lengua puede decir, ni la pluma escribir, y todo para libertar a sus hermanos de las eternas penas del infierno.

Detengámonos en ello un momento observando, lo primero, la colocación del verso arriba dicho, que se encuentra entre un precepto de amor y un encarecimiento del propio amor en el sermón que pudiéramos llamar de la caridad fraterna, pronunciado por Jesús después de la cena eucarística, y que ocupa parte del capítulo XIII, y todos los capítulos XIV,

XV de. S. Juan, y el renglón antes copiado, puede ponerse en relación con el 21 del cap. XII, que expresa que si el grano de trigo que cae en la tierra, no muere, no trae fruto; pero si muere, trae o produce mucho fruto.

Es consecuencia de esta afinidad entre los dos versos que Jesús murió por salvarnos y expiar por nosotros; que sólo con el precio de su sangre podemos ser redimidos. Todo es amor en este discurso, último del Señor a los discípulos; discurso precedido de la institución de la eucaristía, y el amor de Jesús es eminentemente expiatorio; y la colocación de esta plática a seguida de la cena eucarística, parece como que nos recomienda que, ahondando con la consideración el valor del pan bajado del cielo, hallaremos en él el jugo expiatorio, por decirlo así.

Para penetrar algo en este misterio de caridad divina, dediquemos algún tiempo a estudiar el deseo, la ternura, la eficacia, la solicitud, la prolijidad, la caridad con que se operó la expiación del mundo por nuestro Señor, para inferir el amor expiatorio engastado, por decirlo así, en el pan divino que recibimos en el banquete celestial.

Pero, por temor de abusar de la paciencia de nuestros lectores, continuaremos otro día tan agradable asunto.  LS 1875, p. 321

 

XIV

 

Síntesis del editor

El deseo ajeno no podemos penetrarlo, pero sí inferirlo, porque inspira manifestaciones apropiadas que sí podemos comprender. Jesús manifestó su anhelo de verter su sangre por los hombres pecadores, y sus evangelistas dejaron constancia de sus actos que lo cumplieron.

La solicitud es un deseo en acción que ya anunció el salmista: "El celo de tu casa me consumió y los oprobios de los que te ofendieron cayeron sobre mí."

La ternura es la manifestación del amor, adecuada a la necesidad del hombre, que Dios conoce perfectamente; por eso, el Redentor hace sobreabundante la gracia en donde abundó la culpa: aplica su limosna en razón de la necesidad y preparación del pecador.

La eficacia es evidente: la sangre del Hijo de Dios expía todo pecado con la sola impetración del pecador.

El pecado suele ser obra de la materia y del espíritu; en la expiación participó su humanidad y su espíritu unido al Verbo.

El pecado se consuma en la voluntad, y la expiación fue aceptada libremente por el Señor.

El reato es aversión hacia Dios y preferencia por la criatura; la expiación es la aversión del Justo por el pecado y su constante unión a Dios.

La compensación del pecado es la sangre del Redentor, pero avalorada por el amor al pecador. Este amor del Verbo a su Padre y a los hombres, por la gloria del Padre, hace valiosa su sangre derramada con una constante y perpetua voluntad de salvar a los hombres (Cristo ayer, hoy y de todos los siglos).

Sólo es necesario que el pecador acuda a Él para aplicársela.

La institución eucarística es una superación de todos los aspectos del pecado por el amor de Dios.

 

Tratando en el artículo anterior del amor de Jesús en la eucaristía, en cuanto es expiatorio, se indicó que eran dignos de grande ponderación el deseo, la solicitud, la ternura y la eficacia de la expiación, y he aquí la materia del presente escrito.

No hay lengua ni pluma humana que pueda encarecer y explicar el deseo que tiene Jesucristo, en el tabernáculo, de salvar a los hombres, pagando por ellos con su sangre y expiando con sus dolores, o con los de su pasión, místicamente reproducida en el altar, los placeres pecaminosos de la Humanidad; y por esto, debíamos renunciar a esta intención; pero hay felizmente un dato que arroja alguna luz en este tierno problema, porque, aunque el deseo de un corazón no se puede penetrar, se puede sí inferir. Nos explicaremos.

El deseo inspira palabras y acciones adecuadas a él, y las palabras del Salvador responden de la vehemencia de aquél, pues Jesús dijo más de una vez en su evangelio, que ardía en anhelo de bautizarse con su propia sangre; y una vez asumida por el Verbo eterno la humanidad de Cristo, es de fe que aquel deseo rigió su vida entera y fue el móvil de todos sus actos y pasos, y en cuanto a las acciones u obras, al dejarnos escrito Jesús por mano de sus discípulos, sus fatigas por buscar a los pecadores y sus vigilias y ayunos y privaciones y viajes y estrecheces que, material y repetidamente, sufrió para aquel objeto, no cabe dudar de su vivísimo celo por la expiación de las ofensas que al Dios tres veces santo había hecho el hombre.

Además, y esto alcanza a todos los puntos que venimos tratando, siendo una la persona y dos las naturalezas, los deseos son patrimonio, por explicarnos así, del Verbo divino, y dicho se está que serán infinitos, así porque derivan de un Dios infinito, como porque implican una intención purísima de la gloria del Señor.

En punto a la solicitud, que entendemos un deseo en acción, con la actividad y energía que la caracterizan, basta recordar el pensamiento del salmo: "El celo de tu casa me consumió y los oprobios de los que te afrentaron cayeron sobre mí," como se lee en el verso 10 del salmo LXVIII, en el que, como de todos hemos dicho a otro propósito, se supone que habla Jesucristo. Como Dios conoce perfectamente las culpas de los hombres y toda su malicia, aplica a ellas, mediante la oración del pecador, el fruto de su pasión santísima con una esmerada atención y con propósito de borrarla con su sangre de ante la faz del eterno Padre; y he aquí la perfecta solicitud que aquilata el amor expiatorio de esta divina víctima.

En cuanto a la ternura, hija es del amor y de la necesidad que el Señor conoce perfectamente y que el hombre animal y materializado no percibe.

El buen médico aplica sus medicamentos a las dolencias con la intensidad y cuidado que la gravedad del mal requiere, y en la proporción de interés que demanda la necesidad del aparato afectado para la conservación de la vida, o retrasar el instante de la muerte. Esto lo dicta el buen sentido, y puede servirnos de ejemplo para inferir la delicadeza y amor con que el Señor se congratula de extinguir y compensar el mal de las culpas, sobre todo, de las mortales, que interesan la salvación del alma de los que han quebrantado la ley de Dios.

El propio enfermo de espiritual dolencia no puede apreciar, a las veces, la intensidad de la ofensa ni aun para definir su gravedad, cuanto menos para deducir lo infinito, del reato. De aquí se infiere que reclama su desdicha mayor ternura de parte del Redentor que siempre, dadas las debidas circunstancias, hace sobreabundar la gracia en donde abundó la culpa. En efecto, ¿puede haber mayor miseria que no conocerla, y arriesgar o haber perdido la vida del alma para su destino sin advertirlo? No, seguramente, y como el corazón tiernísimo del Salvador ama tanto a la pobre ovejuela, que con su sangre ha comprado, se explica la ternura y amor cariñoso con que Jesús, desde el altar, ofrece a su eterno Padre los merecimientos de su vida, pasión y muerte, por los pecados del mundo, aplicando su limosna infinita en razón de la necesidad y de la preparación del culpable.

Por lo que mira a la eficacia del amor expiatorio con el precio de nuestra redención, es evidente para la mirada de la fe, como dice un himno de la Iglesia, que una sola partícula o chispa de la preciosa sangre puede borrar los pecados de todo el mundo, y no cabe por esto dudar [de] que la expiación puede ser tan eficaz que lave de las almas la mancha de todos los pecados a que se aplica, mediante la impetración de ella por el pecador.

Pero respecto de la paga o redención, debe considerarse la parte que en todo ello tiene el amor de Jesús, y su intención y el movimiento de su espíritu y el impulso de su corazón en el trono eucarístico del sagrario; amor que es nuestro asunto. Consagraremos a este tema algunas observaciones.

El pecado es un acto complejo del hombre, pues en aquél suelen tomar parte el espíritu y la materia. Y en la expiación cumple que asimismo tenga participación la humanidad de Cristo y su espíritu unido al Verbo y formando con él una sola persona.

El pecado se consuma en la voluntad y en la suprema región del yo humano, adonde se opera el quebrantamiento del precepto por ministerio de la voluntad, que libremente quiere el mal, y así bien la expiación debe revestir la propia duplicidad de caracteres; y por eso, la pasión del Señor, libremente aceptada como dolor compensatorio o expiatorio, lavó y limpió el alma manchada de la culpa.

Mirado el asunto bajo un aspecto más elevado y más sencillo, el reato es un acto de aversión de Dios y de conversión del espíritu humano a la criatura; y la expiación, dados los términos convenientes, que sólo en la pasión del Hijo de Dios podían hallarse, [es un acto de] aversión y aborrecimiento del pecado y conversión del alma a Dios, ofreciendo por prueba y por paga el dolor o el padecer.

El precio de la redención es la sangre derramada; pero el Redentor hace fecunda esta efusión con el acto de su espíritu, que quiere pagar la culpa, y con el movimiento del corazón paciente, que se inmola a Dios en aras del amor más acendrado, por satisfacción de la ofensa.

 Y esto hace el Señor en la sagrada eucaristía, que es como una continuación o reproducción mística e incruenta del sacrificio de la cruz. En todos estos actos, divinos y humanos a un tiempo mismo, del corazón y del espíritu de Jesucristo, en cuanto hombre, unido inseparablemente a la persona divina del Verbo, consiste la eficacia de la expiación. Y dicho queda que el amor de Cristo a su eterno Padre, y a los hombres por la gloria de Dios, es el agente voluntario de la expiación.

Ahora bien, como acto divino, es de fe que este amor es infinito, a punto de predisponerlo, si podemos hablar así, pues la locución es impropia, a sufrir una y otra vez lo que sufrió por tal de redimir otra vez, si necesario fuese, al linaje humano. Más claro, se puede decir de la caridad de Jesús lo que los jurisconsultos romanos de la justicia: que es una constante y perpetua voluntad. El Verbo divino, como Dios no revoca su deseo, no altera su intención perpetua, constante, eterna de salvar; no varía su inmanente filón divino, ejecutado en el tiempo, pero inmanente de una manera sublime en el Verbo de Dios, que según lo demuestra la magnífica obra de monseñor Landriot sobre el Cristo de la Tradición, es de ayer, esto es, de antes de la pasión; de hoy, esto es, del tiempo en que la operó; y de todos los siglos, según San Pablo.

Y, unida a este orden de consideraciones la idea de que en la eucaristía se reproduce el sacrificio del Calvario, resulta doblemente el propio dogma de que la expiación es infinita bajo todas sus relaciones, y que en el hombre consiste aplicarla, a medida de sus necesidades. Pero, dejando esto aparte, ¿qué amor no presupone en nuestro Señor Jesucristo tal doctrina? ¿Quién dudará [en] acudir a él, bajo tal respecto?

Lo que resulta, después de todo, es una expiación espiritual y corporal, una paga infinita, como lo era la ofensa, una redención completa y amorosa, como el hombre no podía merecer; pero, como el Dios bueno le otorgó generosamente y luego, todo ello con tan vehemente deseo, con tan viva solicitud, con tal ternura y con tal eficacia, el alma del que se pare a considerarlo se quedará absorta de tal misericordia y caridad.

De esto ofrece una prueba la institución eucarística, que comprende el sacramento y el sacrificio, y que solventa de un modo admirable todas las exigencias de la justicia y todos los deseos del amor infinito.

No es esto decir, porque sería un error grave y una herejía, que sin la institución eucarística no se efectuase la redención; porque aquélla es una supererogación de amor, si así se puede decir, y ésta es una indispensable necesidad para el humano linaje, que sin ella no se hubiera librado de la condenación eterna. Pero, dada nuestra flaqueza, sirve la permanencia de Dios con nosotros en el sagrario para facilitarnos y aplicarnos el mérito de la pasión santísima de Jesús, reproduciendo incruentamente el sacrificio y ofreciéndolo, para explicarlo de algún modo, vivo y palpitante al corazón católico.

Nada más diremos hoy acerca de esta materia, que tratamos con gran recelo de nuestra insuficiencia, pero con gran esperanza de que algunos de los lectores la adapten a su necesidad espiritual. LS 1875, p. 361

 

XV

 

Síntesis del editor

Vivimos sumergidos en un Océano de gracias de Dios. Creó Dios el Universo como palacio bellísimo en el que, finalmente, colocó al hombre llamado del fondo de su Providencia.

El desgraciado monarca de la Creación quebrantó la única reserva que se había hecho el Creador. Apenas confesada la culpa, el Creador promete el perdón al pecador. La promesa se reiteró muchas veces, y quienes cumplieron la ley, entraron en la gloria acompañados por el Redentor. Pero, al mismo tiempo, se quedó entre nosotros para acompañarnos permanentemente y perpetuar su acción de gracias al Padre en nuestro nombre.

Al recibir un bien que no se puede agradecer debidamente, se experimenta una inquietud que llega hasta lo más íntimo del espíritu. Ese peso sólo se alivia con el agradecimiento adecuado; pero no podemos agradecer adecuadamente a Dios sus dones por nuestra indignidad y hasta por la incapacidad de conocerlos.

El amor eucarístico de Jesús Sacramentado vino a llenar ese vacío.

 

En Dios vivimos, nos movemos y somos, como dice San Pablo; pero todavía es mejor decir que vivimos en el abismo insondable de los beneficios que nos otorga, y puede decirse, por tanto, que esto interpreta bien el pensamiento de S. Pablo; porque vivimos, nos movemos, y somos y estamos en un inmenso piélago de sus favores, que nos rodean por todas partes, y forman como el Océano en que nosotros, pobres pececillos, nos hallamos sumergidos.

¿Quién relatará todos sus dones? Imposible, pues sería otro beneficio inefable, que no merecemos.

"En perpetua caridad te amé y, por eso, te atraje a mí misericordioso." Esto dicen los libros santos. Y, con efecto, el amor de Dios, como atributo de su infinidad, es cierto, y el Señor nos amaba cuando, antes de la creación, nos veía sólo en la mente divina, en su Verbo, y allí nos miraba lleno de complacencia.

Para nosotros creó el mundo, palacio del hombre, esmaltando de estrellas el techo, alfombrando de flores el pavimento, pintando de bellísimos paisajes el horizonte, y haciéndolo teatro de los juegos de luz y de nubes que, como magníficas decoraciones, lo hermosean a nuestra vista admirada. ¿Quién narrará las bellezas de la Creación? Hermosos son los matices de las plantas y las criaturas del orden inferior a nosotros; y las variedades de animales y de frutos, de peces y de aves canoras; y el mar, ese inmenso receptáculo de aguas que lame las costas cuando está en calma, o las azota furioso cuando se encrespa; y los ríos que serpentean al través de la tierra para fecundarla y ofrecer medios de comunicación y frescura a las comarcas; y las fuentes, que son como magníficos jarrones que la tierra atesora en su seno maternal, y que brindan a nuestra sed cumplida satisfacción y lo mismo a todos los animales, y después de regar y fertilizar los campos, van a engrosar los ríos, y luego éstos llevan al mar sus preciosas linfas. Y, por cima de todo, el aire benéfico, que corre y lleva por do quiera la vida vegetal y animal, y se alternan las brisas del verano y los aquilones del invierno para contribuir a varias estaciones, mientras el sol, como un inmenso candelabro, esparce su luz y enciende con su fuego la vida vegetativa y la animación de los tres reinos de la naturaleza; y, en la noche, deja su puesto a la luna, que platea de pálida y melancólica, pero hermosa luz, las sombras de las noches, alternando sus fases como para hacerse amar y desear en su ausencia, y mostrarnos los diversos matices o tintas de su amorosa luz.

Nótase que, hecho ya el palacio, suscitó el Señor del fondo inagotable de su potencia infinita al monarca de la creación, y lo introdujo

en su morada llena de encantos y placeres puros, haciéndole dueño de todo y otorgándole señorío sobre toda criatura terrenal, con una sola privación, que era como el derecho feudal que el Señor se reservaba, y que por ventura, era compatible con todos los favores por el Creador dispensados a aquella su criatura racional, producto del acuerdo, ¡asombra decirlo!, de la Trinidad beatísima.

Con aquella sola circunstancia el Señor perpetuó y continúa perpetuando la creación entera, y conservándola, lo que es una continuada creación.

Después de lo dicho, ¿quién no se admira de los beneficios del amor del Omnipotente al hombre? Gran deuda es; porque ciertamente, si hubiese una persona en la tierra que tuviese poder y voluntad de hacer a otra tales beneficios, estallaría el corazón del favorecido de gratitud y de reconocimiento.

Pero continuemos; porque falta mucho, muchísimo.

El desdichado mortal quebrantó el precepto de su Criador, y parecía justo que el donador de todo castigase a su criatura con el desvío, a lo menos, ya que la muerte se la había impuesto el hombre a sí propio.

Pero no; apenas infringió Adán y su desgraciada compañera Eva el divino precepto, obtiene del culpable el amoroso autor de todas las cosas, el Verbo divino, la confesión de la culpa y le impone la pena; pero, a seguida, le ofrece el generoso perdón y la gracia infinita de un Dios redentor y misericordioso, que daría a la falta correspondiente expiación, puesto que la culpa era infinita por razón de la persona a quien se ofendiera, que era Dios.

Esta promesa se fue reiterando por espacio de cuarenta siglos, en que el mismo Verbo divino viene como anunciándose bajo diversos disfraces, y figuras, y profecías, y símbolos; y, a la sombra, por decirlo así, de su anuncio, y en virtud de Cristo venidero, se salvaron los justos, y todos los que correspondían a los llamamientos de la ley natural, o a los preceptos de la ley escrita, iban a esperar en el limbo de los justos el advenimiento del salvador del mundo, que debía rescatarlos definitivamente y acaudillarlos triunfante para entrar en su gloria.

Corren los siglos, y llega el momento predestinado para tamaño suceso, y nace Jesús de una virgen de Judá, y vive y muere por nosotros, y nos compra o redime con su sangre preciosísima, llamándonos desde su cruz al paraíso celestial, que nos deja comprado con aquella su amorosa pasión y muerte. Todavía más. Antes de irse Jesús al Padre, nos deja lleno de amor un don tal y tan grande que es Él mismo con todos sus méritos como hombre, y con todos sus atributos como Dios, pues es Dios y hombre: la eucaristía.

¿Quién o cómo podrá el hombre, redimido y perdonado tantas veces en sus miles de caídas, enviar al Señor una expresión de gratitud adecuada a tamañas mercedes y a tal donador? No es posible. Pero un Dios tan generoso no habría de dejar este inmenso vacío en pos de sí; y he aquí que se queda él para éste y para otros fines, como víctima inmolada por el hombre, y también para ofrecerse como don de gratitud sobreexcelente a Dios eterno, haciendo verdaderas las palabras de Isaías de que en el nacimiento de Jesús nos ha nacido un niño, se nos ha dado un hijo que, ofrecido ante la divina justicia, paga y agradece cumplidamente por nosotros la deuda insoluble de la culpa y de los beneficios dispensados por Dios al hombre.

El amor de Jesús en su hostia es, con dicho fin y para dicha de los hombres, eucarístico, esto es, de acción de gracias a su eterno Padre por sus favores a la Humanidad. Y como los beneficios venían saturados de inmenso amor, ved que vienen rebosando en el mismo las gracias de Jesús al eterno Padre.

¡Tesoro inagotable del divino corazón de Jesús! ¿Quién sondeará tus profundidades? ¿Quién podrá aquilatar la reverencia, la humildad y la caridad con que Cristo se inmola a su Padre por la salud del mundo, y mantiene y perpetúa su estado de hostia pacífica para agradecer y recabar gracias nuevas para sus hermanos en la carne?

Basta afirmar que fue oído por su reverencia, como lo expresa S. Pablo, y que hasta el fin de los siglos, permanece con nosotros en estado de víctima para éste y otros fines; y por no separarse de su criatura y conversar con ella en la comunión y darle su vida y vivir siempre en el tabernáculo para suplicar e interceder por nosotros.

La gratitud supone el perfecto conocimiento de la excelencia del don recibido, pues como ya a otro propósito hemos dicho, el que reconoce, parece indudable que se para a profundizar en toda su extensión el don, y por eso se dice que re-conoce.

El efecto de esta merced no se puede descubrir a primera vista si no se ahonda, con la meditación y de todos modos, en este piélago infinito de amor y de sabiduría.

Difícil es el empeño de tratar de asunto tan interesante con la debida dignidad, y sólo nos atrevemos a emitir algunas ligeras consideraciones para dar cima a la empresa en que nos venimos ocupando.

Es preciso tener un gran corazón para penetrar la necesidad que el hombre siente de reconocer y como de remunerar en afecto, ya que en dones no puede, las mercedes que recibe. Es una sed del alma, es una inquietud y amargura que llega a lo más íntimo del espíritu humano, lo que se experimenta al recibir un bien que no se puede devolver o agradecer dignamente.

En las almas bien templadas el don recibido es un peso que sólo por el retorno o la expansión del agradecimiento se alivia. Hay instantes en que, si el hombre fuese mudo, y la palabra no viniera a dar salida a la gratitud, parece que estallaría el corazón.

Si esto acontece en el orden natural y en las relaciones comunes y vulgares, ¿qué no será en la relación de la criatura con su Criador?

Se deja adivinar que la efusión del reconocimiento debe ser uno de los más puros goces del bienaventurado. Conocerá éste allí perfectísimamente el cúmulo de los bienes naturales y sobrenaturales, ordinarios y extraordinarios que ha recibido; verá de un modo claro las mil

 

ocasiones en que, perdiendo el hombre todos sus derechos a la salvación eterna, se vio libre por la efusión o aplicación de la sangre de Jesús, y por su gracia previniente y subsiguiente a la confesión y comunión, y abrasará el alma el fuego de la caridad al impulso de la gratitud.

Dejando esta dichosa digresión, nuestra vista, miope en la región del espíritu, no percibe sino los bienes materiales que del Señor recibimos, y no ve los efectos de la providencia extraordinaria y, a la vez, milagrosa, que nos colma de bienes en la vida presente.

Y, sin embargo, a poco que se recoja la atención, se abisma la mente en este piélago inmenso de beneficios continuos y frecuentes o cotidianos, que nos rodea por todas partes, y que nos hace infinitamente deudores a Dios de tanta bondad.

Este vacío infinito viene a llenar el amor eucarístico de Jesús, cuya vida en el sagrario es de sacrificio y de oración, de alabanza, de intercesión y de gracias al eterno Padre por los bienes que derramó su mano misericordiosa sobre nosotros.

Hemos terminado esta serie de artículos, que nos han ocupado en quince números, sin poder desarrollar la idea ni bosquejar siquiera el amor de Jesús en la hostia consagrada.

La materia es inagotable, porque el amor divino es infinito y la eucaristía es trono de amor.

Suspendemos este estudio, más recelosos de cansar a nuestros lectores, que convencidos de agotarlo, porque el amor de Dios es un abismo sin fondo.

Al terminar tan grata ocupación nos anima la esperanza de que todo lo que escribamos en lo sucesivo en esta sección será siempre del amor de Dios, océano infinito de todas sus perfecciones, y principio y término, fin y comienzo de la venida del Verbo encarnado a la tierra y al altar. LS 1875, p. 441

 

SANTIDAD

 

I    LS 1886, p. 41

Nuestro venerable amigo Cornelio Alápide, comentando las Escrituras, en el cuarto verso del Magníficat, atribuye a la Santísima Virgen María la mejor definición de la palabra escrita al frente de este artículo, pues la Señora dijo: "Hizo en mí grandes cosas el todopoderoso, y su nombre es santo," con lo cual manifiesta, no sólo que Dios es santo, sino que tal es su nombre, esto es, su atributo. Añade que con tal nombre se expresa que Dios tiene en sí toda pureza, toda santidad, virtud y perfección, y que, por esto, ha de venerarse de todos modos y se ha de adorar y celebrar por todos los medios, advirtiendo que la palabra griega cados viene de la que corresponde al verbo latino dar culto, o sea, colo. Infiere de aquí que Dios, por su virtud y santidad, es digno de toda reverencia. Continúa esta idea y la confirma; dice, que Dios es Santo, ya en todas sus obras, ya en la encarnación del Verbo divino, en el que santificó a la Virgen y a todos los fieles. La santidad se predica en primer término de Dios, y es de tal suerte grande y sobre excelente, que en los hombres supone la posesión de toda virtud, de toda pureza y de toda perfección, a semejanza de Dios, que es la Santidad por esencia, la Santidad increada e inmensa, y por esto dice María: "Hizo en mí -en la encarnación del Verbo- las mayores maravillas de santidad, mediante la acción del Espíritu Santo, para nacer de mí el Santo de los santos, como había dicho, o como había predicho y anunciado el ángel, y a esto aludió la Virgen, y esto aplaudió y celebró; y significó que lo hizo con fin santísimo, a saber: el de abolir los pecados por Cristo santo, para santificar [a] los pecadores con el fin de llevarlos a la eterna salvación. Alude, sigue Alápide, al profeta Daniel, capítulo IX, verso 25, cuando dice: "Para que se consume la prevaricación y tenga fin el pecado, y sea borrada la iniquidad, y venga la justicia sempiterna, etc., y sea ungido el Santo de los santos." Viene a decir: de esta gran obra de Dios, esto es, del misterio de la encarnación del Verbo en mí, se seguirá el efecto de que todos los fieles santifiquen y glorifiquen a Dios, artífice de tan gran sacramento. Y cita Alápide a San Agustín y a Jansenio, que toman o infieren del verso del Magníficat a que nos referimos, y de la conjunción que en él hay, primero la causa, y en segundo lugar el efecto. Y por esto, continúa Cornelio: Dios encarnado se dice Santo, porque tomó carne y sangre que debía inmolarse a Dios, ya en vida, ya en la cruz, ya en la muerte, por la salvación de los hombres. San Isidoro y Orígenes están conformes en la idea [de] que nada se decía santo entre los antiguos si no se había consagrado con la sangre de la hostia o aspersado. Y se decía santo porque estaba sancionado con sangre. Porque 'sancire' significa sancionar o confirmar. Así lo dice San Pablo en el cap. IX de su epístola a los Hebreos: “[sin efusión de sangre no hay remisión]”. Añade Alápide en este pasaje, citando a San Agustín: Que es santo lo que no se puede violar ni corromper, de cuyo ataque o violación, aunque la voluntad humana se haga reo, aunque sea santo, queda (lo que es santo) por su naturaleza inviolable e incorruptible. San Bernardo coloca la santidad en la clemencia y la mansedumbre, según aquello de Moisés: En la fe y la dulzura o lenidad de él lo hizo santo.

Basta lo dicho para deducir, sin riesgo de error, que en la santidad divina brilla toda pureza, inocencia, virtud y perfección, que merecen y atraen la veneración; que la encarnación del Verbo para la redención es una obra santa por todo extremo, en cuanto por ella se quiso redimir al mundo y santificarlo, y dar a Dios el tributo de gloria y el homenaje de justicia que le era debido, pues aquel misterio se operó para expiar debidamente los pecados del mundo, y satisfacer a Dios de la ofensa que le hizo en la culpa primera, por un modo adecuado a la infinita grandeza y dignidad suprema del Señor; que los antiguos, dado el pecado original, no concibieron la santidad sobre la tierra, si no estaba consagrada con sangre de la hostia o víctima del sacrificio de la ley antigua, figurativo del verdadero de Jesús, como si reconocieran implícita, pero elocuentemente, que no se podía llegar ni se podía dirigir el hombre a la santidad de Dios dignamente sino aspersado, y santificado y rociado con la sangre de la víctima, que preanunciaba la inmolación y el sacrificio del Hijo de Dios, lo cual, indudablemente, se celebraba entonces por una anticipación y figura de los méritos de Cristo venidero.

Colígese, por último, que la reproducción mística sobre el altar, del Sacrificio del Calvario y la sacratísima víctima, o sea la hostia y el cáliz, el cuerpo y la sangre de Cristo, que, aunque separados sacramentalmente, están unidos por concomitancia respectivamente a la humanidad y a la divinidad del Verbo divino, contiene todas las maneras de santidad, así porque Dios está allí y Dios es santo, como porque allí está la sangre que confirma, y el cuerpo que se inmola, y el sacrificio que se celebra sobre el ara, aunque de un modo incruento, y aun por la santificación que hace la sacrosanta víctima al que la recibe con la debida preparación y en estado de gracia. Síguese de todo ello que en la presencia real se halla toda santidad esencial, y la memoria eficaz de la redención, y que esto se ofrece a Dios omnipotente, en vía de homenaje y expiación por los pecados de los hombres, lo que es una santidad redentora; y, por fin, que todos estos misterios de santidad se nos comunican y trasmiten por la comunión, en la que puede el hombre crecer hasta llegar al varón perfecto, Cristo, con la gracia de Dios.

Hay, pues, en todo lo que dejamos indicado someramente, misterios de fe y de doctrina ascética, cuya trascendencia se armoniza con otras regiones de la vida humana de Cristo y de la sacramental, que queremos estudiar y meditar, para provecho propio y de los devotos de Jesús sacramentado.

Diríase que resultan dos nociones de la santidad, y sin embargo, no hay más que una: la santidad de Dios que, como todos sus atributos, son el mismo Dios, porque no tiene accidentes, ni condiciones, ni cualidades, ni virtudes, ni vicisitudes que alteren su esencia simplicísima, eterna e infinita. El apóstol dice que no hay en Dios mutación ni sombra de vicisitud. Es el que es. Mas, al propio tiempo, por la encarnación del Verbo comenzó a ser hombre, asumiendo así la humanidad entera.

De esta suprema condescendencia nace lo que los teólogos llaman comunicación de idiomas; de suerte que las acciones humanas de Cristo se aplican a Dios por la unidad de persona, que es el supuesto, sin dejar de tener Jesucristo dos entendimientos, el uno divino y el otro humano, y dos voluntades, la una divina y la otra humana. Hay más: porque en orden a la dulcísima materia de nuestra consideración actual, el alcance de la redención llega desde Adán, primer pecador en los días de la creación del hombre, hasta la última generación humana, que ha de ser el último día del mundo.

En proporción de estas ideas, la santidad redentora, por decirlo así, sin dejar de ser la santidad de Dios, al contacto del pecado, vino a bosquejarse y reposar en un nuevo concepto: el sacrificio; de suerte que, supuesta la culpa original del primer hombre, pudo decir San Pablo aquella célebre frase: "Sin efusión de sangre no hay remisión," aludiendo a la sangre de Cristo, a la inmolación que la derramó y a la mística reproducción del Sacrificio del Calvario sobre nuestros altares. Colígese, por tanto, para nuestro pobre entendimiento, que tiene la santidad dos conceptos. Santidad infinita, eterna, inmutable, que es la bondad, la pureza, el amor, y lo que nosotros llamamos sus atributos, que no son más que facetas a nuestra escasa vista, que mentalmente y de un modo inefable, son el mismo Dios. Y santidad que constituye el sacrificio de Cristo redentor. El compendio, la síntesis ¿cómo diríamos? la memoria reproductiva, y en algún modo extensiva, de la encarnación y de la redención, a todos los hijos y herederos de Cristo, se encierra en el tabernáculo de Dios con los hombres.

Dejando aparte la gran cuestión de si el Verbo se encarnaría si no hubiese existido el pecado de Adán, y de si no siendo precisa la redención viviría con nosotros treinta y tres años para realizar, como el complemento de la Creación, haciéndose el Criador criatura, y Dios hombre, hoy es de fe que Cristo por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y se encarnó por obra del Espíritu Santo,

tomando la naturaleza humana, cuanto a la materia, de María virgen, y se hizo hombre y fue crucificado, muerto y sepultado, y descendió a los infiernos y resucitó al tercero día, según las Escrituras, y ascendió al cielo y se sienta a la diestra del Padre, y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y los muertos. Porque copiamos literalmente estas palabras del Credo o símbolo de nuestra fe. Y también es dogmático que Cristo reside real y sustancialmente en la sacratísima eucaristía, no en forma dimensiva ni locativa, sino de un modo sacramental el cuerpo en la hostia y la sangre en el cáliz, por la fuerza de las palabras de la consagración, solo el cuerpo, y separada la sangre; mas por concomitancia con el cuerpo la sangre, el alma y la divinidad, y con la sangre el cuerpo, el alma y la divinidad. Está Cristo bajo las especies a manera de víctima que se inmola, aunque de un modo incruento, y reproduce mística y realmente el sacrificio del Calvario. De lo que se infiere que la santidad suma de Dios reside en la sagrada hostia, porque es Dios, el Verbo divino la persona del sacrificio que se celebra al consagrar las especies, y que está allí también la santidad bajo el otro concepto, porque místicamente se repite, se reproduce el sacrificio del Gólgota en el altar al celebrar la santa misa, y se hace también místicamente la destrucción de la vida, la occisión que forma el sacrificio, y se nos aplica el mérito de la redención, y luego se consuma cuando se comulga el sacerdote y cuando nos da la comunión. De modo que en el santísimo sacrificio se hallan los dos aspectos de la santidad que define y explica Alápide, extractando los santos padres.

Al discurrir y meditar por este horizonte que tales verdades abre ante la vista del cristiano, aun sin descifrar algo los augustos misterios, viene a la pluma, sin pensarlo, el primer verso del himno famoso Adorote devote... cuando dice: “Mi corazón todo se te sojuzga, porque contemplándote todo desfallece.”

Pero otro día, si Dios quiere, continuaremos.

 

II

 

Decíamos al terminar el artículo precedente que tal santidad, y por doble concepto, reúne la vida sacramental del Señor; que su natural consecuencia era infundir, en los que dan culto a la sacratísima hostia, una admiración profunda, o más bien asombro, que recuerda el himno en que se subordina y rinde el corazón a tan alto misterio, cuya contemplación hace desfallecer el espíritu.

Y en efecto, lo repetimos, allí está la santidad por esencia y la santidad redentora por el sacrificio, que son los dos aspectos de la santidad, que manifiesta el Verbo divino hecho hombre e inmolado místicamente en el altar. ¡Admirable síntesis! ¡Maravilla asombrosa de bondad y de misericordia, de justicia y de clemencia, de omnipotencia y de expiación! En una sola frase, santidad y fuente perenne de toda virtud y mérito, y espectáculo de la mayor condescendencia y santificación.

En el pasaje citado en estos mismos artículos de los comentarios de Alápide, referentes a la santidad, se alude también literalmente a la

profecía de Daniel que, después de prefijar el tiempo de la venida del mesías, añade que entonces será ungido el Santo de los santos; concepto profundo que encubre muchos misterios, pues el propio comentador añade, que esta unción significa que la humanidad de Jesucristo fue, en su pasión, ungida por el Espíritu Santo con el sacerdocio eterno para ofrecer el sacrificio de su misma vida sobre el ara de la cruz, por precio y rescate de nuestros pecados. Infiérese que a esta unción aludía, en algún modo misterioso, la frase será ungido el Santo de los santos, que usó el profeta en su vaticinio.

Esta idea trascendental induce a consideraciones importantes para que el contemplativo se forme, si esto fuese posible, un concepto aproximado de cómo Jesús, ahora en el altar y en el santo madero antes, reunió en su persona una santidad sobre excelente, ora por la persona del Verbo, que es Dios, y por lo mismo el solo santo, ora por la unción que recibió Cristo del Espíritu Santo, para ofrecerse al eterno Padre, como víctima expiatoria, por nuestras culpas, pues el propio oferente se inmola sobre el ara santa, y nos brinda allí la comunicación de todos sus méritos.

Se condensan, por tanto, admirablemente en el santo misterio muchos conceptos dignos de atenta consideración; pero acaso no hay ninguno que aventaje al sacerdocio de Cristo y a su unción como tal, según estaba profetizado por David en los salmos. Porque el sacerdocio y el sacrificio son ideas correlativas, como la oferta y la inmolación de la víctima; como que el sacerdote ofrece y hace la occisión o destrucción mística de la víctima, en que el misterio consiste, y la unción simboliza la investidura sacerdotal.

Dedúcese que, al expresar Daniel que a la venida del mesías sería ungido el Santo de los santos, anunció el sacerdocio, la víctima, la inmolación, la oferta y el sacrificio que debía redimir al mundo pecador. Y tiene una alianza secreta con estas ideas la de la santidad redentora, que venimos estudiando en éste y en el precedente artículo, y aún más lo aclara la voz Santo de los santos, que se halla escrita por el Profeta.

Adivinamos, pero no comprendemos bien, esta serie de revelaciones adorables, que parecen consecuencia indeclinable del pecado de Adán, o más bien de la redención del pecado. Estas conexiones secretas, pero profundas y tiernas, están esculpidas por un modo todo admirable en la hostia sacrosanta, y su estudio es una mina de dulzura inefable, que cautiva el corazón humano, y salta a la vida eterna cual fuente de agua viva. Por esto venimos sondeando cuanto es posible este abismo de amor, y meditando el arcano que el profeta rey expresó elocuentemente en el salmo LXXXIV por aquella frase: "La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se han besado. La verdad nació de la tierra, y la justicia la miró satisfecha desde el Cielo. Porque el Señor dará la benignidad y nuestra tierra dará su fruto."  (Sal 85 (84),  11,12 y 13.)

Cuando se contempla la presencia real a la luz de estas indicaciones; cuando se advierte que el doble concepto de la santidad, que dejamos expresado, está encerrado en la hostia sacrosanta; cuando con los ojos de la fe penetramos los velos del misterio eucarístico, y vemos allí la divinidad del Verbo que, como Dios, es la santidad por esencia, la humanidad redentora en acto de reproducción del sacrificio celebrado allí, como en la cruz, aunque en el altar de un modo incruento; cuando siente el corazón y cree la inteligencia que allí reside real y sustancialmente Cristo, a manera de víctima, sin que la occisión mística obste a la vida real, pues Cristo resucitado, como dice San Pablo, ya no muere, y la muerte no le dominará ya; cuando de esta vida gloriosa, y pasiva a un tiempo, inferimos que, en el augusto sacramento, Cristo se inmola actualmente y se ofrece por nosotros al eterno Padre, e intercede constantemente por nuestra salvación y ora y ama y atrae y socorre y alimenta y sostiene y clama por sus hermanos con voz valiosa y lágrimas, y se presta amoroso a la comunión del cristiano que le busca y desea; cuando, en fin, se meditan todos estos portentos inexplicables de condescendencia y de generosidad, parece que nuestra alma debía ir tras el olor de sus perfumes y entregarse toda, sin ninguna restricción, al Señor que la espera con clemencia inaudita y le promete la paz en el suelo y la gloria en la eternidad.

Uno sólo de los puntos de vista de esta maravilla sería sobrado para cautivar el corazón, y enajenar el hombre a las seducciones de esta tierra durante el corto tiempo de la vida. Pero el hombre ¡qué dolor! no quiere pensar en ello, ni corresponder a tanta fineza. Pensamos, a las veces, con horror, en los sayones del pretorio y en los verdugos de la crucifixión, y no advertimos que hay en la vida sacramental de Cristo un pretorio y un calvario, en que todos, por diversos modos, imponemos al Señor el martirio (si esto fuera posible) de nuestro desprecio, y la crucifixión misteriosa de nuestras culpas, que reproducen, cuanto depende de nuestra voluntad, actos parecidos a los de la pasión, aunque ya no pueden amenguar su gloria.

Si los conceptos diversos que se reúnen en la persona de Cristo, sacerdote y víctima, oferente y occiso, místicamente inmolado y glorioso a la vez, hostia y ministro del sacrificio, intercesor y precio de nuestro rescate, rey pacífico y prenda de gloria; si todos estos diferentes puntos de vista, decimos, se distribuyesen en diversas personas, cada una sería acreedora a todo nuestro amor y gratitud. Y porque todo esto se compendia en Cristo por una manera misericordiosa y admirable, ¿lo estimaremos menos? ¿O es que no creemos en este misterio de fe? Lo cierto es que no pensamos bastante en ello, y así pasa inadvertida esta serie de milagros, que rodean como una aureola mística la persona de Cristo en el Sacramento.

Su santidad por esencia, su santidad redentora y ¿cómo diríamos? comunicativa, sus carismas y sus mercedes, que allí nos brinda; su corazón lleno de ternura y afecto, que nos ofrece; su persona, que quiere entregarse a nosotros, y vivir en nosotros, para que nosotros vivamos en él, no excitan, en verdad, nuestros afectos, porque no meditamos en ello.

Mas esto no nos disculpa ni quita nada a la excelencia del misterio, ni amengua la grave ingratitud que maquinalmente cometemos, antes bien parece que se escucha del sagrario la palabra de Isaías: "¡Hijos crié y engrandecí, mas ellos me han despreciado!"

Volviendo al asunto del que parece que nos hemos desviado, la sagrada eucaristía comprende una completa y amorosa síntesis de la santidad bajo los dos conceptos que hemos insinuado; y, para acercar a nosotros esa virtud eucarística, el Verbo divino, unigénito del Padre, se encarnó, vivió, padeció, instituyó el adorable sacramento y engastó en él todos sus méritos y su pasión y muerte y todas sus maravillas.

La primera de estas afirmaciones la da el coloquio del Ángel con la Virgen, en cuyo momento aquél dice: "Lo que nacerá de ti se llamará Santo Hijo de Dios, [Lc 4, 86]," en lo que se alude a la santidad de Dios por esencia y la de Cristo por la unión hipostática.

Mas vuelve a presentarse el propio dualismo; es decir, la santidad esencial y la santidad redentora y expiatoria. De lo que se infiere que, así en la profecía de Daniel por la unción que previó, como en la anunciación y encarnación del Verbo, como en todos los pasajes [en] que se anuncia la santidad en los evangelios, siempre suena bajo el doble concepto indicado, y en el propio se predica la santidad condensada en la sacratísima hostia de salud.

¿Cómo y hasta qué punto nos comunica esta virtud eucarística la santísima comunión? O, a lo menos, ¿qué parte tiene ésta en el efecto de hacernos comunicativa la santidad mediante la institución del santísimo sacramento? He aquí un punto interesante que conviene escudriñar.

Desde luego se ve que en las obras de Dios no hay solución de continuidad, y manifiestan la firmeza en el decreto, la invariabilidad en los fines y la tenacidad en los medios empleados por quien, como dice el libro de la sabiduría, "toca al extremo con fuerza y dispone todo con suavidad." LS 1886, p. 121

 

III

 

Decíamos, al terminar el artículo precedente, que nos quedaba por examinar, supuesto que la santidad suma reside en la sagrada eucaristía, cómo y de qué suerte nos la comunica, y participamos de ella por la sagrada comunión.

Para tratar tan alta materia [se] nos acude la idea de buscar la doctrina fundamental en un gran teólogo, exento de toda censura, así por la seguridad de la doctrina, como por la reputación de que goza, y nadie mejor ciertamente que nuestro predilecto y frecuentado intérprete Cornelio Alápide.

Comentando éste el capítulo XVII del evangelio de San Juan, y en el verso XVII, dice así: "Cristo, como hombre, tuvo una triple santidad, que comunicó a los apóstoles y a los fieles. La primera fue infusa, es a saber: la gracia, la caridad y las demás virtudes, aplicadas por Dios al alma de Cristo, en el primer instante de su concepción, como Dios nos las infunde por los méritos de Cristo. La segunda fue la santidad divina, con la cual, sin duda, la misma divinidad es santísima, y es fuente de toda la santidad de los ángeles y de los hombres, pues ésta también tuvo Cristo en cuanto hombre, por la comunicación de idiomas, como que, por ella, los atributos de la divinidad, entre los cuales es uno la santidad, se atribuyen verdaderamente a Cristo hombre, puesto que subsiste en la misma persona del Verbo, con la divinidad. La tercera santidad de Cristo hombre, es hecha o causada por su misma unión hipostática con el Verbo, pues por ella precisamente la humanidad de Cristo fue santificada y hecha santísima; porque aunque Cristo, en cuanto hombre, no tuviese ninguna gracia infusa, su propia unión con el Verbo era su santificación y santidad. De aquí se sigue que la humanidad de Cristo, porque estaba unida al Verbo, no podía pecar, y era por tanto impecable y gratísima y aceptísima a Dios; por la cual razón, Cristo, en cuanto hombre, era Hijo de Dios, no adoptivo como nosotros, sino propio y natural.

De esta doctrina se infiere que Cristo nos puede comunicar la triple santidad: la infusa a su humanidad, la divina, y la que emana de la unión hipostática. Y como todo lo que Cristo tomó de nosotros nos lo confirió o dio para la salvación, como dice Santo Tomás(1), y se trascribe, en el segundo Nocturno del Oficio del Santísimo Sacramento, dedúcese que, por la comunión, Cristo nos comunica la triple santidad de que goza su humanidad.

El cómo, el grado, la intensidad de este don excelso es un misterio elevadísimo, que sólo Dios conoce, y que parece que guarda cierta inefable relación y proporción con los méritos de cada uno; esto es, ex opere operantis, aunque de sí el sacramento augusto produzca la gracia ex opere operato.

Hay más, porque según el autor citado, pues la santidad es la aversión del mundo y la conversión y unión con Dios, y con Cristo, deduce también Alápide, que por esto los apóstoles más convirtieron al mundo por la santidad y caridad ardiente, que por la predicación, pues con la voz tronaban, como con su vida fulguraban. Y de aquí que Cristo, en el pasaje comentado, en que pedía a Dios que santificase a los apóstoles, en verdad, no les quería trasmitir la sabiduría de Salomón, sino que impetraba de Dios la santidad para ellos.

La santidad es obra del corazón; la verdad es objeto del entendimiento.

A deducir de estas ideas y doctrina, la sagrada comunión de Cristo nos trae su santidad y nos la comunica con las propias condiciones, si así se pudiese decir, que residen en Cristo bajo el triple concepto arriba explicado.

Ante una verdad tan trascendental y provechosa para el hombre, parece que éste debía anonadarse y humillarse, haciéndose, cuanto es posible, digno por la contrición de recibir tamaña merced, y debía apresurarse a frecuentar la mesa celestial. Pero es tal nuestra miseria, y de tal manera nos preocupa la vida material y el humo de las pasiones, que no paramos en ello mientes, y con glacial indiferencia, olvidamos un tan grande beneficio. Resulta, por tanto, y hasta cierto punto, inútil para la mayor parte del linaje humano, aun de los creyentes, la proximidad de Dios a nosotros, en lo que, como dice el propio doctor angélico, aventaja nuestra familia cristiana a todas las naciones de la tierra, porque nunca tuvieron ni pretendieron tener cerca de sí a sus dioses como nosotros.

La locución de Santo Tomás semeja ser hiperbólica y exagerada, cuando dice que el Hijo Unigénito de Dios, queriéndonos hacer participantes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza para que, hecho hombre, los hombres resultasen hechos dioses; y sin embargo, esto es rigurosamente cierto y verdadero, puesto caso que en presencia de la doctrina teológica en este mismo artículo copiada de Alápide, la divinidad, esto es, su gracia, descendió a la humanidad de Cristo por infusión, por unión, y por la hipóstasis divina, y reside en el sacramento adorable de nuestros altares, y cuando se nos comunica la humanidad con su cuerpo y su persona en el altar, van por concomitancia los atributos inseparables de la humanidad, y se realiza por la comunión, en algún modo misterioso, literalmente lo que anunció el ángel de las escuelas.

Y suponiendo todo esto, ¿cómo se disculpa nuestra frialdad para con tan excelso favor? ¿Por qué desdeña el hombre tamaño don, que tan a su alcance se le brinda? No se sabe contestar.

Por otra parte, ¿con qué disposiciones ha de acercarse el hombre a recibir semejante beneficio? No hay humildad que baste, ni purificación suficiente, para acercarse a la fuente de salud divina, que atesora el sacramento augusto; no hay conceptos ni frases adecuadas a tan insigne merced, ni manera humana de agradecerla. Pero tampoco se concibe, cómo sin una preparación especial, y sin una humildad profunda, puede aquél asimilarse las riquezas espirituales, que nos ofrece el divino banquete. Porque hay en el espíritu humano una especie de impenetrabilidad, respecto del objeto que le atrae y lo asimila a sí, tal que no admite dualidad, y hay como un imposible metafísico en que el alma del hombre se halle a un tiempo preocupada de objetos contrarios. Eso no puede ser. Así como se excluyen esencialmente la luz y las tinieblas, se contraponen y no pueden coexistir a un mismo tiempo en el entendimiento y corazón humanos, Dios y las criaturas, en lo que toca a residir a un mismo tiempo en el afecto del hombre.

Aplicando a este punto concreto lo que hemos tomado de Santo Tomás, recordaremos la noción esencial de la santidad, que es aversión de la criatura y conversión a Dios, así como la impiedad implica la idea de aversión de Dios y conversión a la criatura, y por eso no pueden coexistir los dos predicados en un mismo sujeto, y a un mismo tiempo.

De aquí se sigue que en algún modo, y supuesto lo suponible, la misma santidad pende de nuestra voluntad que, rehusando las excitaciones de la gracia divina, y manteniendo el corazón apartado de Dios, se imposibilita de recibir sus gracias, sobre todo aquella a que nos venimos especialmente refiriendo.

Y, por el contrario, a cualquiera distancia que el hombre se halle de Dios, si logra pararse, y escuchar las solicitudes de la gracia, puede iniciar por un buen propósito, el retorno a Dios y comenzar, por decirlo así, la carrera de la santidad.

La que produce y comunica el santísimo sacramento está a nuestro alcance, mediante la contrición y preparación adecuadas, pues jamás falta la voluntad de Dios para comunicárnosla. Pero, así como la tierra que no está bien removida, y dispuesta no produce el fruto debido por excelente que sea la semilla que en ella se deposita, así acontece con la sagrada comunión que, recibida sin las disposiciones necesarias, no alcanza los efectos sobrenaturales que debiera, y resulta relativamente ineficaz, y escasos los frutos de su recepción.

Está allí tan cerca de nosotros la santidad de Dios, tan a nuestro alcance, digamos así, participar de ella, que asombra que no alarguemos la mano al árbol de vida, que tan bellos y preciosos frutos nos ofrece. Y, sin embargo, nos esquivamos de recibir, ora por indolencia o fastidio, que es el menor de los obstáculos que sentimos; ora por el alejamiento voluntario; y lo que es peor, apasionamiento a los frutos de la tierra, sin advertir que, como dicen los libros santos, faltó para los hebreos el maná cuando comieron de los frutos de la tierra prometida; y así acontece con los goces del sentido, aun con los más lícitos, usados inmoderadamente, que nos enajenan el gusto del maná de la nueva ley de gracia, y no podemos gustar sus dulzuras.

Algo nos hemos alejado del propósito en la extensión de este artículo, encaminado en primer término a la manera de comunicarnos la santidad de Cristo en la comunión sacramental, pues a la exposición de la doctrina debía corresponder un desarrollo más completo en la parte mística de la materia iniciada; pero acaso no sea inútil para el propósito en los términos que viene escrita.

De todos modos, en esta corta serie de artículos de la santidad queda bosquejado, aunque someramente, cómo se halla en el sacramento esta sublime virtud, y cómo se nos comunica por él, lo que era nuestro objeto preferido y que recomendamos a la indulgencia de nuestros lectores. LS 1886, p. 161

(1)   Sermón de Santo Tomás, Oficio del Santísimo.

  

SIN PECADO

 

En el capítulo VIII, verso 46 del Evangelio de San Juan, se lee que el Señor dijo a los judíos esta notable frase: "¿Quién me acusará de pecado?" Y comentándola nuestro predilecto intérprete A. Lápide, y citando a San Ambrosio, hace notar que "Jesucristo era impecable ya por la visión beatífica de que gozaba; pues que los bienaventurados como ven a Dios y lo aman, son impecables, puesto que conocen que es el sumo bien, y lo aman con todas sus fuerzas, no pueden querer nada que le desplazca; ya por la unión hipostática de la humanidad con el Verbo, porque su humanidad subsistía en la persona del Verbo, y por esto Jesucristo conservaba su humanidad inmune de todo pecado y en plena santidad; porque si la humanidad de Cristo pecase, la persona del Verbo pecaría, lo que es imposible, puesto que las virtudes o las acciones de virtud o de vicio, son de las personas y a ellas se atribuyen."

Tal es la doctrina, y de ella se sigue por una consecuencia indeclinable, que nuestro divino salvador es también impecable en su vida sacramental, y puede reproducir la pregunta a que nos referimos. Isaías lo había profetizado(1) cuando decía: "Llevó sobre sí nuestras languideces, y sufrió nuestros dolores, y fue considerado como leproso y herido por Dios y humillado. Pero él fue herido y llagado por nuestras iniquidades, y magullado por nuestros pecados." San Pablo(2), a su vez, añade que Dios, enviando a su Hijo en semejanza de la carne de pecado, ha condenado el pecado, y esta carne inocente a causa del pecado, y de la semejanza de la carne de pecado, el presbítero Sagette expone que tomó las cualidades, las pasiones, los movimientos y las debilidades, las miserias y los dolores de la humanidad; pero no podía tomar las inclinaciones al mal, las concupiscencias, ni el pecado. Ha tomado la naturaleza degradada, menos el pecado, para levantarla a las alturas divinas. La satisfacción que ofreció a Dios era infinita como la ofensa y el ultraje y la santidad ultrajada, y convenía, como vuelve a decir San Pablo(3), que nuestro pontífice fuese inocente, inmaculado y separado de los pecadores y más elevado que los cielos.

Luego por esto pudo morir y redimirnos con la dolorosa pasión y muerte. En el altar renueva su sacrificio y continúa inmolándose místicamente en estado de víctima. San Pedro(4) atestigua lo mismo asegurando, que llevó nuestros pecados sobre el leño de la cruz, para que muertos a los pecados vivamos a la justicia. Por eso es santo, como pontífice y como víctima; por eso santifica y embellece la comunión el alma humana; por eso la eucaristía es la gloria y la belleza del alma; por eso la eucaristía honra a Dios, y por eso, en fin, la recepción de la sagrada hostia en pecado es un horrendo sacrilegio que une la culpa con la santidad infinita de Dios.

Pero no venimos precisamente a demostrar ninguna de estas ideas que se deducen lógica y naturalmente de la que proclamó el Señor en el Evangelio de San Juan, sino a invitar a nuestros lectores a meditar sobre la belleza del sacramento augusto, mirado a la luz de aquellas verdades, y hasta qué punto reclama nuestra admiración y nuestro amor, nuestra contrición y nuestra humildad, el atributo divino de la santidad en el misterio de nuestros tabernáculos, así como la gratitud que reclama tamaño beneficio.

Ahora podremos interrogarnos. ¿Quién se acercará al sagrado convite eucarístico que no haya pecado? ¿Quién osaría acercarse, si no fuese precepto? ¿Quién se creería digno de recibir al Señor después de haberle ofendido, aun perdonado y lavado en las fuentes de la penitencia? ¿Quién no admirará la amorosa condescendencia de tomar nuestra carne el Verbo para hacerla objeto de la ira de Dios contra los pecadores, y después la de quedarse bajo las especies sacramentales, no sólo para perpetuar místicamente los méritos de su pasión y muerte, sino también para unirnos a sí y trasfundirnos su vida y tomar la nuestra como asegura el evangelio?

Ante este orden de consideraciones, el hombre debía anonadarse y confundirse, llegando con temor y temblor a la mesa celestial.

La sola idea de haberle ofendido una vez en el discurso de la vida, aunque no fuese gravemente, debía helar de espanto al comulgante o cuando menos producir en su entendimiento admiración y asombro de la bondad de Dios al otorgarnos tan señalada merced, no obstante las culpas pasadas, siquiera hayan sido lavadas con el agua lustral del sacramento de la penitencia.

Y sin embargo, hay comuniones frías, de hábito, sin la debida advertencia y sin la humildad que reclama un tan excelso favor de Dios. Y lo que todavía es más horrendo, hay comuniones sacrílegas que hacen los hombres en pos de una confesión mal preparada, menos sincera de lo que era menester y con tibios propósitos. Y sin embargo, aun aquellas comuniones que carecen de esos defectos no se agradecen, no se digieren espiritualmente, o se agradecen poco, y el infeliz que las recibe no cuida después de vencer sus malos hábitos, y no estima en lo que se merece esta prenda segura de salvación.

Líbrenos Dios del riesgo de alejar del festín nupcial de la eucaristía a los que hacen lo que pueden para hallarse bien dispuestos a tan insigne favor del Señor. Pero guárdenos también Dios de callar ante el espectáculo de los que se sientan a la mesa del banquete celestial sin disponerse bien y aun después de haberse lavado en la piscina probática del sacramento de perdón, sin meditar detenidamente su indignidad y reconocerla con humildad ante las gradas del altar.

La preparación y las gracias son dos condiciones necesarias para los frutos del augusto sacramento, y ambas circunstancias faltan en muchas de las ocasiones que el hombre recibe a Dios-hombre bajo las especies eucarísticas.

¿Quién es Jesús y quién somos nosotros? Debemos preguntarnos antes y después de tomar la sagrada hostia de salud. Y contestando a esta sencilla pregunta hemos de recordar la frase evangélica. Si el Señor nos ha dicho ¿quién me argüirá de pecado? debemos dirigirnos la contraria interrogación. ¿Quién se aproximará al comulgatorio sin haber pecado alguna vez? El contraste es evidente, y por ilación inevitable hay que inferir que aquí, en las avenidas del banquete, se colocan los pecadores, y vienen a tomar indevotamente a una persona divina y humana, o más propiamente hablando, a una humanidad asumida por la divinidad y exenta de toda sombra de pecado.

La cuestión es tremenda: el precepto de comulgar explícito y terminante, y la indignidad innegable, si se mira a la dignidad en sentido recto y literal. Y esto es tan claro, como que aun a la Santísima Virgen, concebida sin mancha original y destituida de toda culpa, no se la reconoce hábil para el misterio de la encarnación, sino de congruo, como dicen los teólogos, pero no de condigno, y el himno famoso de San Ambrosio se expresa así: "Tú, para libertar al hombre, no te has horrorizado del vientre virginal de María."

¿Qué será para nosotros los pecadores, en quienes viene el Señor a morar? ¿Cómo podríamos hacernos dignos, guardada la comparación con la pureza de María Santísima?

A pesar de todo lo dicho, Jesús se quedó entre nosotros para dársenos. Conocía nuestra incapacidad para merecerlo, aun exentos de culpa actual, y no obstante, quiere que, apenas indultados de la culpa en el tribunal y redimidos de la pena eterna por la absolución, le recibamos, y quiere habitar en nosotros, y limpiar toda lágrima de nuestros ojos, y coexistir con nosotros por medio de una vida que nos sea común, y que nos afirma que es recíproca, para asimilarnos a sí, cual si no hubiésemos pecado.

Es preciso recordar a este propósito lo que dice un santo padre: "Si me hablan de la encarnación, de la redención y de la comunión, digo que es imposible y que no lo creo. Pero luego que me dicen que todo se hizo por amor, ya lo creo."

Más aun así, importa advertir con detenimiento este extremo del amor divino, para engendrar en el alma sentimientos de compunción y de contrición perfecta, procurando penetrar lo profundo de este inefable amor para apreciarlo en todo lo que vale semejante don y recibirlo humilde y fervorosamente, y luego dar gracias con toda la detención posible y sacar de este manantial inagotable el agua pura que salta a la vida eterna, todas las riquezas que comprende el don de Dios.

Esto demanda la comunión del pecador siquiera convertido a la gracia del Señor. A esto conduce la serie de razonamientos que hemos apuntado someramente.

Poniendo en parangón dos términos tan distantes, el pecador y el impecable, el hombre y Dios, el Criador y la criatura, se da lugar al asombro y al temor. Olvidando, por justas razones de caridad al prójimo, lo que debe acontecer a los demás, y suponiéndoles mejores que nosotros, en lo que no nos engañaremos, queda aún pavoroso el misterio y la maravilla en toda su ingenua grandeza: Dios y yo. Porque la comunión hay que contemplarla en la esfera individual, por lo mismo que es una encarnación segunda y una aplicación personal de los méritos de Jesucristo, con la secuela de la compenetración de ambas personas y la recíproca comunicación de una en otra vida: la de Dios en el hombre, y la del hombre en Dios.

Aunque no hubiese más que un hombre en el mundo y a él sólo fuese otorgado el beneficio, siempre sería asombroso. Decimos más: aunque se trate de un beneficio general, debe considerarse por cada uno como personal y aplicable al que lo contempla y lo va a gozar. Porque el que sea general el don, no quita ni pone nada al don individual, y en cada uno de los comulgantes se consuma el misterio de la comunión.

Pero va ya alargándose este artículo más de lo acostumbrado, y ponemos por hoy punto al presente estudio. LS 1883, 161

(1)     Cap. LIII. 4,5

(2)     Romanos, 3.

(3)     Hebreos, VIII, 26 y 27.

(4)     San Pedro II, verso 21 y 22.


 

 

RIQUEZA

 

I

 

La frase de San Pablo : "Dios es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan", conviene perfectamente a la presencia real de Cristo en la adorable hostia, porque ella es un tesoro inagotable de poder, de riqueza y de amor, verdad consoladora que nos brinda la fe como efecto inmediato de la providencia y de la solicitud paternal que ejerce el Señor con sus criaturas. Y, por lo mismo, está escrito  que "los ojos de todos esperan en ti y les das (Señor) el alimento oportuno; abres tu mano y colmas todo animal de bendición."

Pero no venimos precisamente a comprobar este dogma, sino a estudiar por este prisma, la eficacia del augusto sacramento, llamando la atención del lector a esta hermosa virtud de la eucaristía y a las riquezas que atesora.

En efecto: posee en su seno la divinidad y la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, sus méritos todos y sus preciosos carismas, los atributos de Dios y, sobre todo, hace la reproducción mística de la pasión del Salvador del mundo. Es más, y acaso sea lo principal, encierra la sagrada hostia la vida perenne de Cristo bajo las especies, su acción constante y tutelar y, en especial, su voluntad innegable de comunicársenos a medida de nuestro deseo y de nuestra devoción; y esto nos es preciso por aquello de San Agustín: "El que te redimió sin ti, no te salvará sin ti." Además, los beneficios no se aplican sino a los que los quieren, y en punto a la forma del don y a sus efectos, según la conocida frase de Santo Tomás: Quod accipitur, in modum recipientis accipitur; o lo que es lo mismo, traduciendo la sentencia al lenguaje castellano: "Lo que se recibe, se recibe según la medida del recipiente." De lo que se infiere que, aun los dones de Dios, aprovechan y se acrecientan o hacen pocos frutos, según la capacidad del que los admite y en la medida y proporción de la aceptación y de la disposición del recipiente.

Todas estas indicaciones merecen una reflexión profunda y detenida, que aumentará en los fieles la devoción y les acrecentará los deseos de aprovechar el don sobre excelente de la sagrada comunión; porque, en último término, cuando se trata de la eucaristía, es innegable que se aprecia su mérito infinito, no sólo por el motivo de la presencia real, que ya es un beneficio inconmensurable, sino por el de su aplicación al hombre, mediante la comunión sacramental. En otros términos, se puede decir, con el padre Tesnière, que en este misterio de amor divino, no sólo ha de considerarse la cohesión del hombre con Dios, sino la inhesión  de Cristo en el hombre, y los efectos para alcanzar la perfección, que tan maravillosa unión prepara y causa, y para vencer a los enemigos del alma, para perseverar en el bien y para lograr aumento de gracia y de gloria; que es, por decirlo de algún modo, el fin que su divina majestad se propuso en esta suprema merced.

Condensando y compendiando los pensamientos que hemos bosquejado, la sagrada comunión es un gran remedio, farmacum, un principio de vida sobrenatural, una prenda de resurrección, una vianda espiritual que nutre el alma y la conforta, un germen de la vida en Cristo, mientras permanecemos en este valle de lágrimas; una bebida salutífera y regeneradora, que regocija el corazón, y una fuerza misteriosa que hace al cristiano miembro de Cristo, ya que este Señor es cabeza mística de los que le reciben dignamente, y semilla divina que asume al comulgante y le transfiere y comunica la misma vida de Cristo, sin menoscabo de su libertad, ni detracción del mérito que la cooperación voluntaria da al cristiano.

Todos estos frutos hacen el tesoro del creyente y le suministran un auxilio oportuno.

Todos estos supremos esfuerzos se compendian en uno que entienden así los padres llamándola por su nombre, comunión.

Todas sus gracias se reúnen en Cristo, que se hospeda en el augusto sacramento; y quien las aprovechare, encontrará la suavidad que nos prometió cuando vino al mundo; promesa que cumple y ejecuta como lo perciben nuestros amigos, con el pensamiento resuelto de venir a identificarse con sus hijos, por ministerio de la presencia real.

¿Qué riquezas se vinculan en el Señor sacramentado? Pues, para el espíritu, todas las que lo ensanchan y ennoblecen, dándole fuerza para conseguir las virtudes que vienen como ingeridas en el sacramento, y aun para el cuerpo, algunas veces lo vigoriza y sana de sus dolencias, y así obró en su vida mortal, como que dicen los santos evangelios, que curaba el Señor a todos los dolientes que acudían a él.

Mas, sobre todo, por la sagrada comunión los que la reciben se hacen dioses, según la bella frase de Santo Tomás, de que para esto se hizo hombre; porque, en esta agregación de Cristo a nosotros, él nos asume y vivifica, de lo que resulta que la comunión es la deificación del hombre, lo que aplica y extiende el M. R. P. Tesnière, por un perfecto sorites , hasta a las acciones del hombre que recibe a Dios, que, según el sabio escritor, se hacen en algún modo divinas, por el principio de que emanan, por la cooperación y auxilio eficaz que suponen, y por el fin a que se dirigen. Es tan bello y convincente el razonamiento del padre, de quien nos hacemos el honor de decirnos amigos, que pensamos traducirlo y publicar en esta revista el fragmento de su obra, a la que nos referimos.

Mas, volviendo a nuestro objeto y fijando la atención en un solo punto, la mayor riqueza y la mayor belleza de Jesús sacramentado es interior, y se comunica directamente al alma del que le recibe, transmitiéndose de corazón a corazón, de alma a alma, de Cristo al que le recibe y, en debida correspondencia del que lo recibió a Cristo, pues se encuentran y en algún modo místico, se unen los corazones (obviaverunt sibi), como de la justicia y de la misericordia dice el Salmo

A este propósito, pues, aunque todos los dones que el hombre puede recibir proceden, como de manantial inagotable, del Señor de todas las cosas, que reina en el sagrario, como en trono de gracia y sede de gloria oculta, que le estaba preparada ab aeterno, lo más íntimo, lo más preciado, lo más espiritual y silenciosamente comunicado, como en el oculto depósito, que forman allá en las profundidades de la tierra las filtraciones o ascensiones de recóndito manantial por tubos capilares trascienden a formar la corriente más pura del precioso liquido, así diríamos que hacen las comunicaciones íntimas, y cómo diríamos, los latidos del corazón de Jesús sacramentado. De allí o desde allí, el alma de Cristo, hija del rey, se pone en misteriosa inteligencia con el alma del comulgante y le comunica dones supremos que la transfiguran y, en alguna manera, metafórica al menos, la transustancian, viviendo Jesús en el hombre y el hombre en Jesús, a punto de poder decir con San Pablo, el mortal favorecido: "Vivo yo, ya no yo, sino Cristo, por el cuerpo de Cristo, vive en mí. "

Entonces, por el contacto misterioso de los dos espíritus, que podría decirse hiperbólicamente que se trasfunden, se establece un divino comercio de voluntades, en que la una se rinde por amor y la otra rige por amor, como soberana, y se establece una mutua afinidad de corazones, que laten al unísono y que se hacen uno, por la voluntad y el deseo, de manera que forman una unidad misteriosa.

En esta recíproca relación descienden al alma humana desde la del Hijo de Dios, consuelos inefables para llevar la cruz y convertir sus dolores en escalones de perfección y acrecentamientos de caridad, puesto que los toques de la divina gracia derraman en el corazón un bálsamo que dulcifica las heridas más dolorosas y dan fuerzas que hacen llevar, con una dulce paciencia, las tribulaciones de la vida y que tornan en flores, que dan exquisitos frutos, las punzantes espinas de la corona que el Señor ofrece a los que le aman, como esponsales de la unión del alma humana con su Dios.

No es fácil a la pluma trasladar al papel lo que concibe o adivina el corazón, sin comprenderlo, de ese misterio dulcísimo, que venimos tratando, sin haberlo pensado bien, y como llevados insensiblemente a esta región sublime, que el hombre no comprende, sino cuando a ella fue conducido por Dios.

Nos habíamos propuesto otra cosa, si no diversa esencialmente, menos expuesta a riesgos de error. Pero hecho ya y dicho lo que este artículo contiene, sirva de prólogo o introducción al tratado de las riquezas, que abriga en su seno el corazón deífico de Jesús, de los tesoros inagotables que nos facilita y a referir algo de esto con respecto a la comunión sacramental.

Continuaremos. LS 1889, p. 81

 

II

 

Continuando el propósito, advertimos que la palabra que encabeza estos artículos no sería, propiamente hablando, una virtud eucarística, si en el texto de San Pablo, que hemos citado al comenzarlos, no estuviera la riqueza en relación con la aplicación de ella, y con la voluntad de darse a todos, los que invocan al Señor; porque siendo la bondad por esencia, quiere comunicarse a sus criaturas; y por tanto, al descender el Verbo al seno purísimo de María, lo hizo para acercarse a nosotros y, lo que conviene más al propósito, quiso venir más cerca, digámoslo así, comunicársenos mejor, con todos sus dones, en el augusto sacramento, por tal de operar en cada uno de los fieles, el misterio que celebró con la humanidad en el claustro virginal de su excelsa madre, toda vez que la sagrada eucaristía es una extensión de la encarnación a todos y a cada uno de los llamados al divino banquete; y, penetrando más adelante en este hermoso arcano de inefable caridad, se observa que aquí la riqueza va implícitamente como don. Porque es, para todos los que le invocan, es decir, para todos sin excepción, grandes y pequeños, buenos y menos buenos.

Es asombroso y, con todo eso es verdad, que el apóstol proclama a Cristo Señor de todas las cosas y, a renglón seguido, rico para dar a todos los que le invocan. Así entendido el texto, la interpretación mejor es que, al don no le pone límites y que significa una corriente perenne, una efusión continua, una comunicación sin tasa, una donación sin límites del tesoro, sin medida, ni detracción, ni negativa, ni repulsión, ni excepción de persona alguna. Con una voluntad sincera, generosa, perseverante, infinita, que parece pone en nuestros labios las frases del profeta: Obtupescite, caeli, et portae ejus desolamini vehementer. Duo enim mala fecit populus meus. Derelinquerunt me, fontem aquae vivae, et foderunt sibi cisternas disipatas, quae continere non possunt aquas: "Asombraos, cielos, y puertas del cielo desolaos vehementemente, porque dos males hizo mi pueblo. Me dejaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron para sí cisternas rotas, que no pueden contener las aguas." Esta es la idea que se ocurre, al considerar la riqueza de la presencia real y la necedad de nuestro abandono de tamaño tesoro, por dones y goces efímeros. De todas suertes, tomando el inefable misterio como asunto y hecho, a primera vista inverosímil, sin contradecir el punto de fe, antes bien dejándolo supuesto y admitido, conduce a estimarlo exceso de caridad y a conjeturar el abismo insondable que salvó la divina misericordia, al anonadarse hasta el extremo de hacerse objeto del don y al precipitarse de lo alto de su solio eterno el Verbo divino, hasta las condiciones de que se rodeó en el augusto sacramento. "Se levantó como gigante, dice el salmo, para correr la vía, y llegó en su tránsito hasta lo sumo, que viene a ser hasta lo infinito, que alcanza su poder, a la orden de su amor." Se hizo hombre, primer tránsito; se hizo víctima, segundo; se hizo pan del cielo, tercero, y luego, todavía más, usando de su omnipotencia, se mantiene bajo el velo de las especies sacramentales, para ofrecerse y darse más cómoda y calladamente. Es una serie de maravillas, en que nos dio el Señor prueba de su infinito poder, para avecinarse a la nada, conservando al propio tiempo todo el caudal de sus atributos y méritos y dones, para venir disfrazado y escondido, a nuestro pecho, sin detracción de nada de lo que es y de lo que posee, como Dios y como hombre, a prueba de desdenes, agravios o ingratitud.

Tal es su riqueza para todos; y repetimos esto, porque la mayor de las riquezas es su corazón y el afecto intenso, que rebosa, es para todos. De lo que se infiere que la voz aquí no tanto expresa depósito, tesoro que se custodia, como manantial de curso perenne, fuente corriente de bondad y rayo de vivísima luz, que a nadie ciega S. D. M ., antes bien, se ofrece a todos y cada uno, largamente y de continuo.

Considerando este dogma del amor divino, la presencia real, se nos presenta magnífico y espléndido beneficio, que costaría mucho creer, si no fuese de fe, y si no estuviese en secreta y profunda relación con una necesidad sentida, allá en lo más recóndito del corazón humano, que anhela la unión por amor y tiende a la unidad por comunión o común y recíproca unión con el amado.

Síguese de la aplicación del texto del profeta, que el alejamiento de la mesa celestial, acusa en el hombre una tibieza inexcusable y un abandono increíble de la anticipada bienaventuranza, que en la comunión sacramental nos brinda el Señor.

El don es tan grande que observa un padre de la Iglesia, que, aunque Dios es omnipotente, no puede dar más; aunque es infinitamente bueno, no desearía dar más, y, aunque es sabio infinitamente, no sabría dar más, pues se da a sí propio, con todo lo que tiene, sabe y puede.

Mas, volviendo al intento principal, del que en apariencia nos hemos desviado, lo precioso de la donación es el afecto, la fina voluntad y el amor, con que el Señor se entrega a nosotros, con inmenso deseo de que, por nuestra parte, acrecentemos la devoción, nos evacuemos de nosotros mismos y nos limpiemos de toda imperfección y culpa, aun venial, y de todo apego, aun liviano y natural, para llenarnos y henchirnos de su inefable amor y ascender con él a las mayores y más elevadas gradas de la caridad, que nos une al Señor y le permite asumir nuestra vida, para vivir Cristo en nosotros y nosotros en él, según expresa el evangelio.

¡Qué tesoros de ternura comunicará Cristo al que le recibe bien dispuesto! ¡Qué dulzuras inefables atesora allí, con vivísimo anhelo de darnos de ellas participación! La fe nos los asegura y el corazón, aun tan frío como es el de quien estas líneas traza, lo siente en la comunión. Lo creemos; pero no lo sabemos explicar, ni comprender, ni menos aprovechar. ¡Pluguiera a Dios prestarnos una luz sobrenatural, aunque no fuese más que con el fin de transmitir alguna noción de ello a nuestros lectores!

Sin esperar ni merecer semejante favor, nos asalta una consideración y vamos a exponerla, sometiéndola, como todos nuestros pobres conceptos, a la censura eclesiástica.

Los efectos son proporcionados a la causa que los produce, a la intención del agente, a la necesidad del sujeto para quien se destinan, y a los medios, que emplea el primero, para alcanzar su fin. Este principio es, a nuestro entender, rigurosamente lógico. Apliquémoslo al punto que nos hemos propuesto estudiar.

La causa es Dios, infinito, todopoderoso, bueno, magnánimo, y todos estos atributos son en Dios infinitos, pues sus atributos son él mismo. Los medios de que se valió el omnipotente son: la encarnación, la vida oculta, la vida pública, la pasión de Cristo, su muerte, la redención, su resurrección, su ascensión, la venida del Espíritu Santo, nuestra vocación y, en fin, la institución del santísimo sacramento. Todos estos beneficios son escalones, por los que Dios, desde lo alto del cielo, descendió hasta la comunión, en la que Cristo permanece sustancial y realmente, pero anonadado, se exinanivit; y, lo que es más, sin resistencia, hasta sufrir la comunión sacrílega; sin voz, hasta tolerar silencioso la blasfemia; sin oponerse hasta a que le reciba el malvado, el descreído, el pecador recalcitrante, no convertido, ni agradecido. Permanece allí escondido, encubierto, velado y hasta obediente al hombre.

Si tanto padeció para venir y tanto sufre en su presencia y cohabitación con el hombre, ¿con qué deseo, con cuánto amor, con qué sublime gozo, abandono y voluntad anhelosa, se entregará a los que lo merecen, cuanto cabe? La contestación es obvia para sentida, imposible para explicada.

Pero, si examinamos el propósito por el prisma de nuestra necesidad, cuán profunda es la que tenemos de Dios, mediante nuestra miseria, fragilidad y pequeñez! Tampoco es fácil dar conveniente idea de ello; sólo nos puede ofrecer un rayo de luz el conocimiento del propio corazón, el estudio profundo de nuestra debilidad o inconstancia.

Y, sin embargo, de todas estas dificultades de comprender y explicar lo que de suyo es inimaginable, incomprensible o inexplicable, hay un pequeño criterio y como un presentimiento o indicio en el fondo de nuestra alma. Sí, hay un vacío inmenso, una orfandad lamentable, una insaciable sed de Dios, que amarga la vida, una necesidad que nada satisface, puesto que, como dice elocuentemente Lacordaire, no bastan mil mundos para saciar esa hambre de afecto sincero, inmenso y desinteresado, puesto que abriga el corazón humano, en alguna manera infinito, sed que se anuncia por una tristeza, que derrama una gota de hiel de áspides en el fondo del vaso de los placeres. Después de saciarse todas las pasiones humanas, queda una codicia de amar y ser amado sin medida, que no se apaga; así como se halla después de toda pena, pacientemente sufrida, una consolación inefable, que no se explica.

Pues bien: la extinción de esa sed devoradora, el vacío de ese sentimiento nunca satisfecho, el apagamiento de esa necesidad siempre en pie, el afecto ilimitado, que late sin encontrar compensación en lo profundo del alma, el hallazgo de ese afecto desinteresado, y que llega a nosotros por sacrificio, el amante apasionado que busca en vano el hombre, es Jesús en la comunión. Ésta es la bienaventuranza que se nos anticipa, de la eternidad que nos asegura.

¿Por qué no se halla? ¿Por qué, recibiendo a Dios, no sentimos ni encontramos esa riqueza, ese tesoro, esa dicha inefable, que comunica y posee el Dios-hombre, y que la posee, y la tomó, y la reservó para nosotros?

Dejemos estas preguntas sin respuesta por hoy, porque se va haciendo muy largo este artículo y la contestación es prolija.

Otro día continuaremos.  LS 1883, p.121

  

III

 

Preguntábamos, al suspender nuestra tarea en el artículo anterior: ¿Por qué no se halla en la sagrada comunión, ni sentimos, ni encontramos, al recibir a Dios, esa riqueza, ese tesoro, esa dicha inefable, que comunica y posee el Dios-hombre, y que la posee y la tomó y la reservó para nosotros? Y hemos aplazado la respuesta, que venimos a bosquejar, porque la materia es vasta y difícil tratarla someramente, aunque pudiéramos tener suficiente instrucción para estudiarla a fondo, pues entraña una de las más interesantes cuestiones de la teología ascética.

El sabio teólogo español Suárez, el cardenal de Lugo y, utilizando el trabajo de ellos, el R. P. Tesnière, en su novísima obra Suma de la Predicación Eucarística, tomo II, conferencia décima quinta a la vigésima primera, exponen, magistralmente y de propósito, lo que hay sobre tan interesante asunto, que debía ocupar seriamente a todos los fieles; pero con mayor especialidad a los que tienen la dicha inestimable de recibir al Señor con frecuencia.

Conduce a nuestro propósito dar alguna idea de estos estudios profundos y trascendentales, toda vez que, ya lo hemos dicho varias veces y lo atestigua la portada de nuestra revista, el procurar la comunión frecuente y hacerla fervorosa, ha sido el objeto predilecto de esta pobre publicación. Presentíamos, y ahora sabemos, que no hay un problema menos escudriñado ni más trascendente. Y tanto lo creemos así, que si, tras el estudio, viniese la práctica de lo que del examen resulta, se cambiaría la faz del mundo, como es evidente, porque la presencia real es la mina más rica que el hombre puede hallar; y, como la comunión nos brinda todos estos tesoros, infiérese que aprovechar el banquete eucarístico es el secreto de tal merced que el Señor nos ofrece y que conduce indefectiblemente a la santidad; así como la asistencia a la mesa divina, sin advertir y asimilarse lo que vale y los beneficios que de tan sublime acción pueden redundar al hombre, acusa una culpable tibieza y la pérdida del talento que nos entrega personalmente nuestro divino salvador. Creemos dichosos a los que pueden contribuir, en cualquier forma que sea, a mejorar a sus hermanos y a abrirles, por decirlo así, el apetito del alma, para utilizar esta dicha de un modo congruente, ya que de un modo condigno no es posible, y aspiramos a semejante felicidad.

Los obstáculos que al mayor fruto de la comunión se oponen, en su mayor parte, vienen del hombre mismo, excepción hecha de los que el Señor permite o envía para prueba de la virtud, para ejercicio de la fe y para aumento de la caridad. Tal idea se presenta clara y palpable, toda vez que Dios nuestro Señor instituyó la sagrada eucaristía para nosotros y, como él mismo dijo en el santo evangelio, vino, a traer fuego a la tierra y no quiere otra cosa sino que este fuego se encienda y propague, haciendo en la sacratísima hostia memoria de todas sus maravillas, para darse con ellas a todos y a cada uno de los fieles.

De la comunión dice el Rdo. P. Tesnière  que su efecto esencial es el aumento de la gracia santificante y el acrecentamiento del fondo de la vida sobrenatural en el alma. Este efecto necesario e inmediato, continúa, la comunión lo produce, a la manera de los agentes físicos, en toda alma que se halla en estado de gracia, cualquiera que sea, por otra parte, la perfección de este estado y por débil, pequeño y rudimentario que dicho estado sea; y dicho efecto lo produce la comunión, con independencia de toda cooperación actual de nuestra parte y de toda disposición personal, salvo la atención que requiere un acto humano para serlo, y puesto que hay en el hombre vida sobrenatural, la comunión la aumenta y la nutre.

Debemos, pues, ante todas cosas y para marchar por camino seguro, reconocer como un punto incontrovertible la acción, que por sí mismo produce el Señor sobre nuestro espíritu, ex opere operato, como dicen los teólogos, con la sola condición de que el comulgante se halle en estado de gracia y tenga contrición del pecado perdonado y aborrecimiento a las faltas veniales. Es muy importante dejar sentada esta verdad dogmática y dejarla fuera de toda controversia. Porque podría entenderse que, en lo que se diga después, se admite el supuesto que aun para este fin se requiere cooperación del hombre, cuando el docto teólogo a que nos venimos refiriendo, expone con perfecta claridad, que obra para aquel propósito la sagrada eucaristía a la manera de los agentes físicos en toda alma que se HALLA EN ESTADO DE GRACIA. Añade, sin embargo, y esto es también doctrina corriente, que cuanto más vivo, más puro, más abierto y simpático a la vida divina que trae al sacramento, se halla el hombre, tanto más abundantemente también la recibe. Todavía observa, copiando a Suárez, que "con tal que haya el estado de gracia, sin ningún fervor actual, aunque el comulgante este pobre, desnudo, lisiado, herido, enfermo y oprimido por la deformidad de todos los defectos, con tal que se halle en estado de gracia y que tenga esta ropa nupcial, tiene el derecho de sentarse a la mesa, tan misericordiosamente abierta, del gran rey; y se nutre en ella, y recibe allí, en estado de gracia, un aumento de vida sobrenatural, que por débil que pueda ser, lánguida o inactiva, no está ausente en nosotros, mientras que el pecado mortal no lo estorbe.

Pero la comunión, sigue diciendo, tiene la virtud de producir otros efectos, de conferir otras gracias, complemento de esta gracia sacramental. Borrar las faltas veniales, preservar del pecado mortal, acrecentar y activar el fervor, regocijar y consolar el alma, y estos son efectos que este sacramento tiene la virtud y la misión de conferir, y que produce infaliblemente también; pero sólo en aquéllos que cooperan a él por disposiciones y actos, cuya perfección servirá de medida a la perfección de estos mismos efectos. Quien no trae a ella sino la disposición rigurosamente requerida, so pena de pecado, no recibe sino el efecto rigurosamente necesario del sacramento, esto es, aumento de vida; mas, para tener esa vida ardiente y activa del fervor, esa vida pura, aun de las faltas veniales, esa vida asegurada contra la muerte del pecado, esa vida gozosa y radiante, se comprende que le sea demandado (al hombre) disposiciones más perfectas, una preparación más meritoria y una cooperación más activa. Dice a seguida el propio autor: "que las gracias especiales y privilegiadas de la comunión, consisten, no ya en la perfección del estado, sino en la perfección de nuestros actos, y que esto ya no es gracia habitual, sino gracia actual, y se comprende fácilmente que la gracia actual no puede ir sin actos, y que no podemos ser fervientes ni estar gozosos, sin una cooperación actual de parte nuestra. Porque para estos efectos secundarios, aunque muy preciosos, de la comunión, no basta la disposición habitual y casi inerte del estado de gracia, es necesario tener disposiciones actuales y una cooperación activa de nuestras facultades y potencias. "Éste es (añade) un principio general que tiene una gran importancia en la materia que estudiamos y para todo lo que toca a los efectos de la comunión." Cita a continuación, nuestro respetable e ilustrado amigo, al sabio Suárez y al Cardenal de Lugo, cuyos textos extracta por nota al pie de su exposición de doctrina, para concluir que no hay ni se logra dulzura en la comunión, sin atención del ánimo y sin afección actual, como dice Suárez, y así bien, el Cardenal de Lugo a su vez sostiene, respecto a la delectación y dulzura, que produce el sacramento, que ni deleita la cosa presente no amada, ni la amada ausente, de lo que infiere que, para gustar el comulgante la dulzura y el gozo de la eucaristía, se ha menester representarse por la fe, la presencia real y ejercitarse en actos del alma adecuados a causar aquellos efectos preciosos.

Hay, pues, en la comunión, frutos que trae consigo indudablemente Nuestro Señor, bajo los velos sacramentales, y otros que requieren de nuestra parte coadyuvar con el ejercicio de las potencias del alma al intento misericordioso de Nuestro Señor.

La primera consecuencia que de lo dicho se deriva es censurar, lamentar y llorar nuestra flaqueza, que sin negar esta verdad, no sabemos aprovecharla oportunamente, cuando por otra parte la perfección es un deber del cristiano, a quien Nuestro Señor ordena en el evangelio ser perfecto como lo es el Padre celestial, sobre todo, respecto de las consecuencias sobrenaturales de nuestras acciones buenas, puesto que también está escrito que en todas las obras seamos cuidadosos y preexcelentes, esto es, que las hagamos con solicitud y espíritu de perfección, para agradar a Dios.

¡Qué pena debemos sentir de no haber ejecutado esta obra eximia de la comunión sin sujetarnos a semejante regla! Debiéramos sentir gran dolor de las comuniones hechas con olvido de tales condiciones y formar el propósito de procurar, en lo sucesivo, la enmienda, para sacar mayores ventajas de la comunión, siendo tanto mayor el disgusto de nuestras comuniones tibias, cuanto mayor es el bien perdido. ¿Quién no habrá menester del perdón de las faltas veniales? ¿Quién no habrá necesitado obtener un resguardo eficaz del pecado mortal? ¿A quien, que medite un poco en ello, puede ser indiferente haber crecido en fervor piadoso, que no sólo da lugar a un gozo que viene a hacernos deseable la Comunión, sino que acrecentando la virtud, facilita la perseverancia? Los favores divinos imponen la gratitud, mayormente cuando se celebra el acto, con el cual están como vinculados. Desdeñarlos por falta de atención es un menosprecio de los efectos, para los que son otorgados.

Este orden de consideraciones debe producir una tristeza, según Dios, que es como el dolor de la culpa, liberador, en algún modo, de la inadvertencia que produjo la pérdida irreparable ya; pero que será muy conveniente para obrar en lo sucesivo con mayor solicitud.

Con sólo pensar en ello detenidamente, el dolor que causa nuestro proceder, ocasionará un propósito firme de mejorar para lo porvenir nuestra conducta, con todos los beneficios que de semejante resolución pueden originarse. En la esfera de las acciones humanas, cuando se advierte que, en lo pasado, hemos podido recabar mayores ventajas lícitas de una ocasión para la fortuna o la honra, ¿con qué pena se duele el hombre de su inadvertencia? Pues esto, y con mayor razón, debemos sentir con disgusto de nosotros mismos, puesto que de no saber ni poder calcular su importancia, infiérese que por ignorancia vencible nos hemos privado de gracias que, puestas en la vida pasada, como elemento de otras gracias sucesivas, presuponen un perjuicio espiritual que no se puede ponderar, ni sabremos apreciar bastante.

Aunque no fuere otro el efecto del presente artículo, ¿quién sabe el bien que puede traer en pos de sí? ¡Ojalá! Quiera Dios que así sea, y que el humilde escritor y los lectores aprovechemos para lo sucesivo una parte de lo perdido; y decimos esto, porque hay algo de infinito en todos los actos humanos que tienen relación con Dios. Por cuanto así como el dolor expía el mal ejecutado, si al dolor natural se une el sobrenatural, y ambos se perfeccionan con el recuerdo vivo de los méritos de Cristo, así la pena del bien perdido acrecienta la intención de los actos de contrición y da a las acciones sucesivas un espíritu de perfección, que las sublima en lo presente o indemniza algo de lo pasado, en una proporción, que sólo Dios conoce.

Tal consideración es de lleno aplicable a nuestro asunto, porque en la comunión hay un fondo infinito de reparación, que cooperando a ella, alcanza frutos centuplicados para el alma, mediante la aceptación misericordiosa de Dios.

No queremos poner hoy término al estudio en que nos ocupamos, sin advertir que, por lo que hace al gozo y delectación espiritual, que nace de la comunión agradecida debidamente, este su efecto merece, por expresarlo de algún modo, capítulo aparte, así por su trascendencia a la vida íntima del hombre de espíritu, como porque, dada su utilidad y sabiendo que este tesoro se puede fácilmente explotar, el desdeñar aquel fruto acusa una ingratitud vecina del desprecio y es una falta u omisión culpable. Basta ahora a nuestro intento adelantar la idea de que ese gozo sublime es uno de los efectos secundarios, pero, muy preciosos de la comunión sacramental. LS 1883, p. 161

  

IV

 

La magnitud de los beneficios que trae al hombre la comunión sacramental no se puede ponderar bastante, toda vez que el Señor que viene a nosotros es Jesucristo en persona, la segunda de la beatísima Trinidad, unida hipostáticamente a nuestra naturaleza humana, enriquecida ésta por aquélla, de modo que las dos reunidas constituyen una sola persona, con todos los atributos de Dios y con todos los méritos de la vida, pasión y muerte de Cristo.

A este principio fundamental hay que agregar que viene nuestro divino salvador al comulgante con el fin inefable de comunicarse con todos sus tesoros y vivir en nosotros y que nosotros vivamos en él.

De este dogma infinito en sus efectos y amoroso en su principio, que es la voluntad de Dios, se infiere que, si por parte del Señor no falta nada al don, que es inmenso, por parte del hombre se ha de menester voluntad resuelta y aptitud de gracia para recibirlo bien, y el empleo de los medios adecuados para utilizar y saborear el beneficio; a cuyo propósito hay que tener presente que, si bien el efecto primario de la visita de Cristo se obtiene por el hecho mismo de su venida a nuestro pecho, según dejamos explicado, para los demás efectos secundarios pero preciosos, se requiere una cooperación activa del hombre, según la doctrina de que no se otorga el beneficio sino al que lo desea, lo acepta y pone de su parte los medios de aprovecharlo; concepto que es rudimentario en filosofía, en legislación y en moral, y bajo tal supuesto, Dios nuestro Señor quiere acomodarse a semejante idea, para dejarnos el mérito de la cooperación, no solamente por respeto a nuestra libertad, sino también para que la vida recíproca, que la comunión nos trae, signifique la mutua fusión que constituye la vida de Cristo en nosotros y la vida nuestra en Cristo, doble hecho que expresa la misma palabra comunión.

Hay que considerar, por otro lado, que siendo la comunión el grado de mayor aproximación de Dios-hombre a nosotros, pues de la aproximación se procede, en tal caso, a la unión y de la unión se puede llegar a la unidad, maravilla inefable que no es ahora la oportunidad de estudiar, puesto que es un misterio incomprensible, se colige que, si el período inmediato anterior a la sagrada comunión es digno de aprovecharse, para disponer el alma a tamaño favor, el tiempo posterior a la recepción, siquiera sea corto, por la escasa duración de las especies hasta descomponerse, es precioso para establecer con el suavísimo Señor una conversación íntima y un cambio de afectos, que producen frutos de anticipada beatitud y dejan en el alma no sólo el gusto y el perfume dulcísimos de la presencia real, sino también un acrecentamiento de caridad, que puede recorrer una escala inmensa por la virtud y fuerza del sacramento, aspirando el hombre además a que la repetición de actos haga hábito, y el hábito realce el alma hasta el extremo de cierta identificación misteriosa, puesto que el hombre recibe a Dios, y Dios asume al hombre, a punto de obrar ya después con él por una manera mística y sublime que nos hace entender la frase de San Pablo: "Vivo yo, ya no yo, sino Cristo en mí".

De esta intimidad, cuyas dulzuras pocos sacan el fruto suavísimo que nos brinda, que es el fruto del amado dulce a la garganta de que habla el escritor sagrado; como de manantial muy puro, nace el agua limpia de la gracia que refrigera el alma, quitándole las manchas de la culpa, y la preserva del pecado, al paso que la limpia de la culpa venial, engendrando en el corazón un gozo incomparable, que es como el prólogo y bosquejo de la bienaventuranza eterna. Mas para alcanzar tan alta merced se necesita un aislamiento total de todas las cosas y una pureza de conciencia absoluta, en términos de que nada estorbe a la acción de Dios y salte el agua de la gracia a la vida eterna, otorgando, por decirlo de algún modo, el espíritu de la contrición, que predispone a la exaltación de la criatura, hasta el extremo de conversar con Dios.

Hay un texto  de las santas escrituras aplicable a la eucaristía, perfectamente adecuado a nuestro propósito, pues dice: "Entrando en mi casa, me aquietaré con ella, porque no hay amargura alguna en su conversación ni tedio en comer a su mesa, sino alegría y gozo." En estas frases, por ventura, se compendian admirablemente las circunstancias de una buena acción de gracias después de la sagrada comunión.

Estudiad, dice un profundo escritor ascético  de nuestros días, las enseñanzas que encierra la hostia que os es dada. Como el alimento no tiene eficacia para restaurar el cuerpo, sino en tanto que es prensado por la manducación y sometido a la acción disolvente y absorbente de los jugos gástricos, así el alimento espiritual debe ser sometido a la acción de la fe y del amor; miradas ávidas prolongadas del amor y de la fe, que escudriña, que penetra, que se sumerge hasta en las mismas entrañas del misterio, de las adhesiones y de las atracciones del amor que se adhiere, abraza, se une y se asimila; en fin, las virtudes. De estos actos de fe y de amor repetidos con piedad, especificados según el atractivo de la gracia de cada día, buenos teólogos, como Suárez y De Lugo, hacen depender la más o menos eficacia de la comunión, para producir todos los efectos, que no vienen solamente de la operación necesaria del sacramento, sino que reclaman la cooperación activa del comulgante.

Por todos lados, ya lo advertirá el lector, brotan, por decirlo así, textos y autoridades que confirman nuestro constante propósito y nuestro objeto preexcelente de que la acción de gracias en oración y con afectos es un venero riquísimo para los comulgantes. Es increíble, y lo hacemos casi todos, que teniendo fe de que recibimos al mismo Dios en el augusto sacramento, y que viene unido inseparablemente a su humanidad para hacérsenos más accesible y fundirnos en él, según la frase de San Cirilo, de los dos fragmentos de cera que se derriten juntos; parece imposible, lo repetimos, que dependa de nosotros saciarnos de los frutos del banquete celestial y que, voluntariamente, por tibieza o pretendidas ocupaciones, nos privemos de beber a grandes sorbos el vino delicioso del amor divino, de adquirir la remisión del pecado venial y la aversión de todo pecado. Pero esta inverosimilitud desaparece ante la videncia.

Y por esto no nos cansaremos de instar acerca de esta materia, aconsejando a nuestros amigos que dediquen sus consideraciones y sus estudios a avivar su fe en la presencia real de Jesucristo en el augusto sacramento, y mediten todos sobre las gracias y favores espirituales, que se pierden por no disponerse bien y agradecer detenidamente aquella alta merced.

A este nuestro propósito ha venido a coadyuvar y animarnos más y más la circunstancia feliz de publicarse en Francia, en este mismo año, el segundo tomo de una preciosa obra del superior general de los Sacerdotes del santísimo sacramento, Rdo. padre Alberto Tesnière, cuyo segundo tomo de la aludida obra de la Suma de la predicación eucarística, está cabalmente dedicado a la comunión y sus frutos, en la que desarrolla magistralmente todo lo que atañe a la recepción digna, cuanto es dable, de la sagrada eucaristía en 32 conferencias, encaminadas principalmente a encarecer los frutos secundarios de la eucaristía, así para la oración y meditación, como para alcanzar de Dios nuestro Señor la expiación del pecado venial, la preservación del mortal y el gozo que la comunión bien agradecida produce en el corazón cristiano, cuando se utilizan los momentos inmediatos anteriores y posteriores a la participación de la mesa divina en santos afectos, coloquios y actos de contrición de las culpas de la vida anterior del comulgante.

Esta preciosa obra ha venido oportunamente a confirmar el proyecto que siempre mantuvimos, al estudio de materia tan sublime en su origen, tan bella y trascendental para la perfección cristiana.

En relación con la vida interior, en las conferencias 18, 19 y 20 trata nuestro excelente amigo y maestro de los efectos de la comunión, con un espíritu, a la vez, práctico y superior, que, aunque ignorantes en tan alto asunto, nos atreveríamos a sostener, con riesgo de error, que rivaliza el P. Tesnière con los más aventajados maestros de la vida perfecta.

Todo lo que respecto de tan levantado objeto escribimos en los artículos que preceden de esta serie, está tomado del P. Tesnière, de quien hemos copiado y extractado varios párrafos adecuados al intento. El primer tomo de tal obra, dedicado a los nombres, figuras y profecías de la eucaristía, lo hemos recibido con una dedicatoria de su puño y letra, que demuestra la humildad y modestia del autor, que desciende de su elevado carácter a elogiar esta pobre revista, atribuyéndole una cooperación útil a la propaganda eucarística en España, cooperación de la que estamos muy lejos.

Dispénsennos nuestros lectores esta digresión, a la que pondremos término, y con ella al presente artículo, recomendando aquella obra a los devotos de la eucaristía que conozcan el idioma francés, pues por algunos francos recibirán, y se expende en la Avenida Friedland, núm. 27, en París, los dos tomos de este tesoro de doctrina eucarística, que ha logrado gran éxito en la nación vecina, a punto de consumirse la primera edición del primer tomo y estar próximo a agotarse el segundo. Reúne además la producción que recomendamos un motivo de aprecio para los españoles, puesto que apoya el inspirado autor sus conclusiones y estudios en los dos teólogos españoles, el P. Suárez, de la Compañía de Jesús, y el Cardenal De Lugo. LS 1883, p. 203

 

V

 

El asunto, en que nos venimos ocupando, viene a ser de los frutos de la sagrada comunión agradecida, y para explicarlo, queremos escudriñar la materia más al pormenor, descendiendo a analizar, uno por uno, los efectos secundarios, aunque preciosos, de la eucaristía, esto es, el perdón del pecado venial, la preservación de la culpa mortal y el gozo o delectación espiritual que la comunión produce, asignando a cada uno de ellos la doctrina del R. P. Tesnière.

El pecado venial no hace perder la gracia, pero la entibia y debilita su acción sobre el alma. Cuando es voluntario, tiene en principio las condiciones de la ofensa de Dios y, sólo por razón de la materia, de la atención o advertencia, se distingue de la culpa grave.

El diccionario de Bergier, en la palabra pecado, hablando del venial, dice que "no es fácil formar juicio de si tal pecado es mortal o venial, y que es preciso atender a la importancia del precepto violado, a la mayor o menor fuerza de la tentación, a la debilidad del que le cometió, al escándalo y al perjuicio que puede resultar al prójimo o a la sociedad." De lo que se colige que, en la aplicación de estas circunstancias, más bien que en la esencia del acto, ha de buscarse el criterio para discernir el carácter de la transgresión o inferir de ella si el pecado es venial o mortal.

En el artículo citado, y antes del pasaje que hemos copiado, sostiene el mismo autor, que el pecado venial es una culpa leve o menos grave, que "no destruye en nosotros la gracia santificante, aunque la debilita, y no merece la pena eterna, sino un castigo temporal."

Santo Tomás  hace una distinción muy clara, pues dice: "Puede el hombre amar cualquier bien conmutable infra Deum, esto es, por bajo de Dios, lo que es pecar venialmente; o supra Deum, esto es, más que a Dios, lo que es pecar mortalmente; de lo que se sigue que el pecado venial y el mortal no se diferencian en el género." Más adelante, el santo doctor añade: "Que el pecado mortal es irreparable y el venial es reparable. Y lo irreparable conviene al pecado que se hace de malicia, el que, según algunos, es irremisible; y ser reparable conviene al pecado que se hace por debilidad o por ignorancia. Luego el pecado mortal y el venial se diferencian que en aquél es cometido por malicia y éste por debilidad o ignorancia." Aunque parte de esto lo manifiesta el santo, sólo por vía de argumento, sin negarlo al contestar la objeción, expone que el pecado venial se llama así, porque merece venia, y no quita el orden al último fin.

De estas consideraciones y textos, que se podrían multiplicar, resulta que, en la esencia, el pecado venial es ofensa de Dios siquiera imperfecta, supuesta la libertad de su comisión, aunque las condiciones antedichas rebajan o elevan su importancia, según aquella docta distinción de Santo Tomás, que significa con la frase infra Deum o supra Deum.

     Pero dejando de mano estas ideas para concretarnos a nuestro objeto, hay de común a los dos géneros de acciones, que así el mortal como el venial son aversión de Dios y conversión a la criatura, aunque en diverso grado; aquél en materia grave, o cuando obra el pecador con malicia, y éste en materia leve o cuando se procede por debilidad o ignorancia, pudiendo también admitirse, como probable principio de crítica y discernimiento, que en la culpa mortal, la caridad o amor de Dios queda extinta y vencida, y en el venial sólo se halla resfriada la caridad y desfallece algo, pero no se pierde el amor divino.

La consecuencia de todo lo dicho es que, como Dios es caridad, la comunión es la mayor aproximación de Dios a sus criaturas, y la comunión bien recibida extingue el pecado venial y restablece la fuerza de la gracia divina en el hombre, pues según San Agustín, el pecado venial se expía quasi per ignem, esto es, por el fuego de la caridad, de que es hogar la sagrada eucaristía, o por el fuego del Purgatorio.

Para penetrar más hondamente en esta materia interesante, se necesitan conocimientos de teología moral que no poseemos y, por otra parte, basta para nuestro objeto dejar sentado que el pecado mortal significa, como dice Santo Tomás, una dilección del objeto o acto que determina aquél, sobre el amor de Dios, deliberadamente, con intención, advertencia y plena voluntad, lo cual quita el hábito de la caridad divina, al paso que en el pecado venial, por falta de advertencia o poca atención o parvidad de materia, miseria o ignorancia, se ofende a Dios o por omisión o por acto primo-primus, o por olvido de su ley o por súbita delectación ocasional, sin perfecta resolución ni comparación del objeto, con Dios nuestro Señor.

De todos modos, la recepción de la sagrada eucaristía ofrece al hombre, si coopera a la gracia, ocasión de limpiar el alma de las culpas veniales, mediante afectos que engendra el sacramento y que, con la libre concurrencia del hombre que la recibe, producen la expiación del pecado venial, a la manera que el fuego limpia la herrumbre del metal, cuando la acción del fuego es de cierta intensidad para alcanzar este efecto limpiador.

Creemos que ésta es la doctrina segura en tan importante materia, salvo la corrección que pueda merecer lo mal explicado de los textos arriba copiados.

Pero de una o de otra manera, encontrando la visita del Señor al hombre en estado de gracia, y cooperando éste al fruto o efecto secundario de la sagrada comunión, según lo copiado del P. Tesnière, del P. Suárez, de Lugo y de Santo Tomás, en la mano del comulgante está el alcanzar el perdón de la culpa venial, por medio de afectos que acrecienten la caridad a punto de extinguir tales pecados, lo que no se consigue sin la participación del hombre que recibe a Dios en el sagrado banquete.

Por lo general, se da poca importancia al reato que no pasa del grado de culpa venial, y menos aun a la pena que merece, porque no se advierte que las faltas voluntarias, apreciadas por el prisma del amor divino, tienen gran valor, no sólo para necesitar expiación, sino también para facilitar en la materia misma una caída en culpa grave. Y tanto es así, que la ligereza en el uso de la palabra, acerca de la pureza, la falta de guarda de los sentidos, especialmente del oído, de la vista y del tacto, suelen ser el prólogo o predisposición, a las veces remotos, de una falta grave, acrecentando el peligro o atrayéndolo imprudentemente: esto enseñan los maestros de espíritu y la experiencia propia al que vive con las precauciones debidas, para custodiar la virtud angélica de la castidad. De la vista ocasional procede la mirada intencional, y de ésta el deseo y sus consecuencias, despertando recuerdos análogos de la vida.

Y por eso dijo Job : "He pactado con mis ojos que no piensen acerca de la doncella, pues si no ¿qué parte tendría en mí el omnipotente y excelso Señor?" Y al mismo propósito el evangelio: "Si tu ojo fuese sencillo, todo tu cuerpo será lúcido." La caridad sobrenatural da fuerza y defensa para vencer estas propensiones y la acción aprovechada del augusto sacramento recibido no sólo borra las faltas leves y este linaje de descuidos, sino que aumentando la caridad, preserva de semejantes peligros.

Los males que vienen por la palabra, como la murmuración, la ofensa del prójimo en materia leve, la ira, la blasfemia o el despecho de las contrariedades de la vida, suelen proceder de faltas de advertencia, de poca precaución en el uso de la lengua, y engendran una porción de venialidades que borra el sacramento agradecido y digerido detenidamente, digamos así, después de recibirlo; bien entendido que está escrito que quien desprecia las cosas leves pronto caerá en las graves. Porque dice el evangelio  que "quien es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las mayores; y quien es inicuo en aquéllas, también lo será en éstas."

Decimos esto para demostrar la trascendencia que puede tener para la vida perfecta el perdón de las faltas veniales, que es el buen resguardo de las reincidencias en ellas y peligro remoto de las mortales. LS 1889, p. 241

 

VI

 

La preservación del pecado mortal, fruto precioso de la comunión bien recibida, es efecto de la gracia de Dios y de la cooperación del hombre. Plugo a Nuestro Señor, en su misericordia y sabiduría infinitas, otorgar esta gracia al que le recibe mediante la acción combinada, por decirlo así, de ambas causas coeficientes, en términos que Dios sin nosotros no quiere conceder tal beneficio por respeto a nuestra libertad, pues dice el texto bíblico que dispone de nosotros con gran reverencia , y el hombre, por sí solo, no puede, sino mediante la misericordia de Dios, vencer sus malos instintos. 

De aquí se infiere que, cuando se dice que la comunión agradecida preserva del pecado mortal, no es, en nuestro humilde sentir, que ex opere operato, como dicen los teólogos, esto es, por efecto necesario y no rechazable, no pueda el comulgante incurrir en pecado grave, sino que se acrecienta grandemente la gracia, y que recibe el hombre con la participación del cuerpo de Cristo una fuerza que aumenta sus medios de defensa para no incurrir en aquél. Porque, en todo estado, el hombre viador está expuesto a tropezar y caer en culpa mortal, como lo demuestra la vida de los santos y la condición, inseparable de la criatura racional, de su libertad moral, de la que se deriva su mérito.

Hay, pues, que estudiar el tremendo problema y el eximio efecto de la comunión, respecto del asunto, en uno y otro terreno de la gracia divina, que nos trae el autor de ella en la mesa del banquete celestial, y de la cooperación que tal merced reclama de nosotros.

En punto a la cooperación, se descubre al primer golpe de vista que no puede ser el favor de la comunión efecto primario del sacramento, sino que reclama la voluntad cooperante del agraciado. Mas, aparte semejante idea, nace de ella misma, como consecuencia, que, al buscar el comulgante la preservación de culpa, obedece a un impulso propio y lleva ya una gracia inicial, pues humillarse ante Dios, reconociendo su flaqueza, para demandarle una gracia, es disponerse a ella. No pudiendo negarse esto, ya se observa una aptitud especial que atrae el favor divino y que, asistida aquélla de éste, facilita la obtención de la merced. Esto, sin exceder los límites de la gracia suficiente, que es como la base de la eficaz, que no niega el Señor a quien se la pide con asiduidad y confianza, aunque esta merced no se debe , pues según los doctores, y a su cabeza San Pablo, si se debiese la gracia, no sería gracia.

He aquí, tal como lo comprendemos, el primer elemento de la preservación de culpa mortal, que produce la recepción del cuerpo de Cristo, secundado por la cooperación del comulgante.

Mas, por lo que toca al don supremo de la antedicha preservación de parte de Dios, ésta es materia harto sublime para ser tratada por nosotros.

Sin embargo, se alcanza a la mirada de la fe, que Dios nuestro Señor viene al hombre con infinito deseo de condonarle y regalarle todos los medios que conduzcan a su salvación y que le garanticen la perseverancia en su amistad, pues ésta es su voluntad, nuestra santificación , y a esto vino a la tierra, a poner el fuego de su amor en ella con el propósito de que se encienda , de forma que la fe lo atestigua; pero con mucha mayor razón en el adorable sacramento de su amor, porque viene a él S. D. M. a entregarse al hombre, sin menoscabo alguno ni deducción de sus carismas, a no ser en cuanto el comulgante es incapaz de recibirlas, y por eso dijo el Salmo : "Oiré lo que me hable el Señor, que hablará la paz a todos los que se convierten a su corazón." Esto es, a los que meditan.

Pero por sobre estas inducciones está, para demostrar la afirmación que anticipamos al comenzar este artículo, la palabra literal del evangelio , cuando promete que "el que coma su carne y beba su sangre vivirá en Dios y Dios-hombre en él", lo que no necesita comentario ni ponderación, ni más que la expuesta frase del propio Salvador.

La vida de la gracia no se pierde sin la voluntad del que la posee. Mas, aparte de todo ello, descubre, quien seria y detenidamente lo escudriñe, que como en el misterio amorosísimo de la comunión hay más que unión o yuxtaposición, porque es una compenetración recíproca de Dios con el hombre y del hombre con Dios, a punto de hacer ya una sola vida que supera la de la naturaleza, supone, desde luego, gracias especialísimas cuando ésta se evacua por el comulgante, abriendo, como dice San Buenaventura, los más recónditos senos y vísceras del alma a la acción de Dios, que nos asedia entonces como el mar a las obras de fábrica que se enclavan en su seno, y a medida que el dueño de la casa (siguiendo el apólogo) franquea las entradas a este piélago inmenso del divino amor, penetra éste en las avenidas del corazón y se enseñorea de él sin quebranto de la voluntad y libertad humanas, antes cautivándolas y dominándolas muy a su placer, pero atrayéndolas con suavidad a su dominación preventiva.

En semejante estado, el pecado mortal no se puede concebir, y el caso es que, aunque la devoción se apoque y el favor divino la retarde u el hombre oculte, no es menos cierto que la presencia espiritual de Cristo en el convidado a su mesa no cesa sin la entrega voluntaria que, venciendo resistencias, hacemos de nuestra libertad al enemigo.

Y, sin embargo, nos objetarán que se comulga, y con frecuencia, y se agradece al Señor, más o menos, y se vuelve al pecado y parece que la caída, o más bien la recaída, desmiente en algún modo, la teoría que venimos explicando, y quiera el Señor que no lo sepa el escritor por acto propio.

Es cierto; pero ¿quién sabe cuántas barreras y defensas atropella para llegar a esta desgracia el pecador, empleando toda su temeridad en la ocasión, buscándola osadamente y dejándose, tal vez, vencer cobardemente por las asechanzas y los peligros que no rehúsa? Nadie puede, sin lumbres especiales venidas de lo alto, conocer hasta qué punto es miserable y cómo, a las veces, por el terreno escurridizo del propio abandono se va resbalando al precipicio en que se ha de caer. La poca guarda de los sentidos, la confianza en sí mismo, el aturdimiento y embriaguez que el ruido del mundo produce, el escándalo de otros pecadores, la vanidad del mal y la vergüenza de la virtud, una secreta complicidad que, a las veces, ofrecemos por el atractivo de la tentación que tiene en nuestro ánimo inteligencias ocultas, y otras mil circunstancias, cuyo cuadro completo nos avergonzaría si parásemos en ello la atención, socavan y arruinan, por decirlo así, el baluarte de la gracia, y van determinando el tránsito terrible del hombre del estado de favor divino al de la perdición del alma, que llega a tal estado, que si entonces muriera, se condenaría.

Contra este cúmulo de circunstancias más o menos voluntarias, Dios podría, ¿quién lo duda? vencer toda resistencia por un golpe de su omnipotencia; pero no quiere porque resultaría amenguada la libertad y perdido el mérito; y no nos hacemos dignos de tal beneficio, puesto que hemos cooperado grandemente a perder la amistad con Dios. Pero esto no quita un átomo a la doctrina de la preservación de culpa mortal que produce el augusto sacramento por un efecto secundario, pero muy precioso de su recepción, con la gratitud intencional del recipiente, sino que, por el contrario, patentiza y pone de manifiesto toda la profunda miseria y malicia del hombre que ante tan funesto cuadro debe duplicar las precauciones, guardar cuidadosamente las avenidas del corazón, custodiar con extrema solicitud las relaciones del alma con los objetos exteriores, poniendo cuidado en el uso de los sentidos, y apoyarse en el auxilio divino que le brinda el estado de gracia y la vida de Cristo en él por la comunión, toda vez que aunque Dios nos tenga de la mano derecha por su gracia, el hombre es tan débil o tan menguado, que puede aflojar la suya y resbalarse al abismo del pecado que corresponde al otro abismo de la perdición eterna, si Dios no da tiempo y gracia para levantarse.

Hecho ya el presente artículo, hemos leído, por ventura, una magnífica conferencia que, sobre lo mismo publicó en su obra muchas veces citada por nosotros, el R. P. Tesnière, de la Asociación de Sacerdotes del Santísimo Sacramento, y no hallamos cosa notable que corregir en la doctrina expuesta. Antes bien, el autor de la Suma de la Predicación Eucarística ofrece multitud de textos del evangelio que confirman lo expuesto, adecuando al asunto los conceptos de Nuestro Señor, alusivos a la liberación de muerte que aporta al hombre la sagrada comunión, puesto que esta muerte no puede ser la temporal ni tampoco, en rigor, la muerte eterna, sino la muerte de la gracia, o más claro, la recaída del comulgante en el pecado mortal, si no se vale del poderoso auxilio que le brinda el fruto secundario de la sagrada comunión, si por su parte el pecador no coopera a la deducción de dicho fruto pidiéndolo al Señor en la acción de gracias y procurando aprovecharse de él en la vida ulterior.

Son tan bellas las dos conferencias que a la remisión del pecado venial y a la preservación del pecado mortal dedicó el P. Tesnière, que, tal vez, las traduzcamos íntegras y las demos a conocer a nuestros lectores en los números próximos.  LS 1889, p. 281

 

VII

 

Cumpliendo la promesa que hicimos en el artículo anterior, de dar a conocer a nuestros lectores lo que el Rdo. P. Tesnière escribió a propósito de las relaciones de la comunión sacramental con el pecado, así venial como mortal, queremos comenzar por dar una idea o sumario de lo que dice el ilustre escritor en la conferencia trigésima del tomo segundo de la predicación eucarística.

Este sumario lo tomaremos literalmente del que precede a dicha conferencia. He aquí sus palabras: 

"La Comunión y el pecado venial.

1.° Lo que es el pecado venial, un desorden por el cual el hombre, sin desviarse de Dios, su fin supremo, no tiende a él, sino de una manera insuficiente o imperfecta. Facilidad y frecuencia del pecado venial. Su hábito produce la tibieza, que lo encamina a la pérdida completa de la caridad. Castigo del pecado venial en la otra vida: el purgatorio.

2.° Uno de los efectos propios del sacramento de la eucaristía es borrar el pecado venial, lo que produce de dos maneras: primera, por su

 

misma virtud sacramental; después, por el aumento de la caridad, cuyos actos bastan a operar la remisión de las faltas veniales. La comunión no es menos terrible para la tibieza, puesto que el fervor del amor es uno de sus primeros resultados en el alma del comulgante. Ella contribuye además por una acción indirecta, pero real, a la remisión de las penas temporales debidas al pecado."

Basta leer este sumario para poseerse de temor, porque ¿quién se verá libre del pecado venial? Nadie, pues la escritura santa afirma que cae el justo siete veces al día, y esto se aplica a los pecados veniales, pues el justo se halla, por serlo, lejano de los mortales. Pero aun así, siete pecados veniales diarios hacen al mes 210, y al año hacen 2.440, que merecen las penas del purgatorio. ¡Qué horror! Si Dios no ejercita su infinita misericordia con nosotros en sesenta años de vida regular, se produce un número enorme de faltas veniales que se elevan a 146.500. ¿Quién no se aterra de la duración de penas del purgatorio que merecería sólo por las veniales quien no tuviese ninguna culpa mortal, lo que es difícil en tan largo período de tiempo?

Y no hemos hecho este cálculo para poner miedo en el corazón del que lo leyere, sino por el contrario, para obtener un resultado muy diverso. Esto es, ¿quién teniendo a su alcance la frecuencia de la comunión, que se nos brinda graciosa y diariamente, no aprovecha el efecto secundario, pero precioso de la comunión largamente agradecida para extinguir los pecados veniales y por una acción indirecta, pero real, la remisión de las penas temporales debidas al pecado?

Esta es la consecuencia que deseamos sacar de nuestra computación, toda vez que, para esto, para acrisolar la comunión y producir la ferviente acción de gracias, hemos fundado esta humilde revista. ¡Ojalá produzcan este fruto nuestros incorrectos trabajos! Porque se infiere que, sólo por aquel concepto, la sagrada eucaristía, recibida devotamente en la comunión sacramental, es un remedio eficaz y divino para aminorar y extinguir las faltas veniales y la pena temporal.

Mas volviendo a la exposición de la preciosa conferencia del P. Tesnière, ¡qué bella y adecuada es su disertación acerca de la culpa venial! Veámoslo.

Comienza el sabio autor su conferencia por una consideración general acerca del pecado en relación con la comunión, afirmando que los obstáculos vienen de nosotros, que no dejamos el campo libre a la misericordiosa acción del sacramento, del que los efectos son en algún modo necesarios al propósito, mediante nuestra buena preparación adecuada y nuestra acción de gracias detenida; pero que ocasionándose tales omisiones, muy a desplacer de Dios, no se tocan los electos beneficiosos del sacramento. Establece luego, invocando la autoridad del santo concilio de Trento, que a nadie, sino a la Santísima Virgen María, fue otorgada la gracia de librarse del pecado venial, para deducir que sería una cobardía evidente aterrarse por el riesgo en que todos nos hallamos, y que debemos luchar animosamente, procurando que las faltas veniales no se conviertan en hábito, que trae en pos de sí la tibieza, cuando es posible borrarlas y expiarlas a medida que se las comete. Infiere de todo ello que la comunión es, al propósito, de una importancia tal, que se puede decir que, sin su recepción asidua, el reino del pecado venial no podría fácilmente ser descartado del alma. 

Luego traza el plan de la conferencia, que consistirá en una definición del pecado venial, poco frecuentemente estudiado, sobre la facilidad de caer en él, sobre la tibieza que produce en el alma no siendo aquél combatido y, en fin, sobre las penas terribles, aunque temporales, con que Dios los castiga en este mundo o en el otro; prometiendo, en una segunda parte, mostrar las virtudes que encierra el sacramento de la caridad perfecta, para borrar el pecado venial, prevenir su multiplicación y el hábito, rehacer contra la tibieza y, en fin, disminuir las grandes deudas con que estas pequeñas faltas nos graban hacia la justicia, encargada de dar al amor sus tremendas venganzas, demasiado justificadas por sus beneficios sin número y su prudencia sin medida.

Esta introducción, aunque pálidamente bosquejada, revelará al lector la importancia indudable de la conferencia y la novedad, al menos en la forma y en el método, que tiene este discurso, cualidades que nos movieron a ponerla en conocimiento de nuestros lectores.

El punto de vista del amor divino, que tomó en su estudio nuestro reverenciado y sabio amigo, cuadra perfectamente al asunto eucarístico y a nuestro sistema de tratar todas las materias en que nos ocupamos por el prisma bellísimo del amor, que engendra amor y da frutos de caridad muy simpáticos al humano corazón.

He aquí ahora un fragmento de la conferencia, que sentiríamos no traducir bien.

1.° ¿Qué es en sí y en su justa apreciación el pecado venial? Es, en primer lugar, un pecado; esto es, una deficiencia, un desorden, una ofensa hecha a Dios, una mancha impresa al alma y una deuda contraída por el culpable.

Sin embargo, no es absolutamente una ruptura del orden esencial, ni la destrucción del principio vital de la gracia, ni una injuria que ofende a Dios a punto de obligarle a desviarse de nosotros, ni la cesación del amor recíproco que una al hombre con Dios en la amistad de la caridad, ni un mal de suyo irreparable, ni una deuda que no pudiésemos pagar por nuestros propios recursos. Equivale a decir que la vida sobrenatural, en su plenitud, la justicia exacta, la santidad moral en su perfección, consiste, para la criatura, en tender tan perfectamente hacia Dios, por todas las fuerzas sobrenaturales de un amor soberano y universal, que el alma, abrazando en toda su plenitud las voluntades santas, se deja llevar toda entera a cumplirlas por el empleo regular y constante de todos los medios propuestos al hombre por el mismo Dios.

¡Cuántas cosas van comprendidas en este concepto adecuado de la justicia perfecta! Primero, la vista de la voluntad divina, en toda la extensión en que le place manifestárnosla, lo que supone una mirada tan atenta y tan fiel, como despojada de todo lo quo la puede oscurecer; en seguida un vuelo rápido, uniforme, que lleva la voluntad y todas las potencias que la obedecen hacia Dios, lo que supone un afecto completamente apasionado de él, dominante de todo goce del bien creado, para adherirse al bien eterno, para perseguirlo invariablemente, sin detenerse en ninguna otra cosa, aunque no sea sino en una mirada de complacencia; en fin, el empleo de todos los medios propuestos por Dios para atraer al hombre hacia sí, lo que quiere decir la práctica de toda la ley, el ejercicio de todas las virtudes, el cumplimiento de todos los deberes prescritos o propuestos a cada uno según su condición. 

En el estado actual de las cosas, tal como lo ha hecho el pecado original, esta vida no es posible sino en el cielo. Que una decadencia se halle o en el uno o en el otro de estos elementos, que la mirada de la razón y de la fe desfallezca, se descarríe, se vele o se ilusione, que el vuelo de la caridad se suspenda, se fatigue, se pare un instante, en vez de seguir el movimiento que le debe llevar a Dios solo, que en el empleo de los medios haya cansancio o negligencia, que se separe una sola línea del grado a que Dios quiere que cada uno aspire en la práctica de su ley, que una sola de esas cualidades que hacen un acto conforme al orden divino venga a faltar, aunque no sea sino un solo instante o en la más pequeña medida; hay pecado en ello, porque hay defecto sobre un punto cualquiera de la tendencia en que debemos estar hacia el bien soberano.

Se comprende que la vida absolutamente exenta de pecado no puede existir sobre la tierra, aun después de la redención y, a pesar de la abundancia de sus riquezas, sin un privilegio único de Dios y que su morada exclusiva sea en el cielo, su atmósfera en la gloria, porque solamente allí las almas han tocado el término supremo y ya invariable de su unión con Dios. Pero al mismo tiempo se comprende ¡qué vasto campo de ignorancias, de desfallecimientos y de desórdenes puede recorrer el alma sin caer aún en el golfo del pecado mortal!

En tanto que nosotros no rehusamos conscientemente obediencia a una de las órdenes de Dios, manifiestamente conocidas por nosotros, que impone como una voluntad absoluta de su parte, de la que se reclama la ejecución, como un signo necesario de nuestro amor hacia él, no hay en ello pecado mortal; se trata aquí y se comprende de los preceptos de la ley natural y revelada. En tanto que nuestros desfallecimientos no recaen sino sobre la manera de cumplir los mandamientos, sin que para esto le rehusemos nuestra obediencia, no hay pecado mortal. En tanto que nuestro amor no se desvía de Dios, reposando en el goce o en el deseo de un bien que nos prohíbe amar, lo que señalaría una preferencia formal de nuestro corazón por una criatura y un desprecio evidente del Criador, en tanto que no hace sino retardarse, dudar, en deseos vagos, en complacencias indecisas, en goces parciales, no hay en ello pecado mortal. Cualesquiera que sean las pérdidas causadas en nuestros tesoros espirituales por nuestras vacilaciones y nuestros retardos; cualesquiera que sean las heridas y las manchas contraídas en los goces desordenados de la criatura, nada es irreparable, porque el principio de la vida, que es el amor soberano a Dios y la tendencia afectiva a su posesión, no está quebrantado.

Es a Santo Tomás a quien parafraseamos hablando así, porque el pecado venial no se puede comprender bien, sino por una oposición al pecado mortal, y se los define el uno por el otro. La razón total, dice, del pecado consiste, según la definición de San Agustín, en todo acto, toda palabra, todo deseo contrario a la ley eterna. Perfecta ratio peccati est, quam dicit Augustinus: Dictum, factum, aut concupitum contra legem aeternam. Esta definición no conviene en su rigor sino al pecado mortal; sólo él es directamente contrario y formalmente opuesto a la voluntad de Dios; él niega la ley divina, él la rechaza. El pecado venial no merece sino parcialmente esta definición; el pecado venial no es el pecado puro y simple, no es pecado sino imperfectamente y, porque tiene alguna cosa de común con el pecado mortal; él es al pecado mortal lo que el accidente a la sustancia en los seres, tiene del género común del pecado, mas no lo realiza en su razón total. "Peccatum veniale dicitur peccatum secundum rationem imperfectam, et in ordine ad peccatum mortale." LS 189, p. 321

 

VIII

 

No nos atrevemos a copiar lo que sigue exponiendo el P. Tesnière, a propósito de la facilidad del pecado venial, dada la humana miseria, el contacto con el mundo, el resfriamiento de la caridad, la ligereza en obrar o hablar, el abuso de los sentidos y potencias y las ocasiones que rodean al hombre. Porque a todas horas y en varias circunstancias se puede caer en pecado, siquiera venial, y predisponerse al mortal por la tibieza y el mal inveterado que forma hábito y facilita incurrir en faltas o imperfecciones que, disminuyendo la caridad, nos avecinan al pecado grave, realizando aquella doctrina del Salvador del mundo, que dice : "Quien desprecia lo pequeño, poco a poco decae."

Luego de recorrer la triste carrera del pecado venial, sabiendo en lo que consiste, cuan fácilmente se incurre en él, cómo se forma el hábito y se incurre en la tibieza y, en fin, cómo por tales faltas o imperfecciones nos hacemos deudores a Dios de las penas del purgatorio; volvamos, añade, a tomar nuestro camino con la eucaristía en la mano, y sentiremos nuestro corazón consolado, nuestro valor reanimado a vista de los socorros, remedios y tesoros que da al alma, día por día, para arrancar las malas hierbas, sin cesar, renacientes del pecado venial, para prevenir y disminuir su reproducción, para quebrantar los malos hábitos, redes que enlazan el alma en la tibieza y, en fin, para saldar en esta vida, y muy a buena cuenta, las penas difíciles de pagar después de la muerte.

Estas son las virtudes triunfantes de la comunión contra el pecado venial, que han hecho al concilio de Trento llamar a la comunión antídoto que nos libra de las faltas cuotidianas. Así acaba la primera parte de la conferencia, y no queremos resistir al gusto de dar a conocer literalmente la segunda. Hela aquí:

 SEGUNDA   PARTE

1.° Es de fe que uno de los efectos propios del sacramento de la eucaristía es borrar el pecado venial. A la palabra del concilio de Trento citada más arriba, añadid la del papa Inocencio III diciendo formalmente que "este sacramento destruye el pecado venial y preserva del pecado mortal, venialia delet et cavet mortalia. Santo Tomas lo recuerda y apoya en ello su argumentación, en donde demuestra que la comunión tiene una doble potencia para operar la remisión del pecado venial, y que ella la ejerce por este doble medio: el signo sacramental y la realidad producida por la recepción del sacramento: ipsum sacramentum et res sacramenti.

El primero es la eficacia misma del signo sacramental, instituido por Jesucristo, que por su propia virtud, desde que entra en el comulgante, le confiere la remisión de sus pecados veniales. El signo sacramental es

 

entonces como un signo de libertad, que desembaraza al que comulga de las faltas veniales, que manchan todavía su conciencia en el momento de la comunión. Cristo trae, al venir al alma, un decreto de amnistía de todas las faltas veniales, y el signo sacramental es la promulgación de aquel decreto. Éste es un efecto directo o inmediato de su presencia; aquéllas desaparecen por el solo hecho de su venida, como la paja delante del fuego, y son todas absorbidas, quitadas, anonadadas. Este efecto es independiente del aumento de la caridad y de todo otro producido por la comunión. Y esto es bien debido, dice Santo Tomás, a la presencia sacramental, la que bajo el signo escogido para manifestarla, está concedida, antes que todo, para nutrir, y anuncia que viene a operar este beneficio necesario. Porque nutrir el cuerpo no es otra cosa que reparar las pérdidas cotidianas sufridas por el organismo en el juego natural de la vida y en la fatiga de la acción.

Además, el alma está en condiciones análogas: sujeta a la contradicción continua de la concupiscencia, pierde en una porción de faltas veniales el fervor, el ardor, la potencia activa del amor divino, que es su salud perfecta. El sacramento que viene a nutrirla debe, pues, tener por primer efecto reparar estas pérdidas diarias y desembarazarla del peso de estas miserias sin cesar renovadas, y sobre esta necesidad se funda la primera causa por la que el perdón del pecado venial es uno de los efectos inmediatos de la comunión: et ideo competit huic sacramenta ut remittat peccata venialia . No producir este efecto sería no restaurar la salud, la vida plena del alma, sería no devolver la libertad completa de sus movimientos y la potencia de sus actos; equivaldría a no ser el pan de vida instituido para que tengan (los fieles) la vida y la tengan más abundante, es decir, activa y desbordándose en actos tan santos como variados; sería mentir a lo que proclama la forma sacramental, dada por Jesucristo a su eucaristía, la forma del alimento que satisface, de la bebida que da vigor y frescura a la sangre, el bienestar y la ligereza a los miembros. San Ambrosio tiene mucha razón en decir que "este pan se toma cada día para remediar las enfermedades de cada día, iste panis quotidianus sumitur in remedium quotidiani infirmitatis.

El segundo medio por el cual la comunión borra el pecado venial, es el aumento de la caridad que produce aquélla en toda alma que la recibe en estado de gracia. La comunión produce doble efecto de caridad; pues aumenta la suma y acrecienta el fondo; pues suscita actos de ella y los activa; dos efectos que ponen de manifiesto su potencia para destruir el pecado venial: unde manifestum est quod virtute huius sacramenti remituntur peccata venialia. Hemos visto más arriba, tratando de la naturaleza del pecado venial, que, no causando ninguna disminución real en el hábito de la caridad en el alma, es decir, en el hogar y en el principio de la vida sobrenatural, había solamente sobre la caridad este doble mal efecto, rebajar el fervor y hacer el movimiento más pesado y los actos menos numerosos y menos desprendidos.

Si la comunión da la más grande potencia al hogar, activa y reaviva su ardor y contrabalancea el primer efecto del pecado venial; si aquélla procura, excita e inclina a los actos del amor, ella anula el segundo. Y por esto, destruye los pecados veniales mismos que habían sido contraídos. Porque cuando se trata del pecado venial, como no impide la amistad divina, no es necesario para borrarlo ningún agente directo, ninguna infusión de gracia especial. Todo movimiento de amor, o de contrición amorosa, que nos lleva más vivamente hacia Dios, todo acto un poco generoso de caridad o de virtud inspirada por la caridad, basta para borrar todos los pecados veniales; el retardo del amor, la debilidad de sus actos, que son la esencia del pecado venial, son reparados por el fervor y la generosidad de estas nuevas disposiciones: "Peccatum veniale non contrariatur habituali gratiae vel charitati, sed retardat actum eius: et ideo ad hoc quod peccatum veniale tollatur, non requiritur quod infundatur aliqua habitualis gratia; sed sufflcit aliquis motus gratiae, vel charitatis ad eius remissionem ." Si esto es así, si el pecado venial cede a todo renovamiento de amor, aun ocasionado por fuera de toda operación sacramental, por el simple fervor, más generoso o más constante de ciertos actos, ¿qué será en la comunión cuando allí se halla, no solamente acto de caridad más vivos y más ardientes, sino una nueva efusión, una nueva invasión de la gracia divina, inundando el ser todo entero, refrigerando las raíces de todas las virtudes, reconfortándolas y dándoles una fecundidad nueva? ¿Qué será en presencia de un fuego reciente echado de lo alto en el hogar de la caridad, aumentando su intensidad y avivando sus llamas? ¡Ah! Entonces es cuando todos los pecados veniales desaparecen del alma, no solamente aquéllos de que tengamos, con un recuerdo más presente, una contrición actual, sino también todos aquéllos que, existiendo en nuestra alma, nos fuesen ocultos y velados y de los cuales no tuviésemos sino una contrición general o implícita. ¡Ah! La Comunión es ciertamente la renovación total del alma humana y su libertad, y al salir de la santa mesa podemos estar, si correspondemos bien a los efectos del sacramento de vida, todo vivientes, de una vida sin tacha, todo brillantes, de una ropa inmaculada; podemos, en fin, estar sin pecado, sin ningún pecado, ni aun venial ¿No es ésta la suprema felicidad para un alma celosa de la gloria de Dios? ¿No es esto, aun más que por los gozos y las delicias del divino banquete, la participación de la felicidad del cielo? Porque, en verdad, aunque el cielo no debiera darnos ningún otro gozo, más que el estar sin pecado y sin temor de cometerlo jamás, ¿no sería esto solo una beatitud capaz de colmar nuestros más ardientes deseos y de secar nuestras lágrimas más amargas, no aquéllas que corren sobre las llagas de nuestro corazón, causadas por las pruebas, sino aquéllas que inundan nuestra alma, saltando de los manantiales de nuestros pecados?

Lo que adelantamos aquí podrá inquietar un instante las almas tímidas, que se preguntarán si esta dicha de una exención absoluta de todo pecado, aun del venial, y un perdón plenario de toda ofensa, y una destrucción radical de estos gérmenes tan activos, es realmente un efecto posible de la comunión. Todo lo que acabamos de decir lo demuestra; pero Santo Tomás lo confirma explícitamente. También a él se hacía esta objeción sacada de la debilidad extrema de la humanidad, que la hace caer tan fácilmente en las ocasiones innumerables que le presentan el deseo interior y los atractivos de los bienes creados, y se le preguntaba cómo podía conciliar esta doctrina tan gloriosa para la eucaristía y que tanto anima el alma, con aquellas lúgubres palabras de San Juan: "Si alguno se atreve a decirse sin pecado, se engaña a sí mismo."

Porque, se decía, si la comunión perdona todos los pecados veniales, acontecerá que el cristiano podrá hallarse muchas veces sin ningún pecado desde esta vida, y esto parece imposible, según San Juan: "Non videntur quod omnia remittantur, quia sic frequenter aliquis esset absque peccato veniali, contra id quod dicitur: "si dixerimus quia peccatum non habemus, ipsi nos seducimus"": y Santo Tomás respondía que esta palabra de San Juan es verdad, y de realidad; pero es preciso entenderlo

en su justo sentido; porque el sentido es que permanecer toda la vida sin pecado venial es imposible a los mismos santos; pero pretender que no se pueda jamás vivir, ni una hora, sin pecado venial, es falso.

Después de la doctrina del concilio de Trento, citada en la primera parte, esto es hasta herético. Pero ¿cuándo brillan para nuestras almas, entristecidas por las sombras o nubes del pecado en que se vive acá abajo, y oprimidas por el peso de nuestras innumerables faltas, cuándo brillan para ellas resplandores de pura luz celestial, de vida angélica, de santidad perfecta, de santidad total y de libertad gloriosa? ¿Cuándo, pues, ¡oh mi Dios! seremos espejos sin mancha, santuarios inmaculados, cielos terrestres, dignos de complaceros, aun al frente de los cielos de vuestra gloria? Esto es, a las horas benditas de nuestras comuniones, cuando el hogar de nuestro amor, habiendo recibido un nuevo alimento, las gracias actuales del amor nos solicitan ardientemente a amar a Dios y sentiremos contra nuestro corazón de carne el corazón mismo de Jesús, que ama en nosotros tan puramente a su Padre y que nos lo hace amar con un amor tan puro con él.

Pero se puede insistir y preguntar, si la comunión exige ciertas disposiciones especiales y muy perfectas de parte del comulgante para producir en él este maravilloso efecto de una pureza absoluta. Suárez responde sencillamente que no. No es necesario disposición extraordinaria para esto. Este efecto es, ante todo, el efecto del sacramento; esto es, a su potencia magnífica hay que atribuirlo, y no a efectos extraordinarios del hombre.

Con toda seguridad, se puede decir que no es necesario tener una contrición tan perfecta, tan profunda como sería preciso para obtener el mismo efecto de liberación, fuera de la comunión. De otra manera, ¿de qué serviría la virtud sacramental? ¿En dónde se veda la operación directa de la comunión? Non ita prodesset virtus ex opere operato sacramenti. Lo que se requiere, pues, es el estado de gracia, esto se conoce de suyo, que consiste en no tener y no guardar conscientemente afecto actual a este o aquel pecado venial. Es claro que hallarse en la complacencia de haberle cometido, sin que su recuerdo presente nos cause ningún pesar; es claro que estar en la voluntad actual de cometerlo todavía, lo que es, en los dos casos, amarlo actualmente, guardarle una afección determinada, es evidente que esto impediría a la comunión borrarlo: ut non interveniat actualem affectum talis peccati. Pero fuera de esta exclusión del afecto actual al pecado, ninguna disposición particular se requiere para obtener de la comunión la destrucción de todos nuestros pecados veniales, detestados implícitamente y en masa; que esta detestación sea aun implícitamente encerrada en el acto de amor de Dios, por el cual nos disponemos a recibirle, y la recepción de su santísimo cuerpo producirá en nuestra alma la liberación total, al mismo tiempo que derramará en nosotros el tesoro de su gracia sacramental, quiero decir, el aumento intrínseco de la excitación actual de la santa caridad. Praeter haec, nihil necessarium est; sed infundendo suam gratiam sacramentalem, simul eucharistia delet venialia, et hoc est proprie tollere ex opere operato. LS 1889, p. 361

 

IX

 

Continuamos y terminamos en este número, colocando en nuestro lugar, como lo merece, el precioso estudio del P. Tesnière, acerca de la influencia de la comunión sobre el pecado venial, y creemos que nos lo agradecerán nuestros lectores. Dice así:

II.- La antipatía profunda y victoriosa de la comunión contra el pecado mortal nos dice bastante cuán terrible es el sacramento del amor contra la tibieza, que es un compuesto de las afecciones al pecado venial y de la caída consciente en él y sin remordimiento.

La tibieza en su último fondo es un resfriamiento en la caridad, es su fervor disminuido, sus actos retardados, menos frecuentes y menos generosos. La comunión es la caridad aumentada, su fervor inflamado, sus excitaciones más imperiosas, sus actos multiplicados, y más constantes y más generosos.

La tibieza es el oscurecimiento del sentido sobrenatural, la opacidad producida en la luz de la conciencia por la disminución de las llamas de la caridad; es una suerte de penumbra, de estado nebuloso, favorable a la aparición de todos los fantasmas del pecado, a la extinción  de todos los gérmenes que, nacidos del mal, tienen horror a la viva luz de la caridad perfecta. Acontece que por este estado de semi-tinieblas el alma se duerme, entregándose temerariamente a los demonios de la noche; gracias a estas tinieblas no discierne aquélla bastante los matices del bien y del menor bien, y perdiendo toda delicadeza, admite todo, excepto el pecado mortal en todo su horror. La comunión arroja la luz del pleno día en la conciencia, colocando improvisadamente en el centro el sol de justicia, la santidad increada de Dios, el alma santísima de Jesús, la pureza de su vida, la perfección de sus virtudes, su horror del pecado, los sufrimientos a que se entregó para destruirlo, su amor a la verdad sin sombra, de la que fue víctima decidida.

El alma tibia siente entonces, si no quiere sacudir su entorpecimiento, y recobrar sus antiguas obras y rescatar el oro puro de la caridad, siente los movimientos de la repugnancia, que soliviantan el corazón del Salvador; se siente llevada hasta sus labios para ser desechada por su disgusto; y entonces cede a la luz de las solicitaciones de aquél, cuya condescendencia no le amenaza sino para traerle otra vez a su primitivo fervor.

La tibieza, en fin, es la tristeza del fastidio en el servicio de Dios, en su conservación, en el uso de las cosas santas. Tristeza fatal, fastidio pesado que, haciéndolo todo amargo o insoportable, hace imposible, al propio tiempo, la perseverancia, porque no se vive, ni se trabaja, y menos aun se puede combatir y sufrir sin gozo, lo que quiere decir sin amor; porque todo amor mantiene en el fondo del alma una fuente secreta de gozo reconfortante. Pero la comunión viene cada día a reanimar el valor, afinar el gusto de las cosas espirituales, a embriagar el alma de algunas delicias, haciéndola sentir y gustar la bondad de Dios en su don más abundante, y a la vez, el más amable y el más dulce: Ex virtute huius sacramenti anima spiritualiter refficitur per ea quae anima spiritualiter delectatur, et quodam modo inebriatur dulcedine bonitatis divinae secundum illud: "Comedite, amici, et inebriamini, carissimi.

La comunión es, pues, un remedio infalible para la tibieza; todo lo demuestra cuando se estudia frente a frente este mal debilitador y este remedio todopoderoso. ¡Ay de mí! ¿Por qué es necesario que los hechos se obstinen tantas veces en dar un mentís a esta verdad y en lanzar sobre el glorioso sacramento un velo que la fe poco sólida hallaría injurioso? Son las almas piadosas y que comulgan más veces y, entre ellas, es donde se recluían las legiones languidecientes de las almas tibias: he aquí la objeción. La reconocemos verdadera en cuanto al hecho; pero este hecho mismo no tiene nada de extraordinario, y sobre todo no prueba nada contra la potencia de la comunión. ¿Querríase hallar almas tibias, es decir, viviendo en estado de gracia, aunque aficionadas a todas las negligencias, sobre las que vive y se propaga el pecado venial como los gusanillos sobre las hojas de los árboles, o se querría, por ventura, encontrarlas entre los impíos, entre los racionalistas o entre los libertinos? A menos que no se las quiera buscar entre los que no comulgan sino en Pascuas! Pero aquéllos son todos tibios, salva la excepción de los otros que enlazan una Pascua a la otra por una cadena cerrada de pecados mortales. Por esto, las almas tibias se llaman las que comulgan muchas veces. Pero, ¿qué es lo que esto prueba? Dos cosas: en primer lugar, la increíble tenacidad de nuestra miseria, que es capaz de hacer impotente la fuerza de un agente tan enérgico, tan activo como el sacramento de todos los amores, condensados en un solo infinito y actual amor: y entonces, es preciso hacer justicia al sacramento que impide que una miseria tal llegue a hacerse victoriosa, arrojando las almas bajo el yugo del pecado mortal. O bien, este hecho lamentable prueba que las almas piadosas que vegetan en la tibieza no se colocan en condiciones de utilizar contra su mal inveterado todos los recursos del sacramento del amor ferviente. ¿Cuántas entre las almas asiduas a la mesa santa se llegan a ella poco después con la misma disposición habitual y material que llevan a todo otro ejercicio piadoso, a su oración de la mañana o a la audición de su misa de cada día? ¿Cuántas se aproximan al sagrado banquete sin reflexionar en la preparación de la meditación matutina, en el valor, en la grandeza de lo que van a recibir, haciendo apenas un examen rápido y ligero, sin ningún deseo de hacerlo a fondo; bosquejar apenas con la punta de los labios, sin hacerlo resaltar de un corazón quebrantado, un acto de contrición sin objeto preciso, sin verdadero dolor y sin arrepentimiento? ¿Cuántos no quieren poner para la compra de este día, tan precioso entre todos, el precio de un sacrificio, de una ruptura, de un esfuerzo; cuántos habiendo recibido a su salvador, que viene a ellos para ilustrarlos, para aconsejarlos, para conducirlos, no toman ni aun el tiempo preciso de interrogarle, de oírle, ni de mirarle; cuántos, en fin, no abren a su acción, a sus virtudes activas, a sus impetuosos movimientos hacia el bien, ninguna salida, ni en sus sentimientos para apurarlos y enternecerlos, ni en su inteligencia para alumbrarla prácticamente, ni en su voluntad para hacerla dócil a su voz, a sus deseos, a su buen placer, ni en su actividad para permitirla traducirse en obras santas y meritorias?

No comprendiendo ni gustando, por su propia falta, los sabores ocultos del maná celestial, no viendo el origen divino ni sus maravillosas eficacias, se hallan fatigadas de sus apariencias insensibles y siempre las mismas, de su ausencia de sabor sensible, de su aparente impotencia, y así es que no la recibe sino con una especie de disgusto que excita su nausea: Nausseat iam anima nostra super cibo isto levissimo . De aquí que esa alimentación, recibida con tan malas disposiciones en estómagos fatigados, produce la insuficiencia de la nutrición para estas almas, la debilidad de su constitución sobrenatural, el bajo nivel de su santidad, la nulidad de sus virtudes, su impotencia y su esterilidad para todo bien un poco generoso, un poco sublime. Pero si, yo veo la falta de estas almas y la causa de su tibieza persistente, yo no veo en qué el sacramento de amor viviente, recibido con tal imperfección, sea culpable de no producir sino resultados insuficientes. Que se le cave, que se le abra un surco más profundo y mejor dispuesto, que se le dé más libertad de obrar según sus fuerzas y sus designios, y de todas las almas que así lo reciban, hará almas amantes y ardientes, hará llamas encendidas a su hogar, que lleven por todas partes su calor, su luz y su vida.

III. Reservando para un próximo estudio la cuestión del poder que posee la comunión para preservar de pecado mortal, hacia el que el pecado venial de hábito lleva por una pendiente casi irresistible, diremos aquí, para terminar, lo que puede aquélla para destruir las terribles consecuencias del pecado venial, que se llaman penas temporales del pecado.

Es cierto que la comunión no tiene aquí ninguna acción directa ejercida en virtud de su institución y de su naturaleza: esto se comprende. Las penas no se pueden expiar o remitir sino por vía de satisfacción; la satisfacción supone expiación. Porque si la eucaristía, en cuanto sacrificio, está directamente instituida para la remisión de las penas expiadas por la dura pasión y la ignominiosa muerte de Jesucristo, de la que aquélla renueva la memoria y aplica el mérito, en cuanto comunión, no tiene directamente este fin, sino el de nutrir. Pues, para tomar las cosas al pie de la letra, la comunión no perdona por sí misma las penas temporales debidas al pecado .

Pero esta manera de entender el poder del sacramento de todas las maravillas sería estrecha si se limitase a lo que se dijo. Directamente, pues, no siendo sacrificio, la comunión no remite las penas: pero indirectamente y por muchas consecuencias necesarias, las remite; las remite más o menos, según la disposición del que las recibe; porque ella tiene todo lo que es necesario para excitar en nosotros una caridad tan perfecta por la cual nos sean remitidas totalmente. Esta es la enseñanza de Santo Tomás. En efecto: la Eucaristía nutre, fortifica y desarrolla la vida del alma, uniéndola más y más perfectamente a Jesucristo por el amor. ¿Qué cosa hay que impida a este amor ser tan grande, tan ardiente, tan sensitivo, que suprima no solamente las barreras del pecado venial, sino también aquéllas mucho más altas de las penas temporales, que separan nuestra alma de él? Un sacramento instituido para producir la unidad perfecta, debe tener la fuerza de producirla en realidad, y por lo mismo, de destruir todos los obstáculos que se oponen a su perfección. Y bien: que el amor que teníamos ya antes de la comunión se excite y se apure más en el costado sacramental con su hogar divino, ¿quién impedirá que nos una a Jesucristo sin ninguna separación? Síguese, pues, que según que la comunión produzca en nosotros más o menos amor, disminuirá más o menos las penas merecidas por nuestros, pecados; y a este efecto, que tendrá la caridad por causa inmediata, tendrá la comunión por causa primera, fruto que será a seguida de la recepción del sacramento de amor que la caridad se haya desarrollado en nosotros: Quia haec unitas fit per charitatem, ex cuius fervore aliquis consequitur remissionem, non solum culpae, sed etiam poenae, inde est quod in consequente ad principium, homo consequitur remissionem poenae, non totius, sed secundum modum suae devotionis et fervoris .

Bajo otro punto de vista, aun se manifiesta la eficacia de la comunión para la satisfacción de las penas temporales. Lo que da a nuestras obras la virtud satisfactoria es la participación en las penas infinitas sufridas por Jesucristo. Pues la comunión nos une muy íntimamente a la pasión de Jesucristo. Ella ha sido instituida principalmente para este fin de grabar en nosotros y tener siempre vivo el recuerdo en el corazón, y de aplicarnos la virtud redentora en la vida. Es el cuerpo entregado el que nos es dado a comer; es la sangre derramada la que bebemos; y el Salvador nada nos pide tanto como que nos acordemos de su muerte. La comunión, pues, nos hace entrar muy íntimamente y con amor en la pasión y en la muerte de Jesús; esto es, nos hace participar de sus infinitas satisfacciones; esto es, dar a nuestras oraciones, a nuestros trabajos y a nuestros padecimientos, la virtud satisfactoria de las oraciones, de las penas y de las lágrimas de Jesucristo; y, con este título, cuánto más entre cada uno, en las llagas de la santa hostia, tanto más obtendrá una amplia amnistía de sus deudas con la divina justicia. Secundum modum quo homo participet passionis Christi, percipit etiam absolutionem a reatu poenae.

En fin, lo que no es de desdeñar  en esta cuestión, si la comunión nos da el amor, el celo y la fuerza de la mortificación; si nos inspira el desprecio de los goces corporales, fruto bien natural de la manducación de un cuerpo azotado con varas, agonizante en -un sudor de sangre y crucificado sobre un cadalso; si ella nos da esa fuerza del amor, que es la paciencia y que nos hace aceptarlo todo, sufrirlo todo, amar todo en las pruebas, de cualquier mano que vengan, por cualquier lado que nos hieran, la comunión, ¿no nos habrá armado poderosamente para la expiación de las penas del tiempo, de las de esta vida y de las posteriores en el Purgatorio? Porque es uno de los frutos de la comunión unirnos a Jesucristo en un amor tal que quisiera a cualquier precio que sea "consumar en sí lo que falta a su pasión y así completar a aquél que nos quiere adaptar a sí como miembros de su cuerpo perfecto".

He aquí los socorros que trae la comunión a la remisión de las penas. Recibirla bien y muchas veces es expiar, a medida de la devoción, las penas de las faltas de cada día, es pagar deudas tal vez ya antiguas y acumuladas en todo lo largo de la vida. ¡Oh! ¡qué bueno será no morir sino en la comunión, acabando, en este último abrazo del amor misericordioso, de borrar nuestras faltas y de pagar nuestras deudas! ¡Cuán inteligente sería y cuán tranquilizadora aquella caridad que diese muchas veces, las más veces posibles, a los enfermos, sobre todo a los más gravemente atacados, el sacramento que, santificando sus grandes y dilatados sufrimientos, los hiciera eminentemente satisfactorios y preparase a los pacientes queridos a pasar sin retardo del banquete de la gracia al festín de la gloria!

LS 1889, p. 401

 

X

En este artículo Trelles hizo la presentación de una obra de Tesnière y, con la última frase, introdujo la primera entrega de su traducción. Se hallará en otro lugar de la clasificación de los artículos de LS.

 

Bajo este título , que a todo don de Dios conviene y puede sin duda alguna aplicarse, de las conferencias del P. Tesniére, hemos publicado una gran parte de lo referente a la conexión y auxilios de la comunión sacramental en orden a la remisión del pecado venial.

Atraídos por lo precioso de la obra, en el presente y sucesivos números de nuestra pobre revista pensamos publicar enteras algunas otras conferencias de tan ilustre autor contemporáneo, colocando su texto en el lugar preferente de nuestro periódico, como lo verán nuestros lectores, y alternando esta traducción con humildes trabajos nuestros. Para este propósito preferimos en la obra excelente del superior distinguido de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento las conferencias xviii a la xxii, que tratan de la vida interior en afinidad con la sagrada eucaristía y con su recepción frecuente.

Estas cuatro conferencias constituyen un tratado completo de la vida interior en relación con la eucaristía, estudiando en la primera el sabio autor la elevación del alma a Dios por medio de la súplica que apellida con la voz francesa prière, que significa súplica y también oración; la segunda conferencia, o sea, la décima novena del libro, trata de la oración propiamente dicha; la tercera, de la cultura del alma en la relación con Dios; y la cuarta, de la renuncia de todo por Dios, subordinándole todo afecto y restaurando el orden de las inclinaciones, pues todas deben colocarse como los afectos, por debajo del afecto y amor divino.

Pero lo que encarece y recomienda especialísimamente esta preciosa parte de la citada obra y da un sello singular y característico al fragmento que hoy comenzamos a publicar, es que todo él está fundado sobre la eficacia de la comunión sacramental. De ella hace brotar el ilustrado autor, como de manantial purísimo de gracia, que contiene al autor de la gracia, el espíritu que eleva, la oración propiamente dicha que transforma, la cultura del alma que la espiritualiza y la renuncia absoluta que divorcia al hombre de lo terrenal para transportarle a la región de lo eterno, que es Dios.

En semejante supuesto puede afirmarse que nos da a conocer este precioso conjunto de consideraciones lógicas, que todas ellas forman un cuerpo de doctrina, la afinidad innegable del augusto sacramento del altar con la vida cristiana, que deriva de Cristo para volver a Cristo y esconderse con él, como dice San Pablo, en Dios, muriendo antes a la vida terrenal, lo que es acaso la mejor definición de la vida interior, aunque el autor en que nos ocupamos la explica muy bellamente, diciendo ser "una vida separada de todo lo que aquí abajo no es deber, deber de estado o deber de caridad, y unida, consagrada a Dios por un culto espiritual y perpetuo."

Es tan escasa nuestra ciencia, que no podemos decirlo con perfecta seguridad pero, con tal salvedad, añadiremos que hemos pensado traducir para nuestros lectores un tratado nuevo, original y didáctico de la vida interior y de la conversación continua del cristiano con Dios, originada, influida, inspirada, alimentada, y cómo diríamos, participada de la propia vida eucarística de nuestro Señor, que nos lo reveló así en aquellas hermosas palabras de San Juan "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él."

Así mirada y admirada la serie de proposiciones y deducciones, perfectamente eslabonadas que contienen las cuatro conferencias a que nos venimos refiriendo, forman un plan excelente y nuevo en la forma, aunque los materiales sean conocidos y tan antiguos como la verdad revelada, plan que puede servir de pauta al lector para iniciarse, adelantar y llegar a su objeto en la vida perfecta, siguiendo las huellas que le traza con mano maestra el incomparable autor, que nos honra con el titulo inmerecido de compañero y amigo.

El ideal propósito de tomar a Cristo sacramentado, no sólo por maestro, amigo y hermano en la carne, sino también por alimento consustancial y espiritual en cierto modo místico, pues sabido es que descompuestas las especies, desaparece la sustancia del cuerpo de Cristo, aunque queda su espíritu, siendo como compañero que nos asume a sí y diviniza nuestros actos, a punto de merecer por el espíritu de Cristo que los informa la bienaventuranza, es tarea digna de un santo padre y, en la forma que aquí se hace, embelesa el alma y cautiva el corazón.

Pero, aun en el desarrollo de semejante pensamiento, hemos hallado y admirará el lector una forma original y un método que creemos completamente peregrino y digno de loa y de general estimación.

Porque cabalmente eso quiere ser Cristo en su presencia real y permanente entre nosotros en el augusto sacramento, esto es, vía, verdad y vida, alimento que se compenetra con el hombre, viático durante la vida y a la hora de la muerte, y germen y principio fecundo de resurrección después de la muerte. Suplicar a Dios por él y con él, orar uniendo nuestras preces a las suyas; trabajar, con su ayuda, en la cultura del alma y renunciar a todo amor por él, subordinándole nuestros afectos, es la práctica verdadera de la religión cristiana que nos vino a enseñar Jesucristo en su advenimiento a la tierra, y todo esto se oculta y como que lo atesora el divino sacramento.

La realización de tal pensamiento es lo que nos enseña, de un modo atractivo y sencillo, sin dejar de tener fundamento sólido y dogmático, el Rdo. padre Tesnière en la obra a que nos referimos.

En esta senda llega el inspirado autor tan lejos y de tal manera pone de relieve las verdades que le sirven de faro, que resulta evidente, como se lo propuso, que el divino sacramento es el tesoro escondido que se encuentra por el hombre de espíritu que lo quiere aprovechar, y la fuente sellada para el profano que no se acerca al manantial, pero que contiene, para el que lo busca, raudales de agua viva, que saltan a la vida eterna.

Por las razones apuntadas, hemos cedido, con mucho gusto, a la traducción de estas conferencias el primer puesto en nuestra humilde publicación. Por esto también las hemos traducido y las publicaremos íntegramente, esperando que nuestros abonados lo agradecerán y estimarán en lo que valen. LS 1889, p. 441

 

VIDA

 

La sagrada eucaristía es vida: vida de Dios, vida de Dios-hombre, vida de Dios-hombre-hostia. Nadie duda de estas verdades; pero nadie estudia sus consecuencias, y esto venimos a ensayar en el círculo de nuestro corto alcance.

Es de fe que en la forma consagrada reside la segunda persona de la beatísima Trinidad con los atributos inseparables de Dios, porque Dios es un acto puro, y sus atributos son él mismo. De suerte que los ojos de la fe descubren, bajo [ocultación o enfoque] la nube leve de las especies, al Verbo divino, esplendor de la gloria del Padre, luz procedente de luz, luz de luz y fuente de luz, día que ilumina el día, verdadero sol que se derrama en luz, brillante de hermosura, que infunde en nuestros sentidos el Espíritu Santo, como dice un himno del Breviario, que se atribuye al poeta español Prudencio.

No decimos nada nuevo ni revelamos cosa desconocida y, con todo, es de tal magnitud el misterio y de tan absoluta importancia, que necesita repetirse, y por sí sólo haría la bienaventuranza anticipada de quien lo contemple y se lo asimile cuanto cabe. La residencia actual, perpetua, continua, inamisible de Dios Hijo en la hostia sacratísima; en una palabra, la presencia real, que trae consigo por la circumincesión la [presencia] de las otras dos personas divinas, da una prueba magnífica del amor de Dios al hombre, y nos trae del cielo (por decirlo de algún modo) un presente [regalo de afecto] infinitamente precioso que no hemos venido hoy a encarecer, sino en el aspecto arriba señalado, en cuanto es vida de Dios bajo la forma sacramental; si bien vida velada, oculta, misteriosa; pero vida activa, latente, específica, por decirlo así, singular, y por todo extremo operante y en ejercicio actual y continuo.

Es más: aunque el Verbo, en su íntimo ser inmanente en las perpetuas jubilaciones [alegrías] de su comercio [trato] o relación ad intra con el Padre, que producen siempre el Espíritu Santo, no tiene más que una vida inaccesible a la mirada y a la comprensión del hombre, porque el Verbo es, como dice monseñor Laudriot, la palabra eterna del Padre, y como es sustancial, es eterna y hace la segunda persona de la Trinidad, procediendo de las aspiraciones recíprocas la tercera, el Espíritu Santo; no obstante, en la eucaristía la vida de Dios, sin ser diversa en su esencia, se ejercita ad extra, y de otra manera, y más aún, sólo para nosotros, pues la vida del Señor en el sacramento es nuestra y no tiene otro objeto inmediato que nosotros. Puede esto decirse así llanamente. Por eso, pues, se nos da a todos los hombres, y se brinda allí a cada uno de ellos, en cuanto la pueden recibir y merecer, y en cuanto su divina majestad quiere comunicársela.

San Agustín en sus confesiones(1) tiene un pasaje de tal manera oportuno, que no queremos resistir al deseo de hacerlo conocer a nuestros lectores. Dice así: "Buscaba yo el camino de adquirir aquella robustez necesaria para gozar de vos, y no podía hallarla, hasta que me abracé con Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, ensalzado sobre todas las criaturas, y verdadero Dios, bendito y alabado por todos los siglos, el cual me estaba llamando y diciendo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Él es quien envolvió en carne aquel manjar que, por falta de fuerzas, no podía yo comer; porque el Verbo eterno se hizo carne para que vuestra increada sabiduría, con que criasteis todas las cosas, pudiera ser alimento suavísimo y proporcionarse a nuestra pequeñez e infancia. Pero como yo no era humilde, no me abrazaba con mi Señor Jesucristo, que se había humillado tanto, ni sabía yo qué virtud nos enseñaba vistiéndose de nuestra flaca y débil naturaleza."

Continúa el santo doctor la misma idea, y termina el capítulo manifestando que "saciando el Señor la hinchazón de nuestra soberbia, nos inspiró su amor y caridad... para que los hombres reconozcan su bajeza viendo a sus pies humillada la divinidad por haber participado del traje tosco de nuestra naturaleza, para que en sus apuros y trabajos se arrojasen a los pies de su majestad humanada que, al exaltarse gloriosa, los levantase del polvo de la tierra a la mayor altura."

La vida de Dios no tiene nada de común con las criaturas, que si bien proceden de Dios, no es por emanación sustancial, como el Verbo eterno, sino por una participación de semejanza(2). Según San Agustín, cada ser tiene su ideal particular y eterno en el Verbo de Dios, y no debe traspasar los límites de su especie, determinados en el Verbo de Dios; y Santo Tomás, citado por Laudriot, afirma que la perfección de cada ser consiste en reproducir la idea, la forma propia de su ser, que permanece en la inteligencia infinita. Las procesiones divinas [acción y resultado de la acción eterna con que el Padre produce al Verbo, y con que estas dos personas producen al Espíritu Santo] (continúa Santo Tomás) son movimientos interiores que dan la vida; son la causa y el prototipo de las procesiones creadas, es decir, de todos los movimientos exteriores que dan la vida, fuera de Dios; con la diferencia de que las primeras dan la semejanza sustancial de la naturaleza integral, mientras que las segundas no son sino las semejanzas imperfectas, y manifestadas exteriormente, de las ideas que existen en Dios. "Hay en el hombre, -añade todavía monseñor Laudriot(3), una tal sed de Dios, que aspira a subir sobre el trono de la eternidad; y tiene razón, porque el infante real se complace en jugar sobre el trono de su padre. El orden o el desorden de este deseo es lo que constituye la verdad y la virtud, el vicio y el pecado. ¡Y bien! Dios ha querido, en tanto que era permitido a su poder, satisfacer esta ambición de su criatura, en lo que tenía de verdadero y de noble. Ha elevado al hombre hasta trasformarle en él mismo por el misterio de la eucaristía; no que absolutamente esta trasformación sea completa y sustancial, porque deja al hombre, a lo menos aquí abajo, el lado débil de la criatura; pero lo trabaja, sin embargo, hasta hacerle participante de la naturaleza divina; no quita al hombre su personalidad y, sin embargo, le consuma en la unidad de hijo de Dios." El padre Faber(4) dice al mismo propósito: "Dios posee una vida en el mundo material, una vida en el mundo moral, una vida en el mundo intelectual, una vida en el mundo espiritual de la gracia, una vida en el mundo de la gloria. Dios tiene también una vida pública en el gobierno exterior, y es su vida de rey. Vive en el castigo, porque su justicia vindicativa es una de sus grandezas eternas. Vive en la recompensa, porque es allí en donde revela sus tesoros interiores, derramándolos largamente sobre sus criaturas. Tiene una vida diferente en cada una de las diversas creaciones. Tiene una vida en los destinos de la Humanidad, considerando nuestra raza en su conjunto, y otra vida en el alma individual de cada hombre en particular. Tiene una vida imitable, la que se nos manifiesta para ser imitada, y una vida visible, pero embarazosa, para nuestra vista finita y, por consiguiente, inimitable, y en fin, una vida inimaginable. Tales son las vidas de Dios, esas vidas de que se puede ocupar nuestra oración con el más profundo respeto, y con los frutos más abundantes. Sabemos que posee mucho mayor número y que mucho mayor número de ellas se descubrirán a otros espíritus. Sabemos que lleva todas estas vidas a la vez, y que no puede llevar ninguna separadamente. Sabemos que está todo entero en cada una de ellas, y que se basta plenamente a sí mismo, y que es infinitamente adorable en ellas."

Hemos citado estos autores, y especialmente el último, para añadir que, viviendo el Señor también en la eucaristía, lleva también aquí una vida por todo extremo singular, y a la que da nombre la unión hipostática y la presencia real, y esa es la vida sacramental, que es un modo de ser allí, bajo las especies, para acercarse a nosotros y comunicársenos de un modo amoroso y trascendente y vivir en nosotros y con nosotros y que vivamos en él.

Esta vida de Dios, de Dios-hombre y de Dios-hombre-hostia, es el asunto de nuestra meditación, que venimos a transcribir. Porque la maravilla consiste, como lo escriben los autores citados, y especialmente el último, en que todas estas diversas vidas no se estorban, y coexisten en Dios a la vez, en todas las diferentes esferas a que nos hemos referido. Y esto es por cuanto Dios no se muda, ni tiene vicisitud en ninguna de estas actividades, ni para ejercitarlas lo necesita, porque todas las cosas están en Dios, ya por esencia, presencia y potencia, como nos enseñó la doctrina cristiana, conforme al Evangelio de San Juan, cuando dice: Todo lo que ha sido hecho en Dios era vida.

De manera que la expresión de las diversas vidas de Dios de que habla el padre Faber para hacerse entender, no es exacta en el rigor de la verdad teológica, sino que Dios tiene una sola vida que, a través de los diversos seres, se manifiesta de diferente manera, pero es una sola vida simplicísima y eternamente activa, lo que coincide con la idea de un gran escritor teológico, que la Creación es la emanación de todos los seres del Ser Universal(5). En este sentido la vida de Dios en todas las cosas, o mejor, de todos los seres en Dios, es completa, única y siempre la misma, aunque toca todas las cosas de diversa manera y en diverso grado.

De estas consideraciones, tomadas casi literalmente de las obras del padre Faber y del reverendo arzobispo de Reims, monseñor Laudriot, se sigue que Dios, en el sacramento de amor, mediante la presencia, vive allí por la unión hipostática real y verdaderamente, con toda su actividad que nos comunica en la comunión, en la medida de nuestra disposición y de su soberana voluntad; y esta vida especial de amor y de poder infinitos, es lo que se trata de demostrar en el presente escrito, para recomendarla a la gratitud del hombre, y mover su corazón a ejercitar la fe y el amor en este augusto misterio.

Esta vida de Dios es toda para nosotros, y sirve ¿cómo diremos? de base a nuestra vida espiritual y a la vida de Dios-hombre, que también se halla bajo las especies sacramentales, y que hemos prometido meditar y lo haremos otro día.

En la doctrina expuesta no hay riesgo de panteísmo, porque la magnífica obra de monseñor Laudriot, El Cristo de la Tradición, contiene un prefacio encaminado cabalmente a este propósito, de sincerarse de la nota de panteísmo, que se le quería atribuir, y hace observar el sabio prelado la diferencia entre la vida de Dios y la de las criaturas con estas palabras: "En el sistema panteísta las criaturas son partes sustanciales de Dios y pertenecen sustancialmente al ser divino. En la doctrina católica las criaturas son imágenes de los atributos de Dios, de la vida de Dios; imágenes reflejadas al exterior y que se podrían comparar a fotografías"(6).

Para nuestro objeto, la verdad dogmática que venimos estudiando, como quiera que es una verdad [no] contradicha por nadie creyente, pasa como inadvertida entre los mismos que la profesan, y por eso, conviene inculcarla y traerla a la memoria, por las consecuencias fecundísimas a que se presta.

San Dionisio nos ofrece al propósito un magnífico fragmento que queremos traducir aquí para poner dignamente fin y término a este bosquejo. "Llamando los seres a su participación (7) y dejando desbordar sobre ellos el torrente de sus beneficios, la divinidad se hace cosa separable, múltiple, numerosa en sus obras, sin que ella misma se divida ni pierda su simplicidad, ni salga de su unidad. Así, porque del seno de su unidad adorable Dios distribuye las existencias y crea todos los seres, se dice que esta sublime unidad se multiplica en los seres diversos que produce; y, sin embargo, a través de la multiplicidad, de la producción, de la distinción de todas las cosas, él queda idéntico, inalterable, indivisible, porque es eminente, superior a todo, ejercita su fecundidad sin fraccionar su sustancia, y derrama sus dones sin que su tesoro se empobrezca. Lo mismo cuando comunica la unidad a cada parte y a cada totalidad, a cada individualidad y a cada multitud; él guarda esencialmente su unidad inmutable, no como parte de un todo, ni como un todo compuesto de partes. No es esto así ciertamente: como es uno, como participa de la unidad, como posee la unidad, pero es la unidad trascendente, la unidad radical de los seres. Él es totalidad indivisible, plenitud inconmensurable. Crea, perfecciona y abraza toda unidad y multitud. En fin, cuando por la gracia divina, las criaturas, según su capacidad respectiva, se trasforman en dioses, parece, y se dice efectivamente, que hay pluralidad de dioses diversos. Y sin embargo, el Dios principio y superior queda esencialmente solo, unido a sí mismo, indiviso en las cosas divisibles, puro de toda mancha, puro de toda mezcla y constantemente sencillo en las cosas múltiples." LS 1883, p. 401

(1)   Libro 7.°, cap, XV11I. 

(2) Monseñor Laudriot. Cristo de la Tradición.

(3) Prefacio de la obra citada, pág. XVII.

(4) Bethleen, tomo II, páginas 34 y 35.

(5) Santo Tomás, primera parte, Cuestión 15, números 1.º y 4.°

         (6) Laudriot, páginas 29 y 30 del Prefacio de la segunda edición.

         (7) San Dionisio, De los nombres divinos, páginas 863 y 864, traducido, capítulo II.

 

BELLEZA

 

 No hay, tal vez, una cualidad que más convenga a la sagrada eucaristía que la belleza, así por la que contiene en sí mismo el sacramento, como por los dones que comunica al que le recibe.

Pero, desde luego, se conoce que no nos referimos a la belleza que miran los ojos materiales, sino a la que descubren los de la fe católica, que cree lo que no ve.

    Se llama bello en lo material aquel objeto cuyas proporciones, forma y colores producen un efecto agradable a la vista, despertando un movimiento, por decirlo así, de gozo en el alma, a diferencia de lo hermoso que, aunque supone una perfecta regularidad de contornos, no suscita aquella emoción del espíritu.

La belleza no es ciertamente la hermosura, que, derivando de la voz latina formosus, no significa sino la mayor perfección de la forma entre los objetos de la misma especie.

Los alemanes y los ingleses no han acertado a definir aquella idea, que pertenece al orden espiritual, y que también, en vano, se busca en los escritores griegos. Lo mismo Hegel que Jeofroy, que los escritores ingleses Alison, Human y Stewart, que escribieron acerca de estética, dan una idea muy vaga de la belleza, aunque reconocen que corresponde a lo grande, lo magnífico y lo que corresponde a un tipo que no han querido o no han sabido señalar, sin duda porque es indefinible. "Lo bello, ha dicho un autor célebre, es el esplendor de lo verdadero;" y este pensamiento nos parece el más aproximado a la exactitud. Pero ¿dónde se halla el tipo, puesto que, lo que semeja a éste, es bello?

Nosotros lo encontramos en lo ideal, en lo que constituye una de las fases del ser; y como la verdad del ser está en la mente divina, creemos que allí se oculta el prototipo de lo bello.

"Lo ideal, dice Mons. Landriot en su obra magnífica El Cristo de la Tradición, es lo que soñamos; es un no sé qué de grande y de divino, cuyo instinto está en nosotros, cuyo deseo nos persigue, cuya sed, a las veces, deseca nuestra vida; lo ideal es, muchas veces, lo que debía ser; la realidad es lo que es. El ideal sólo completo es Dios."

He aquí, a nuestro ver, el tipo de la belleza, el resplandor de lo divino, una ráfaga de la luz increada, del Verbo que ilumina inesperadamente un objeto o una persona o una acción humana, y que corresponde al prototipo, por una especie de semejanza que presentimos, y que conmueve nuestra alma en presencia de aquella cosa, persona o acción, como si estuviese el espíritu dispuesto a conocer intuitivamente aquel rayo de luz que revela una rara conformidad de la cosa con las perfecciones de Dios, de que aquella es imagen participada y reflejada al exterior.

Contrayendo esta idea al estudio de la eucaristía, en ella, la belleza es un reflejo de la bondad infinita, y su esencia se oculta en el seno del mismo Dios. Por eso es bello el sacrificio, el don de sí, la voluntaria inmolación del ser en aras del amor puro y sin mancilla; y es tanto más bello, cuanto la inmolación, la exinanición  es más completa, y el dolor aceptado, o la mortificación, es mayor, y más verdadero y más profundo el anonadamiento voluntario que un ser se impone como homenaje a Dios y en utilidad de sus criaturas más nobles y con menos apariencias o con mayor secreto y menor exhibición y, la vista vulgar, con menos pretensiones todo lo que se reúne en el sacramento.

El sacrificio voluntario es siempre sublime, siempre bello; y a medida que la víctima es más excelente y mayor el amor con que se ofrece, viene a resultar mayor y más grandemente bello aquel acto sublime.

Grande fue el sacrificio de Abrahán al entregar a Dios la vida de su hijo único; y no sólo grande, sino bello.

¿Qué no será el sacrificio del Verbo humanado sobre el ara de la cruz? Aquí se ve el mayor sacrificio del universo, porque aunque la víctima material es la humanidad, unida está al Verbo, que es la persona que asume la acción y la avalora, y viene a ser un sacrificio de Dios, ofrecido a Dios por su gloria y por la salud de la Humanidad redimida a tan alto precio. Esto es bello con una belleza que asombra, no sólo por la acción, por el agente, por el fin y por el modo, sino por el infinito amor con que se ofreció y se consumó el sacrificio deliberada y conscientemente, pues dijo de ello Isaías : "Fue ofrecido porque quiso."

Mas la reproducción del sacrificio divino en el altar, con ser el mismo que el de la cruz el que se actúa sobre el ara, tiene todavía una condición, digámoslo así, que acrecienta, no el mérito, sino la belleza; porque este sacrificio es real y verdadero, pero no aparece, y no tiene allí el Señor aspecto ni figura, aunque allí reside sustancialmente la víctima, que se condena a sí propia por nuestro amor y por la gloria de Dios a llegar ¿cómo diríamos? a las fronteras del no ser, como el que renuncia a la forma externa y a la exhibición de sí, sin que por eso carezca el acto de toda su virtud redentora, si bien no se hace en el sacrificio eucarístico la efusión de sangre, porque se inmola de un modo incruento.

Sin embargo, el sacrificio es perfecto, la separación de la carne y la sangre, que las palabras del sacerdote operan se realiza con la espada espiritual que divide el cuerpo de la sangre, y así se consuma el tremendo misterio, y se da actualidad y virtualidad al drama sangriento del Gólgota.

Allí está la víctima con todos sus méritos y con todo su inefable amor; se ofrece al Padre eterno con toda su voluntad, y sin reserva alguna, y se ofrece bajo el velo misterioso de los accidentes, sin aparecer a la vista, sino a los ojos de Dios y a la mirada absorta de la fe.

¿Puede darse un acto más bello? ¿Puede añadirse algo a su belleza? Pues aún hay más: porque el anonadamiento es tal y tan completo, que el sacerdote, que el hombre, en fin, porque el sacerdote es hombre, en virtud de las facultades que tiene sobre los accidentes, dispone de la víctima sacrosanta; la trae de aquí allá, la consume por la manducación o la poción, la guarda bajo llave, la entrega a los que se presentan a recibirla, a nadie se la niega, y tal vez la otorga al sacrílego o al pecador no absuelto; la conduce en público o en secreto al lecho del moribundo, o a la capilla del reo de muerte, la traslada, procesionalmente o sin aparato, a otro templo, y en los primeros siglos de la Iglesia, el seglar la llevaba consigo a su casa o a la cárcel de su persecución para comulgar antes de ir al martirio.

¡Qué portento de bondad! ¡Qué maravillosa donación completa de sí mismo hace Jesús hecho hostia en el sacramento!

Si se considerase eso atentamente, ¿quién le ofendería?

 Por otro lado, el mismo Señor quiere permanecer entre nosotros bajo llave que el hombre lleva. Espera allí las oraciones, las súplicas, las confidencias, las adoraciones y homenajes, o los desprecios o los ultrajes del cristiano. Todo lo sufre.

Creemos que tal abnegación, que tan completo don de sí, que tan generosa merced, reúne todos los caracteres de la belleza espiritual, lo que es nuestro intento demostrar.

Con sólo fijar en ello la vista, hay lo suficiente para admirarse, sobre todo parándose a meditar lo que es la presencia real.

Es un monarca sin corona por lo que hace al poder de castigar desde aquel su trono de gracia; es un príncipe que, por amor, se somete sin defensa al último de sus súbditos, que le puede ultrajar impunemente, y aun despreciar y negar su realeza, desprovista de todo aparato externo; es un padre desarmado de todos los medios que no sean su inefable amor para ejercer influencia sobre sus hijos, a quienes, sin embargo, ama con extremo y por quien se sacrifica y, lo que es más, se somete a aquella vida perenne de inmolación.

Es un compañero infinitamente rico y poderoso que no puede vivir lejos de sus amigos, a quienes se presenta bajo los velos, pero, a los ojos de la fe y al instinto de la devoción, se muestra gozoso; es un opulento señor que, rico con inagotable riqueza, sólo niega dones temporales o espirituales en cuanto que así conviene al que se los pide para su eterna dicha.

Es, en fin, un Dios que se ha hecho hombre para que los hombres se hiciesen dioses, como dice San Agustín; y, por remate y coronamiento digno de tales circunstancias, se da a todos abundantemente y no impropera, es decir, que no blasona de lo que da.

Si la generosidad y el desprendimiento son bellos, ¿qué generosidad y desprendimiento mayor? Si el don gratuito es grandeza y belleza, ¿qué don más grande que el mismo Dios? Si la elevación del donador realza la merced, cuando se baja al humilde y pequeñuelo, ¿quién más miserable que el pecador? Si la falta de mérito contribuye a encarecer la fineza, ¿quién con menos que el hombre culpable? Si el riesgo de sufrir desprecios avalora el favor, ¿quién se expone a mayores y, por desgracia, añadiremos que los recibe más grandes que el Señor? Por todos lados, bajo todos conceptos, resalta la belleza en este espectáculo admirable para Dios, y para los ángeles, y para el hombre de fe, que constituye el santísimo sacramento del altar, por más que lo más espacioso, lo más bello de la humanidad sacrificada de un Dios sacramentado está allí dentro, y que sólo se desprenden ráfagas o rayos de luz dorada cubierta de variedad.

Admiremos, amemos, adoremos este portento de belleza, esta plenitud superabundante de amor, este tesoro infinito de espirituales riquezas que el Señor preparó para los que le temen en el santísimo sacramento del altar. LS 1879, p. 121

   

PERFECCIÓN

 

I

 

Es la perfección uno de los atributos de Dios: san Dionisio, en su admirable obra de los nombres de Dios, cap. XIII, dice y prueba que "en Dios está la inmensa perfección, tanto de naturaleza como de sabiduría, así de poder como de virtud. Porque en él es suma la bondad, así la natural como la moral, y como la sobrenatural. Respecto de lo que él es fuente de toda bondad, en el que están como reunidos todos los bienes de las criaturas, e infinitamente mejor que están en las criaturas. Porque en Dios eminentemente se halla la hermosura del oro, el esplendor de las piedras preciosas, el sabor de las delicias, la armonía de la música, la amenidad de los campos, y todo lo que en las criaturas es hermoso, amable, bello, delicioso. De aquí se sigue que de Dios saca su dulzura la miel, el sol sus rayos, las estrellas su brillo, los cielos su hermosura, los ángeles su ciencia, los hombres su virtud, los animales su sentido, las plantas su vida, y todas las demás cosas todo lo que tienen de bueno; por tanto mendigan todo su ser de la bondad de Dios como la gota del piélago. En él pues está todo bien, y en grado perfectísimo e inmenso; en Dios está todo el atractivo del amor, toda la consumación del deseo, toda la saciedad o satisfacción del apetito; ¿por qué, pues, oh hombre miserable, vagas por los desiertos, buscando los bienes criados, y no te ves jamás saciado? Busca el bien en que se halla todo bien; ama y aspira a Dios, pues sólo él satisfará plenamente tu sed y apetito, ya en esta vida por la gracia, ya en la vida futura por la gloria, y por tanto, consigo mismo, pues en el cielo se exhibe Dios como sumo bien de los bienaventurados, que lo verán, gustarán y gozarán de él."

Este magnífico trozo es tomado literalmente de la grandiosa obra de Alápide, comentando las sagradas Escrituras.

De él se sigue que, como es de fe, que Dios está en el santísimo sacramento del altar, en éste se halla el colmo y la infinidad de toda perfección, con lo que parece probado concluyentemente el tema que nos hemos propuesto considerar en este humilde escrito.

Pero con parecer tan fácil la tarea, está muy lejos de hallarse terminada; porque en la sacratísima hostia está, no sólo la divinidad, sino la humanidad de Jesucristo real y sustancialmente, y éste es nuestro modelo, nuestro supremo dechado, y para esto, entre otros fines, tomó carne el Verbo y se hizo hombre en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen, asumiendo un alma humana que completa la humanidad unida a la segunda persona de la Trinidad beatísima sin confundirse las dos naturalezas, divina y humana, pero unidas en una misma hipóstasis, aunque sin separarse ya nunca, ni aun en el sepulcro, en que la divinidad estaba unida a la vez al alma en el seno de Abrahán, y al cuerpo en el huerto en que residía separado del alma el sacratísimo cuerpo del Señor.

La humanidad, escabel de los pies del Verbo divino, como dicen los padres, fue el asiento de las virtudes y de los méritos de Jesucristo, y en cuanto hombre, fue y es todavía en su vida beatífica y en su vida sacramental el ejemplar de todas las virtudes, el memorial de todas sus maravillas y la fuente inexhausta de todas las perfecciones y de todas las gracias que nos brinda en la comunión eucarística, uniéndose al que le recibe como la cera derretida que se une a otra cera, según la feliz expresión de un santo padre.

La perfección que se nos ordena y la conformidad con aquel prototipo de toda perfección, es de precepto y de consejo, como dice Alápide, comentando el verso 45 del cap. V de san Mateo, cuyo texto dice así: "Sed, pues, vosotros perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos." Todo fiel cristiano ha de procurar ser perfecto en su estado para amar del propio modo a los enemigos que a los amigos y para observar perfectamente todos los mandamientos de Dios. Porque Cristo aquí dirigió su venerable palabra a todos los fieles. "De lo que aprendemos, continúa nuestro autor, que todos los cristianos están obligados a tender a la perfección de su estado, de su oficio y de su grado, para ser hijos dignos del Padre celestial y, como hijos, herederos de su reino, imitando su perfección, so pena de perder toda esperanza de la herencia, pues si queremos la adopción de hijos hemos de imitar la santidad y perfección paternal."

Santiago, en el cap. I de su epístola, repite que seamos perfectos e íntegros, no faltando en nada. De recordar es que ya en el Génesis, cap. XVII, se lee que dijo Dios a Abrahán: "Anda en mi presencia y sé perfecto." Y el Libro del Eclesiástico, cap. XXXIII, verso 24, establece como precepto: "Sé preexcelente, esto es, perfecto en todas tus obras."

Santa Teresa, escribiendo al mismo propósito, añade "que los perfectos deben amar a Dios mucho más que todos los demás, y que por esto el Señor los hace como capitanes y caudillos de los otros para que los conviertan, salven y perfeccionen, en virtud de lo cual ella hizo voto de hacer en cualquier obra lo que fuese más perfecto y siempre a la mayor gloria de Dios."

En segundo lugar, se demuestra que la perfección es consejo, en cuanto para alcanzarla perfectamente se ha menester, no sólo observar los mandamientos sino los consejos evangélicos de la pobreza voluntaria, castidad y obediencia religiosa.

La perfección consiste en la caridad y en la dilección, especialmente de los enemigos, por lo que hace a los viadores, pues para los que se hallan ya en la patria, consiste la perfección en la visión y goce de Dios.

Para afirmar lo primero, se funda Alápide en que el verso 48 comentado, continúa inmediatamente después del precepto de amar a los enemigos, citando a Cristo en la cruz, a San Pablo y a San Esteban.

El texto exige no sólo la perfección humana sino la divina.

Pero viniendo a aplicar esta doctrina a la vida eucarística de Jesucristo, ella nos enseña toda perfección, no sólo porque es memorial completo de todas sus maravillas, de su pasión, vida humana y altísimas virtudes en grado heroico, sino en cuanto a la situación, por decirlo de algún modo, en que allí quiso colocarse, porque no sólo es un sacrificio continuo que reproduce místicamente sus padecimientos y su muerte, sino también un estado de inmolación actual, un estado de víctima y de oración permanente, un grado más, si así se pudiese decir, en la vida del sacrificio, y una voluntaria vinculación a las especies, con voluntaria renuncia de su actividad que conserva en esencia, en principio, en hábito, pero no ejercita en acto.

He aquí la proposición que nos hemos dado, la atrevida misión de demostrar brevemente con autoridades irrecusables y con la memoria de los textos adecuados al objeto y enseñados por los maestros de la doctrina.

La institución del santísimo sacramento se hizo estando todavía vivo Nuestro Señor Jesucristo. ¿Y cómo se hizo? Pues conteste por nosotros san Gregorio de Nyssa, "que hace consistir la razón de la realidad del sacrificio eucarístico en el estado inerte, inanimado de que se reviste Cristo después de la consagración" (página 417 de este mismo tomo). "La consagración de la cena, añade, era una verdadera inmolación incruenta, porque sacrificaba, inmolaba y anonadaba a Cristo, su vida, su cuerpo, todo su ser, y le sometía a las condiciones de la existencia material del pan." Añade que " el Señor previno en la cena la muerte violenta que le habían de dar los judíos al día siguiente, dándose él mismo la muerte, no la natural que separa el alma del cuerpo (porque en la cena los apóstoles recibieron a Cristo con su alma y su cuerpo), sino una muerte equivalente, haciéndose capaz de ser comido, comestibile, y poniéndose en un estado semejante al que tienen los seres privados de vida." Aun dice San Gregorio, como allí se verá, que "aquel cuerpo estaba ya inmolado de una manera inefable e inescrutable a la razón."

"En la consagración, dice a la letra, Cristo pierde su estado natural, el ejercicio de esta vida natural y el goce de las prerrogativas del cuerpo humano, y se convierte en un cuerpo que se puede comer y en una sangre que se puede beber."

De aquí se colige y deduce que, como sacrificio, el del altar es perfecta y completa inmolación, no sólo de reminiscencia, sino real y efectivo y actual, pues aun añade el santo (pág. 419, núm. anterior), "que las palabras sacramentales pronunciadas en el altar hacen que el cuerpo luminoso, libre y activo del Salvador pierda en la eucaristía el uso de todas sus funciones de vida exterior, y venga a someterse a las leyes que rigen los seres materiales, haciéndose pesado, oscuro, impotente y frágil como el pan que va a recubrirle."

Creemos que esto demuestra lo que habíamos expresado poco ha, que el estado eucarístico es un estado de inmolación actual, y que hay allí una muerte mística, un sacrificio real aunque incruento, una voluntaria enajenación de la actividad del Señor que, puesto que es de fe que ha de llegar a la consumación de los siglos su permanencia bajo las especies, viene a reproducir y perpetuar en la hostia la muerte e inmolación místicas, "por una manera, diremos con San Gregorio, inefable e inescrutable a la razón, pero tal como la había podido elegir la omnipotencia del que obra aquel misterio."

Acuden a la mente, ante este dulcísimo arcano y maravilla de amor inefable, ideas tales que no nos permitimos desarrollar hoy; pero que demuestran la perfección trascendental del sacrificio eucarístico y la infinita dilección que supone en Cristo Nuestro Señor, y su inefable condescendencia al instituir tan augusto misterio.

Continuaremos estudiándolo en otra ocasión. LS 1881, p. 441

 

II

 

Al continuar esta hermosa y profunda consideración acerca de la virtud que nos sirve de tema, nos sale al paso un magnífico trozo de nuestro predilecto maestro Alápide, que dice así: "La casa espiritual del alma es la perfección de las virtudes; pues así como la casa material se construye con gran trabajo, orden y variedad, adelantando la fábrica sensiblemente con varias piedras, maderos y vigas, así la espiritual se edifica creciendo con varias virtudes y santas operaciones, y esto con gran trabajo, orden, variedad y lento incremento sensible. La longitud es la longanimidad; su latitud, la caridad; su altura es la esperanza. Las cuatro paredes son las cuatro virtudes cardinales, a saber: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. El pavimento es la humildad; el techo, la paciencia; la ventana el deseo de la gloria celestial, por la cual viene y entra la luz del evangelio. La puerta es la obediencia de los mandamientos. El portero es el temor santo. Los guardias los santos ángeles. La torre os la contemplación. El perro vigilante que ladra a los movimientos ímprobos [Falto de probidad, malvado] y a las malas costumbres es la sindéresis [discreción, capacidad natural para juzgar rectamente]. El Señor es la mente y el entendimiento, el esposo es la voluntad, los hijos las buenas obras, los servidores son los sentidos supeditados a la mente, la mesa es la santa Escritura, el pan la eucaristía, el vino la sangre de Cristo, el agua viva es el Espíritu Santo, el aceite es la misericordia, el lecho es la paz y la quietud del ánimo, las medicinas son los sacramentos, los médicos son los sacerdotes, los huéspedes el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto dice Salmerón, y puede verse en San Bernardo en el Tratado de la casa interior, esto es, de la conciencia, en donde difusamente demuestra de qué modo esta casa en particular ha de ser edificada y perfeccionada con cada una de las virtudes."

Por último, afirma contra los novadores, que la fe sin las buenas obras, que la misma fe dicta y prescribe, no es suficiente para salvarse. Pues Cristo aquí llama edificación sobre arena, la sola fe concebida de haber escuchado la predicación, que a la manera de la arena es árida, inútil y se desmorona, mientras llama piedra la fe consolidada con las buenas obras. Es de notar, en segundo lugar, el orden que lleva Cristo, pues primero en el verso 15 enseñó la necesidad de la verdadera fe y de los verdaderos doctores; y luego en el verso 21, la necesidad de las buenas obras y de la vida santa. Místicamente la piedra es Cristo, de donde que se diga en la glosa: Aquél edifica en Cristo que hace lo que oye de él. El texto a que alude esta versión es del verso 24, cap. VII de San Mateo que dice: Todo el que oye estas mis palabras y las cumple, se asemejará a un varón sabio que edificó su casa sobre piedra."

Volviendo a nuestro asunto de la perfección, el santísimo sacramento se puede considerar como modelo y como fuente de las virtudes que cita el famoso intérprete bíblico. Porque en el Señor, bajo los velos de las especies, se oculta la mayor perfección en la persona divina, y con relación a las dos naturalezas, y se puede apreciar como el manantial purísimo de las virtudes, siendo este asunto digno por todo extremo de reposada meditación.

Porque en la divinidad, esto es, en el Verbo a que sirve de escabel la humanidad santísima de Jesús, se halla el prototipo de toda perfección, y en la humanidad, asumida por el Verbo, reside la perfección misma por la unión hipostática. Es un sacrificio perenne, aunque incruento, que se reproduce místicamente sobre el altar y en el fondo del tabernáculo, manteniendo al Señor en un verdadero estado de inmolación y propiciación, que es una de las virtudes que vino Jesús a traer al mundo, para ofrecerla a su eterno Padre por la salvación de las almas, y por adición un dechado cumplidísimo de lo que el Señor ejercita allí.

Por otro lado, el manantial de gracia y el infinito auxilio que Jesús nos brinda en la eucaristía, es el más eficaz medio de adelantar en las vías de la perfección a que estamos todos llamados, cada uno según su estado y conforme al lugar que ocupa en la escala ascensional de la tierra al cielo, en este valle de lágrimas, como dijo el salmo LXXXIII. Porque la comunión no es la estéril aproximación de dos términos sin afinidades recíprocas, sino la asimilación del uno al otro, según el grado de merecimiento y según la correspondencia que a la gracia da el católico, que lo recaba de Dios, cuya voluntad sapientísima lo dispone todo. La comunicación íntima de Jesucristo con el alma del creyente que le recibe con la preparación debida, es un abismo de mercedes espirituales, y tomando la frase del evangelio: "es la vida de Cristo en el hombre, y del hombre en Cristo."

De este manantial inexhausto de gracia e intimidad con Dios en el banquete celestial, han tomado su incremento y crecieron en la perfección todos los santos, cada uno cultivando las virtudes especiales que se habían propuesto alcanzar, y luego realizando la promesa del salmo atrás citado, fueron yendo de virtud en virtud, elevándolas al grado heroico en cuya altura los halló la muerte, por lo que fueron colocados en los altares.

La perfección es fruto de la sabiduría: porque ¿dónde se puede hallar mayor sabiduría que en el hombre que realiza excelentemente el fin para que ha sido criado? Cumple así el decreto providencial de Dios nuestro Señor, y se acomoda de tal modo a sus pensamientos que no discrepa un punto de ellos, por lo cual se atrae las bendiciones del cielo y la aprobación de sus prójimos, a quienes ama por Dios con un afecto puro y desinteresado.

Aristóteles lo había dicho definiendo la sabiduría, "la ciencia de las cosas divinas y humanas." Otro autor griego la define "el conocimiento de los cuerpos y del cuerpo humano, y el conocimiento de la providencia que para ellos se espera o de los fines a que conduce su creación." Alguno de que da testimonio Alápide, dijo que "la sabiduría era el conocimiento de las cosas por sus causas." Pero nuestro autor, definiendo la sabiduría como ciencia práctica, la dice: "conocimiento de Dios y del último fin, y de los medios que a ello conducen, o sea, de las leyes divinas." El cardenal Cayetano se expresa así: "La sabiduría es la razón y norma recta de las acciones humanas, según su altísima causa, que es Dios." De todo lo que se infiere que la perfección es la práctica de la sabiduría, o la sabiduría práctica.

Estas ideas se prestan admirablemente a nuestro asunto cuyo prototipo es Cristo en su vida eucarística; Cristo, que es el hombre perfecto por excelencia y dechado de esta virtud en su vida sacramental. Además, Cristo, como está inseparablemente unido al Verbo de Dios, es la fuente de toda perfección, pues la comunica con su gracia por medio de la comunión espiritual o sacramental a todos los que le reciben con buena disposición, y los lleva en pos de sí por la senda de los consejos, ascendiéndolos por grados a la práctica de las virtudes cristianas.

Bajo uno y otro concepto, interpretando Alápide el verso 1° del cap. I del libro de los Proverbios, dice a nuestro propósito, "que la disciplina conviene a los principiantes, pues consiste en domar y quebrantar los apetitos o concupiscencias; pero que la sabiduría compete a los provectos y perfectos que, domadas sus pasiones, conocen por la sabiduría como por el rostro o faz de la ley divina, lo que se debe hacer u omitir."

De todos modos, la sabiduría y la perfección coinciden en su objeto y se puede decir que son, bajo cierto concepto, la primera la teoría de lo que la segunda practica.

El punto de conexión sirve a nuestro fin, porque es de fe que en la hostia está real y sustancialmente el cuerpo de Cristo y por concomitancia el Verbo divino, que es la sabiduría de Dios, y se edificó una casa en el sagrario para tener sus delicias con los hijos de los hombres.

Mirada a esta luz la sagrada eucaristía es una maravilla de amor, un modelo de perfección, un manantial inagotable de gracia y un apoyo firmísimo para llevarnos al olor de sus virtudes, corriendo tras el Señor las almas inocentes y puras por los senderos de la perfección y desarrollando nuestras facultades en la vía del progreso espiritual, para vencer los instintos enemigos de la paz del alma, y otorgárnosla en la vida presente, aun en medio de las tribulaciones y las pruebas, educándonos y disponiéndonos para la bienaventuranza eterna.

De todo ello se sigue que la perfección, como virtud humana, reside eminentemente en Cristo, pues la perfección es atributo de Dios, y además la humanidad santísima unida al Verbo alcanzó con su vida, pasión y muerte el ápice de la perfección. Así es que nos sirve de modelo, y derrama desde el sagrario sobre nosotros las ondas de su gracia, ya con los favores que logran quienes los piden, ya con la comunión de deseo, ya en fin, con la sacramental que, realizando la idea de San Pablo, de que somos edificación de Dios; nos edifica y construye en nosotros el hombre nuevo venciendo y desterrando el de la naturaleza. Y esto nos hemos propuesto demostrar en el artículo y momentos actuales.

LS 1882, p. 41

 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA

 

La sagrada eucaristía es la omnipotencia divina a la orden de su amor infinito. Es el mismo Dios, que se nos da a sí propio en su unión hipostática o personal con la humanidad de Cristo. Es el don por excelencia, porque el Señor viene a nosotros personalmente allí a manera de víctima inmolada sobre el ara santa; pero, por concomitancia, nos trae su alma y la divinidad, aunque por la fuerza del sacramento sólo se transustancia el pan en carne de Cristo. Es, por lo tanto, vida latente y muerte aparente; Dios y hombre sin dejar de ser hostia.

La encarnación del Verbo divino es un beneficio inefable; la natividad de Jesús es la manifestación de aquella merced, que es lo que llaman teofanía; la puericia del Salvador es una muestra de su cariño y una revelación de su afecto; su juventud humana fue una santificación de esta edad de combates; la vida pública del Señor es una escuela de verdades y de virtudes; la vida de dolores en el Huerto, en el pretorio y en el Calvario, es un manojo de mirra; la sumisión a la voluntad del eterno Padre es una oblación, perpetua; la muerte del Señor es nuestra vida, y su resurrección, el trofeo de su victoria.

Pero en la vida sacramental está, por un modo arcano, la vida de Dios, la encarnación del Verbo, la natividad de Jesús, su circuncisión, su puericia, su adolescencia, su juventud, su vida privada o particular, su vida pública; su pasión, su muerte, su resurrección y su ascensión, y aun su vida gloriosa en el cielo: todas estas maneras de ser están, de un modo místico, en la forma sacramental y bajo las especies. De suerte que en el adorable misterio se exhiben y concentran, en cierto modo, y por obra maravillosa y sublime, el Criador y la criatura, Dios y el hombre, el sacrificador y la víctima, las dos voluntades de Cristo y sus dos entendimientos en la persona divina, y el rey de los cielos, en: fin, que viajó a una región lejana, que vino a tomar posesión de este reino y volver al suyo, como lo dice en una de sus parábolas; pero que, enamorado de la infeliz criatura, quiso quedarse en el sacramento con ella para llevarla a su imperio celestial.

Y fue tan grande su amor, que no sólo puso a este fin en juego su omnipotencia, sino que arbitró la manera de perpetuar aquí, en un solo acto, todas sus acciones; en una sola hostia, todos sus atributos como Dios autor de la gracia; y como hombre, sus méritos, en una sola ofrenda; toda su historia actualizada y latente, pero, por un portentoso modo, activa, agente y actual.

A la luz de estas indicaciones, el horizonte de la eucaristía es inmenso, y sus puntos de vista son innumerables, y sus carismas profundos y dulcísimos para quien, dejándose llevar del Espíritu de Dios, los llega a saborear en la contemplación. No basta la vida humana para meditar y rumiar tan suaves misterios, ni hay quien pueda asimilarse bien sus efectos.

Es el tesoro escondido, la margarita preciosa, que reclama que el hombre venda todo cuanto tiene, para adquirirlo al precio de todo y poseerla en toda su riqueza. Cuanto menos se gusta de los frutos de la tierra; cuanto más se da por esta perla preciosísima; cuanto más se enajena el hombre a los goces groseros de la vida animal; cuanto más se humilla reconociendo su miseria; tanto más adquiere de esta mina, verdaderamente inagotable, que se nos brinda, si encendemos la antorcha de la fe viva y la buscamos con solicitud y celo.

La vida de los sabios se traduce, en alguna manera, en sus libros. La de los santos, en sus virtudes en grado heroico; la de los héroes, en sus conquistas y en la relación de sus hazañas. La vida de Cristo, en su eucaristía, que es el memorial de sus maravillas, y las apariencias sensibles, o sea las especies, son ¿cómo diremos? el engaste de esta joya, el engarce de esta piedra preciosa, cuyas facetas son los actos de la vida, pasión y muerte de Cristo, que se ostentan en la sacratísima forma consagrada, sin dejar de ser verdadera y sustancialmente un solo Cristo.

"¡Oh divina eucaristía, sol clarísimo del mundo espiritual, qué bellos son tus tabernáculos!" Como Balaam dijo de los de Jacob, y como dijo el salmista: "¿Quién no ansía poseerte? ¿Quién no desfallece en tus atrios? ¿Qué alma no siente la sed de tus aguas cristalinas? ¿Qué suavidades no ocultas para los que te toman con fe y amor?" Podemos añadir, con un himno de la santa Iglesia: "Nada se puede cantar más dulce, nada oír más agradable, nada pensar más suave que Jesús, Hijo de Dios, y sobre la miel y toda hermosura es dulce su presencia."

En otro himno se lee: "¡Oh Jesús mío dulcísimo, esperanza de mi suspirante alma, te buscan mis piadosas lágrimas y el clamor íntimo de mi alma!"

Porque lo más bello que allí se anida es el amor inefable, infinito, que alberga su apasionado corazón, foco ardiente de caridad infinita y panal suavísimo de  regalada miel. Este panal del alma guarda en sus celdillas todas las dulzuras del paraíso celestial, bajo los velos eucarísticos. Es la verdadera roca del desierto que, al contacto de las palabras del Salvador, destila agua purísima, que da salto a la vida eterna.

Es la fuente perenne, que brota el agua que refrigera la sedienta muchedumbre del verdadero pueblo elegido. Es el manantial maravilloso que limpia y cura nuestras llagas con su fluyente sangre, y que nos regenera y da un corazón nuevo a los que se lo suplicamos. Es el sagrado banquete en que se deja comer, otorgándonos la memoria de sus milagros y dándosenos en prenda de la gloria. Es Jesús-hostia el verdadero cordero pascual que, comido con las lechugas silvestres de la mortificación y la penitencia, nos emancipó de las cadenas del pecado y nos promete la eterna vida.

Pero, volviendo a nuestro propósito, si tantas bellezas se compendian en tan admirable sacramento, ¿por qué no se saborean? ¿Por qué no sentimos hambre de ese manjar? ¿Por qué no nos aqueja la sed de esta poción suave? ¿Por qué no nos consume el deseo de él? ¿Por qué no le preferimos a todos los sórdidos placeres del sentido? Porque nos falta la fe viva, la esperanza firme, la caridad fervorosa. Porque el hombre no percibe las cosas que son de Dios, puesto que está materializado; es animal y no sabe los arcanos de que disfruta ni puede encarecer su mérito.

Depongamos, pues, a los pies del trono de gracia nuestros dones materiales; aproximémonos a Cristo, personalmente subsistente en la sagrada forma, aunque oculto a la percepción de los sentidos corporales, pero descubierto a los ojos de la fe viva en la real presencia, y postrados humildemente ante el altar y contritos de nuestras culpas, ofrezcámosle nuestro corazón; y entreguémosle nuestra voluntad, disponiéndonos así a recibirle con fervor para que, extinguiendo nuestra concupiscencia, nos inspire en su comunión el deseo de vivir místicamente en él y conservar en nosotros la vida de él para reinar un día con S. D. M. durante la eternidad.

Procuremos evacuar nuestra vida para tomar la suya, haciéndonos, con la meditación general de nuestra profunda miseria e iniquidad, de atritos, contritos y arrepentidos por su amor de nuestras innumerables ingratitudes, para que nos mire y tenga misericordia de nosotros, solos y pobres, y nos perdone nuestros pecados, que son dignos, de su indulgencia, porque son muchos y graves; y nos reciba en su seno paternal como ovejas perdidas que volvemos a su aprisco.

Así dispuestos y humillados, podremos recibir esta visita celestial con tanto más provecho de nuestro espíritu, cuanto más nos hayamos enajenado a la vida de la materia, en términos de poder repetir con el apóstol: "Vivo yo; ya no yo, sino Cristo en mí."

¡Oh bello ideal de la Comunión! ¡Qué dulzuras inefables ocultas para los que te conocen! ¡Oh Jesús suavísimo, qué riquezas guardas para los que te buscan con fe viva y te reciben con amor puro y único y sobrenatural! ¡Qué bueno eres para los que te hallan!"  Diremos aquí con el himno: "Ni la lengua puede decirlo; ni la pluma escribirlo; sólo el que lo experimente puede revelar lo que es la dilección de Cristo. " Sea Jesús nuestro gozo, que es nuestro futuro premio; sea en ti nuestra gloria ahora y en la eternidad.

Para poner dignamente fin a estas devotas consideraciones, séanos permitido decir con San Bernardo(1): "Puesto que venimos al corazón de Jesús, bueno es hacer mansión en él, no permitiendo que se nos separe de él, de quien está escrito: "Los que de ti se separan, serán escritos en la tierra." Y quién será de los que se acercan? Tú mismo, Señor, nos lo dices. Tú has dicho a los que se aproximaban a ti: "Alegraos, porque vuestros nombres están: escritos en el cielo." Acerquémonos, pues, a ti y nos regocijaremos y nos alegraremos en ti, acordándonos de tu corazón. ¡Oh cuán bueno y cuán hermoso es habitar    en este corazón! Por ello daré todos los pensamientos, y los afectos de la mente conmutaré, arrojando todo pensamiento en el corazón de mi señor Jesús, porque, sin engaño, me nutrirá. Este templo, este santo de los santos, este arca del testamento adoraré, y alabaré el nombre del Señor diciendo con David: "Encontré mi corazón para orar a mi Dios. Encontré el corazón del rey; el corazón del hermano, el corazón de mi amigo, el benigno Jesús. LS 1884, 161

 (1) Sermón 3.º De Passione Domini.

 

INTRODUCCIÓN DEL EDITOR

 Hay ocasiones en que pensamos seriamente que Trelles prefería sacrificar el orden y la claridad de la exposición a la amenidad u otros designios que la prudencia le sugería; en otras ocasiones, simplemente que cambiaba el plan sobre la marcha, según las reacciones de sus lectores. Lo que resulta claro es que una exposición pedagógica debe guardar un orden sucesivo, sea lineal o concéntrico. Los retrocesos y las anticipaciones suelen desconcertar al lector. Incluso las cinematográficas.

En los artículos de la serie SACRIFICIO y SACERDOCIO, Trelles tropezó con la dificultad añadida de que uno de los elementos del sacrificio tenía una realidad humana que convenía tener favorable, incluso halagar; y, por otro lado, el Verbo formaba parte de todos y cada uno de los elementos del sacrificio, según el aspecto considerado en cada punto.

 

SACERDOCIO

 

I

 

Al iniciar esta serie de artículos, no se nos oculta su trascendencia y la falta de medios para realizar el propósito, porque creemos que el último término, en el orden humano, del sacerdocio eterno de Cristo, es su presencia real en el augusto sacramento, que atesora todas sus maravillas, según la frase de David: "Memoriam fecit mirabilium suorum; escam dedit timentibus se."  Esto es, que hizo en el sacramento memoria de sus maravillas y se dio en comida a todos los que le temen.

Por eso y porque no queremos separarnos un ápice de la doctrina de la Iglesia, hemos pensado poner al frente de tan importante estudio los textos sagrados, que deben servirnos de lumbrera.

David, el poeta rey, el cantor de los salmos imperecederos, ha estampado en uno de ellos aquellas palabras memorables que le inspiró el Espíritu Santo : "Juró el Señor y no lo retractará: tú eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec". Antes, y a esto se refería el salmo, habíase dicho : "Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino porque era sacerdote del Altísimo." Santo Tomás apropió [adaptó] con sabiduría estas palabras de los libros santos a Cristo sacramentado, en la primera antífona de vísperas del oficio del santísimo sacramento, con estas o parecidas voces:

"El sacerdote Melchisedec ofreció el pan y el vino," demostrando así el Doctor Angélico el enlace misterioso del antiguo con el nuevo testamento, y recordando a nuestra devoción que el sacerdocio eterno de Cristo fue prefigurado en el Génesis y vaticinado por David en el salmo antes citado, para ser después realizado en la ley de gracia. San Pablo, a su vez, en una  de sus célebres cartas, recoge, por decirlo de algún modo, la tradición para bosquejar y explicar el propio asunto: el sacerdocio eterno de Cristo Nuestro Señor, que ofreció a Dios, como había profetizado David y preanunciado Moisés en el Génesis, su cuerpo inmolado y su sangre derramada, antes de serlo en efecto bajo las especies de pan y vino, que presentó al eterno Padre en holocausto por la redención del mundo. En el lugar citado, el apóstol define admirablemente, y en tono compendioso y solemne, el oficio sacerdotal de Cristo, único y verdadero sacerdote del Dios altísimo, como su antetipo Melquisedec, rey de Salem, y como lo profetizó David.

Tales tradiciones y vaticinios están cumplidos por Cristo Nuestro Señor, enviado por Dios como perpetuo sacerdote que, por una manera mística que explica A. Lápide, fue sacrificado desde el origen del mundo.  San Paulino lo explica con elegancia, diciendo que Cristo padeció y triunfó en los suyos, pues fue sacrificado en Abel por su hermano, escarnecido en Noé, por su hijo, ofrecido en Isaac, en Jacob sirvió, fue en José vendido, en Moisés expuesto y acogido, en los profetas lapidado y aserrado; en los apóstoles, arrojado a la tierra y al mar, en los mártires, tanto y de tantas maneras, inmolado. En ti (continúa el santo) sufre oprobio, en ti le odia el mundo; pero gracias a él mismo, vence cuando juzga, y triunfa en nosotros.

"Este sacerdocio eterno que, por su predestinación fue previsto antes del principio, antes de todo tiempo, de todo siglo, antes de todas las cosas; esto es, ab aeterno, porque por su mérito fueron todos predestinados y elegidos y escritos en el libro de la vida; y se dice muerto porque fue decretado que padeciese, fuese sacrificado y muerto y predestinado de toda eternidad, señalando el verso una magnífica antítesis entre el libro de la vida de que hace mérito y la occisión de Cristo, porque la vida a que se destinan los elegidos, fue ganada, fruto y efecto de la pasión y muerte de Cristo." Copiamos todo esto del sabio A. Lápide, y conviene recordarlo, porque el sacerdocio bajo este aspecto, que es el de la oblación, es eterno y produjo efectos desde el origen del mundo.

Viene a dar su complemento y ampliación a tal doctrina la de San Pablo  cuando dice que en el encuentro de Melquisedec con Abrahán, después de la victoria contra los reyes, Abrahán ofreció a aquél las décimas, reconociéndole como superior por ser sacerdote del altísimo, interpretando la voz Salem, de donde era rey Melquisedec por rey de justicia y de paz, de quien no se dice genealogía, ni principio ni fin, para asimilarlo al Hijo de Dios, razonando que, así como los hijos de Leví tomaban las décimas del pueblo, aquél las tomó del patriarca y depositario de las promesas, y le bendijo, y Leví mismo fue diezmado en Abrahán, y añadiendo la excelencia y superior excelencia del sacerdocio del rey de Salem sobre el de los hijos de Leví. Hace notar que los otros sacerdotes, esto es, los de la ley escrita fueron instituidos sin juramento y que el de Jesucristo lo fue con juramento, por lo que Jesús fue el fiador de un testamento mucho más perfecto; mientras, los otros sacerdotes no podían durar por la muerte, mas éste, porque permanece siempre, posee un sacerdocio eterno. Y puede salvar perpetuamente, a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por nosotros. Tal convenía, añade, que tuviésemos el pontífice santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y hecho más alto que los cielos. Después, observa que este pontífice no tiene, como los otros, que pedir por sí mismo, y que éste lo hizo sólo una vez, ofreciéndose a sí propio. Porque la ley constituye sacerdotes a hombres, que tienen enfermedad; más la palabra del juramento, que es después de la ley, constituyó (sacerdote) al Hijo por toda eternidad perfecto." Hemos copiado también, casi a la letra, el capítulo de San Pablo, porque establece la doctrina y el orden de la fe, que por ser eterna, es superior a la ley escrita.

El apóstol recuerda, al propósito, la letra del salmo  en el que, al decir del sabio A. Lápide, parece que hay un diálogo entre Cristo y el eterno Padre con aquellas palabras: "No has querido los holocaustos y las oblaciones; sacrificio por el pecado no pediste; y me diste un cuerpo; entonces dije: he aquí que vengo."En el principio del libro está escrito de mí que haré tu voluntad, Dios mío; quise, y tu ley en medio de mi corazón. Anuncié tu justicia en lo grande de la Iglesia o en una Iglesia grande. No detendré mis labios, Señor, tú lo sabes. Y continúa profetizando el salmo todo lo que debía de hacer el Mesías y todo lo que sufriría, encomiando lo que había de padecer en la esperanza de que el Señor no alejaría de él sus misericordias. Concluye prometiéndose la victoria y la gloria de Dios como fruto de la redención que profetiza, que costaría grandes dolores y confusión, pero que produciría bienes inmensos a la Humanidad y a la gloria del Señor.

En estos preciosos documentos está bosquejado y definido, como puede serlo, el sacerdocio eterno de Cristo, su vocación o elección, su unción, su misión y su sacrificio. La figura, en el pasaje de Abrahán y Melquisedec, y su excelencia consiste en la predestinación eterna, explicando, por último, como dejamos dicho, los caracteres del sacerdocio cifrado en la oferta, en la víctima, en la inocencia y pureza del oferente, en su condición humana y en la realización una vez del acto trascendental con todos sus efectos y perpetua acción y eficacia. Antes de penetrar en la consideración de tan sublimes misterios de amor y de condescendencia divinos, que son como el magnífico panorama de nuestro estudio y que conducen, por maravillosa manera, a ensalzar y adorar al santísimo trono de gracia en el augusto sacramento, sobrecoge el ánimo la reflexión de que esta presencia real de Cristo en el altar vino a ser, como dijo David: "El memorial de todas estas maravillas y el alimento de los que las tomen." ¡Qué sublime cuadro! ¡Qué inmensa bondad! ¡Qué amorosa condescendencia y qué sorprendente espectáculo! En los consejos de la Trinidad, ab aeterno, en el principio del mundo, virtualmente y por una eficacia admirable y retroactiva; en el Génesis, entre Abrahán y Melquisedec, en los salmos y en las profecías; en los tipos y antetipos de Cristo, en los misterios de la encarnación, nacimiento, vida infantil, secreta y pública, pasión y muerte de Jesús, no se miran, a la vida [¿vista?] trascendental de la teología mística, sino bosquejos, anuncios, figuras y símbolos, preparaciones y, si esto se pudiese decir de las acciones divinas, labores y anuncios de aquél que se levantó de lo sumo del cielo para correr un dilatado camino y llegar a dar a los suyos una prueba de amor hasta el fin en el anonadamiento de la vida eucarística, en que siempre permanece, para interceder por nosotros. Allí continúa y realiza allí el eterno sacerdocio, y perpetuando la reproducción y los efectos de su pasión y realizando la; comunión que engendra la unión y que prepara la unidad. ¡Qué portento de misericordia y de caridad!

Cuando a la luz de la fe se imagina y se considera la vida eterna e inefable de Dios en las jubilaciones inefables de su ser, iluminando admirablemente desde los montes eternos  que pone su tabernáculo en el Sol,  que procediendo como el esposo de su tálamo, se levantó como gigante para correr la vía y salió de lo más alto del cielo (a sumo caelo egressio eius) y llegó en su carrera hasta las últimas fronteras del ser (et occursum eius usque ad summum eius), esto es, al anonadamiento de la vida eucarística, en que vive perpetuamente y en la que no tiene figura ni forma sensible, realizando, de un modo místico, la profecía de Isaías, y que, para llegar allí en donde le adoramos, vino salvando montes y atravesando collados . El alma se extasía maravillada y acude a los labios la frase del profeta: "He oído tu voz y he temido, he visto tus obras y quedé espantado ".

Comparando los dos términos de summo ad summum, de la vida divina a la humanidad, entre Dios y el hombre pecador, el Hijo de Dios vivo, marchando por una senda erizada de humillación y de desprecio, de las excelsitudes del cielo a las gemonías del pretorio y del Calvario, y de las jubilaciones de la vida eterna a las abyecciones y dolores y tormentos de la pasión, el cristiano se debe anonadar y convencer de la deuda infinita de dilección y gloria que contrajo con el redentor del mundo, que lo hizo todo por un modo tan sobreabundante para cautivar nuestro amor.

Este orden de reflexiones es para todos y para cada uno de los hombres, personal y solidariamente, pues si bien no se salvarían todos sin esta excesiva y sobreabundante redención, tampoco se salvaría uno solo, pues la ofensa del hombre es infinita, y solo así podía satisfacerla.

Mas, en virtud de aquellas ideas, que son otras tantas estrellas del firmamento de la fe cristiana, invitamos al lector a poner en sí propio el ejemplo.

Tal es el origen del sacerdocio eterno de Cristo Nuestro Señor, ponderado así como en conjunto, y que, con una mirada mental, abarca esa serie de sucesos que se pierden en la noche impenetrable de la eternidad, para venir a encerrarse en el tabernáculo y trasmitirnos en comunión la persona, velada por las especies, del Verbo divino humanado, que nos atrae con su gracia previniente y nos colma de su grandeza infinita, para vivir en nosotros y nosotros en él. Pero, en cada una de las gradaciones, digamos así, de ese misterio, hay para la razón nuevas maravillas y para las potencias del alma de quien lo recibe dignamente, inmemorables tesoros de gracia y de rehabilitación. LS 1890, p. 321

 

II

 

Las personas que en la Iglesia ejercen el ministerio sacerdotal y que para ello han sido llamadas, ungidas y ordenadas, son ministros de Jesucristo y funcionan como tales al celebrar el santo sacrificio en nombre de Cristo, de quien son portavoz repitiendo sus palabras al consagrar, y obrando por delegación absoluta de Cristo en el tribunal de la penitencia. Por esto se dice que el sacerdocio es divino y, como tal, eterno, porque el verdadero sacerdocio lo ejerce Cristo y se reproduce sobre el ara, de forma que en todo sacerdote late y se oculta Cristo. En efecto, las palabras de la consagración son de Cristo y de Cristo reciben su eficacia y, en su nombre, se absuelve al pecador.

          Por lo mismo, al administrar el sacramento del orden, se unge al ordenando con el óleo santo en la boca y en las manos, y se imponen éstas por el prelado sobre su cabeza, invocando la virtud del Espíritu Santo, que ungió a Jesucristo al unirse el Verbo divino a la humanidad, en el claustro virginal y puro de María Virgen, unción que se verificó invisiblemente y que apareció visiblemente pronunciada y declarada en el bautismo de Jesús por Juan Bautista. Y, por esto, el ministro de Dios recibe con la ordenación el carácter indeleble que le distingue y que define así Santo Tomás: "Signo indeleble impreso en el alma, que no se puede reiterar." Lo que significa, según A. Lápide, un aumento de luz en el entendimiento y de fuerza divina en la voluntad del sacerdote para el desempeño de sus funciones sagradas, y a manera de un impulso santo que hace la misión. Por tanto, llama San Pedro a la familia sacerdotal: "Genus electum, regale sacerdotium, gens sancta". Esto es, raza elegida, real sacerdocio, nación santa, que se compone de la serie de personas, que se suceden en el curso del tiempo para el oficio y alta jerarquía, que prefiguró Melquisedec, y que instituyó Cristo Nuestro Señor.

Por eso, en fin, verdaderamente no hay, como dice San Pablo, en su epístola a los hebreos, más que un sacerdote que es Cristo, y que así como el sumo sacerdote sólo una vez en el año entraba al Sancta Sanctorum, así Cristo sólo una vez en su vida celebró el sacrificio de la redención, para que se reproduzca, aunque de un modo incruento, pero siempre eficaz, sobre el altar de la nueva ley, y los ministros de Cristo son como continuadores del augusto sacrificio del Calvario aunque de un modo incruento.

¡Sublime y adorable misterio que se celebra todos los días!

San Juan Crisóstomo  hace consistir la santidad del sacerdote en la doble jurisdicción que tiene sobre el cuerpo natural y sobre el cuerpo místico de Cristo, por la consagración y por la absolución. No hay acto más grande, añade, que la consagración del cuerpo de Cristo.  La función del sacerdote, considerado en esta esfera, la define así el propio santo: "Cuando tú ves al Señor sacrificado y humilde, y el sacerdote, que está orando sobre la víctima, y a todos teñidos de aquella preciosa sangre, ¿por ventura crees hallarte aún en la tierra entre los hombres y no penetras inmediatamente sobre los cielos?"

Más, dejando por un momento estas consideraciones, convendría, a nuestro intento, considerar todo lo que supone el sacerdote cristiano y las relaciones que tiene, si no lo hubiéramos hecho ya largamente acerca de ello en el tomo 7.º de LA LÁMPARA  escribiendo respecto del sacrificio.

Mediante esta circunstancia, nos limitaremos a expresar, como una síntesis o breve recapitulación, los vínculos que unen al ministerio sacerdotal con el beneficio de la redención. Porque el sacerdocio sirve para lograr, por el sacrificio, la expiación de las culpas del hombre; y el recobro para él de la gracia por la efusión de la sangre de Cristo, para lo que fue llamado y enviado el Verbo divino del cielo a la tierra, y del seno del Padre al de la Inmaculada Virgen María. En el drama del Calvario, así como en el misterio del altar, pueden considerarse la oblación, la occisión, la víctima y la comunión, el mérito de la pasión, mérito sobreabudante que no sólo satisface y repara, sino que rebosa sobre el corazón del favorecido y le cautiva como una ola de amor y de ternura, al propio tiempo que atiende a los fueros de la justicia y es fruto de la misericordia divina, realizando la profecía de David de que la misericordia y la verdad se han encontrado, y la justicia y la paz se han besado, saliendo la verdad de la tierra y la justicia lo miró desde el cielo. 

    Realizáronse por la encarnación del Verbo todos los efectos de la comunicación de idiomas, pues el autor de la vida murió, su muerte produjo vida. Un Dios padeció y el hombre se deificó. El eterno murió en el tiempo y nos legó, por lo mismo, eterna vida.

Todo ordenado por el plan divino para que la justicia suprema ofendida por el pecado del hombre fuese, por aquella manera maravillosa, satisfecha y, al propio tiempo, quedase la misericordia victoriosa. Supone también el sacerdocio a Dios-hombre para redimir a sus hermanos, por el costoso medio de su pasión y muerte y, como dice Santo Tomás, el hombre hecho Dios, por virtud de los méritos de aquél cuya acción y pasión humanas, realzadas por la encarnación del Verbo, operaron una rehabilitación completa del hombre decaído de la gracia de Dios. Supone la condescendencia increíble del Verbo divino al tomar nuestra carne, pues, como dice Isaías, Cristo tomó sobre sí nuestros dolores y soportó la pena de nuestras culpas,  de forma que el profeta pudo escribir que sobre su espalda edificaron los pecadores , y que le hicimos servir en nuestros pecados y le dimos quehacer con nuestras iniquidades , y que su imperio o el signo de su imperio lo llevó sobre sus hombros con la cruz.  Supone, y conduce a nuestro fin, que el augusto sacrificio de la misa y la sagrada hostia actúan todos estos misterios y los reproducen con todas sus maravillas.

Supone en resumen, en el plan eterno, la misión del Verbo, para evangelizar al mundo y sanar a los contritos de corazón, realizada por Dios humanado y redentor, y la perpetua eficacia y acción constante de los méritos de Cristo, misterios todos reproducidos sobre el ara santa y de acción trasmisible a todos y cada uno de los hombres por la comunión sacramental, sin dejar de serle aplicable perpetuamente su mérito.

Desde el decreto divino pronunciado ab aeterno en los consejos de la beatísima Trinidad, y que produjo la misión, hasta la presencia real, que compendia y resume todas las maravillas de la venida de Cristo y los merecimientos de su pasión y hasta la comunión sacramental en la que recibimos al mismo Cristo con todos sus atributos y virtudes, no hay solución de continuidad. Todo estaba previsto y dispuesto, y todo está resumido en la sagrada eucaristía y en ella condensado. Pero ante esta sublime y portentosa síntesis, y para su gloria, conviene al hombre favorecido profundizar por la meditación y adorar con reverencia todos y cada uno de los beneficios que produce, y de las mercedes que atesora la sacrosanta hostia, ofrecida siempre por el sumo pontífice y sacerdote eterno Cristo, aunque por manos de su ministro, para lo cual, el Señor se levantó del trono de su gloria (hablando en lenguaje humano y a nuestro alcance) y descendió todos los grados de su maravillosa carrera, desde el seno del Padre a la morada oculta del tabernáculo, en donde todavía lo encubre el blanco velo de las especies; esto es, hizo tránsito de lo más elevado a lo más ínfimo de summo ad imum, como dice un santo padre. El sacerdocio eterno de Cristo ejecutó por sí, y su recuerdo abraza todos estos prodigios de amor y aun continúa allí en el altar reproduciendo sus méritos e intercediendo por nosotros. En el llamamiento y misión del Verbo hubo en la santísima Trinidad algo, como A. Lápide discurre, que no comprendemos sino como un coloquio, deliberación y decreto; y atestigua una infinita misericordia al hombre decaído de la gracia divina para siempre. Sólo por semejante clemencia y descenso inverosímil, si no fuese inspirado por una caridad inefable, podía alcanzar la progenie de Adán la esperanza de salvarse, pues era preciso un acto sobrehumano, y al propio tiempo debía en la expiación de actuar una persona revestida de la propia naturaleza humana, a la vez que exenta de toda culpa, esto es inocente, y así lo dijo San Pablo que convenía que fuera el pontífice sin mancha y hombre segregado de los pecados. Todas estas circunstancias se han reunido admirablemente en Jesucristo. Y, por tanto, la vocación de la segunda persona de la santísima Trinidad implica un prodigio inefable de misericordia que, a nuestra vista, puede decirse que compara y pondera en una misma balanza el pecado del hombre y la pasión de Cristo para rescatarle. Porque la magnitud de la culpa se mide por la excelencia del ofendido, y sólo podrá satisfacerse por un hombre Dios, esto es, una vez hecho el beneficio, o mejor, comenzado por la encarnación del Verbo, como Dios por ella se ha hecho hombre, viene a realizarse y resultó otra vez la equiparación, ya que con sólo encarnarse Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios y por sus méritos el hombre se hizo Dios, como dice Santo Tomás . Considerando todas estas maravillas, viene a resultar, por consecuencia de las ideas, en este artículo y en el anterior expuestas, que el sacerdocio eterno de Cristo es el origen y la razón de ser de la redención y se ejerza de un modo místico, pero verdadero, en la presencia real de Jesús en la eucaristía, puesto que reproduce sus méritos, y los ofrece allí el Señor por la conversión del mundo, de suerte que la consagración de las especies de pan y vino hecha sobre el ara por el ministro de Dios, nos acerca y nos pone por la comunión al alcance de los frutos del sacrificio del Calvario.

Por efecto de la vocación y misión del Verbo divino y por la unción que el Espíritu Santo impuso al Señor en el momento de la encarnación y, como el último extremo adonde llegó el alcance de estos misterios, se halla Cristo en el tabernáculo y se nos entrega en el altar.

¿Quién no se maravilla de tanta condescendencia? ¿Quién no advertirá que la encarnación y el nacimiento y la vida y la pasión y muerte del Señor y su resurrección, ascensión y glorificación, son otros tantos tránsitos para venir a nosotros bajo el velo de las especies? La consecuencia de semejantes hechos y consideraciones deja presumir todo el amor de Dios al hombre, toda vez que en todos y en cada uno de aquellos misterios se descubre su amor inefable y su deseo de conversar con los hijos de los hombres en una intimidad increíble, como que dijo un escritor sagrado, que uno de los fines y el más tierno del advenimiento de Dios a la tierra y de su morada en el tabernáculo, y que se nos brinde en la mesa eucarística, es para que pudiésemos hablarle y conversar con él de igual a igual.

La materia es fecunda, su estudio inagotable; y, por lo mismo, aunque se extiendan mucho los horizontes de la consideración, siempre habrá cosas nuevas que decir y un abismo insondable de caridad, que ponderar y que cautive el alma de quien lo considere. Pero hemos escrito mucho sobre esto bajo el epígrafe de "Sacrificio" en el tomo VII de la revista; y, aunque evitemos cuidadosamente las repeticiones, siempre habrá reminiscencias de lo que allí hemos expuesto y, por tanto, queremos poner término al presente artículo invitando al lector a continuar el estudio y asimilarse las consideraciones expuestas, a los pies del sagrario.

Concluiremos, pues, con una idea que puede decirse que ha sido el móvil que nos ha puesto la pluma en la mano; esto es, la reverencia y los respetos que recaba del hombre de fe la institución sacerdotal, cuando se considera que, en el ministro, se oculta y late el mismo Jesucristo, el Hijo eterno del Padre, el Verbo divino, cuyas palabras hacen la maravilla y cuya persona se nos da en la mesa celestial. Reflexionando sobre ello, el santo sacrificio de la misa es un acto divino y el de la comunión sacramental una entrega personal y voluntaria, que el Señor nos hace de sí propio con todos sus dones, carismas y virtudes y, por legítima consecuencia, debemos multiplicar más y más los afectos de reconocimiento a tanta bondad, comulgando mucho y comulgando bien, y agradeciendo largamente tan inmensa merced.

LS 1890, p. 361  

DONACIÓN

 

I

 

Hay en la vida eucarística del Señor misterios de amor inexplicable, que no se nos ocurren, y que conviene revelar, digamos así, a la consideración del que le recibe. Y uno de ellos, y acaso el más dulce y trascendental, es el que nos mueve a escribir hoy.

Porque todos sabemos que Jesús en el santísimo sacramento es don de sí mismo; pero pocos se fijan en esta idea penetrando todo su alcance.

La presencia real, aunque todos la creen, nadie medita que envuelve una aparente contradicción, pues Cristo está allí en estado de víctima sacrificada, y al propio tiempo vive y obra con toda su actividad sobre quien le recibe, no sólo como Dios, sino también como hombre, y se nos da con sus dos naturalezas en una sola persona, y las dos son activas, no obstante la muerte mística de la consagración.

De suerte que, al dársenos el Señor en la sagrada comunión, se nos da, no sólo de hecho, sino de voluntad, o explicándolo con más exactitud, se nos dan las dos voluntades que hay en Cristo: la divina y la humana, y se nos entregan en una actividad tan viva como misteriosa y trascendental.

Es un portento inexplicable, pero una verdad de fe de resultados prácticos y amorosos, que pasan como inadvertidos, para quien no para en ellos su atención. Este don de la persona divina con sus dos naturalezas y sus dos voluntades, divina y humana, atestigua una caridad eximia, y es una consecuencia y uno de los propósitos más deliberados del misterio augusto de la encarnación del Verbo, y de la pasión de Jesucristo.

Invitamos a nuestros lectores a escudriñar en la oración esta circunstancia que avalora la vida eucarística. Porque si se profundizara bien el misterio y recibiésemos la sagrada hostia advirtiendo la magnanimidad que atesora, otros serían los frutos de la comunión, pues mediante estas reminiscencias de que venimos hablando, se asimilaría mejor el hombre los efectos del sacramento.

Mucho mayor es el favor que recibimos con la presencia real de la divinidad en el santísimo sacramento; pero el don de la humanidad, escabel del Verbo divino, nos toca y mueve más de cerca, mayormente, advirtiendo que quiso ser instrumento y medio de la venida del Señor al mundo, y de quedar entre nosotros.

Hay en todo ello, y en la manera con que se hace, una ternura tal, una caridad tan grande, un don tan magnífico, una atracción tan viva y  atina, que trasciende a la vida eterna, y que nos hace consortes de la naturaleza divina, como dice San Pedro, y consustanciales de la humanidad de Jesucristo, quien, movido de su amor al hombre, quiere unirse a él, y mientras se conservan las especies sacramentales, reside en él como Dios y como hombre, y aun después, como lo dice el evangelio, vive en nosotros y nosotros en él.

Esta vida espiritual, que nos deja, después que la digestión descompone los accidentes, y aquella vida sustancial que nos otorga temporalmente, son el fruto óptimo de la comunión y el secreto de nuestro aprovechamiento espiritual.

La especie de compenetración que aquel misterio produce, sin anular ninguna de las dos personalidades del que se da y del que recibe, que se funden en cierto modo inefable, si la recordásemos bien después de recibir al Señor, ¡cómo encendería nuestro corazón en amor divino! ¡Cómo nos abismaríamos en la consideración de nuestra pequeñez y de la grandeza de Dios! ¡Qué dolor vivo o inmenso no excitaría aquella idea en los comulgantes, por sus infidelidades! Quien esto haga y en esto se ocupe, ¿cómo se atrevería, a sucumbir a las tentaciones de la concupiscencia o de la soberbia? ¡Cómo no bebería con gozo y con fruto las aguas de las fuentes del Salvador!

Y cuenta, querido lector, que para lograr tan apetecible dicha no necesitas peregrinar a pie desnudo atravesando malezas y sufriendo las injurias de la estación, ni ayunar a pan y agua, ni sufrir molestia alguna. No se ha menester cavar en la tierra ni imponerse más trabajo que el de lavarse antes en el Jordán de la penitencia y luego acercarse a la mesa del banquete celestial con humilde: recogimiento y santo temor de Dios.

Recordamos al propósito: un niño huérfano y pobre que un día fue llevado a comulgar, y que interrumpió la acción de gracias para decir calladamente al oído de quien le acompañaba:

-     ¿Pero es verdad que tengo aquí dentro a Dios?

-     Sí, hijo mío, -le respondió.

Después de renovar más de una vez la pregunta en la iglesia, a la salida de ella, repitió la interrogación como asombrado, y contestándosele de la misma forma, replicó:

-Pues si está aquí, no lo dejaré marchar.

Y estrechaba los brazos contra el pecho palpitante de emoción.

¡Cuán envidiable era este niño! ¡Qué fe y qué amor tan sinceros! Y en cambio ¡qué fríos nos hallamos nosotros, por lo general y siempre, en semejante caso!

Ya se ve, hacina el hombre los obstáculos en su mente distraída, entrega su corazón a los afectos no siempre lícitos y honestos; mantiene abiertas las puertas del sentido a las impresiones del exterior, se deja poseer del pecado y se hace siervo de él, y abriendo como un paréntesis en su vida de distracción y nadería, viene luego a practicar el acto de la comunión a la que tal vez precede una confesión imperfecta y con alguna reserva mental. ¡Qué ha de suceder? Pues lo que es natural: que siendo la disposición tibia, la comunión es fría, y haciéndose la acción de gracias poco detenida, resulta una obra imperfecta por nuestra parte, y que sólo un don sobrenatural podría hacer devota y eficaz.

Pero veamos el contraste que resulta entre las dos personas que la comunión reúne y en alguna manera por todo extremo misteriosa, compenetra y une.

El Verbo encarnado viene al hombre con toda la energía del amor divino, que es infinito, y con toda la caridad de un afecto humano, entrañable y misericordioso. Conoce perfectamente nuestra indigencia espiritual, y quiere remediarla; ve con claridad nuestra tibieza, y desea encender en nuestro corazón el fuego sagrado de su amor. Sabe mejor aún que nosotros el número, la gravedad y la malicia de nuestros pecados, y nos quiere ofrecer en sus méritos una expiación superabundante; prevé nuestras tentaciones, y nos trae el tesoro de su gracia para vencerlas y su cooperación compasiva para convertir aquéllas en causa de merecimiento y semilla de gloria; descubre los caminos escabrosos que hemos de hollar, y anhela servirnos de báculo; nos tiene prevenidas, en cuanto Dios, adversidades y tribulaciones que han de poner a prueba nuestra paciencia y acrisolar nuestra fe; conoce con previsión segura las caídas que hemos de dar en los senderos de la vida, y nos trae fuerzas para levantarnos; se promete y nos promete ser el huésped del alma y durante la existencia sacramental aun del cuerpo; preparó y nos brinda su refrigerio en los ardores de la concupiscencia; en el trabajo, descanso; en los ardores, templanza; en el llanto, consuelo; en la oscuridad, su luz indeficiente que llega a los más hondos senos del alma; en las arideces, riego; en la enfermedad, salud; y nos trae los dones del Espíritu Santo a los que confían en él, con el mérito de la  atina y la promesa de la salud eterna, que nos asegura los gozos sin fin.

Pero todo esto hace con un amor inmenso, con una voluntad o decisión magnánima y con una delicadeza inexplicable, como que reverencia nuestra libertad, y no quiere forzarla para que la cooperación alcance el premio de la bienaventuranza, y sobre todo nos favorece con resolución tan firme y constante que no lo creeríamos si fuera la cosa visible, por escasa que sea nuestra humildad.

Y viene, en fin, de la mano consagrada del ministro a nuestra lengua, con el corazón henchido de ternura, y con la más decidida voluntad de que lo tomemos con fervor y con reconocimiento, para sacar un fruto de la recepción de la santísima hostia, adecuado a nuestras disposiciones, y en relación con el acto sublime de que se trata.

¿Cómo presentaríamos un ejemplo? Pues se ocurren estos. ¿Habéis presenciado el cariño de una madre apasionada cuando recobra su hijo, del que se había separado tiempo había? ¿Habéis visto el trasporte con que le abre los brazos para que se precipite en ellos como en un seno de amor inagotable y constante? Pues el afecto con que Jesús viene a nosotros es mayor. ¿Habéis visto al esposo enamorado que se vuelve a la casa de su familia, en donde le espera la fiel consorte y le estrecha gozosa contra su corazón palpitante? Pues no hay siquiera comparación. ¿Habéis asistido a la conmovedora escena del hijo ausente largo tiempo ha de la casa paterna, y el enajenamiento de la madre que espera llena de gozo, al hijo de sus entrañas, que recelaba no volver ya a abrazar, y el más severo, pero no menos profundo amor del padre, que bendice al hijo pródigo, o al que viene al hogar coronado de laureles y lleno de gloria y de noble orgullo?

Pues todo esto, y mucho más que esto, hay en el amor infinito de Jesús, que se entrega por mano de su ministro al pecador arrepentido, o al hijo fiel, o al bien dispuesto comulgante, con el afecto y ternura que el niño cuando abre los brazos para lanzarse en el regazo materno, que se suele decir que va volando de los brazos ajenos a los de la madre regocijada; como el esposo amante del alma que anhela unirse con ella; como el padre cariñoso que rodea con sus brazos la cabeza de su hijo que torna al abrigo de su casa natal; como el monarca cuando recibe al victorioso caudillo de sus ejércitos que viene a rendirle los laureles de la victoria. Todo eso, más que eso, muchísimo más que eso, porque hacemos de ello una pálida imagen, tosco bosquejo, es el amor inmenso con que Dios-hombre se nos entrega en la eucaristía, viviente, activo, apasionado, anhelante de afecto al hombre que le recibe con humildad, porque sus delicias son estar con los hijos de los hombres, y la donación por parte de Dios es perfecta, absoluta, sin reserva, sin quebranto. Se nos da allí todo, con toda su vida divina, y humana, con todos sus atributos de Dios y con todas sus virtudes de hombre víctima ¿Qué digo se da? Me parece fría la palabra. Se enajena a nosotros, se entrega, se traspasa y se deja prender y prendar en el dulce lazo de nuestro afecto, ofrecer en rescate de nuestras culpas y pecados, y aprisionar en el corto recinto de nuestro corazón, en que se sienta como en trono de gracia, enviando desde allí los efluvios de su vida, mezclados con lo que fue su preciosa Sangre, a los últimos senos y canales de nuestro menguado cuerpo, que ha sido el instrumento de las ofensas que el Señor recibió de nosotros. ¿Habéis pensado alguna vez en todo esto, queridos lectores? ¡Ah! Tal vez no. Pues meditad en ello, ahondad el trabajo, cavad más profundamente en este abismo, y hallaréis, lo creemos seguro, en el Sacramento un tesoro de gracias, una fuente inexhausta de amor divino, por nosotros mal agradecidos, y un crepúsculo matinal de la eterna bienaventuranza, de que es prenda la sacrosanta hostia. LS 1883, p. 281

 

II

 

En la palabra que es asunto de nuestras consideraciones hay tres términos que conducen a penetrar su sentido íntimo: el que da, a quién y lo que se da. En menos palabras: el donador, el donatario y el don. En el donador hay que examinar la voluntad y el poder. En la persona que recibe, la aceptación y sus obligaciones. En el don, su valor estimativo o esencial y sus efectos.

Supuestas estas nociones y aplicándolas al don eucarístico, o más bien a la donación, observamos que el donador es Dios, persona divina, con sus dos naturalezas, divina y humana, que en Jesucristo están unidas por la unión hipostática. Es decir, que en Cristo hay dos voluntades, divina y humana, y dos conocimientos, divino y humano, y dos esencias en una sola persona divina, las cuales, si existiesen separadas en concreto, formarían dos seres; pero forman una sola hipóstasis, porque el Verbo asumió la humanidad, en un solo supuesto. Infiérese de aquí que Jesús, bajo la nube misteriosa de las especies consagradas, es Dios sin dejar de ser hombre, y es hombre sin dejar de ser Dios; de suerte que las vicisitudes de la humanidad no introducen ninguna en la divinidad, en que no hay mutación ni sombra de vicisitud, si bien los actos de la humanidad se atribuyen a la divinidad por la unidad de la persona, y se avaloran y merecieron como actos de Dios-hombre, porque se atribuyen a la persona divina.

En tal concepto, se infiere que en la donación eucarística el donador es Dios, y se da, se enajena a nosotros con todos los atributos de la divinidad, esto es, su omnipotencia, su bondad, su justicia, su misericordia, su sabiduría y todos sus atributos, [que] son él mismo. También se deduce que el donador es [la] humanidad con su entendimiento, su voluntad y sus méritos, que reposan como objeto en la humanidad; pero el sujeto, la persona, es divina. 

De esta ligera, exposición, que creemos perfecta, adecuada y conforme a la verdad teológica, se sigue la alteza del misterio y la excelencia de la persona que hace la merced suprema a que nos venimos refiriendo.

También se debe advertir que, en la sagrada hostia, se vincula el sacrificio y se halla el sacramento, objeto y sujeto de la  operación divina, asunto de nuestra adoración en la existencia eucarística, o sea, en la presencia real, que tiene, como engastada allí la víctima del sacrificio incruento celebrado sobre el altar sacrosanto y bajo la forma sacramental es donable y causadora de gracia, como que contiene al autor de la gracia, al paso que posee el Señor los méritos trasmisibles de su pasión y muerte real, remunerados y místicamente reproducidos sobre el ara, aunque la sangre de Cristo no enrojezca el altar.

Mirado el misterio bajo el prisma de la persona que allí hace y que allí se ofrece por nosotros, se descubren en Jesucristo allí presente los dos conocimientos y las dos voluntades que se inmolan en la presencia divina ante el trono de Dios y que, con solo la transustanciación, el sacrificio es perfecto, consumado y acto completo ex opere operantis, como dice la escuela; sin que el acto segundo de la comunión tenga otro enlace íntimo con el sacrificio sino la razón final de que se sacrificó místicamente para darse en comunión; pero sin ésta o con ésta, el sacrificio existe, y sus efectos de aplicación y mérito ante la presencia divina subsisten con sólo permanecer la presencia real de Dios-hombre bajo el velo sacramental en el estado de víctima sacrificada. Por tanto, el don está hecho para los efectos de expiación, intercesión y oración incesante que se eleva del tabernáculo al Padre eterno, adunándose en estos actos los dos entendimientos y las dos voluntades de Cristo, inseparables en la intención como en la personalidad, única en que se funden las dos naturalezas. El sacrificio incruento es voluntarlo y libre, y de ahí se deriva su mérito y su eficacia expiatoria, impetratoria, gratulatoria y meritoria, y como Jesús-hostia es inmaculado, inocente, y no tiene que satisfacer por sí, merece y satisface y se inmola místicamente en el ara santa por nosotros los pecadores, de quienes está segregado, como dice San Pablo, añadiendo que convenía que fuese así nuestro pontífice para orar y satisfacer y ofrecerse y sacrificarse por nosotros.

La sagrada comunión, con ser uno de los fines del sacrificio, es el don por esencia y real de los méritos y de los atributos del donante, y tiene por término ad quem la vida común con el comulgante, la gracia santificante y la entrega a éste de Jesús-víctima, Dios y hombre verdadero, para que el hombre lo pueda ofrecer a Dios como víctima redentora, místicamente sacrificada y, al propio tiempo, viviendo la vida real y gloriosa que tiene en la gloria a la diestra del Padre, vida inamisible, eterna, bienaventurada y que está latente bajo las especies sacramentales; pero que es irrenunciable, porque Cristo ya no es viador, sino comprehensor, y donde quiera que se halla, disfruta de los dones gloriosos, si bien en el sacramento augusto no existe dimensivamente, cuantitativamente, como los cuerpos que ocupan lugar en el espacio, sino sustancialmente, de cierto modo espiritual, quodam modo spirirituali, como dicen Santo Tomás y los padres de la Iglesia,

De todos modos, si el sacrificio se perfecciona sobre el altar, la donación se verifica en la comunión sacramental; y la donación, por parte de Dios, es completa, sin detracción alguna, salvo la capacidad del donatario, sus méritos, su voluntad, su aceptación; en una palabra, sus disposiciones para recibir a Dios en la medida que lo permite y tiene ordenado el Señor, sin menoscabo de su: absoluto poder de otorgar la merced, como si dijéramos, en mayores quilates, según su soberana voluntad y los efectos que le place otorgar por ministerio de su gracia.

Hay, por decirlo de algún modo, algo de natural en el orden de este favor sobrenatural, pues las buenas disposiciones de contrición, de humildad, de caridad, atraen a S. D. M. en una proporción o grado de intensidad adecuado a la preparación; diremos por qué.

La donación es unilateral por parte del donante; pero es de dos términos, o como dicen los juristas, bilateral, en punto al que la recibe. De modo que puede ser absoluta en el donador y de parte de su voluntad, y relativa y limitada por parte del que la recibe, porque el don es espiritual, y si el alma no desea, no admite, no hace el vacío en su mente y en su corazón, el mar de la divina misericordia no traspasa el muro de bronce que le oponemos por una voluntad menguada o una atención distraída, o lo que es peor, por un corazón glacial y una imaginación preocupada y ajena al acto sublime. Es un desposorio que se intenta de dos voluntades ¡y que una resiste; es un contrato de doble consentimiento que niega uno de los contratantes; es una luz clara del sol que inunda la atmósfera y la penetra, y a la que se cierran las ventanas con la doble defensa de la madera y el hierro que no deja lugar para que penetre en la casa.

El entendimiento asediado por imágenes adversas o inoportunas; el corazón afecto a los goces sensibles, o tal vez, sensuales; la conciencia grabada con las reliquias del pecado; el hombre, en fin, privado por el hábito vicioso de gustar las dulzuras del sacramento, suelen ser un valladar invencible a las solicitaciones de la gracia. Aquí se puede repetir aquello de "estoy a tu puerta y llamo," porque, a las veces, y por desgracia con harta frecuencia, somos culpables de ingratitud originariamente voluntaria al supremo don de la comunión.

Pero se va alargando este artículo, que tal vez continuaremos otro día. LS 1883, p. 321

 

DON DE SÍ MISMO

 

"Nadie tiene mayor amor que el que da su alma por sus amigos." Esto dice literalmente el Evangelio de San Juan en el capítulo XV, y el ejemplo vivo de esta máxima, el perfecto dechado de esta virtud, fue nuestro Señor Jesucristo en la cruz, pues dio su alma, en cuanto hombre, a su eterno Padre, y le encomendó su espíritu y se puso en este trance, por sus hermanos y para salvarlos de la muerte eterna, que habíamos merecido por nuestros pecados.

Pero este don de la vida, que en el hombre es el último y el mayor, todavía en el hombre-Dios pudo acrecentarse, en cierta manera, o prolongarse, pues nos da su vida eterna en la eucaristía, en donde parece más completa y personal la donación, aunque no puede ser más perfecta.

Nos explicaremos.

El don del alma, en la cruz, fue para Jesucristo entregarse voluntariamente a la muerte, en cuanto hombre, pues separó su alma de su cuerpo, aunque uno y otra permaneciesen con la divinidad. El don de la eucaristía en la comunión, es para nosotros el don de Dios mismo, que se nos da allí cual vida eterna, porque el Señor se nos entrega todo entero, con su cuerpo, alma y divinidad, y como germen y prenda de bienaventuranza sin término, aunque se nos ofrece en estado de víctima.

"Jesucristo resucitado, dice San Pablo, no muere ya, la muerte no le dominará jamás," y, por lo tanto, aunque místicamente sacrificado en la sagrada comunión, nos brinda en ella su vida misma en cuanto Dios y en cuanto hombre.

Fijemos bien en ello nuestra consideración. El que da, enajena, traslada el derecho a la cosa, al que la recibe con la propiedad, esto es, da el señorío de ella, y la posesión, y le concede un derecho privativo y perpetuo de gozar de aquélla con exclusión de cualquiera otro.

¿Adquirimos todo esto por el don eucarístico? ¿Cómo? ¿Hasta qué punto? ¿Con cuáles efectos? ¿Con qué frutos? ¿Cómo cooperamos? ¿Cuál es el límite de tal dádiva? Penetrar en lo posible, estos misterios, abrir camino a esta investigación es nuestro intento, después de encarecer la excelencia del don.

Que en la sagrada hostia se nos da Cristo, es de fe; y que esta merced no se queda en los límites de una obra muerta, por decirlo de algún modo, es también de fe; pues el mismo Señor nos dice por San Juan: "El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él." Que el don amoroso de que venimos hablando es en su origen absoluto ilimitado, por parte del donador y por el amor que Dios nos tiene; también es materia dogmática. Que es irrevocable por parte, de Dios, y que la gracia de que Cristo es causa y fuente, no trae limitación alguna por su naturaleza esencial, si bien se la pone nuestra preparación y nuestra miseria, aunque se nos comunica solamente conforme a la sapientísima voluntad de Dios; todo ello es evidente como corolario de la doctrina eucarística. El don es tan perfecto que se puede ofrecer a Dios en expiación de nuestro reato; pero sólo es trasmisible a otra persona, en sus efectos, por que da al comulgante mayor virtud y eficacia en los oficios de la caridad fraterna.

Puesto que el don sacramental es completo, puede presentarse al Señor por la salvación del mundo. ¡Qué provechosas consecuencias no se pueden sacar de este pensamiento!

¡Asombra pensarlo! Una sola comunión bien dispuesta y bien agradecida, utilizando aquella liberalidad divina, es por sí sola bastante para hacer de un malvado, y supuesta la penitencia, un santo; y para alcanzar la salvación de un pueblo.

¿En qué consiste que las comuniones no alcanzan estos maravillosos efectos? Toda vez que no es en el don, porque es imposible que sea mayor, claro que proviene del donatario, pues el donador es infinitamente bueno, en cuanto Dios, y su mano no se ha abreviado.

Prescindiendo de esto, que es asunto de la más elevada teología mística, nos permitimos llamar la atención a otra parte sin salir de esta preciosa materia.

Aludimos a la humanidad de Cristo, que también recibimos bajo los velos del sacramento en la forma consagrada, y que es como el puente que nos conduce y pone en contacto (diremos así) con Dios, inseparable de Cristo, por la unión que se llama hipostática, o sea, por la asunción que de la humanidad hace el Verbo, o mejor hizo el Verbo divino en la encarnación, y renueva en la comunión.

La humanidad de Cristo está como absorbida por la persona divina, sin extinguir ésta a aquélla, y antes bien, haciéndola la sede, el supuesto de las virtudes de Cristo. En aquélla obró la pasión y en ella se cebó la muerte, que no podían tocar a la persona divina, unida a la humanidad por el misterio operado en el claustro virginal de María Santísima.

Aunque la comunión no fuese más que de la humanidad de Cristo con el hombre, ¡qué merced tan alta sería!

Esta humanidad, víctima inmolada en la cruz y cuya inmolación se reproduce místicamente en el altar, era en todo tiempo gloriosa, pues siempre ve al Verbo divino; y esta humanidad santísima se nos comunica en el misterio eucarístico, penetrando sacramentalmente en nuestro seno para operar allí maravillas de misericordia y milagros de amor, cuando es recibida dignamente, y puesto que plazca al Señor comunicarse de un modo sensible, pues las operaciones invisibles de esta comunicación no pueden conjeturarse sin el auxilio divino.

Los frutos, los efectos de la comunión son inenarrables, porque hay en ella arcanos de caridad, que el hombre mortal no puede conocer. Pero ciñéndonos a lo que se puede investigar, con sólo acercarse mentalmente al misterio, se adivina: un abismo insondable acerca de cuya medida, sólo se infiere que es sin medida. Finjamos el afecto puro, entrañable de la relación conyugal, y elevemos la consideración mística, al fruto de ese enlace bendecido, así como el fruto legítimo de esta compenetración recíproca de los dos cónyuges en el hijo de sus castos amores, y tendremos apenas una sombra, un bosquejo del matrimonio, de los desposorios del alma con Dios. Esta unión también da hijos, que son las virtudes sublimes que, como esposo, Dios engendra en el alma de su esposa, fecundándola con la gracia, para dar a luz obras buenas y confiriéndola los dones del Espíritu Santo.

La gracia obra maravillas portentosas en esta comunión, con la cooperación de la voluntad humana que se inmola, ante la divina voluntad. En este hogar, al calor de la acción de Dios, el alma se mira como absorbida; como asumida, por la atracción irresistible del amor divino. Arde aquélla en ese fuego que penetra hasta la médula de los huesos, de modo que el hombre puede repetir con San Pablo: "Vivo yo; no yo, sino Jesucristo en mí."

En este reverbero del amor divino, el oro de la caridad se acrisola, las manchas de la culpa se cauterizan; el hombre se transforma como el leño que, impregnado del fuego, se hace brasa enrojecida: La parte material del ser se va transformando, espiritualizando, transustanciándose, si se puede decir así, en órgano de la vida divina que late en el fondo del alma. Las pasiones humanas se extinguen, sirviendo sólo como de elemento de purificación, como ocasión de sacrificio y alcanzando, el que llega a gozar esta dicha, una especie de imposibilidad de caer en el pecado y de ofender al Señor.

Entonces el amante oye una voz secreta que le dice con San Agustín: "Ama, y haz lo que quieras!," adquiriendo una santa libertad de espíritu y que no es servidumbre, o que es la servidumbre del amor divino.

Nosotros leímos, y trasladamos al papel lo que leímos. Muchos de nuestros lectores hallarán aquí tal vez lo que sienten y han experimentado. ¡Qué santa envidia les tenemos! Por este camino de la perfecta comunión se alcanza la quietud, la verdadera paz del alma, la mansión del espíritu en Dios misericordioso; se coloca mentalmente el hombre a los pies del Señor y, a las veces, en el regazo, como el niño tierno en el seno de su madre cariñosa. Duerme el alma en Dios, reposa en él, como dice el salmo: "En paz, en él mismo dormiré y descansaré."

¡Dichoso estado! ¡Bienaventuradas nupcias del espíritu humano con Dios! ¡Cuántas dulzuras atesoráis! ¡Cómo se anticipa para los que consiguen esta perfecta comunión, fruto de la eucarística, la bienaventuranza! No somos dignos de comprender estas maravillas ni de hablar de ellas.

Pero ¡cuánto debe darnos de pesadumbre saber por la fe que la comunión eucarística, que el don de sí mismo que el Señor nos ofrece en aquélla es medio hábil, vía segura de llegar a esas envidiables nupcias a esa especie de compenetración que el dulcísimo Jesús-hostia nos brinda cuando dice, por San Juan, de la recepción de su cuerpo y sangre, "que nos hace vivir en él y a él en nosotros!"

No es un sueño. El hecho está patente a los ojos de la fe en la presencia real. No depende de laboriosos esfuerzos de la voluntad, ni de lucubraciones difíciles del entendimiento: está a la mano. El milagro se opera por sí mismo. No hay más que purificarse, lavarse en el agua lustral de la penitencia, y arrepentido, convertido el espíritu, acercarse al manantial y beber ¡oh gozo! en las fuentes del Salvador, dejándose llevar del impulso de la gracia y ascendiendo grados en el corazón, según lo tiene dispuesto el excelso anfitrión de este banquete celestial, como dice el rey profeta en el salmo LXXXIII.

Sirvan estas toscas y ligeras indicaciones para desarrollarlas al pie del ara santa después de la comunión, pues sólo podemos añadir a todos nuestros lectores lo que Jesús dijo a la samaritana: "¡Si conociéramos el don de Dios!..." LS 1881, p. 161

 

DIOS VÍCTIMA

 

Por temor de decir algo que fuese indigno de nuestros lectores, hace tiempo que hemos concedido la palabra casi absolutamente a Cornelio Alápide, imponiendo silencio a nuestra pobre inventiva, que descubre a cada paso más y mejor una ignorancia de que debíamos avergonzarnos, después de once años de estudio en las mejores fuentes. ¡Ya se ve! La ciencia de Dios sólo se adquiere por una dedicación, de que nos alejan ocupaciones de otro género. Además, la teología ascética, como la moral y la dogmática, son tres hermanas que sólo se nutren en el hombre a expensas de la gracia divina, que no posee el pecador. He aquí nuestra miseria o la causa de ella. Sin embargo, al otorgarnos el papel humilde, pero sobradamente honroso, de copistas y traductores, nos concedíamos una honra todavía superior al merecimiento. No diremos nada más sobre esto, por recelo de que parezca afectada una modestia que es sincera. Mas, en el fondo de nuestra alma, deseábamos volver a exponer nuestras ideas, y hoy nos dejamos llevar del deseo, meditando en público acerca de un asunto tan bello como trascendental, que sirve de título al presente artículo.

No se puede imaginar nada más hermoso que este pensamiento oculto en los senos más íntimos del Cristianismo.

Dios victima. ¡Qué preciosa antítesis! ¡Qué magnífico contraste! El todopoderoso humillado en la humanidad que asumió por hacernos bien. El ser por excelencia, el único ser que existe y subsiste por sí, sometido a la muerte por dar la vida a la más ingrata de sus criaturas, paciente por redimir a sus hermanos en la carne, sufriendo todos los tormentos, porque otros seres miserables, hechura suya, no sufriesen un castigo eterno. Es un espectáculo maravilloso por todo extremo, y digno de cautivar el amor de los corazones más duros.

¡Creemos esto, y pecamos voluntariamente! ¡Qué miseria!

¡Portento inefable! ¡Ingratitud inaudita!

Y hay más, profundizando el misterio, en la esfera de nuestras investigaciones habituales. Porque, no satisfechos todavía los deseos infinitamente insaciables del Señor, se sirvió revelarnos en su vida eucarística toda la intensidad paternal y fraternal afecto, poniendo en práctica, de una manera visible, hasta cierto punto, todo el extremo de su bondad, que está encarnada y sustancialmente presente en el sacramento augusto, atesorando en él la más íntima consecuencia de la encarnación y de la pasión del Hijo de Dios hecho hombre.

Christus heri, hodie et in sæculo, como dice San Pablo. Cristo es víctima eterna; pero esa eternidad trascendental era tan incomprensible para el hombre, que Cristo quiso ponerla en cierto modo, al alcance de nuestra mirada de fe en el tabernáculo, donde se halla como víctima Jesús en la hostia.

¡Qué dulcísima manifestación! ¡Qué consoladora verdad!

Diríase, aparte otras consideraciones que no osamos desarrollar, que el Señor quiso expresarnos toda su condescendencia en este concepto supremo, que es un dogma vivo, palpitante, latente en su presencia eucarística, diciéndonos así: "Pecador incorregible, te perdono siempre, por ver si vence tu malicia mi bondad. No te aterres, aunque hayas pecado mucho; más puede mi amor que tu insondable miseria. He padecido por ti, y místicamente padezco todavía. He aquí que te espero y te absuelvo si me buscas, si te dejas vencer de mi perseverante amor."

Esto nos dice, esto nos predica desde el sagrario. ¿Resistiremos a tanta solicitud? ¡Ah, sí! El imperio de las pasiones, que atizamos deliberadamente a toda hora, se sobrepone a todo, y el mismo hombre que frecuenta la mesa eucarística cae, y el torrente de la concupiscencia, desbordado casi espontáneamente por la ocasión buscada o no huída, arrastra en pos de sí las resistencias de la gracia, y el pecador prefiere el placer efímero de un momento a la tranquila posesión de la paz del alma, que sobrepuja toda la fuerza del sentido, como dice el apóstol.

A la vista de tamaña ingratitud, no es extraño que el hombre incurra en la desesperación, si Dios no le tiene de su mano, deteniéndole al borde de este abismo insondable de su pertinacia, perdiendo de vista la infinita misericordia. El que estas líneas escribe lo sabe de propia experiencia. La soberbia y la ira, la concupiscencia de la carne y la de los ojos, han vencido los auxilios de la gracia, y ha pecado. Sírvele tan funesto ejemplo, visto tan de cerca, de aliciente y de móvil para presentar de realce este misterio de malicia incomprensible, que le invita a recomendarse a las oraciones de los lectores, y a darse a sí propio con la pluma una lección severa y una confianza infinita por lo pasado.

¡Plegue a Dios que todos concluyamos por grabar en nuestro corazón estos contrastes, y ser de hoy en adelante fieles a la acción salvadora de la gracia!

Pero, volviendo al asunto en su más elevada esfera, conviene inculcar el dogma que exponemos, para darle más fuerza, si cabe, con la consideración detenida.

El sacramento de nuestros altares es, bajo este aspecto, una revelación y una promesa que garantiza la fe, que acrecienta la esperanza y que acendra la caridad. La encarnación y la pasión del Hijo único de Dios es una condescendencia infinita. La eucaristía es el tesoro escondido que aquellos misterios avalora, comunicándolos al hombre que comulga y entregándoselos en don perfecto y completo.

La inmolación divina es un hecho constante, perenne, que se nos brinda sin límite alguno. Ved ahí el secreto de la vida eterna, la prenda segura de la bienaventuranza, el áncora de la salvación después del naufragio de la culpa, previa la absolución de la penitencia.

Alabamos las maravillas de la naturaleza; nos extasiamos ante sus bellezas innumerables; nos sobrecogen la sucesión ordenada de las estaciones, la riqueza de la vegetación, la esplendidez de las flores de los campos, de la fauna y la flora de la Creación, y los cielos, esmaltados de estrellas, a la luz tibia de la luna llena; admírannos las novedades sucesivas de la meteorología, y los fenómenos siempre nuevos y siempre antiguos de la tempestad, que pregona con su voz tonante las grandezas del rey inmortal del Universo. ¡Qué sucedería si pudiéramos descubrir los misterios de la gracia...!

¡Si conociéramos toda la nefanda miseria de esas legiones de pecadores que acuden a la piscina de la penitencia y salen de allí sanos y salvos, marchando después en apretados haces al banquete eucarístico, y sacan de las lágrimas de la compunción las dulzuras inefables que siente el alma convertida en los brazos del gran Padre de familia!

Pues todos hemos experimentado, más o menos, en nosotros mismos estos milagros, mayores que las magnificencias de la Creación y que todas las demás obras de Dios. Y luego sale el convidado del convite eucarístico, y vuelve, pronto o tarde, a ensuciarse con el cieno de la culpa; y torna Dios, en su inagotable misericordia, a perdonarle y a hospedarse en su pecho; y vuelve a recaer en el pecado, y torna el perdón a restablecerlo en la amistad divina, y así se pasa la vida entera, levantándose el hombre y cayendo, y el Señor perdonando y olvidando tanta perfidia.

¿Quién opera esta maravilla inverosímil? ¿En qué fuentes se lava este enfermo? Las oraciones de la víctima divina; los méritos del hombre-Dios, engastados en el reducido círculo de la hostia santa; en una palabra: el Dios víctima. Los méritos de Jesucristo condensados y eficaces en el sacramento adorable.

He aquí un objeto digno de la adoración, del amor y del reconocimiento del hombre de fe cristiana.

He aquí una persona divina y humanada que subsiste en el altar, viniendo a recabar desde allí el tributo del rey y el homenaje del Señor.

He aquí un misterio que, partiendo de estas indicaciones someras, se recomienda a nuestro reconocimiento y a vuestra detenida y profunda consideración, después de haberle recibido humildemente al pie del altar; éste es el objeto del presente artículo.

¡Al Rey inmortal de los siglos sea dado todo honor y gloria! LS 1880, p. 247

 

JESÚS-HOSTIA

 

La etimología suele servir para comprender el significado de las palabras, y aun de las frases, cuando aquéllas son enfáticas; y esto acontece con las que hemos puesto a la cabeza del presente artículo.

En la voz hostia hay algo de hostis, que se traduce enemigo que riñe batalla; y, en semejante supuesto, la hostia es cosa o persona que se entrega al enemigo en prenda o en rehenes, para obtener el rescate o la redención de un prisionero condenado a muerte, o cuya vida, a lo menos, se halla enteramente a discreción del que le tiene en su poder.

Para aplicar y explicar el pensamiento es preciso recordar ideas y sucesos memorables en la historia del hombre sobre la tierra.

Otorgóle Dios con los dones de la naturaleza el supremo de la gracia y amistad sobrenatural con su Criador, adoptándolo por su hijo en una inexplicable intimidad, imponiéndole una condición tan sólo, para continuar poseyendo tan sublime merced. Pero el hombre, criado en gracia y honor, no lo conoció y estimó, haciéndose semejante a los animales irracionales, como dice San Pablo; y posponiendo aquel estado a la satisfacción de un deseo de sobreexcelencia, se constituyó, de hijo de Dios y heredero de su reino, en esclavo de Satanás por el pecado. Este es el dogma de la caída original del primer hombre. Constituidos por esto Adán y Eva en la servidumbre de Satanás, y convertidos en enemigos de Dios, habíase menester un gran acto de justicia que redimiese la Humanidad, y tal solución, para satisfacer a Dios, debía ser infinita, por razón de la persona ofendida; pero, al propio tiempo, hallándose el hombre en cautividad, debía ser la víctima entregada en cierta manera al enemigo para rescatar al esclavo y compensar el crédito con una prenda que avalorase al redimido. Las deudas se pagan y los rehenes se entregan para obtener en cambio la liberación del cautivo; lo cual sugiere una reflexión profunda para inferir que, en la redención o segunda compra que el Hijo de Dios hizo de nosotros por su pasión y muerte, hubo precio, y este precio eximio es, mirado bajo otro aspecto, un rescate, rehenes, sustitución de persona, fianza, prenda, y en todos estos conceptos, don que, sin reserva, hizo de sí mismo el redentor para salvar al cautivo o prisionero. Esto implica la palabra hostia, que supone una entrega absoluta en reemplazo de otra cosa o persona, que resulta liberada de la cautividad a cambio de aquel acto.

Considerada, por otra parte, la entrega, se descubre la espontaneidad del donador, se deduce su amor que le mueve al sacrificio voluntario, y se adivina la perfecta compensación que envuelve para que la redención sea plena, como canta la Iglesia.

De suerte que, por consecuencia, la palabra hostia simboliza y comprende la idea de don voluntario, absoluto, satisfactorio, entregado al enemigo, en utilidad de un tercero para salvarle, de un valor adecuado a la persona redimida y al ofendido, y por lo tanto infinito; ofrecido voluntariamente, aceptado agradablemente, eficaz y reparador del desorden moral y de sus desastrosas consecuencias en el universo de la creación.

La hostia supone un adversario y un aliado, satisfacción y precio, redención y redimido, ofensa y reparación, pecado y perdón, deudor, acreedor y paga, don de sí, puesto que la hostia es viva y voluntaria; beneficio, bienhechor y favorecido, fiador, solución y rescate, y, en fin, supone a Dios aplacado y satisfecho sobreabundantemente, y al hombre, mejor dicho, la Humanidad liberada de una pena eterna, por la efusión de la sangre del Verbo hecho hombre.

Es muy grande el asunto para abarcarlo todo en un solo punto de vista. Pero fijando la atención en uno de los aspectos de aquél, en la oblación, hay sobrado para asombrarse del amor y abnegación que atesora, y de los efectos trascendentales que alcanza, así como de los sentimientos que debe despertar tal generosidad en el corazón del agraciado.

Pero cuando se considera que el Señor, para acercarnos el misterio y para hacérnoslo, por decirlo así, tangible, y ponerlo al alcance de nuestra fe, vino a colocarse con aquel precioso dictado en el augusto sacramento, cual si nos brindase la aplicación de tan infinito beneficio, encerrado sustancialmente en el círculo reducido de una pequeña medida, acude a la mente y prodúcese en el corazón una impresión de asombro y un impulso de gratitud infinita, que no acertamos a definir.

Luego acrecienta estos beneficios el epíteto que se quiso allí aplicar al Señor llamándose hostia, como para conmemorar con este nombre todos los secretos del amor divino y su condescendencia incomparable, que se resumen en la palabra que dejamos explicada, aunque ligeramente.

Saludable hostia se hace llamar Jesús en uno de los himnos de la santa Iglesia; hostia por los pecados, según San Pablo, en otra parte; hostia santa e inmaculada se dice en la celebración de la misa, después de consagrarse el cuerpo y sangre de Jesús.

Así es que en la frase Jesús-hostia hay un secreto de dulzura, de amor, de condescendencia, de justicia y de redención. Los misterios que encierra son todos ellos de misericordia, de perdón, de afecto, de abnegación y de condescendencia que, por último, se recomiendan a la devoción del que adora la sagrada eucaristía o la recibe en la mesa celestial.

La palabra en examen es bellísima, porque abraza una síntesis de ideas, una concurrencia de personas, una serie de actos y un ramillete de flores eucarísticas, que no es posible encerrar en los límites de un artículo, ni entregar sin emoción profunda a la contemplación del cristiano.

Concentrando la atención en la sola idea de don, se puede aplicar a Dios, al enemigo, al redimido, a la Humanidad, al que recibe sobre todo el santísimo sacramento. Pero para no salir del círculo trazado, no se debe olvidar la idea fundamental que venimos estudiando.

El don o entrega al enemigo es siempre acto generoso de abnegación; pues quien se entrega a un enemigo ofrece su vida, hace enajenación completa de ella en manos del adversario. Mas cuando quien se entrega no lo hace por sí mismo sino por salvar a otro, y cuando el que se da es superior infinitamente al redimido o rescatado, y al sacrificador atrevido, y la donación de sí es perfecta y sin límite alguno, conociendo anticipadamente que se expone el donador a los tormentos más acerbos y cruelmente infligidos, y, por fin, a una muerte afrentosa, el sacrificio se presenta de tal manera sublime y grande, que el alma se extasía de admiración y el corazón rebosa de gratitud y reconocimiento de tamaño beneficio, tan generosamente ofrecido.

Y si de la superioridad de la víctima procedemos a considerar que Dios mismo descendió y condescendió a consumar aquel misterio inefable de amor, no hay voces para expresar los sentimientos que se despiertan en el espíritu del que medita sobre ello.

"Nadie tiene mayor dilección que el que pone su alma (esto es, su vida) por sus amigos," como se lee en el Evangelio de San Juan, cap. xv; porque aun en lo humano da el infinito, como que el don de la vida es el don supremo. Mas en la presente ocasión, esa vida que se entrega, sobre ser de infinito valor por la persona; de inmenso precio para el favorecido, por el amor con que se brinda, y de infinito efecto el don, pues redime una pena eterna e infinita, es merced que se entrega sin reserva al verdugo o sacrificador, dándose antes potestad al juez para dictar la sentencia, cuya ejecución tampoco puede hacerse sin la permisión del propio sacrificado.

El enemigo, a su vez, al tomar el rescate, se hace como dueño de él, lo maneja a su antojo, o quita, si le place, la vida del redentor, aliento a aliento, o de un solo golpe; toma su sangre gota a gota, o la derrama de una vez, y extingue su vitalidad gradual y paulatinamente, como quien economiza y satisface su crueldad, o saturando de oprobios cada escena de tan cruenta pasión. Todo esto se hizo aquí, sufriendo Jesús tormentos por él antes conocidos, ponderados, aceptados y hasta deseados por él, propia víctima adorable, con un heroísmo y una sed de padecer que no se concibe en manera alguna sino por amor; pero que abruma el corazón y abisma la inteligencia del que lo estudia atenta y reposadamente.

En todas estas maravillas de caridad, en beneficio de tan menguada criatura llevadas a efecto, hay riquezas y manantiales de dulzura y devoción para el cristiano que los quiere apurar.

Se ve aquel enemigo cebándose en la víctima y vencido por el fruto de su misma sevicia; aquel juez severísimo, Dios, superabundantemente satisfecho, y al propio tiempo aceptando el suplicio del Hijo para redimir al siervo; éste, indigno o ingrato, teniendo en poco ser redimido y salvado por tan sublime manera, que es espectáculo admirable a Dios y a los hombres, y venero abundoso de gracia incomparable al que lo contempla con humildad.

Y todo esto se reproduce en el sacramento del altar por una manera mística, pero sin embargo real y eficaz para su objeto, perpetuándose en la transubstanciación la oferta y la aceptación, el sacrificio y la redención, la inmolación y su fruto perenne.

Y, en todo ello, se oculta un acto de justicia infinita, y una compensación indispensable para que el orden moral fuese restablecido, sin quebranto del mismo orden y cumpliéndose toda justicia, a cuyo propósito sirve la palabra hostia, que otro día estudiaremos aún, tal vez más detenidamente. LS 1880, p. 281

 

JESÚS VÍCTIMA

 

En las palabras que hoy adoptamos por asunto de nuestra consideración hay una misteriosa contradicción que revela todo el amor de Dios a sus criaturas racionales y el ejercicio de su omnipotencia al servicio de su amor. Porque en Jesús late la persona divina, el Verbo, y el Verbo es impasible, y sin embargo el Verbo tomó carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, como del Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad, como dice San Juan, y, en la carne humana que ha asumido a sí, padeció y murió en la cruz, y su pasión y muerte y su persona divina, con estos méritos y virtudes. Con la mística reproducción de su sacrificio, reside real y sustancialmente en el santísimo sacramento del altar, que es el memorial de sus maravillas, como profetizó David en el salmo, y se dio en vianda a los que le temen. Por tanto, y como sus acciones, en cuanto hombre, y su pasión y muerte se atribuyen al supuesto personal, que es el Verbo, se dice con verdad que Jesús es víctima, ya que en tal estado se halla en la sagrada eucaristía. ¡Dios víctima! ¡Qué maravilla! Jesús, que es el Verbo humanado, sacrificado. ¡Qué portento, qué condescendencia, qué misericordia!

Ante esta consideración el ánimo se sobrecoge de asombro, el corazón humano debe rebosar de amor por tan estupenda merced, y la imaginación no lo puede concebir. Pero penetremos más en este arcano insondable, cuanto lo permite la flaca y miserable razón humana.

        El Verbo divino se encarnó, se anonadó, frase de San Pablo. Con sólo este beneficio hay para asombrarse y, aunque no hubiera hecho más, era una cosa sobreexcelente. Pero hizo más. Nació niño, atravesó la edad infantil, la puericia, la juventud, la edad plena del hombre, y dejó, en cada uno de estos tránsitos y mansiones de la vida, un tesoro de virtudes y un abismo inefable de gracias, como si quisiese santificar todas las etapas de la vida del hombre.

Las bondades se acumulan, las mercedes se aumentan. Pero continuemos. En tres años de vida pública Jesús enseña, da ejemplo, hace milagros, fraterniza y se relaciona con los hombres de todas condiciones, ricos y pobres, justos y pecadores, príncipes y publicanos; perdona a los que han infringido su ley; convierte a los judíos, a los samaritanos y a los extranjeros; visita a los que menos dignos eran de esta distinción; no maldice, no se queja, no increpa; atrae a los que estaban más lejos de él; llama a los apóstoles; sustenta a los que tienen necesidad de ello; paga los tributos en reconocimiento del césar; no altera el orden, y manda obedecer y obedece a las autoridades constituidas; pasa, en fin, haciendo bien, y sólo manifiesta aversión y estigmatiza a los fariseos o hipócritas. ¡Qué serie de beneficios! Pero no satisfizo todo esto su sed ardiente de sacrificarse por los hombres, y se dejó acusar, condenar, sentenciar a muerte y ejecutar, como un malvado, entre dos facinerosos. Antes de morir, hace su testamento en el cenáculo, instituyendo la sagrada eucaristía, y resucitado les da misión, y envió a sus discípulos a predicar a las naciones.

Todas estas mercedes, sin embargo, eran ¿cómo diremos? transitorias. ¿Cómo vincularlas? ¿Cómo legarlas? Su amor no se cansa, su poder no se agota. Tiene que ausentarse, y quiere quedarse. Le parece que todavía no es colmado el beneficio si no se perpetúa; [se] le ocurre, perdónese la palabra, que la diestra de su Padre, a donde le llama su misión ya cumplida, y la gloria, en fin, a que está predestinada su humanidad, no será completa si no conserva una relación íntima y perenne con el hombre, y si no se verifica en todos y con cada uno una segunda y misteriosa encarnación. Y he aquí que, cumpliendo su tierna promesa, se queda con nosotros en su vida sacramental, bajo las especies, y se nos brinda como alimento para hacer en la tierra y en su compañía el viaje del tiempo a la eternidad, y hacernos con él concorpóreos y consanguíneos, y unificarnos, en un modo inefable y misterioso con él, y vivir nosotros en él y él en nosotros hasta la hora del tránsito sin retorno a la eternidad. ¡Qué serie de beneficios! Mas, por lo que hace a su vida eucarística, parece que duerme, pero su corazón vela. El sacrificio místico se consuma sobre el ara; pero después la víctima queda en la presencia real. ¡La víctima! ¡El sacrificio! ¡Qué bellas palabras! ¡Qué acciones! ¡Qué actos tan prodigiosos! La actividad incesante del Verbo y su omnipotencia como Dios no huelga. Allí, en el sagrario, no está sin actividad su amor; ora, impetra, reproduce sus méritos, intercede, sirve de mediador entre el cielo y la tierra, nos abre su tesoro de bondad, nos brinda su comunión, se ofrece como el ángel a Elías para llegar en su compañía hasta el santo monte, convirtiéndose él mismo, y para ello, en el pan subcinericio, o con más exactitud, convirtiendo y transustanciando el pan en su cuerpo adorable.

En todos estos efectos maravillosos, incomprensibles, inefables, hay un solo móvil, una actividad, una potencia, un corazón, dos voluntades, más nobles que los efectos mismos, porque es ¿cómo lo diríamos? un amor infinito que no se agota, una mina riquísima que no se acaba, un abismo insondable de dilección, que opera todas aquellas acciones, transitorias o inmanentes, que late en un corazón a la vez divino y humano, que no se satisface nunca, que es insaciable y que es el paraíso de delicias en la vida perfecta del justo, que vive de la fe. A ese corazón que se inmola; a aquella voluntad divina y a la humana que ejerció la omnipotencia de su brazo para exaltar a los humildes; a esa nobilísima entraña que arde en amor inextinguible; a ese poder de ubicuidad; a esa caridad que nunca se apura, que atrae los corazones, que los previene con su gracia, que los acompaña, que los asiste en la conversión, que los perfecciona con el cincel de la adversidad, como el estatuario trabaja el bloque de mármol, que los recrea con sus dulces consuelos, que los edifica con su ejemplo, que los confirma con su espíritu principal de perseverancia y los sirve de viático para la eternidad; a esas voluntades y entendimientos divinos y humanos, a la vez, en sus dos naturalezas, sea dada toda gloria, todo honor, toda acción de gracias, y sean consagrados todos los corazones, dedicados todos los entendimientos y ofrecidos todos los afectos y los pensamientos de las criaturas.

Si pudiésemos auscultar el latido de ese corazón dulcísimo, descubrir la lumbre de esas inteligencias que penetran todo ser con su mirada de águila, caeríamos de rodillas ante el augusto huésped del tabernáculo.

Los portentos que allí se operan, la combustión espontánea que hace el holocausto de aquel sacrificio infinito que se consuma, y que eleva al cielo las preces reverentes del Hijo de Dios vivo, que intercede por nosotros, preces que suben como vírgulas de odorífero incienso al trono del Padre, parece que hablan a nuestro corazón para brindarle que se asocie al misterio inefable de la mística reproducción del drama del Calvario, y que se asimile los frutos de aquella egregia inmolación. La maravilla se reproduce a cada instante por una manera inefable que expía el pecado, atrae la gracia y hace descender del cielo, como el rocío de la noche, mercedes inapreciables, auxilios divinos para almas atribuladas por la desgracia, y para pecadores que convierte la benéfica lluvia de las divinas misericordias.

A la luz de la fe se descubren todos estos milagros de clemencia que, en cierto modo, arranca al Padre el clamor valioso y las lágrimas, como dice San Pablo, del Hijo unigénito, que fue escuchado por su reverencia y que obliga al eterno Padre, inspirando al Verbo humanado la acción benéfica del Espíritu Santo que pide por nosotros con gemidos inenarrables.

¿Quién no se postrará de hinojos ante Jesús, víctima inmolada sobre el ara santa? ¿Quién no asociará su alabanza al cordero sacrificado desde el origen del mundo, que reproduce su muerte mística sobre el altar sacrosanto? ¿Quién no unirá su acento inflamado de amor a los coros angélicos que cantan un eterno hosanna ante el tabernáculo de Dios con los hombres? ¡Y que no pensemos en esto, amados lectores, y que pase inadvertida esta escena admirable de Dios-hombre, clamando al cielo para alcanzar misericordia y perdón para el mundo pecador! Y, sin embargo, este misterio es verdad, esta oración incesante sube a los pies del trono, y esta víctima pura se ofrece por la salvación de todos los pecadores. Grabemos esta memoria en nuestro corazón; activemos la mirada escrutadora que todo lo descubre a la luz del Espíritu Santo, hasta lo más oculto de Dios, y golpeando nuestro pecho con los impulsos de la perfecta contrición, lucraremos participación en esta obra excelsa, que atrae la clemencia y funde los corazones más empedernidos, convirtiéndolos en corazones de carne, como anunció la profecía.

Al pie del ara, actuando la divina presencia real bajo los velos del sacramento, penetrada el alma de dolor por nuestras culpas y llorándolas con lágrimas de contrición, debemos dar gracias a Dios por este beneficio infinito, inmanente, perenne y reproductivo, y utilizarlo con santa avidez para que nos aproveche la oración y el sacrificio del corazón verdaderamente contrito y humillado del Hijo de Dios y la deprecación fervorosa y permanente de Jesús víctima, que adoramos en el santísimo sacramento del altar, bajo cuyo símbolo hemos querido estudiar hoy este misterio de fe, prenda de gloria; este inocente cordero que quita los pecados del mundo redimiendo con su sangre derramada la Humanidad culpable del pecado original y de los actuales. LS 1886, p. 81

 

EXPIACIÓN

 

I

 

Apenas se puede hallar una palabra de significación más clara que la que tomamos hoy por asunto de nuestra consideración, porque todos comprenden al usarla que se trata de un acto que paga, por decirlo así, y compensa y borra una mala acción, y así se dice que el criminal expía su delito con la pena que mereció, y que el pecador expía su culpa al resignarse a sufrir una penitencia, luego que recibe la absolución.

La liturgia del Antiguo Testamento, según se lee en los capítulos IV y XVI del Levítico, rodeaba la expiación de ceremonias figurativas, por medio de las que el favor divino daba eficacia emundatoria [limpiadora] a [de] las culpas, por la esperanza de Cristo venidero; en la ley de gracia, la expiación es verdadera, porque se halla sólo en el mérito infinito de la sangre de Jesucristo, único y sobreabundante precio de nuestra redención, y compensación ante Dios de nuestras ofensas, mediante el perdón que el sacramento de la penitencia o el perfecto dolor de contrición nos alcanza.

Recordando lo que sobre esto disponía el Levítico en el lugar citado, y lo que al mismo propósito dice San Pablo en los capítulos IX y X de su epístola a los Hebreos, hemos pensado demostrar como la sagrada eucaristía y la vida eucarística de Jesús es y representa la expiación más amplia, la más completa y la más tierna y eficaz para acrecentar la gracia divina y otorgar a los fieles el don altísimo de la perseverancia final.

El Levítico, como todos sabemos, es el libro sagrado que contiene leyes y solemnidades relacionadas con la tribu de Leví, escogida por el Señor entre las doce de Israel para darle culto y para el servicio sacerdotal del pueblo hebreo. Los ritos del libro citado corresponden místicamente a lo que más tarde vino a realizarse en la ley de gracia, y lo anuncian, según demuestra San Pablo en el lugar citado.

Digno es de leerse y meditarse detenidamente el capítulo XVI del Levítico, en donde se hallan las ceremonias que precedían y acompañaban esta fiesta solemne de la purificación y expiación que celebraba el sumo sacerdote, revistiéndose de los hábitos pontificales, y después de varias solemnidades que comenzaban por la ablución, inmolando un becerro, con cuya sangre se purificaban o expiaban los postes o lados del altar, y la sangre se derramaba sobre el mismo altar presentando a Dios dos cabrones, uno de los cuales era el famoso ‘cabrón emisario’, sobre cuya cabeza el propio sumo sacerdote colocaba intencionalmente sus pecados y los del pueblo, para despedirlo después al bosque, o precipitarlo desde una altura. Se mandaba sacrificar un ternero por el pecado y un carnero en holocausto. Luego se revestía el sacerdote de calzoncillos, ceñidor, tiara y ropas de lino, y recibía los dos machos de cabrío por el pecado y un carnero en holocausto, sorteando uno de aquéllos para el Señor, pues debía ser el otro el emisario. Ofrecía el primero en sacrificio fuera del lugar santo, y presentaba vivo el segundo en lo interior del tabernáculo, para hacer reposar sobre su cabeza los pecados del pueblo, y el ternero se inmolaba por el mismo pontífice y su casa, purificando las inmundicias de los hijos de Israel y sus abominaciones y sus pecados en el sacrificio, derramando la sangre de las víctimas sobre el altar teñido siete veces con aquélla. Luego se quemaban los restos fuera del campamento, y se lavaba y desnudaba el gran sacerdote, poniéndose ya sus vestiduras ordinarias. Establecióse sobre todo ello un estatuto perpetuo, que se repetía cada año el día 10 del mes séptimo. En este día (añade el verso 30 literalmente) será la expiación de vosotros y la purificación de vuestros pecados: delante del Señor seréis purificados (mundabimini); y sigue el verso 20: "Porque es sábado de reposo y afligiréis vuestras almas con culto perpetuo." Continúa estableciendo que hará la expiación el sacerdote que fuere ungido, y expiará el santuario y el tabernáculo del testimonio y el altar y los sacerdotes y todo el pueblo.

Estas ceremonias figurativas tienen gran importancia, especialmente luego que San Pablo, en el lugar antes dicho, explica menudamente por ellas y su significación figurativa el misterio de la pasión y muerte del Salvador, según vamos a ver someramente.

Pero debemos consignar que, según dice Alápide en el comentario del verso 29 del capítulo citado del Levítico, los hebreos, en el día 10 de este mes séptimo que corresponde al de setiembre, confesaban cada uno singularmente sus pecados, de cuya acción hay ya otros indicios en el Viejo Testamento.

San Pablo, en el referido cap. IX, recuerda la división del lugar sagrado en atrio, tabernáculo y santo de los santos, en donde había un incensario de oro y el arca de la alianza cubierta de láminas de oro puro, manifestando que en el primer tabernáculo entraban los sacerdotes, pero no en el santo de los santos, en que sólo penetraba, conforme a los ritos expresados, una vez al año el pontífice, no sin sangre, que ofrecía por su ignorancia y la del pueblo (verso 7.°, cap. IX de la epístola a los Hebreos).

Mas continúa San Pablo (verso 11) estando ya presente Cristo pontífice de los bienes venideros, por otro más excelente y más perfecto tabernáculo, no hecho de mano, esto es, no de esta creación; ni por sangre de machos de cabrío, ni de becerro, mas de su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo hallado una redención eterna. Porque si la sangre de los machos de cabrío, y de los toros y la ceniza esparcida de la ternera santificaba a los inmundos para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu Santo se ofreció a sí mismo a Dios inmaculado, limpiará nuestra conciencia de obras de muerte, para servir a Dios vivo? Nota después San Pablo en el verso 15 y siguientes, que Cristo es mediador de un nuevo testamento por su muerte, para asegurar la herencia eterna a los elegidos; porque donde hay testamento, necesario es que intervenga la muerte del testador, puesto que no tiene fuerza mientras vive quien lo hizo, sino por la muerte del mismo. Y, por eso, el primero fue celebrado con sangre, recordando que Moisés después de publicar los mandamientos, tomando sangre de becerros y de machos de cabrío, roció o aspersó [esparció] el mismo libro y al pueblo con un hisopo de lana bermeja, diciendo: "Ésta es la sangre del testamento que Dios os ha mandado", y roció también el tabernáculo, y todos los vasos del ministerio, y casi todas las cosas se purifican con sangre y sin la efusión de sangre no hay remisión (verso 22 literal) y así es necesario, continúa, que las figuras de las cosas celestiales sean purificadas de este modo; y las mismas cosas celestiales con hostias mejores que aquéllas. "Porque, añade, Jesús no entró en el santuario de manufactura, sino en el mismo cielo, para presentarse o parecer en la presencia de Dios, por nosotros".

     Pero no muchas veces o una al año como el sumo sacerdote hebreo, sino una sola vez, en el cumplimiento de los siglos para destrucción del pecado por el sacrificio de sí mismo (verso 26).

Hemos extractado con fidelidad el texto alusivo de ambos testamentos para demostrar autorizadamente que, según nuestra fe, no hay otra redención que por la muerte del Salvador; y que no hay otro sacrificio expiatorio para el hombre que el que se operó en el Calvario por la efusión de la sangre preciosísima de Cristo, que se halla por concomitancia real y sustancialmente en la sacrosanta hostia.

La malicia del pecado, por razón del ofendido; la superabundancia de la satisfacción que el Señor nos otorgó; la gracia que resulta de suerte que pueda decirse que donde abundó el pecado, sobreabunda la gracia; el amor inefable con que se otorga y se concede todavía tan alta merced, su trascendencia y sus efectos para extinguir, no sólo el pecado, sino en alguna manera el fomes del pecado, son los corolarios que nos proponemos sacar de lo dicho, llamando toda la atención del lector, a tan graves puntos.

La magnitud de las ofensas a Dios, es inconcebible, y apenas se puede vislumbrar, cuanto menos conocer. Sacado el hombre de la nada como se suele decir, o de la infinita potencia de Dios como observa Mons. Landriot, para su gloria y para la bienaventuranza, su voluntad de trasgresar [transgredir] la ley divina y las condiciones de la existencia del hombre, es un mal infinito.

Tiene algo del suicidio, del parricidio, de la ingratitud, y puede decirse acto monstruoso, del cual, la gravedad no se alcanza con la mente, y sólo la adivina el corazón. Suicidio porque el hombre mata su alma condenándola a la eterna separación de Dios. Parricidio, porque ultraja y ofende a su Padre, a su autor. Ingratitud, porque olvida el beneficio supremo de la existencia y se revela contra su Criador. Es un acto, en fin, monstruoso, porque la ley dulcísima del amor divino desatendida voluntariamente, implica una negación osada de la soberanía del supremo hacedor o de su existencia y la desafía el pecador en el paroxismo de su soberbia, como hizo el ángel caído, repitiendo el non serviam, no obedeceré, del primer pecador del Universo, Satanás.

Mediante estas indicaciones ligeras, pero indudables, la expiación debe ser un acto redentor, necesita una humillación infinita, produce una resurrección del alma herida de culpa mortal y una restauración moral, y era preciso que fuese infinita para corresponder a la deuda que solventa, y restablecer el orden moral perturbado. Debe revestir, en fin, la expiación las circunstancias expuestas, y venir a ser compensadora de todo punto de los males que la culpa arrastra en pos de sí. Al suicidio por soberbia, corresponde el sacrificio voluntario por amor de persona suficiente. Al parricidio hacia Dios, un acto heroico de paternidad redentora. A la ingratitud, un aumento de gloria a Dios, si fuese esto posible, y a la faz monstruosa del reato una nueva segunda creación o restauración del pecador y de su raza.

Y todo esto se verifica en la vida, pasión y muerte de nuestro amantísimo redentor Jesucristo, en la que sobresale y rebosa el amor que todo lo vence, y que, cerrando, por decirlo así, los ojos a la malicia del ofensor, quiere pensar solamente en volverlo a la vida eterna.

Esto, en el supuesto de que el que hace la expiación fuese una criatura. Pero cuando se medita en que es el mismo Dios, la segunda persona de la Trinidad santísima quien todo esto llevó a cabo, tomando la humanidad, por tal de realizar tales maravillas de caridad; cuando se reflexiona que para tal portento el Criador tomó la naturaleza de la criatura y la unió a sí para avalorar sus acciones como divinas y darles la condición equivalente al ofendido que era el mismo Dios, para expiar en fin, condignamente la malicia de la culpa; parece que debía el alma redimida desfallecer de amor al bienhechor, y ser incapaz moralmente de volver a ofenderle.

Y, sin embargo, no es así, y tornamos una y otra vez a incurrir en la culpa mortal, y diríase que el autor de ella olvida de propósito tan infinito beneficio, o que el vértigo de sus pasiones desordenadas le enloquece y enajena a tan fundadas reflexiones.

Pero concretándonos a la expiación, hay en su fondo una inmolación tan libre, tan meditada, tan profundamente purificadora, y tan tiernamente aceptada, en toda su intensidad, que asombra y mantiene el ánimo en suspenso para asentir a ella, si no la afirmase la palabra de Dios, y no fuese materia de fe.

Apenas hemos echado los fundamentos de nuestra humilde obra mental, y ya se prolongó este artículo más de lo que suele ser nuestra medida en esta sección. Continuaremos otro día. LS 1881, p. 241

 

II

 

Que no hay otra redención que por la muerte del Salvador: que no hay otra expiación para el hombre que la operada por la sangre preciosísima de Cristo derramada en el Calvario, sacrificio cruento que se reproduce de un modo incruento en el altar: esto es lo que en primer lugar nos hemos propuesto recordar a nuestros lectores en el presente estudio.

 Es de fe, y está dicho todo, para el cristiano. Pero hay consideraciones que la fortifican y acrecientan, y motivos racionales que recrean el ánimo del fiel cristiano, contribuyendo grandemente a mejorarle y a defenderle de sí mismo y de los enemigos que le rodean. Tal es la razón determinante de la investigación que nos propusimos, procurando encerrarla en el círculo de la vida eucarística del Señor.

Es evidente, de innegable evidencia para la fe, la presencia personal del Verbo encarnado en la hostia santa, en la que se hallan por concomitancia la sangre y el alma humana de Jesús, reposando todo sobre la persona divina. Es de recordar, asimismo, que se halla en la forma consagrada, aunque de un modo espiritual y sustancial, como dice Santo Tomás, el mismo sujeto que padeció en la cruz y que místicamente padece aún; porque hay algo de inmanente en la acción que afecta a la humanidad hipostática inseparablemente unida a la divinidad.

Pero, las consecuencias que de este dogma se derivan al objeto en que nos ocupamos, son por todo extremo admirables y tiernas y profundas, y se encaminan tanto a nuestra mente como a nuestro corazón.

Reflexionemos en ello investigando el origen, por decirlo así, la intensión, el alcance, el motivo, el modo y el efecto de la maravilla de caridad que se oculta bajo los velos eucarísticos.

La expiación se puede considerar ex opere operantis y ex opere operato, esto es, por razón de su autor y de la obra.

Es un acto y una acción. Como acto se consumó en el Calvario. Como acción es permanente, continua, incesante, activa, infinita, satisfactoria y redentora. Bajo ambos conceptos es un misterio de amor que sobrepuja a toda ponderación. En razón del tiempo, es, en cierto modo, eterna y temporal; a la vez perpetua y actual, como que el operante es Dios, y la redención estaba predestinada de toda la eternidad. Se operó en el tiempo, y de sí misma es permanente. Además, y a otra luz, se reproduce místicamente en el santo sacrificio de la misa; y como que se renueva allí de una manera eficaz y verdadera.

Todas, estas fases o aspectos se condensan en uno, porque su motivo es el amor infinito de Dios, y el fin es su gloria. Como admirable efecto de una misericordia sin límites, se acuerdan y concurren en la expiación la misericordia y la justicia o, como dice David en el salmo, la verdad y la misericordia se han encontrado.

Como decreto divino, es tan antiguo como el mismo Dios; como acción consumada por la humanidad del Señor, es y se efectuó en un periodo dado. Si se la mira por este lado, es la realización en el tiempo de un propósito, si se pudiese así decir, eterno. Todas estas circunstancias ofrecen otros tantos puntos de vista admirables, y son otras tantas vías de penetrar en el secreto amorosísimo de Dios para con nuestra miseria.

Pero abstrayéndonos de todas estas facetas de aquella joya preciosísima, y concentrando la atención en un solo punto, contrayéndonos a la mente y al amor divino ¡qué portento, qué condescendencia, qué acto deliberado de la voluntad, qué efusión de caridad, qué amor supone!

Las palabras no bastan, ni la imaginación alcanza a comprender la libertad de acción, la soberana voluntad, la generosa resolución que se realizó en el monte santo, y que se reproduce en el ara a toda hora. Esa voluntad suprema era eterna en el Verbo divino, y fue permanente, continua, actual, nunca interrumpida en la humanidad, [en vez del original persona humana] de Jesucristo, realzada por la hipóstasis. Y lo que es más admirable, si cabe, esa voluntad, ese espíritu de sacrificio, que abarca toda la vida del Señor sobre la tierra, sigue animándole en su vida eucarística. Es un sacrificio eterno, es una inmolación perpetua, es una vocación perenne, que se realiza a todo momento, que no se suspende jamás. Pagó nuestras deudas en moneda real efectiva que le costó toda su sangre, y aun las está pagando en el altar y en el sagrario. Su resolución es invariable, su sacrificio continuó, su corazón se inmola a todos los instantes del día y de la noche.

Ni por los pecados que cometemos, ni por su malicia, ni por su número, ni por la consecuencia de ellos, ni por nuestra ingratitud, ni por nuestras interesadas negaciones, ni por los desprecios, ni por los sacrilegios, ni por las blasfemias, ni por los que eligen voluntariamente la perdición eterna, ni por el contingente que el mundo envía al infierno, ni por los que desdeñan la gracia, ni por los que se entregan a Satanás, retira el Señor su ofrecimiento, no revoca su voluntad, ni deja decrecer su amor y su intención; de sacrificio. Desafía su heroísmo salvador todo lo que pudiera servirle de obstáculo, y permanece su valerosa y perpetua decisión en medio de todos los elementos contrarios como la roca inmoble del océano, en medio de las olas. "Las muchas aguas no pudieron extinguir la caridad," como dicen los libros santos.

El secreto de toda esta serie de maravillas es el amor de Jesús. En el monte Calvario murió libremente: entregaba con deliberación su vida a la muerte, a pesar de encontrarse rodeado de sus verdugos y de los judíos que le insultaban. En el altar se inmola en medio de nuestras irreverencias y rodeado de cristianos tibios, ingratos, sacrílegos tal vez, pecadores todos, en pecado la mayor parte, no obstante lo cual no se niega al sacrificio.

Ante esa voluntad inalterable, se estrellan las tempestades que suscita el diablo; las negaciones y los ultrajes de los cristianos, y Cristo reina y vence e impera por su amor inefable como rey de los mártires y de los confesores, como hombre-Dios y como Dios-hombre.

Este solo aspecto de la expiación, aquella voluntad incontrastable, aquella oferta, nunca revocada y aquella inmolación de voluntad siempre permanente, es la mayor maravilla de la vida eucarística; y bajo las especies sacramentales se oculta esta prenda sin precio, este tesoro inagotable de amor y de poder, de sacrificio y de condescendencia.

¿Quién dudará de su misericordia? ¿Quién no esperará el perdón? ¿Quién, teniendo a mano tan rica presea, no la comprará al precio de la penitencia y la contrición?

Pero nos distraemos, aunque dentro del mismo asunto, separando la mirada de la expiación propiamente dicha.

El que expía la deuda de otro, no sólo paga sino que paga porque quiere. Más claro: la voluntad es claro que engendra el acto; pero algunos de éstos requieren para ser eficaces una libre aplicación y una expresa advertencia o intención; y uno de estos casos se da en la presente circunstancia; porque el ser libre que solventa un crédito puede elegir a cuál de ellos destina la solución. Pero Jesucristo, en la hostia como en el monte, es tan infinitamente rico y tan infinitamente misericordioso, que paga por todos y por cada uno de los pecadores con intención actual y perfecta voluntad, requiriéndose sólo la aceptación de Dios y del deudor para quedar extinguido el crédito. La aceptación de Dios es segura, la del pecador es la dudosa, la que suele faltar, o mejor dicho, la que falta. Y esto acontece por defecto de fe, por inadvertencia o por tibieza y, la mayor parte de las veces, por indignidad o por malicia, mientras sin aquella condición no puede ser eficaz el acto ni fructuosa la acción.

Pero, aparte de estas consideraciones, es digno de admiración el afecto purísimo, el amor desinteresado con que el Señor nos brinda, un beneficio de tal magnitud: "Venid y comprad sin precio" dice el Señor. "Saciaos de mis frutos" dice su madre santísima.

Causa asombro y estupor que un favor tan inefable deje por el favorecido de producir sus frutos corporísimos [¿corpóreos, muy consistentes?].

Es tan generoso nuestro divino Salvador, que no sólo hace sino que invita por su gracia a utilizar el beneficio, después de haber hecho la costa de la expiación con una abnegación incomparable.

A tal punto llega su caridad; no puede ir más lejos su bondad.

Si el hombre conociese el bien de Dios; si el ángel de la misericordia nos pusiera de manifiesto la economía íntima de tan dulce misterio, por decirlo de alguna manera, ¿quién, se negaría a tan alta merced? Nadie. Pero conviene así que este arcano indescifrable esté velado por los accidentes y oculto a nuestras miradas.

Suspendemos, por hoy, la agradable tarea para no abusar de la atención del lector.

Continuaremos. LS 1881, p. 281

 

III

 

San Pablo, en su epístola a los hebreos, cap. IX, versos 13 y siguientes, hablando del Antiguo y Nuevo Testamento, dice así: "Si la sangre del macho cabrío, y la ceniza esparcida de la ternera santifica a los contaminados, para la limpieza de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Santo se ofreció inmaculado a Dios, limpió nuestra conciencia de las obras muertas, para servir a Dios vivo? Y para esto es mediador del Nuevo Testamento, de modo que interviniendo la muerte, reciban la repromisión [promesa repetida] los que son llamados a la herencia eterna, para la redención de aquellas prevaricaciones que había bajo el primer testamento; porque cuando hay testamento es necesario que acontezca la muerte del testador; porque el testamento es confirmado con la muerte. De otro modo, aun no vale mientras que vive el testador. Y aun el primero no ha sido dedicado sin sangre."

Comentando este pasaje el sabio intérprete Cornelio Alápide, deduce, entre otras cosas que no vienen a nuestro propósito, que Cristo ha sido el mediador entre el hombre y Dios, constituyendo él mismo una alianza en que, como Dios, hizo la parte de Dios, fue autor y testador; y haciendo la parte del hombre, fue su abogado, intérprete y delegado y, por lo mismo, entre Dios y el hombre intervino como medio y conciliador, de lo cual infiere que fue mediador (letra D, pág. 741); y continúa probando esta proposición con la autoridad de Syro que traduce la voz hebrea y observa que es promediado; ya por su naturaleza, porque en la media parte de sí, fue hombre, y en otra media Dios; ya en el oficio, porque Cristo hizo las dos partes en esta alianza, la parte de Dios y la parte de los hombres, y se constituyó medio entre nuestra culpa y la pena, y entre la ofensa del Padre y la justicia lesionada. Porque Cristo, de tai manera hizo la causa de los hombres sus clientes, que, sin embargo de defender la justicia de Dios Padre, para no dejar sin pena los muchos pecados de los hombres, pagándolos con su sangre y con su muerte, dejó satisfecha la justicia ofendida de su Padre.

En el párrafo siguiente supone nuestro querido comentador una conversación entre el Padre y el Hijo, para demostrar que la muerte no fue oprobio sino gloria de Cristo, porque se hizo mediador, redentor y expiador, por su virtud, de nuestros pecados, exigiendo, esto del Padre: que, mediante su justicia, dijese al. Hijo: "Si quieres que perdone a los hombres ¡oh Hijo mío! es necesario que tú mueras por ellos y derrames tu sangre, puesto que quiero satisfacer a la ley y decreto eterno de castigar el pecado." Aceptó el Hijo y en sumo derecho pagó al Padre todas nuestras deudas hasta el último cuadrante, y consiguió que, sin miedo y con la cabeza desnuda, como se dice, andemos delante de Dios y de los ángeles, y elevemos en presencia de Dios nuestros ánimos y nuestras esperanzas. Continuando el comentario del verso 15 atrás copiado, añade nuestro autor ¿propósito de la redención de los pecados del Antiguo Testamento: "Muestra a los hebreos la enfermedad del viejo testamento y la necesidad del nuevo y, por consiguiente, también de la muerte de Cristo, que no sólo redimió y expió los pecados de su pueblo y testamento, sino del viejo y del vuestro ¡oh hebreos! esto es, de vuestro pueblo y testamento, pues que vuestro testamento y vuestros sacrificios no podían expiar vuestros pecados, sino que eran figuras y signos del sacrificio y del testamento de Cristo, que con su muerte y con su sangre había de expiar y redimir todos los pecados de todos los hombres, tanto del nuevo testamento como del viejo, y por consiguiente de la ley natural, que era más imperfecta y más enferma que ambos testamentos."

De tan clara, magnífica y consoladora doctrina se infiere lo que dice al margen Alápide, que Cristo es expiador y redentor, no sólo del Nuevo Testamento, sino del viejo y de la ley natural, o sea, de todos los pecados de todos los hombres de los tres tiempos.

Aplicando a nuestra vez y sobriamente tan importante documento, venimos a deducir que la efusión de la sangre de Cristo nuestro Señor, que se halla de modo místico, pero real y sustancial, en el vino consagrado, y la muerte del Salvador que místicamente se derrama en el altar, y su sacrificio, en fin, que allí se reproduce, y la occisión de Cristo, que también mística pero realmente se opera por la consagración sobre el ara de las especies sacramentales, mediante la transustanciación del pan y del vino, que milagrosamente hace el gran sacerdote Cristo por boca del sacerdote cristiano, legítimamente ordenado, pronunciando éste las palabras del Señor, constituyen la verdadera y perfecta expiación de nuestras culpas, y se nos aplica aquélla por una manera admirable por la comunión, viviendo, al propio tiempo, y subsistiendo por una manera todo maravillosa y eficaz en la sagrada eucaristía reservada, una expiación continua, eficaz y permanente de nuestras culpas, para alcanzarnos la remisión de ellas, dada la preparación debida y la disposición adecuada, para merced tan sobreexcelente, y para obtener la gracia de la vida de Cristo en nosotros, y de nosotros en Cristo, que el Señor nos prometió por la comunión.

Porque el sacrificio incruento de nuestros altares, es la reproducción del sacrificio del Calvario, salvo la efusión de la sangre divina.

Pero, considerando en abstracto la expiación, acuden al ánimo y asedian el corazón ideas y sentimientos que deseamos enunciar para el objeto del presente estudio.

La expiación es pena y paga: pena de la culpa; pago de una deuda infinita. Para verificarla con mérito y efectos seguros, tomó carne el Hijo de Dios, pudiendo así padecer en su humanidad, que unida hipostáticamente al Verbo divino, eleva el precio de su pasión y muerte, porque, aunque sufridas en la parte humana, por decirlo así, del Señor, no dejan por esto de reposar sobre la persona divina, para que el mérito de sus acciones fuese infinito bajo tal concepto.

La oblación fue aceptada; el sacrificio consumado, la expiación, que alcanza a todos los pecados de todos los hombres, es superabundante para satisfacer; y por este medio la redención se consuma y la raza humana queda salvada, si el hombre aplica su voluntad a la de Nuestro Señor Jesucristo, para utilizar sus méritos.

Todos estos portentos de la caridad divina se condensan en un acto o en una serie de actos que determinan una resolución constante y una voluntad perpetua de misericordia infinita; que se traduce en diversas acciones animadas de una intención nunca desmentida, que siempre aparece a los ojos del que la considera atentamente. Si hay una síntesis de todas estas muestras de amor inefable, esa síntesis se oculta bajo los accidentes de la eucaristía, que es el memorial de todas estas maravillas y se nos comunica por aquel manjar sobresustancial.

Pero, tomando separadamente, para admirarla mejor, una de las facetas de este poliedro, digamos así, hablando metafóricamente, la expiación se presta a consideraciones trascendentales que embargan el ánimo y mueven el corazón humano a estimar este beneficio y, a amar al excelso bienhechor.

Porque, si se medita el autor, la obra, sus efectos, y el amor que supone, no puede menos de fijar nuestra atención y de engendrar la gratitud del hombre.

El autor de la expiación es Dios, y quién la recibe es Dios, y su fin es la gloria y la justicia de Dios satisfecha. El fruto de la expiación es la salvación de la Humanidad pecadora. Y el amor que sirvió de móvil al redentor y que es la causa próxima de sus acciones, es infinito y su efecto es encender en amor el corazón del favorecido.

Pero, en esta sencilla exposición, se ocultan maravillas que no se descubren a la primera vista; pero que el espíritu humano, ayudado por el Espíritu Santo, alcanza a vislumbrar cuanto basta, para encadenar el alma y llevarla a la perfección por los vínculos dulcísimos del reconocimiento.

Mas se va prolongando ya demasiado el presente artículo, y otro día continuaremos estudiando tan interesante asunto. LS 1881, p. 321

 

IV

 

En la palabra que venimos meditando, y en la idea que representa, hay algo más que un acto y una paga, por decirlo así, material, con la aceptación y el sufrimiento de una pena, que toma voluntariamente sobre sí, quien hace la expiación, en lugar de quien la debía sufrir. Hay una acción espiritual, una afección del alma, que es la maravilla de amor de este dulce misterio, y la causa eficiente de quedar solventada ante Dios aquella deuda, infinita por razón del acreedor y de la ofensa.

 Materia es ésta digna, por todo extremo, de consideración detenida, aunque es más fácil adivinar que explicar un hecho que sólo se puede sentir allá en la parte elevada del espíritu.

Sin embargo, adviértese que el redentor y expiador es Dios, y que después de haber tomado la humana naturaleza, reposa ésta sobre la persona divina, y ésta es el supuesto o hipóstasis de la humanidad que, a su vez, es escabel del Verbo, y de aquí se colige la trascendencia de sus actos.

Tal recuerdo nos lleva en alas de la gracia, a una esfera tan alta, que sólo podríamos perdernos con el espíritu en el abismo insondable e infinito de la esencia divina, sin que la mente humana pudiera comprender lo que cree y presiente. Pero como la fe nos enseña, y la razón no repugna, la infinidad de la ofensa del pecado de Adán y de nuestras culpas, infinidad que nace de la excelencia de la persona ofendida, es claro que la satisfacción debía corresponder al propio fin, y siendo infinito su mérito, resulta sobreabundante la compensación.

Hay en ello un misterio amoroso que consuela el alma del pecador, y que se celebra allá en la vida divina por una manera sublime y superior a la limitada comprensión de nuestro espíritu, que sólo puede abismarse en su miseria ante tamaño arcano.

Llega a nosotros un reflejo pálido de la infinita condescendencia de Dios que, por caridad inefable, se digna cubrirnos con su manto de clemencia. No aborreció el seno de María para hacerse hombre, elevándonos por una asimilación misericordiosa hasta hacernos dioses, hecho hombre, como dice Santo Tomás, pues tomó el Señor la forma del pecador, sin el pecado; para rescatarnos. San Pablo lo expresó así: "Quiso, en todo, asemejarse a sus hermanos para hacerse misericordioso;" frase que por sí sola daría margen a escribir volúmenes, sin acertar a explicarla convenientemente.

Pero, sin permitirnos escribir más acerca de tan sobreexcelente maravilla y de un exceso tan incomprensible del amor divino; todavía en el orden de las consideraciones que nos brinda la humanidad de Jesucristo, hay secretos en la expiación, que bien reflexionados, son capaces de producir en el favorecido un extremo de gratitud que causaría el arrobamiento, si la mente humana fuese capaz de penetrar algo de aquel amor incomprensible de un alma tan sublime que se inmola por nosotros.

Aun abstrayéndose de la idea de la pasión de Jesucristo y del realce que le da la unión de su humanidad a la divinidad, para que alcance aquélla un mérito infinito; en el sacrificio voluntario, que realizó en el Calvario, y que reproduce en la sacrosanta hostia, hay un portento de caridad, y un extremo de amor a la mísera criatura racional, que agotaría las fuerzas del corazón, y debía subyugar el entendimiento a punto de embriagarnos de gratitud. No hay palabras adecuadas para hacernos formar alguna imagen de semejante maravilla.

Las relaciones de la pasión de Jesús, según la refieren los evangelios, y como la explican las revelaciones de santa Brígida, admitidas por la santa Iglesia, y otras que aun no lo han sido, como las de sor Catalina Emmerich, son superabundantes para penetrar al hombre de reconocimiento y de compasión inconcebibles. Porque la imaginación se pierde, y el corazón desfallece, por decirlo de algún modo, ante el concepto admirable de un ser, aunque fuere solamente humano, que se inmola, sin interés alguno personal, por redimir a otro de una desgracia sin término, empleando aquél toda su sensibilidad y sufriendo dolores intensísimos, y una continuada agonía de expiación y congojas incomprensibles, que podía suspender a todos los momentos, para realizar su propósito.

Es un espectáculo incomparable. El hombre concibe que otro, en el paroxismo de una pasión del ánimo se sacrifique por una persona querida, hasta el extremo de morir por él y dar su vida por librar la de la persona amada; pero esto se acepta en un momento sólo y sin pensarlo ni advertirlo casi, porque la muerte es instantánea en el caso que ponemos por ejemplo. Mas querer un sujeto y resignarse a sufrir un prolongado martirio por otro, bebiendo, por decirlo así, a sorbos el cáliz de amargura, sin desfallecimiento de la voluntad que puede suspender el sacrificio a toda hora; embriagarse espontánea y continuadamente con el absintio del padecer, sin precipitar la serie de la pasión; permanecer con voluntad constante sin decaer nunca en el potro del dolor, muriendo por trances, sin revocar la resolución, antes manteniéndola inalterable en medio de las congojas del sufrimiento, es un hecho sin ejemplo en los fastos de la Humanidad, como que apura y consume las fuerzas del corazón del contemplativo. Verdad es que el misterio se realiza a expensas de la asistencia de la persona divina que ejercita su omnipotencia en corroborar la humanidad paciente, para que no decaiga en tan crítica y angustiosa situación. Pero el fenómeno, lo que aparece a la vista, no deja por esto de ser objeto digno de nuestra admiración y causa de nuestro reconocimiento.

Y, si la propia escena se mira en el orden elevado del espíritu humano de Jesucristo, que no satisfecho con el sufrimiento temporal de todas las horas de inmolación, la previo y la quiso toda su vida y quiso sobrellevarla, como el mismo Señor nos manifestó en el evangelio, cuando dijo que deseaba ser bautizado con otro bautismo (que era el de la propia sangre derramada), y que anhelaba esto; aun en el tiempo, viene a resultar una pasión cruenta y dolorosa sufrida por el deseo, y querida y aceptada en la voluntad durante treinta y tres años y nueve meses que duró su vida humana, circunstancias que acrecientan y prolongan, digamos así, los martirios que admitió el Señor por nuestra salvación.

En esta esfera de reflexiones, como que descuella y brinda a una consideración especialísima y a un encarecimiento singular la oración del huerto de Getsemaní que, según algunos autores, duró tres horas, y fue una fotografía real y efectiva de la pasión que Jesucristo iba a sufrir. El sudor de sangre de esta escena dolorosa nos atestigua los tormentos y la lucha que allí mantuvo la humanidad del Señor ante la representación del programa de sus tormentos; y según autores gravísimos, sobre todo ante la idea de la inutilidad de la pasión para los ingratos que, no obstante ella, se habían de perder menospreciándola. A este propósito, dijo el profeta Isaías, presuponiendo estos momentos de dolor: "¡Qué utilidad en mi sangre!"

Esta serie de ideas desarrolladas no pueden menos de afectar el ánimo y encender en amor el corazón del que las considere atentamente.

Hay además en todo ello una esfera de acción que casi siempre pasa inadvertida, y que conviene muy especialmente a nuestro intento, porque toca a la materia de nuestra vocación, y que por lo mismo será digno remate de estos pobres artículos. Aludo a la reproducción expiadora de este misterio en el altar.

Allí se hace, en efecto, una mística repetición de los dolores del Huerto, del pretorio, de la calle de la Amargura y del Calvario. La reproducción renueva el sacrificio, pone en cierta actividad el mérito, y recordando el misterio cruento, aunque por manera y modo incruento, viene a condensar en la hostia sacrosanta todos los méritos de la pasión para prestarlos en cierto sentido a la aplicación voluntaria de ellos a nuestras deudas personales. Las palabras de la consagración llaman al Señor al altar, y allí se presenta real y sustancialmente Jesucristo rodeado, por decirlo así, de sus merecimientos para ponerlos a nuestro favor en la medida de nuestra preparación para recibirlos, y de la voluntad de Dios para otorgárnoslos.

Luego la comunión sacramental nos asimila ese tesoro y nos brinda la vida y la voluntad del oferente, que se une a nosotros por un modo amoroso e inefable, de forma que hace nuestros sus méritos y se identifica con nosotros para asegurarnos la vida eterna.

Sobre todo, resulta que por esta serie no interrumpida de misterios, recibimos una parte de la acción virtual, nos aprovecha el merecimiento y se perfecciona y se purifica y se eleva nuestra voluntad flaca y vacilante con aquella voluntad permanente y actual del redentor, que no se retracta nunca del propósito constante de sacrificio y lo realza y actualiza en la vida eucarística que se nos comunica.

Tan sublime es, y tan eficaz y trascendental el misterio de que nos venimos ocupando, que estas indicaciones someras sólo pueden servir para bosquejar apenas y sondear el abismo infinito de amor que forma el secreto profundo de la expiación, que ha sido objeto de estos apuntes, sólo para facilitar el trabajo mental que recomendamos al lector que haga al pie del altar, después de recibir la sagrada comunión, o al asistir al santo sacrificio de la misa.

Entregamos el asunto a la consideración reposada de nuestros lectores en aquellos momentos solemnes, ya que nuestra ignorancia no nos permite continuar esta materia inagotable de suyo, que se presta a un estudio que no sabemos hacer, ni aun principiar.

LS 1881, p. 361

  

OPÚSCULO EFUSIONES DE SANGRE EN LA PASIÓN

 

LAS EFUSIONES DE SANGRE EN LA PASIÓN

 

INTRODUCCIÓN de la edición

 

Trelles, en una de las escasas ocasiones en que se refirió a sí mismo, como "el que esto escribe", desveló que sentía una devoción extraordinariamente sensible por la sangre derramada en la pasión de Cristo, hasta el punto de verter alguna lágrima al llegar al verso del Te Deum que la nombra. Por otra parte, era un tema muy apropiado para ser tratado en LA LÁMPARA DEL SANTUARIO, una revista dedicada exclusivamente a publicar artículos referidos a la eucaristía, porque la sangre de Cristo es una de las dos especies eucarísticas.  

Trelles hizo un uso escaso de las doctrinas teológicas en esta serie de artículos, lo que los configura como textos místicos predominantemente; este matiz está acorde con la función que el mismo Trelles les atribuyó de lecturas introductorias y guías conductoras para la formación de meditadores y contemplativos, lo que inculcó a los adoradores nocturnos. Trelles hizo notar que esta materia era más apta para una exposición ligera, que suscitara la admiración, origen del conocimiento; planteando una situación adecuada a la meditación : los sentimientos más profundos, que embargarán al orante, le llevarán a la adoración, a la humillación propia y al agradecimiento amoroso. Cualquiera de los catorce artículos de la serie puede ser la lectura preparatoria y conductora de una meditación personal o en grupo; como Trelles aconsejaba: que se introdujera la costumbre de meditar en la Adoración Nocturna a Jesús sacramentado. 

Trelles agrupó las efusiones de sangre en la pasión de Jesús en siete circunstancias bien individualizadas:

·     La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos.

·     La flagelación en el pretorio.

·     La posterior coronación de espinas.

·     La Vía Dolorosa, recorrida por Jesús con la cruz a cuestas.

·     La crucifixión, tras una espera, despojado de sus vestiduras.

·     Las tres horas de agonía.

·     Y la lanzada, una vez muerto.  

Trelles individualizó estas siete ocasiones de efusión de sangre por Jesús, caracterizándolas como facetas de un único misterio: las describió como modos y aplicaciones diferentes de un mismo hecho. Así, por ejemplo, en la oración del Huerto, la efusión tuvo un origen endógeno: fue el resultado psicosomático de un estado espiritual profundamente desgarrador, y ante unas perspectivas trágicas para una parte de la Humanidad, que rechazaría su sacrificio. No hubo más actores que el  propio Jesús, abandonado por las muchedumbres que le aclamaban cuatro días antes como su rey; abandonado por sus discípulos (el traidor, los ocho y los tres) y, en el límite, por la misma divinidad, y por única vez en su vida. En las demás efusiones de sangre intervinieron su propio cuerpo y unos agentes externos, con el añadido de unos dolores corporales.

El dolor espiritual y el corporal expiará las desobediencias y los placeres ilícitos de los hombres, mientras la sangre lavará esas culpas.

En estas siete ocasiones, la sustancia del único misterio fue la misma: un sacrificio de obediencia al Padre, realizado en completa libertad por Jesús. En el Huerto de los Olivos, sin cooperantes, y en las demás ocasiones, con cooperantes no sólo consentidos, sino deseados: recordemos las frecuentes alusiones del último año de su vida a que ansiaba bautizarse con sangre, apurar el cáliz a él reservado, ser el grano de trigo que debía morir para producir fruto abundante... Ante Pilato, le comunicó que el poder que exhibía el gobernador romano se le había otorgado por Dios, con el consentimiento del mismo Jesús, que renunciaba a las legiones de ángeles que acudirían a su orden. Por otra parte, Jesús enseñó que su sacrificio era por los hombres, no por sí mismo: es un don, signo y prueba del amor del pastor por sus ovejas.

Esto da ocasión a largas y profundas meditaciones sobre

-     la persona que se sacrifica como don gratuito a los hermanos;

-     la intención que aplica a su sacrificio;

-     los pormenores del acto sacrificial, preludiado durante toda su vida y

-     los efectos para los hombres de ese sacrificio salvífico.  

Las circunstancias de dolor espiritual:

-     las vejaciones y agresiones sufridas en la pasión;

-     los sacrilegios soportados en el sacramento;

-     el desdén de tantos hombres por la pasión y el sacramento;

-     el despego y frialdad ante el sagrario de tantos descuidados y con fe muerta.

Pero su pasión también es la fuente de ternura trascendente, en orden a la santificación, para muchos que meditan y adoran.

Consideración especial merece la última ocasión, la lanzada tras la muerte de Jesús, y por varios motivos:

-     precisamente por afectar al corazón de Jesús, asiento simbólico del amor;  

-     por el momento en que la recibió: cuando, ya muerto, no fluía la escasa sangre que le quedaba;

-     por la significación providencial que esas últimas gotas adquirieron al ir ya mezcladas con agua: ya estaba agotada toda la sangre, y

-     por los efectos redentores, y como prueba irrebatible de la entrega de toda la vida de Jesús.

 

I.- DOCTRINA TEOLÓGICA    

 

Las efusiones de sangre son un tema adecuado para LA LÁMPARA DEL SANTUARIO, revista que publicó exclusivamente artículos de tema eucarístico, por ser la sangre una de las especies eucarísticas. Además, la sangre de Jesús fue la hostia  de nuestro rescate.

En la Historia Natural, la sangre siempre ha sido vista como el soporte de la vida humana; en la Historia de la Salvación, tras el pecado humano, siempre fue el medio de lograr la remisión (ver Ex 12, 7 y 13 y Hb del 2 al 10, entre muchas referencias posibles).

La humanidad y la divinidad de Jesús son inseparables, aunque la relación no era recíproca: la persona es el Verbo divino, unida la naturaleza divina a la humana, de forma que sus acciones y su valor son atribuidos al Verbo divino, aunque las variaciones de la humanidad no afectaban a la divinidad. Pero, además, en la pasión, la divinidad dejó de ser el apoyo reconfortante de la humanidad, que se vio sometida a las mismas angustias y soledad que cualquier hombre.

Desde la encarnación, la divinidad   

-     confortaba afectivamente a la humanidad de Jesús; pero dejó de hacerlo en la pasión, sin dejar de amarla (el envío de ángeles para confortarle como a cualquier humano);

-     sin embargo, iluminaba a la humanidad de Jesús y siguió haciéndolo en la pasión: Jesús conocía en el Huerto todo el pecado humano, pasado y futuro; pero supo que podía perdonarlo y garantizar la bienaventuranza, disponiendo libremente del tesoro de la redención aún no consumada: así perdonó y anunció el Paraíso al ladrón arrepentido y confeso, y pidió clemencia para sus verdugos y judíos, alegando su ignorancia invencible (Rm 9, 2; 10, 1-21; 11, 1-35, destacando los 25-26).

Así, en la oración contemplativa del Huerto de los Olivos, Jesús fue consciente de todas las culpas pasadas y futuras del linaje humano y las percibió como ofensas a la divinidad. El Génesis explicó el desagrado del Padre ante el pecado humano diciendo que "Dios se arrepintió de haberlo creado" (Gn 6, 6-7 y 13-22; 7, 1-24); cuánto más experimentaría Jesús desde su soledad y flaqueza de hombre: ese dolor era adecuado para reparación de las culpas de la Humanidad; su corazón "contrito y humillado" [Sal 51 (50), 19]. Trelles interpretó "beberá del torrente en su camino" como reverencia y sumisión al Padre y, por eso, levantará su cabeza. Es decir, se humillará (dicho por la forma obligada de beber, tumbándose, en un charco o corriente de agua); y su sacrificio de humillación, o resignación a la voluntad del Padre, le redimirá junto con toda la Humanidad.   

Por añadidura, pesó sobre Jesús la previsión de la ingratitud, desdén y enfrentamiento de los humanos, y lo que se le venía encima, al poco rato.

En este momento, dispuso del consuelo y compañía de algunos ángeles, que seguramente le harían presente la salvación que pondría al alcance de cada humano, y que muchos alcanzarían; pero la divinidad siguió retirada: de ahí sus súplicas de que pasara ese cáliz. Fue el hombre Jesús quien aceptó, libre y resignadamente, la voluntad divina: fue un acto humano realizado con toda advertencia, libertad, deliberación, firmeza, ya sin rastro de dudas; y con cordialidad y delicadeza. La pasión fue una acción de libre inmolación de la voluntad de Jesucristo, antes que de su cuerpo; el dolor físico de los tormentos y el suplicio moral por la crueldad de sus verdugos no fueron pasivos, sino buscados y permitidos por su voluntad, antes y durante su ejecución.

Su sacrificio fue personal y solitario, y con derramamiento de la sangre (Is 63, 3 y 5; Ap 19, 13)

El Verbo aceptó la encarnación y la pasión desde la eternidad; pero, tras su unión con el género humano, permitió que el hombre Jesús tuviera la oportunidad de dar su libre aceptación. En el Huerto, Jesús dedicó un largo periodo a representarse, sopesar, horrorizarse, suplicar que pasara el cáliz; y luego resumió su resignación al Padre con una rotunda frase de obediencia a la voluntad divina por amor (Lc 22, 42), para que brillara su amor por los humanos. En la flagelación tuvo tantas ocasiones de reafirmarse en su voluntad de sacrificio, como azotes iba recibiendo. Fue un acto de los verdugos sobre Jesús por el que se excita nuestra compasión; pero, por ser un acto libremente aceptado por Jesús para librarnos de sufrir nosotros, atrae nuestro afecto (La Lámpara del Santuario, 1884, p. 321 y sig.).  

Así quedaba de manifiesto su caridad por la Humanidad, lo que basta para atraer y enamorar al género humano; si la desdeñamos, será causa suficiente de privación eterna.

 Trelles interpretó que la flagelación representaba la expiación apropiada de nuestras faltas corporales por partes de su vida (sangre). A través de las distintas efusiones de sangre, se puede ir siguiendo los puntos fuertes de la redención; son el pago de cada una de las penas por desobediencias del género humano.

 Pilato se propuso inferir a Jesús una pena que aplacara a los judíos con la ignominia y vergüenza, junto al dolor sumo, en compensación de la muerte de Jesús, que quería negarles. Y Jesús expió nuestra soberbia con su ignominia; nuestra vanidad, con su vergüenza; nuestras delectaciones, con la crueldad de los verdugos. Pero nuestro pecado llevaba aparejada la muerte (Gn 3, 3 y 19), y Jesús la fue recibiendo con la pérdida progresiva de su sangre.

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